Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald V
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Gérald V

D ormía poco y mal, y cuando lo hacía, era en las propias mazmorras, donde me sentía mucho más cómodo que en la habitación que Bontemps, el ayuda de cámara del rey, me había asignado años atrás.

Yo venía de las alcantarillas de París, de los barrios bajos y del lodazal del Sena: los lujos, aunque formaran parte de la vida de Versalles, no significaban nada para mí. Siempre había preferido las sombras.

Sentado tras la mesa de mi despacho, con una sola vela iluminando el mapa de París que estudiaba con obsesión, no pude evitar pensar en Lucille.

Era una dama de la corte, destinada a llevar vestidos de seda y a coquetear en los salones, no a merodear por las habitaciones de nobles traidores y a jugarse la vida para conseguir información.

Aun así, no había dudado en obedecer mis órdenes, demostrando una fuerza que la mayoría de los hombres en este palacio jamás habían tenido el valor de exhibir.

Había pasado años lidiando con traiciones y deslealtades; los ojos de quienes me rodeaban eran cautelosos, cuando no francamente temerosos, cuando los míos se posaban sobre sus personas.

Sin embargo, en los de Lucille veía la clase de determinación que admiraba.

Tal vez, en otro tiempo y en otro lugar, podría haberle revelado lo que su delicado cuello blanco despertaba en mis más bajos y retorcidos instintos.

Pero no podía permitirme esa clase de indulgencias, y menos con una dama como ella .

Los pasos apresurados en las escaleras que llevaban a las mazmorras me pusieron en inmediata alerta.

Con un movimiento lento y silencioso me puse en pie y desenvainé la espada que siempre llevaba en el tahalí de mi cinturón.

La vida como mosquetero me había enseñado que siempre debía estar listo para un posible ataque.

En el borde de la penumbra de mi despacho apareció Lucille, agitada y con la expresión de quien acaba de mirar al propio diablo y ha vuelto para contarlo.

Había corrido hasta las mazmorras, y eso había deshecho en parte su peinado.

Ahora las ondas negras como la noche que nos rodeaban caían sobre su rostro despierto y excitado.

Apenas hubo un instante de silencio entre nosotros antes de que deslizara su mano bajo el corpiño de su vestido rojo, sacando un pequeño libro de cuero negro que no dudó en ofrecerme.

—Lo encontré en la habitación de Humières —me informó, a todas luces emocionada por su hallazgo.

—Cerrad la puerta —ordené al tiempo que envainaba la espada, y ella obedeció.

—Es algún tipo de diario encriptado. Al menos, eso creo.

Tomé el diario y lo abrí. Durante mis años de servicio había aprendido a descifrar múltiples códigos crípticos y mensajes en clave, pero lo que tenía en mis manos era distinto.

—¿No consideráis que tiene aspecto de ser un listado, capitán?

—Puede —concedí, aunque estaba de acuerdo con ella. Cada página empezaba con la frase “jaula de hierro”, y bajo ella, de forma ordenada en líneas, unos símbolos geométricos, extrañamente mezclados con números. Ese era un tipo de código que nunca había visto antes .

Lucille se inclinó a mi lado, invadiéndome con su perfume de ámbar gris y jazmín, y desde aquella escasa distancia casi pude saborear cada centímetro de su piel perfecta.

—La jaula de hierro —pronunció en voz alta—. Se repite varias veces. Manadou usó esa expresión antes de morir. ¿Qué puede significar?

Tardé unos instantes en responder. Necesitaba concentrarme en el diario que tenía ante mí y no en la suavidad del cuello de mademoiselle de Valois.

—Es una expresión que se usa en la Bastilla.

—¿En la prisión de la Bastilla?

—Sí. Un cage de fer es un prisionero considerado altamente peligroso y que está destinado a las celdas de máxima seguridad de la prisión, las del último piso, cuyos barrotes están mucho más reforzados.

Generalmente, son presos políticos o de alto rango.

Los guardias se refieren a ellos como jaulas de hierro.

Lucille parpadeó, deprisa, con la confusión dibujada en su bonito rostro.

—¿Cómo sabéis tanto de la Bastilla?

—Pasé muchos años ahí.

—¿Como guardia?

—No.

—¿Cómo preso de Louis XIII? —se asustó ella.

—Tampoco. —Se me formó una sonrisa dura—. Yo era solo un crío cuando el viejo rey murió. ¿Tan mayor creéis que soy?

Ella enrojeció.

—No quería decir eso.

—Aún no he cumplido los cuarenta años, mademoiselle de Valois. No he tenido tiempo para ser preso en la Bastilla, enrolarme en la orden de los mosqueteros del rey y ascender hasta ser capitán. Además, su majestad jamás me hubiera otorgado semejante honor si hubiera sido un prisionero político.

—Tiene sentido —admitió Lucille, aunque la curiosidad de sus ojos aumentó—. ¿Entonces…?

—¿Entonces qué?

—¿No vais a contarme qué os hizo pasar varios años en una prisión como la Bastilla?

Guardé silencio, devolviendo mis ojos al diario. Lucille se impacientó y, sin pensar en lo que hacía, tiró de mi manga.

—Es la primera vez que sé algo de vos que nada tiene que ver con vuestros métodos interrogatorios ni con vuestra eficacia erradicando enemigos de su majestad.

