Lucille VI
—¡Querida!
Me encontré con Thibaut Cailloux en el Salón de la Guerra. Estaba rodeado, como era habitual, de un puñado de hombres tan jóvenes como él, vestidos a la última moda italiana. Me saludó con un beso en cada mejilla, aunque sus labios no llegaron a tocar mi piel.
Atrapó mis manos con las suyas y me sonrió.
—¿A dónde os dirigís, tan exquisita como una perla de mar?
—Al Salón de Œil-de-Bœuf . He recibido invitación del rey para unirme a su cena privada.
—Ah, caramba —dijo él, no sin una mueca de ligero desagrado—. Qué rápido habéis ascendido en mi ausencia.
—En absoluto —sonreí—. Solo es una formalidad por parte de su majestad. ¿Cuándo habéis regresado de los ducados italianos?
—Ayer por la tarde, pero estaba tan agotado del viaje que decidí dormir veinticuatro horas seguidas para reponerme y mostrar mi mejor cara. Aunque nadie esperase con ansias mi vuelta a Versalles, claro.
Le apreté la mano en solidaridad. Pocas cosas dolían más que no ser correspondido en el amor, y empatizaba con su pena.
Aun así, no pude menos que advertir la extraña decisión de Thibaut de regresar a Versalles el mismo día en que lo habían hecho los duques de Orleans.
¿Por qué no retrasar su vuelta hasta el primer día de verano, cuando Philippe y Aurore se retirarían a Saint-Cloud o al Palais Royal hasta el siguiente otoño?
Decidí que no podía juzgarlo por aquel hecho: yo misma prefería estar cerca de Gérald cada día, aunque jamás pudiera ser mío. Aunque me provocase dolor.
—Siento lo del duque de Orleans.
—Yo no —contestó, orgulloso—. Monsieur siempre ha sido un hombre caprichoso y volátil, y su amor y amistad también. Además, está claro que su majestad lo obligó a casarse con esa vulgar mujer para retenerla a su lado como su favorita. Ya lo hizo con Henriette de Inglaterra y lo ha hecho de nuevo.
Me abstuve de contarle la realidad. Claramente, era un hombre despechado de la atención que durante tantos años el duque de Orleans le había profesado; no sería yo quien lo sacase de ese autoengaño para decirle que me temía que Monsieur estaba, en efecto, profundamente enamorado de Aurore.
Yo había sido testigo en su boda secreta y aún recordaba cómo les brillaban los ojos a ambos.
Me lo llevé hasta un bufete cercano para disfrutar juntos de una copa de vino. Thibaut bebió un largo trago, sin dejar de mirar a su alrededor. Pensé que quizás buscaba a Philippe de Orleans.
—Enamorado de una mujer… —masculló—. Qué ordinariez.
—Tampoco estamos tan mal —bromeé.
—Tú no; tú eres una criatura celestial que ilumina las noches de Versalles.
—Basta, Thibaut. Cualquiera que te escuche pensará que has renunciado al amor masculino.
—Eso nunca. ¿Has visto la cantidad de bellezas que me acompañan?
—señaló a su esplendoroso séquito. Eran, en efecto, jovencitos de buen ver que revoloteaban a su alrededor, adorándolo.
Thibaut siempre había sido un hombre atractivo y frívolo que disfrutaba de cada aspecto de la vida: no me extrañó en absoluto que se hubiera rodeado de un buen puñado de nuevos admiradores.
—¿Son italianos?
—No, franceses. Hijos de caballeros parisinos, la mayoría.
—¡Ah! Veo que sigues prefiriendo el producto nacional.
—Siempre, querida.
—¡Y luces nuevo peinado! —dije, admirando la espesa cabellera de rizos rubios que llevaba corta por las orejas—. ¿La última moda en Florencia, quizás?
—En Saboya —puntualizó él.
—Estoy segura de que crearás tendencia.
—Así lo espero. Y también espero que Monsieur me vea y se dé cuenta de lo que ha perdido.
Volví a callar. Dudaba que Philippe de Orleans le hubiera dedicado un solo pensamiento a su antiguo amante en el último año, a juzgar por los detalles de su vida privada que Aurore me había confiado y que, por supuesto, jamás le contaría a Thibaut.
Era uno de los hombres más cotillas de la corte y no sería yo quien le daría información de ninguna clase.
—¿Te veo luego junto a los billares? No quisiera llegar tarde a la cena del rey.
—Solo si luego me cuentas los detalles más jugosos de esa cena privada.
—Claro. —Le guiñé un ojo y me puse en marcha para llegar al Salón de Œil-de-Bœuf a tiempo.
