Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald V #2
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Gérald V #2

—Solo de las que me miran insistentemente en cuanto aparezco por los salones.

Sus mejillas se cubrieron de un intenso rubor, que intentó disimular bebiendo más vino.

—No es culpa mía que mis ojos os busquen. Como os empeñáis en vestir así …

—Así, ¿cómo?

—Pues así —insistió, y no pude evitar esbozar media sonrisa ante su tono impaciente—. No os vestís como un mosquetero.

—Porque soy el capitán.

—Ni tampoco os arregláis como un noble.

—Porque no soy un noble.

—¿Os gustaría serlo?

—No.

—¿Por qué no?

—La nobleza es un mal necesario, nada más.

Vi cómo se contenía para decir lo que verdaderamente pensaba acerca de mis opiniones. Bebió un trago de vino, y continuó ojeando el tratado, y yo hice lo propio.

Desde la soledad de mi despacho no se podían escuchar los sonidos provenientes de los calabozos, por lo que el ambiente se sentía intensamente silencioso, roto solo por el leve crujido de las páginas y el ocasional tintineo de su copa al posarse sobre la mesa.

El contraste de su porte refinado en aquel entorno lúgubre no dejaba de captar mi atención; Lucille parecía una cautivadora visión fantasmagórica en medio de la penumbra de mi despacho.

Bien avanzada ya la noche y con el amanecer cada vez más cerca, no habíamos aún descubierto nada sobre el código del diario de Humières. Ella parecía cansada, aunque supe que nunca lo admitiría.

—Retiraos a los Apartamentos del Príncipe, mademoiselle. Puedo continuar yo.

—No.

—La duquesa de Orleans requerirá vuestra presencia en breve.

—Pero aún no.

—En ese caso… —Me incorporé y le quité de las manos el pergamino que había estado examinando.

—¡Eh!

Me senté en el borde del escritorio y me incliné hacia ella.

—Prefiero ocupar el poco rato que nos queda antes del amanecer en tareas más provechosas.

—¿Tareas más… provechosas? —titubeó ella, levantando la mirada para encontrar la mía—. ¿Cómo cuáles?

—Habladme de vuestro hermano Bastien.

La petición la tomó por sorpresa, pero enseguida se recompuso.

—¿Qué queréis saber de él?

—Lo que tengáis a bien contarme.

Tomó la copa, pensativa, y dio un breve sorbo antes de empezar a hablar.

—Mi madre tenía un mote para cada uno de sus hijos: Stéphane, el responsable; Lucille, la bulliciosa; y Bastien, el soñador.

—¿El soñador?

Su expresión cambió levemente; un destello de nostalgia y, quizá, dolor, cruzó su rostro. Aquel gesto me bastó para comprender que había tocado una fibra sensible.

—Bastien es diferente a nosotros. Siempre lo fue —dijo, sin levantar la vista de su bebida—.

Nuestros padres no terminaban de asumir que el apellido Valois ya no valía nada en nuestros días, y vivían obsesionados con el pasado en el que nuestra familia gobernó Francia durante dos siglos.

En parte, lograron que Stéphane y yo pensásemos como ellos durante mucho tiempo, hasta que nos dimos cuenta de que los únicos Valois que quedaban eran los de la Gascuña, nuestra línea familiar.

Pronto aquellas historias de reyes y príncipes con nuestro apellido pasaron a ser cuentos que nos relataban de pequeños, nada más.

Esta vez, Lucille sí buscó mi mirada. Yo la escuchaba en el más absoluto silencio.

—Para Bastien siempre fue distinto. Es un joven sensible que sueña con que otro mundo es posible, uno en el que ya no existan vestigios de los oscuros tiempos feudales, por así decirlo.

A él siempre le importó más la gente, aquellos que trabajaban la tierra y servían en nuestras propiedades.

Nunca entendió el desprecio que algunos nobles sienten hacia la plebe.

Es de esos hombres que, a pesar de su linaje, saben que su sangre no es más roja que la de un campesino.

Las hazañas de nuestros antepasados no tenían valor alguno para él, a pesar de la insistencia de nuestros padres por hacer honor al apellido Valois.

Es un poco como vos, mon capitaine : considera la nobleza como un mal necesario.

La calidez en sus palabras revelaba el profundo cariño que le guardaba a su hermano pequeño, pero no se me pasó por alto la intención de su última frase.

—No intentéis ablandarme, mademoiselle. Lo que haga un niño rico para sentirse mejor respecto a sus privilegios no me enternece lo más mínimo.