La atrapé por la muñeca para apartarla de mí. Aquel brusco contacto la hizo soltar una exhalación, no tanto por el daño como por la sorpresa del brusco gesto, si bien pronto recuperó su porte orgulloso, alzando la barbilla.

—¿Qué ocurre, mon capitaine ? —dijo, en voz baja—. ¿Acaso hay un aspecto de vuestra antigua vida que os avergüenza?

—No hay nada en mi vida pasada ni en la presente de lo que me avergüence —mascullé, sin soltarla. A esa distancia pude distinguir cómo sus ojos oscuros chispearon de una emoción que no logré clasificar.

El contacto de la piel de su muñeca empezó a arder en la mía, y la solté.

—Contádmelo, pues.

—Mi padre era guardia en la Bastilla. Me crie ahí, entre esas paredes.

—¿Y vuestra madre?

—Murió al dar a luz a mi hermano pequeño.

—¿Tenéis un hermano?

—Sí.

—¿Y dónde está?

—¿Siempre sois tan entrometida?

Calló, aunque no dejó de mirarme, ansiosa por saber más. Acabé por soltar un suspiro frustrado.

—Nicolas vive en París. Nos vemos poco.

—¿Y vuestro padre, sigue en la Bastilla? Quizá podría ayudarnos con lo de la jaula de hierro.

—Mi padre murió en el asalto de la prisión por parte de la vieja Fronda.

Aquello dibujó un gesto de pesar en su rostro y su voz cambió del desafío a la compasión.

—Lo siento mucho, Gérald.

No se me pasó por alto que era la primera vez que usaba mi nombre, sin mi rango de por medio.

—Basta de perder el tiempo, mademoiselle. Concentrémonos en lo que tenemos entre manos.

Porque si seguía así, acabaría por contarle que el día en que mi padre murió asesinado por los fronderos que intentaban liberar a los presos que el cardenal Mazarino había encerrado en la Bastilla, yo estaba en la otra punta de París, salvando la vida de un joven Louis.

Y que cuando, semanas más tarde, su majestad me nombró capitán de los mosqueteros, derramé las últimas lágrimas que había vertido en mi vida.

Desde entonces, no había vuelto a llorar.

Y también desde entonces había servido con lealtad al Rey Sol.

Mi historia era mía y de nadie más. Mucho menos de Lucille de Valois.

—¿Sabéis leer?

Esta vez fue ella quien se enfadó.

—¿Por quién me habéis tomado, capitán? ¡Por descontado que sé leer!

—¿También en latín?

—Claro que sí.

—¿Veis todos esos libros? —le señalé el fondo de mi despacho.

—Sí.

—Son tratados sobre criptografía. Traedlos a mi mesa. Intentaremos descifrar este galimatías.

Se dispuso a hacer lo que le había pedido cuando se detuvo y me miró.

—Siento de veras lo de vuestro padre, Gérald. Si yo hubiera perdido al mío por culpa de la Fronda, también los odiaría con la misma pasión que vos.

—Limitaos a obedecerme.

Dejó escapar un bufido, pero cumplió con mi orden.

Había algo extraño en ver a una dama como ella, vestida aún con su exquisito vestido de baile, acarreando manuscritos y libros polvorientos hasta mi mesa.

No parecía importarle las altas horas que eran ni lo inapropiado de su presencia ahí.

Se limitó a abrir el primer tratado para estudiarlo.

Yo hice lo propio con otro. Entre nosotros brillaba la luz de las velas, que iluminaban el diario sustraído a Humières.

Le serví una copa de vino, que ella aceptó, sin apartar la mirada de las hojas que iba pasando. Yo no bebí.

—¿Y bien? —pregunté, tras unos minutos de concentrado silencio.

—¿Y bien, qué? —replicó ella, levantando los ojos de su lectura.

—¿No vais a contarme cómo os ha ido con Hubert?

—¿Queréis los detalles sucios, mon capitaine ? ¿He de presentar un informe detallado de mis servicios como espía?

Nos miramos fijamente, ella desafiante y yo inquisitivo.

—¿Os habéis acostado con él? La respuesta es sencilla, mademoiselle: sí o no .

—No le hago ascos al atractivo de un hombre maduro, pero las pelucas empolvadas y el olor a orina no despiertan mis deseos, precisamente.

Quise preguntarle qué era lo que despertaba sus más profundos deseos, pero no estábamos ahí para mantener ese tipo de charlas ociosas.

—Por si queréis saberlo, puse tintura de opio en su vino y se quedó dormido como un angelito apestoso en pocos minutos. Así es como pude inspeccionar su habitación con plena libertad.

—¿Opio? —me sorprendí.

—Sí, opio —dijo, sin achantarse—. ¿Desaprobáis mis métodos?

—En absoluto, mademoiselle. ¿También usáis esos medios para conseguir semejantes joyas y vestidos? —pregunté, señalando con el mentón el collar de ostentosas perlas que adornaba su cuello—. Al fin y al cabo, vuestra familia es pobre.

—Os recuerdo que soy dama de compañía de la princesa Aurore.

—Un nombramiento efectuado hace escasos días. Lleváis luciendo gargantillas y sedas desde vuestras primeras semanas en Versalles.

—Me complace que vuestros ojos de halcón hayan vigilado cada uno de mis movimientos.

—Es mi deber fijarme en los detalles.

—¿Y os fijáis así de bien en los detalles de todas las damas?