Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald IV #2
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Gérald IV #2

Había salido a uno de los pequeños balcones que daban a los jardines para contemplar las estrellas que titilaban en el cielo, y yo la observé desde la penumbra que se iba apoderando de la Galería conforme las velas eran apagadas.

El rojo burdeos de su vestido contrastaba con la exquisita palidez de su piel y de su cabello de ébano, y por un fugaz instante pude visualizarla subyugada, de rodillas ante mí, con sus ojos oscuros llenos de deseo y su boca entreabierta, lista para recibirme.

Tuve que sacudirme esos pensamientos de la cabeza.

No debía enredarme con otra dama; y mucho menos con una que podía ser la hermana de un traidor.

Lucille se dio la vuelta en ese momento, como si percibiera mi presencia y nuestros ojos se encontraron.

—¿Ahora sois mi sombra, mon capitaine ?

—¿Queréis que sea vuestra sombra?

En sus ojos almendrados distinguí una chispa peligrosa: la de una mujer decidida a hacer lo que fuera necesario para lograr su cometido. Y aquello me atraía.

—¿Por qué habría de querer algo así? No soy una dama que necesite escolta. —Hizo una pausa y me miró de arriba a abajo con una lentitud calculada—. Si bien hay que admitir que vuestro tosco encanto se mide mejor en las distancias cortas.

Me acerqué y ella retrocedió un paso, hasta que la barandilla del balcón la aprisionó y se vio sin escapatoria alguna. No obstante, su orgullo no disminuyó ni un ápice ante mi cercanía.

—Versalles es una corte traicionera —la advertí—, así que no rechacéis mi protección con tanta facilidad. Puede que en los momentos más peligrosos de la noche, deseéis que sea vuestra sombra .

Dejó ir una risa repleta de sarcasmo. Estaba tan cerca de ella que su perfume a jazmín invadió todos mis sentidos y, por un momento, me perdí en sus labios carmesí.

—No juguéis conmigo, capitán. Me habéis arrastrado a este juego de intrigas, ¿y ahora me ofrecéis vuestra protección?

—Es vuestro hermano quien os ha puesto en una situación delicada. Y quien debe ganarse mi confianza sois vos, no yo.

—Espero que mi visita nocturna al duque de Humières sea el primer paso de esa confianza en mí.

Sus palabras llevaban un reproche envenenado que no se me pasó por alto, y yo acaricié con los dedos la empuñadura de mi espada, resistiendo el impulso de apartarle ese mechón rebelde que rozaba su mejilla con la brisa nocturna que entraba por el balcón.

—Todos debemos realizar actos desagradables para proteger al rey, mademoiselle.

—Sí, mon capitaine , aunque yo preferiría vuestro cometido de arrancar ojos a traidores antes que meterme en la cama de ese zafio duque.

—¿Seríais capaz de arrancar un ojo?

—¿No me visteis herir a Manadou bajo vuestras órdenes? Puedo ser muy obediente si me lo propongo.

—Vuestros ojos, mademoiselle, dicen lo contrario.

—Ponedme a prueba, pues.

Su joven rostro estaba hecho de un fuego tentador. Me miraba con esa altivez que había aprendido a desplegar con precisión, pero bajo aquella máscara de cortesana desafiante, yo sabía que Lucille sufría por su hermano. Y yo sufría por no poder tomar de ella todo cuanto deseaba tomar.

—No tenéis idea de qué me estáis pidiendo. —Mi voz fue un murmullo cargado de la misma tensión que flotaba en el aire, solo entre nosotros—. Os advierto que cuando doy órdenes, espero la más absoluta sumisión.

—Sumisión, decís… —replicó, levantando la barbilla y esbozando una sonrisa que brillaba de puro desafío—. ¿Acaso no os he mostrado ya mi sumisión, mon capitaine ? ¿Qué más deseáis de mí?

«Actos que jamás pronunciaré en voz alta», pensé, sin llegar a formar ni una palabra.

Lucille no era una mujer acostumbrada a ceder terreno ante un hombre, y menos ante uno como yo.

Pero algo en ella la traicionaba; lo veía en la forma en que sus labios se entreabrían y en cómo contenía el aliento.

La notaba debatirse entre su instinto de rechazarme y la creciente curiosidad por saber hasta dónde podía llevar esta peligrosa tensión que latía entre ambos desde nuestro encuentro privado en las mazmorras.

Me acerqué otro paso, permitiendo que la penumbra de la noche cubriera nuestros rostros casi por completo.

—¿Encontráis placer en obedecer, mademoiselle de Valois?

—Depende del comandante —contestó, altiva, y sus ojos centellearon entre las sombras que nos rodeaban.

Levanté la mano y dejé que mi dedo rozara lentamente su mentón, bajando por su cuello en un recorrido breve y calculado. Su respiración se detuvo al notar el tacto del cuero de mis guantes sobre su piel.

—¿Capitán? —susurró, con sus labios teñidos de rojo entreabiertos por la sorpresa de mi caricia.

Aparté la mano como si me quemase, a pesar de que el cuero que cubría mis dedos me impedía paladear la suavidad de una piel cuyo tacto y sabor yo había imaginado demasiadas veces.

—Servidme lealmente, sin titubear, mademoiselle. Es lo único que espero de vos.

—Y pienso hacerlo, pero a cambio quiero algo más de vos que la libertad de mi hermano.

—¿Ah, sí? ¿Qué podría querer una joven dama de un hombre como yo?

Por un instante creí que iba a pedirme una compensación íntima que no le podía otorgar, pero enseguida su rostro se convirtió en el de la espía que precisaba que fuese.

—Si os traigo una pista de la Nueva Fronda a través del duque de Humières, quiero participar en cada paso de vuestra investigación hasta destapar la conspiración.

—¿Y salvar así a vuestro hermano?

—Solo si es inocente. Si no lo es, os juro que yo misma giraré la cerradura de su calabozo y tiraré la llave al Sena.

La miré a los ojos y solo encontré determinación en su exquisito rostro.

—Traedme una nueva pista —concedí, hablando despacio—, y confiaré lo suficiente en vos como para permitiros acceder parte de nuestros avances.

Lucille asintió, conforme con las condiciones del trato.

—El deber llama, pues. Deseadme suerte con el ordinario duque al que me envía mi implacable carcelero. Buenas noches, capitán —murmuró, inclinando la cabeza.

No me aparté para dejarla pasar, y el roce de su vestido cuando me dejó atrás se sintió como una extraña caricia en mi capa.

La vi desaparecer a través del Salón de la Paz, y aunque la noche era fresca, el recuerdo de su cercanía permaneció en mi piel como la más deliciosa de las cicatrices que cubrían mi cuerpo, como un calor extraño, persistente y delicioso, que se deslizaba por mis manos y que llevaba el nombre de Lucille de Valois.

Me quedé en el balcón, contemplando la oscuridad que envolvía los jardines de Versalles. La realidad era que allá afuera había quien deseaba derrocar a Louis XIV en una conspiración mucho más peligrosa de lo que cualquiera de nosotros quería admitir. No podía permitirme distracciones.

Pero al tener a Lucille bajo mi mando y responsabilidad, un deseo diferente a cualquier otro que hubiera sentido antes despertaba en mí.

Un deseo al que no me atrevía a poner nombre.