Lucille V
A l cruzar el Salón de la Paz, tuve que detenerme y tomar aliento, apoyada contra la pared. Mi respiración estaba tan agitada como mi propio corazón.
¿Por qué, de todos los hombres de Versalles, tenía que sentirme desesperadamente atraída por el único que podría hacerme daño sin ni siquiera pestañear?
¿Por qué deseaba su mano en mi cuello y su boca en mi piel?
¿Por qué su desprecio despertaba aquel fuego en mi pecho y aquel temblor entre mis piernas?
Había tenido una docena de amantes desde que había llegado a la corte, pero ninguno había provocado en mí el torbellino de emociones que Gérald de la Reynie lograba con solo una palabra o una mirada.
Era un hombre odioso y cruel que me utilizaba para sus propios fines y yo era plenamente consciente de ser solo una pieza en su tablero.
Entonces, ¿por qué mi cuerpo reaccionaba así cuando compartíamos un mismo espacio?
Me enderecé, inspiré profundamente y me obligué a salir de la turbia ensoñación que me provocaba el capitán de los mosqueteros. No podía permitirme pensar en él ahora; tenía un cometido y un desagradable duque al que seducir.
A aquellas horas de la noche los salones del ala norte ya estaban solitarios y vacíos.
Por orden del rey, la iluminación debía mantenerse incluso sin cortesanos en ellos, por lo que en cada estancia ardían las velas de uno o dos candelabros.
Mi antigua habitación estaba situada en la planta baja, donde se alojaban los nobles con menos estatus de la corte y los funcionarios que servían a su majestad, mientras que en el segundo piso se hallaban las cámaras destinadas a los títulos nobiliarios más prestigiosos. Como la del duque de Humières.
En otras circunstancias, lo ideal hubiera sido invitar al caballero a visitarme a escondidas en mis propias habitaciones, si bien esa idea quedó de inmediato descartada: ahora vivía en los Apartamentos del Príncipe, bajo la protección de los duques de Orleans, y aunque ni Philippe ni Aurore juzgarían jamás mis escarceos sentimentales, me moriría de vergüenza si se enteraran de que mantenía una aventura con un tipo tan despreciable como Hubert.
Así que, con el corazón atormentado por lo que me veía obligada a hacer por amor a mi hermano y por el honor de mi familia, tomé las escaleras que llevaban al segundo piso.
El mero hecho de dirigirme al encuentro del duque de Humières me recordaba hasta qué punto estaba dispuesta a arriesgarme para cumplir con el encargo del capitán de los mosqueteros y salvar a Bastien del lío en el que estuviera metido.
El eco de mis tacones sobre el mármol reverberaba en el aire silencioso del palacio, sumergido ahora en una quietud espesa y solemne.
En contraste con la tumultuosa velada de la Galería de los Espejos, el segundo piso parecía atrapado en un sueño profundo, como si sus paredes y escaleras fuesen cómplices de las intrigas nocturnas de quienes, como yo, deambulaban en secreto por el lugar.
Necesité tomar varias veces aliento antes de golpear en la puerta de los aposentos del duque. No pasó demasiado tiempo antes de que un criado, visiblemente somnoliento, abriera apenas lo necesario para mirarme con desconcierto.
—Soy Lucille de Valois —dije en voz baja, con tono cómplice—. Tengo una audiencia con el duque.
El sirviente asintió con cierta sorpresa y me dejó pasar .
Hubert de Humières, envuelto en una bata de seda púrpura que apenas ocultaba su figura desgarbada, yacía lánguidamente en un diván situado al fondo de la habitación, en una postura que supongo pretendía resultar seductora, aunque, en mi opinión, solo lograba subrayar su vulgaridad.
No sabía qué edad tenía con exactitud, aunque ya debía de pasar los sesenta años.
Como la mayoría de nobles de la vieja nobleza francesa, usaba una abultada peluca empolvada llena de tirabuzones, de los que se desprendía el olor a harina de trigo mezclado con un fuerte perfume que no lograba camuflar del todo el hedor a orín del propio duque.
Toda su cámara hedía a él y tuve que hacer verdaderos esfuerzos para no vomitar.
En Versalles corría el rumor de que tanto el rey como su hermano se daban baños calientes con asiduidad, lo que contradecía los consejos de la mayoría de galenos, por lo que los nobles más reaccionarios a las políticas reales comenzaron a comportarse de la forma contraria a Louis: usaban peluca, no se vestían a la moda y, por descontado, solo se higienizaban de vez en cuando con un lienzo de lino empapado en perfume.
El duque de Humières era, para mi desgracia, uno de esos nobles apestosos y empolvados.
—Mademoiselle de Valois, una visita nocturna… Estoy halagado —dijo, cruzando las piernas cubiertas por bombachos de seda—. Confieso que, a pesar de vuestras promesas realizadas horas antes, no creí que vendríais a mí.