Estaba segura de que la charla con Thibaut me haría ser la última invitada en aparecer, como así fue. Por suerte, faltaba aún el invitado más importante: el Rey Sol.
Los guardias me franquearon la entrada y busqué con la mirada a Aurore, quien charlaba animadamente con Gérald de la Reynie. ¿Qué hacía él aquí ? Casi nunca acudía a los eventos y festividades, y menos a una cena privada del rey.
Antes de que pudiera acercarme a ellos, una mano me atrapó de la muñeca. Supe de quién se trataba antes incluso de girarme: su terrible e inconfundible olor lo delataba. Su presencia estaba tan impregnada de perfume barato y arrogancia que no hacía falta mirarlo para saber que estaba allí.
Me obligué a forzar una sonrisa.
—¡Señor duque! Qué placer que os hayan invitado también a cenar con su majestad.
—¿Dónde te metiste anoche, mon papillon coquin?
Hubert de Humières me sujetaba la muñeca con sus dedos huesudos y fríos, y aunque quise soltarme, no podía hacerlo sin montar un escándalo en la cena del rey.
—Hubert, dejadme ir. Este no es lugar para esta clase de divertimentos —dije, modulando el tono juguetón de mi voz.
—Desperté con un tremendo dolor de cabeza y sin ti en la cama.
—Bebisteis demasiado vino, señor duque. Os dejé durmiendo como a un niño.
Su mano apretó más mi muñeca y ahogué un grito de dolor. Miré a mi alrededor. Nadie nos prestaba atención.
Nadie, excepto él.
Los ojos del capitán eran dos ascuas infernales clavadas en el duque de Humières y un escalofrío que solo pude definir como de placer me recorrió al notar su ira concentrada en aquella mirada oscura.
Calculé cómo liberarme del agarre del duque sin que pareciera un rechazo directo. No me convenía perder su confianza ni su interés, si debía seguir espiándole por órdenes de Gérald .
—Mademoiselle de Valois —susurró con una sonrisa depredadora que me erizó la piel—. No creas que puedes jugar a encender mis sentidos y luego dejarme a medias, como una vulgar zorrita.
—Me honra vuestra elevada opinión sobre mí, señor duque —respondí, sin poder esconder del todo la ironía en mi voz—, aunque, ¿qué culpa tengo yo de que os entregaseis a los placeres de Morfeo?
Hubert se inclinó, acercando su rostro lo suficiente para que el olor a ropa sin lavar, vino y perfume se mezclara en una atmósfera nauseabunda alrededor de nosotros.
—Morfeo, dices… —escupió, con una sonrisa torcida—. Diría que mis sueños son el único refugio cuando cierta dama se toma la libertad de desaparecer sin decir adiós.
Tiré sutilmente de mi muñeca para liberarme y él la aferró con aún más fuerza. Una rabia sorda creció en mi interior, pero la escondí bajo una máscara de calma.
—Vuestra devoción por mis apariciones y desapariciones es conmovedora, señor duque —repuse en tono ligero mientras intentaba mantener la compostura—. Aunque debo recordaros que hay ciertos límites incluso para los hombres más persistentes.
Aquello provocó que su sonrisa se desvaneciera, mostrándome la verdadera naturaleza de su enfado. Acercó tanto su rostro al mío que estuve a punto de desmayarme por el hedor de su aliento.
—¿Límites? No tengo paciencia con los límites.
No alcancé a responder cuando sentí una presencia a mi lado; Gérald de la Reynie había cruzado la sala en un abrir y cerrar de ojos y, con una calma helada, posó su mano sobre el hombro del duque de Humières.
—Señor duque —dijo Gérald, con una voz tan dura como letal—. Sería conveniente que soltarais la muñeca de la dama. Su majestad no perdona este tipo de escenas.
Hubert giró lentamente la cabeza hacia Gérald, sin dejarme ir. Su sonrisa reapareció, retorcida y burlona, mientras observaba al capitán de los mosqueteros como si fuera un simple inconveniente que había aparecido de la nada.
—¿Y desde cuándo un simple soldado se atreve a darme órdenes, capitán? —respondió el duque, subrayando el título con evidente desprecio—. Diría que te has tomado demasiadas libertades. Quizás deberías recordar cuál es tu lugar, cuartelero.
Gérald no se inmutó ante aquel mal velado insulto.
Su mano permanecía firme en el hombro del duque, semejante a una garra de acero oculta bajo el guante de cuero.
Y aunque mantenía el porte sereno, la tensión de su mandíbula y el brillo peligroso en sus ojos oscuros eran advertencias que incluso alguien como el duque de Humières no podía ignorar.
—Mis disculpas, señor duque, si he olvidado mi lugar —dijo Gérald, con una calma que helaba—.