Ella enrojeció, pero encajó el golpe con elegancia.

—No es un niño rico, como vos decís. Es joven e impetuoso, es cierto, y anhela vivir en un mundo en el que no tenga que esconder lo que verdaderamente siente.

—¿A qué os referís?

Titubeó antes de responder:

—Tiene inclinación por la compañía masculina.

—¿Bastien es un sodomita?

—No me gusta nada esa manera de llamarlo; os pido que no os refiráis a mi hermano de esa forma.

—Está bien: tiene el vicio italiano, pues.

—Sí, y eso no lo hace ni menos valiente ni menos válido como hombre.

—Yo no he dicho eso, mademoiselle. Pero alguien con sus gustos sería mucho más libre en Versalles, donde el rey tolera esas prácticas —dije—. Así que, ¿por qué Bastien no está aquí, junto a vos?

—Porque quería convertirse en mosquetero del rey.

Siempre fue su sueño, aunque, siendo sincera, nunca creí que hablara en serio.

Como os he dicho, es un soñador con muchos pájaros en la cabeza, muy inocente y confiado en la bondad de la gente.

También es cierto que hace más de cuatro años que no lo veo; quién sabe lo que puede cambiar una persona en ese tiempo.

—¿Tanto como para convertirse en un traidor a la corona?

—No, eso no. Jamás.

—Bien —asentí—. ¿Cómo encaja convertirse en mosquetero del rey con ese espíritu sensible de amante del pueblo que me acabáis de dibujar?

—Bastien siempre afirmaba que la mejor forma de ayudar al pueblo de Francia era sirviendo al rey y renunciando a los privilegios de su apellido.

—Hizo una pausa, y la chispa de afecto que brillaba en sus ojos por su hermano menor se avivó aún más—.

Y eso implicaba enrolarse en el ejército o en la orden de los mosqueteros. No quería ser un noble.

—Eso no responde del todo a mi primera pregunta: ¿por qué no se instaló en Versalles tal y como hicisteis vos? Podría haber empezado su entrenamiento como mosquetero entonces.

—Mi hermano Stéphane lo consideró muy joven para la corte, y le rogó que meditase su decisión de formarse como mosquetero antes de entrar en la orden. Solo tenía dieciséis años cuando yo me trasladé a Versalles.

No dije nada. En todos los años que llevaba siendo capitán, había visto a muchos jóvenes de diferente origen ingresar en la orden de los mosqueteros.

La mayoría eran segundos hijos que no heredarían tierras; ser mosquetero es una buena manera de ganar méritos.

Otros muchos eran chicos plebeyos, provenientes de familias de mercaderes y artesanos.

Louis XIV así lo había pedido: lo que debía primar en la orden era la lealtad a la corona, la camaradería y la diversidad social.

Quizá era eso lo que había atraído en primer lugar a Bastien de Valois, pues aparentemente encajaba en sus valores.

Lo esbocé rápidamente en mi mente: un hombre joven que, al contrario que muchos de su linaje, parecía tener una convicción clara sobre su deber, no para con la corte, sino para con el país mismo.

No había muchos así en Versalles, pero sí en la orden de los mosqueteros, donde la lealtad era indispensable.

Sin embargo, algunos de esos chicos que llegaban a París con intenciones puras terminaban siendo absorbidos por las diversiones frenéticas de la gran ciudad.

Yo mismo había tenido que encerrar a varios de ellos en los calabozos por incumplimiento del deber, ya que aparecían borrachos o descuidaban las órdenes recibidas de sus superiores para visitar los barrios bajos.

Eran pocas las manzanas podridas que había dentro de la orden de los mosqueteros, pero existían.

¿Y si Bastien, con su espíritu idealista y su inocencia rural, hubiera sido otro de esos sacrificados en el altar de la vida licenciosa de París? De haber sido así, lo más probable es que llevara meses muerto. París era cruel y mortífera, poco amable con almas sensibles como la del joven Valois.

—Así que, eligiendo servir al rey, ¿esperaba cumplir con ese deber hacia el pueblo? —pregunté, sin contener del todo una nota de escepticismo.

Lucille me dedicó una mirada desafiante, sabiendo que debía defender a su hermano pequeño.

—Para él, sí. Y en cierta forma puedo comprenderlo. A veces pienso que su idealismo era lo único que mantenía la dignidad de nuestra familia intacta. Él siempre decía que solo los nobles que servían de verdad eran dignos de sus títulos. ¿Os parece eso ridículo, capitán?