—Mi señor —respondí con una sonrisa forzada, dejándome caer con estudiada languidez en el otro lado del diván, evitando lo máximo posible el contacto con él—, soy una mujer de palabra. Además, considero que quizás una velada menos formal nos permitiría conocernos mejor .
Él sonrió, enseñando una hilera de dientes amarillentos, y se desplazó a través del diván hasta posicionarse junto a mí.
Inspiré profundamente para contener la repulsión que su olor corporal me provocaba y centré mi atención en los dos vasos de vino que descansaban en la mesita frente a nosotros.
Con manos firmes y una sonrisa coqueta, me dispuse a servir la bebida.
—Permítame, señor duque. La ocasión lo amerita.
—Claro, mon papillon coquin —me piropeó, o al menos lo intentó. Que me llamasen “mi traviesa mariposa” no era lo que yo consideraba un juego de seducción, pero fingí que su apodo me halagaba.
Tuve que reprimir un grito cuando Hubert empezó a besarme el cuello y su hedor me invadió aún más. Aproveché ese momento de distracción para sacar de la manga de mi vestido el frasco de tintura de opio que Aurore me había proporcionado para poder conciliar el sueño.
Hubert iba dejando húmedos y sonoros besos en mi cuello, que yo correspondí con unos pocos gemidos provocadores, por lo que no se dio cuenta de cómo vertí toda la dosis en su copa.
Lo mezclé rápidamente con el dedo, rezando para que el color del vino tinto no cambiase demasiado.
Se volvió un poco más oscuro, pero nada que un hombre ofuscado por la cercanía de una presa amorosa fuera a distinguir.
Además, la habitación estaba tenuemente iluminada, con apenas un par de candelabros encendidos.
Solo si se fijaba mucho en la bebida podía darse cuenta de que había pasado del borgoña a un púrpura negruzco.
—Duque, por favor. —Simulé una risita frívola y lo aparté de mí.
La mayoría de nobles esperaban cierta resistencia de una dama, aunque fuese por pura coquetería francesa, como parte del juego de seducción—.
¿Es que no sabéis que una buena conversación es el mejor preámbulo para una larga noche de amor?
—Ah, pero qué pequeña zorrita eres —rio él, y aproveché para poner el vino en su mano, ignorando la rabia que aquel insulto había despertado en mí.
Alzamos las copas, y yo apenas acerqué mis labios al borde, mientras él bebía con gusto, sin sospechar que el sueño comenzaría a adormecerlo en breve. Debía mantenerlo entretenido mientras la tintura de opio hacía efecto, así que tomé una inspiración profunda y le sonreí.
—Pienso a menudo, duque, en los días en que nuestra Francia era más sencilla —comenté, con una expresión de fascinación estudiada—. He oído que conocéis bien ese tipo de tiempos. Servisteis a Louis XIII, ¿no es así?
El duque me observó con una mirada cargada de orgullo, claramente tentado a jactarse de la posición que había ostentado con el antiguo monarca.
—Así es, Lucille. Un gran rey, piadoso y contenido, nada licencioso.
—¿No como nuestro Rey Sol, os referís?
—Prefería no hablar del omnipotente y divino Louis XIV, mon papillon coquin.
—¿O sea que no queréis contarme nada de la vida en el antiguo palacio del Louvre? Apuesto a que llevabais a las damas de cabeza.
Él rio, ufano, y bebió más de su copa.
—Reconozco que tomé a varias damas más jóvenes que vos —se carcajeó con desdén—. Y lo hice con sumo placer.
—No me cabe duda, señor duque. En vuestros años mozos debisteis ser uno de los hombres más atractivos de la corte. Un atractivo que, si me permitís el atrevimiento, habéis conservado.
Hubert se llevó la copa a los labios de nuevo, y comprobé con satisfacción cómo bebía otro largo trago.
—A ti te permito todos los atrevimientos, mariposita mía —dijo, dejando la copa ya vacía sobre la mesa—. Ven aquí y deja que bese esa preciosa boca.
—Con vuestra experiencia, deberíais saber que lo bueno se hace esperar —dije, risueña, y luego ladeé la cabeza—. Vamos, mi buen duque, ¿no vais a satisfacer mi curiosidad respecto a la vieja corte? Los buenos cotilleos siempre alegran el corazón de una dama.
—¿Qué clase de cotilleos quieres?
—Los más escandalosos que corrieran por los pasillos del Louvre.
—Bueno, respecto a eso, ya sabrás que…
A medida que hablaba, noté cómo su tono de voz se iba apagando y sus ojos poco a poco empezaban a cerrarse.
La tintura de opio hacía efecto. Le agradecí en silencio a Aurore por su dispensario bien abastecido.
Las palabras que Hubert pronunciaba se fueron volviendo pastosas, lentas.
En pocos minutos el duque fue cayendo en un pesado sueño, mientras yo me permitía beber un poco de mi propio vino.