Pero me temo que mi lugar, aquí y ahora, es proteger a mademoiselle de Valois de vuestras dudosas intenciones.
Y os aseguro que esta es una devoción que defiendo con más fuerza de la que os convendría probar.
Humières dudó, sus ojos oscilando entre el rostro implacable de Gérald y mi mirada cautiva.
Sin duda sabía que no podía alargar mucho más aquella escena, pues Louis aparecería en el salón de un momento a otro y, si yo lo denunciaba ante el rey, su majestad le daría un humillante toque de atención por sus malos modales.
Nada ofendía más a un viejo y cascarrabias noble como Hubert que alguien como Louis, joven y con autoridad, lo reprendiera.
Finalmente, soltó mi muñeca con un movimiento brusco, disimulando su humillante retirada con una risa seca y burlona.
—Qué emocionante intercambio de palabras —dijo, enderezándose con un fingido aire de despreocupación. Y con una última mirada venenosa dirigida a Gérald, se dirigió a mí—. Os veré luego en los salones, mon papillon coquin . Allí, los vulgares mercenarios no escuchan tan bien como aquí.
Observé al duque de Humières alejarse hacia el otro lado del salón, mientras los latidos de mi corazón volvían poco a poco a la normalidad.
Al volverme hacia Gérald, noté cómo la ira que él había contenido se concentraba en sus ojos hechos de sombras, en la tensión de su mandíbula, en la mano que disimuladamente había buscado la espada que colgaba de su cintura.
—Gracias, capitán —murmuré, ligeramente confusa por su actitud protectora hacia mí—. Pero no precisaba de vuestra intervención.
Gérald me sostuvo la mirada con la misma firmeza con la que había dominado al duque, y su voz, aunque baja, tenía un peso implacable:
—Si os vuelve a poner una mano encima, lo mataré.
La frialdad y la determinación en su tono me encendieron de una manera que nunca hubiera esperado. Sentí el temor que sus palabras provocaban en mí, así como una emoción inconfesable: la del temblor que su sanguinaria afirmación despertaba en el epicentro de mi cuerpo.
—No será necesaria tal violencia —balbuceé, aunque el latido furioso de mi corazón desmentía por completo mis palabras.
Gérald no apartó sus ojos de los míos, y su mirada me atravesó con la misma intensidad que su amenaza, haciéndome estremecer de arriba a abajo.
—A veces lo necesario no es suficiente, mademoiselle —masculló—. Ciertas ofensas solo se detienen con actos de sangre.
Su declaración me hizo desear aquello que jamás habría admitido en voz alta: saberme defendida hasta las últimas consecuencias por un hombre dispuesto a arriesgarlo todo, sin temor a nada ni a nadie.
Quise alargar la mano hacia su rostro, hasta aquella mandíbula cuadrada y dura, y acariciar esa piel curtida en cientos de torturas y batallas, esa pequeña perilla afilada que llevaba bajo el labio, tan negra como su bigote, tan negra como sus ojos. Tan negra como su alma.
La tentación de acercarme a él era una fuerza que debilitaba mi frágil voluntad.
Quería acariciar la furia contenida que Gérald mantenía tras sus ojos, como si al hacerlo pudiera comprender qué era lo que lo impulsaba, qué lo hacía tan implacable y tan inalcanzable para mí.
Porque en ese momento, mientras me sumergía en la oscuridad de su alma, me di cuenta de que no era solo su protección lo que buscaba, sino el peligro de su cercanía: la certeza de que, por una vez, yo también podría ser parte de esa oscuridad que envolvía a Gérald de la Reynie.
—No necesito que me defendáis así, mon capitaine —susurré, aún perdida en su mirada, de cuyas tinieblas no quería escapar—. No soy una niña indefensa.
Su expresión no se suavizó ni un ápice.
—Quizá no lo seáis, pero eso no cambia que nadie tiene derecho a tocaros. Ni un solo dedo.
Sus palabras hicieron que el aire se volviera aún más denso, trazando una línea invisible e inquebrantable que nos aislaba del resto del mundo, como si estuviéramos atrapados en un espacio ajeno, uno perdido en los ojos del otro.
El silencio que compartimos se prolongó más de lo debido, cargado de tensión, como si fuéramos dos fuerzas opuestas en una danza extraña, más cercana a un combate que a un baile .
Justo en ese momento, Bontemps proclamó la llegada de su majestad con voz firme:
—¡El rey!
Nos separamos rápidamente, conscientes de que habíamos cometido un desliz imperdonable: habíamos bajado la guardia y lo habíamos hecho en público.
Un acto que no podía volver a repetirse de ninguna de las maneras.