Hubo un breve silencio, en el que me quedé observando sus ojos, llenos de un fuego contenido.

Sabía que los Valois de Gascuña habían vivido tiempos difíciles, y que esa visión de su antigua nobleza era, en cierto modo, su única herencia.

Lo que Lucille quizá no comprendía es que, en mi experiencia, tales ideales no resistían la prueba de la vida en la corte.

Bastien había renunciado a estar aquí, en el nido de víboras que era Versalles, y tal vez por eso había podido mantener intacto ese intachable idealismo que al parecer había puesto al servicio de la Nueva Fronda.

—Ridículo no, mademoiselle —respondí finalmente—. Pero sí es peligroso.

Ella pareció sorprenderse ante mi respuesta.

—¿Deben callarse los ideales solo para no incomodar a los hombres equivocados? —replicó—. Vos sois un hombre fiel al rey y a la orden de los mosqueteros, Gérald. ¿No es acaso vuestra lealtad un ideal similar al de mi hermano?

—Mi lealtad es hacia el rey y hacia aquellos que merecen que alguien los defienda —repliqué, dejándome arrastrar por la intensidad de la conversación—.

Pero si Bastien de Valois ha logrado mantener sus ideales intactos y lejos de esta corte, ya es un hombre más afortunado que la mayoría de nosotros.

Lucille asintió, dándome la razón, si bien eso no significaba que hubiese terminado de hablar.

—Por eso es imposible que mi hermano se haya unido a la Nueva Fronda con un grupo de aristócratas descontentos por el hecho de que sus bienes estén siendo absorbidos por la corona.

Bastien lo hubiera preferido así: señores arruinados sometidos al Rey Sol, quien tiene la responsabilidad de cuidar de su pueblo utilizando los recursos de la élite a su favor.

Guardé para mí lo que ya tenía claro: que la política de Louis estaba asfixiando precisamente al pueblo que Bastien de Valois parecía querer proteger.

Tampoco le recordé a Lucille que Le Sorcier , un pobre alquimista sin título alguno, apoyaba la causa de la Nueva Fronda.

Tal vez la antigua rebelión hubiera sido un conflicto entre nobles, pero ahora no nos enfrentábamos a la misma amenaza que Louis tuvo que soportar cuando su tío Gastón trató de usurparle el trono.

Puede que la Nueva Fronda estuviera liderada y organizada por nobles, pero sin duda participaban gente de otros estratos sociales, como Manadou, y extranjeros, como el barón Ward.

El entramado era mucho más complicado de lo que parecía a simple vista.

—Decid algo, Gérald. Aún me dais más miedo cuando calláis que cuando habláis —dijo Lucille, con una expresión llena de incertidumbre ante mi pensativo silencio.

—Abrid los ojos, Lucille, y abrirlos bien —le advertí—.

Esta corte es un pozo sin fondo de alianzas turbias y lealtades frágiles.

Si realmente creéis que vuestro hermano es incorruptible, me temo que eso solo lo convierte en un blanco aún más fácil para aquellos que saben usar ideales nobles como sus armas favoritas.

—No subestiméis a Bastien. Es impulsivo, sí, pero no es idiota.

—Un joven noble con los ideales equivocados siempre es un idiota —repliqué, inclinándome hacia ella.

Lucille sostuvo mi mirada.

—No Bastien —respondió, apretando sus nudillos y poniéndose en pie de un furioso impulso—. Y os lo pienso demostrar, aunque me cueste la vida.

No me importaba lo más mínimo su airada ira.

Aquella mujer había pasado toda su vida arropada por el privilegio de su título; ya era hora de que mirara más allá de las sedas y las joyas que la envolvían, porque al otro lado de las doradas verjas de Versalles se extendía un mundo de sombras dispuesto a devorarla.

—Precisaréis pruebas que me convenzan de la inocencia de vuestro hermano, así que quizá necesitéis seducir a algún que otro viejo noble más para ello —dije.

—Sois un hombre en verdad odioso, Gérald de la Reynie —afirmó, con todo su desprecio escupido en cada una de sus palabras.

Sin embargo, en sus ojos destelló una determinación que dejaba claro que, pese a todo, estaba dispuesta a llegar hasta el final, sin importar el precio que tuviera que pagar.

No había nada en el mundo que admirara más que el valor.

Y nunca antes lo había visto envuelto en una belleza tan deslumbrante como la de Lucille de Valois.