Cuando finalmente su cuerpo cayó sobre el diván, me aparté con un gesto de disgusto y lo dejé ahí, roncando. No sabía de cuánto tiempo disponía antes de que abriera los ojos, por lo que me obligué a ser rápida en mi registro.
Empecé por su secreter. Entre los papeles amontonados encontré cartas y documentos, algunos de ellos sellados con emblemas que reconocí de viejas familias que se habían opuesto al rey en algún momento, pero que ahora estaban libres de sospecha.
Memoricé los nombres por si a Gérald le pudieran servir de algo.
Al terminar de revisar los documentos que lograron captar mi atención, volví a colocar cada uno en su lugar. Observé al duque, quien roncaba suavemente, sumido en el sueño, y seguí buscando en sus baúles llenos de ropa que olía a moho. ¿Es que ese hombre nunca mandaba a sus criados a la lavandería?
Abrí cajones y más cajones, sin encontrar nada que pudiera ser de interés. Busqué entre los cojines del diván, procurando no tocar a Hubert, y también entre las sábanas y el colchón de su lecho, sin resultado. Bufé, frustrada. ¿Dónde más podía mirar?
Negándome a dejarme llevar por la desesperación, palpé las paredes cubiertas de papel pintado.
Versalles estaba repleto de pasadizos ocultos tras sus muros, a través de los cuales se movían los criados y los nobles que buscaban aliviar su vejiga en cualquiera de las tinas.
Por no hablar de los corredores privados que toda la corte sabía que el rey usaba para moverse a placer por la primera planta de palacio. No encontré nada.
Estaba a punto de rendirme cuando un destello en el rincón de la habitación atrajo mi atención.
Se trataba de un pequeño cuadro al óleo situado encima de la mesita junto a la cama.
Era anodino, sin ningún valor pictórico: solo un esbozo de paisaje pintado sin demasiada gracia.
Desentonaba comparado con los costosos tapices que cubrían el resto de la cámara, y tuve un presentimiento que me hizo palpitar el corazón.
Lo saqué con cuidado y ahí estaba: un pequeño hueco oculto tras la pared y, en su interior, un solo objeto. Supe que debía tratarse de algo importante, si Hubert se había tomado la molestia de esconderlo.
Era un diario de cuero negro, de aspecto sencillo pero inquietantemente austero para un duque del poder adquisitivo de Humières. No llevaba adornos ni iniciales, y estaba cubierto de polvo, por lo que deduje que no se consultaba con asiduidad.
Al abrirlo, me encontré con páginas enteras llenas de lo que parecían ser listados.
Cada una de esas páginas estaba encabezada por la frase “jaula de hierro”.
Esa misma expresión la había utilizado Manadou antes de morir, y sentí una punzada de emoción al confirmar que tenía un objeto valioso en las manos.
Sin embargo, el diario estaba escrito en clave: símbolos geométricos mezclados con números que me resultaron extrañamente familiares, aunque no supe por qué.
Sentí frío en la espalda, una sensación de amenaza oculta en el trazo tembloroso de aquellos símbolos.
No lograba ubicarlos, aunque sabía que los había visto antes. Pero, ¿dónde? ¿Y cuándo?
Guardé el diario entre mi camisa interior y el corpiño.
Para mí, aquel galimatías no tenía ningún sentido, más allá de la expresión “jaula de hierro” que Manadou había pronunciado antes de morir, pero podía significar una pista si Gérald lograba descifrarlo.
Mi objetivo estaba cumplido: había encontrado un fragmento de la verdad, por más oscuro y enrevesado que fuera.
Confié en que Hubert tardase días —puede que semanas— en advertir el robo.
Humières continuaba sumido en un sueño profundo.
Una ligera mueca de repulsión me cruzó el rostro al escucharlo roncar.
Antes de marcharme, me aseguré de que todo estaba tal cual lo había encontrado para que no quedara ningún rastro de mi búsqueda.
Con un poco de suerte, al despertar pensaría que había bebido de más y se había dormido antes de poder tomarme. Tanto mejor.
Al salir de la habitación, mi mente hervía de pura excitación. Necesitaba contarle a Gérald lo que había encontrado. Y necesitaba hacerlo de inmediato.
Mientras descendía las escaleras y tomaba el camino que me llevaría a las mazmorras, mi mente volvía a aquel balcón de la Galería de los Espejos, cuyo limitado espacio había compartido con él apenas un rato antes.
Todavía podía sentir el calor de su mirada, la intensidad de sus palabras y, por un momento, me pregunté hasta dónde llegaría este juego de intrigas en el que me había visto obligada a participar.
Yo misma había aceptado las reglas, era cierto, y Gérald de la Reynie era quien controlaba ese tablero de traiciones y peligros al que había entrado por mi propia voluntad, para ayudar a mi hermano y salvaguardar el apellido de los Valois.
Y también para torturarme a mí misma, permitiéndome estar cerca del único hombre que jamás caería bajo mis encantos.
Estaba perdida.