Gérald IV
L a Galería de los Espejos resplandecía bajo la luz de los candelabros. Cientos de destellos dorados se reflejaban en los cristales, danzando al ritmo alegre de la música de cámara que era interpretada sin descanso por un conjunto de cuerda.
Me moví entre los invitados, atento a los más pequeños detalles y gestos de la nobleza indolente ahí convocada, sin olvidar el motivo por el que había decidido aparecer en el baile de aquella noche: vigilar a mi nueva espía.
No me costó encontrarla. Lucille destacaba entre la mayoría de damas; puede que su apellido fuera de los menos valiosos en la corte, pero tenía un porte indiscutible y una elegancia desbordante adornada con una expresión mundana: la de quien posee secretos, pero no tiene intenciones de revelarlos.
Sin embargo, Lucille de Valois no era el único motivo por el que mi presencia era necesaria en la corte.
Estaba aquí por deber. Mis ojos debían escrutar cada rostro en busca de la traición que rondaba al rey.
Me situé cerca de uno de los balcones de la Galería, desde donde la vista ofrecía una perspectiva cómoda y discreta de todos los presentes que charlaban, danzaban y bebían ociosamente.
Desde mi posición pude observar cómo Lucille se inclinaba ante el duque de Humières, con una sonrisa suave y falsamente amable pintada en su rostro, lo que complació sobremanera al noble, poco acostumbrado a ser destinatario de coqueteos femeninos.
Apenas pude contener la mueca que se dibujó en mi boca ante aquella escena.
Hubert de Humières gozaba de mala fama en Versalles, no solo por su carácter huraño, sino también por sus modales bruscos y su escasa higiene.
Corrían chistes sobre su persona acerca de que solo se limpiaba de la barbilla para arriba.
Hasta donde yo sabía, era uno de los mayores críticos con las decisiones de Louis, fueran estas políticas o de otra índole.
Se consideraba por encima de todo y de todos; no en vano formaba parte de la vieja nobleza francesa empobrecida por los impuestos del rey para sufragar la ampliación del palacio y la guerra neerlandesa.
Mi contemplación de la falsa escena de seducción no duró mucho: una mano tiró de mi manga con fuerza, seguido de un susurro agitado con forma de voz femenina.
—¡Capitán de la Reynie, deseo hablar contigo!
Al girarme, me encontré el rostro airado y enrojecido de Ophélie.
—Baronesa, este no es lugar para conversar en privado —dije, molesto por la interrupción, pero ella se acercó más de lo que era decente para una dama de su posición.
Intuí que había bebido más de la cuenta, pues jamás ella y yo habíamos hablado en público.
—Vosotros, los hombres —balbuceó, con un etílico deje de ironía, y la mirada llena de despecho y resentimiento—, nunca consideráis nada importante, salvo vuestro propio deseo de controlarlo todo. Pero yo no soy uno de tus mosqueteros, Gérald.
En efecto, Ophélie estaba ebria. Hablaba con la boca pastosa y su aliento olía a licor. Me quedé en silencio, esperando que terminara su acusación, aunque la impaciencia me hervía en la sangre por tener que lidiar con aquella situación .
—No estoy aquí por un ataque de celos, ni mucho menos —siguió, sin darse cuenta de que algunas miradas ya se habían posado en nosotros—. Solo quiero saber, ¿por qué?
Traté de no dejarme llevar por las emociones que bullían en mi interior.
Sabía perfectamente a qué se refería; nuestra última noche había sido un absoluto desastre, aunque yo no me disculparía por ello.
La baronesa de Mirabeau había bebido tanto como yo, y ambos habíamos desatado nuestros propios demonios.
Fue ella quien había insistido en tomar aquel condenado licor clandestino que se vendía en los barrios bajos de París.
Habíamos perdido el control bajo los efectos de aquella bebida.
Lo que le había hecho era algo que siempre había estado ahí, dentro de mí, pero que rara vez dejaba escapar.
Mucho menos con una dama. Pero habíamos tomado tragos y tragos de rêve vert y la situación se nos había escapado de las manos a los dos.
Nunca más iba a permitirme un desliz así.
—Baronesa, no hablemos de esto aquí —mascullé, cortante, pero ella no retrocedió en sus intenciones. ¿Buscaba una disculpa, tal vez?
—Lo que hiciste la última vez, Gérald… Me dejaste marcas, no solo en el cuerpo.
—No me acuséis de cosas de las que ambos fuimos parte.
—Pero…
—¿De quién fue la idea de beber aquel maldito licor verde? Vuestra. Ambos perdimos el control y, que yo recuerde, nunca os pedí que hicierais nada contra vuestra voluntad. Si ahora os avergüenzan las bajezas a las que os sometisteis en mis brazos, lidiad vos con esa afrenta.
Ella apretó sus labios; la ofensa en su rostro más marcada que nunca.
—Un caballero nunca trataría así a una dama.
—Yo no soy ningún caballero.
—Me hiciste daño.
—Gemisteis tan alto que por poco acuden los guardias a vuestra habitación, baronesa.
—Ten cuidado con tus palabras, capitán. Puedo denunciarte ante el rey.
—¿Y ante vuestro marido, también me denunciaréis? —escupí yo, harto ya de su presencia—. No es culpa mía que disfrutaseis con todas las humillaciones y perversidades que compartimos esa última noche, espoleados por el alcohol.
Ahora sí, Ophélie hirvió de furia.
—No tienes derecho a tratarme como si yo fuera una meretriz, Gérald.
—¿Y cómo quieres que te trate? —dije, tuteándola—. ¿Quieres que te recueste en un lecho de flores y fornique contigo rezando un padrenuestro? En ese caso, busca las atenciones de tu barón de Mirabeau, madame.
—Grosero.
Giró sobre sus talones, y la vi marcharse con el mismo aire altivo que tanto me había atraído a ella en primer lugar.
Durante un instante, me quedé allí sin entender si la furia que hervía en mí era contra Ophélie o contra mí mismo.
Mi relación con ella había sido inestable y superficial, y había llegado a su punto máximo aquella última noche que compartimos y en que me dejé llevar por mis bajos instintos.
Unos que siempre me había jurado reprimir.
Había sido un tremendo error por mi parte mantener una aventura con la baronesa de Mirabeau, aunque fuese pasajera y fugaz.
Las damas de la corte no solían ser de mi gusto y prefería no enredarme con ellas, lo cual era una tarea bastante sencilla, ya que mi lúgubre fama las mantenía, en general, apartadas de mí.
No obstante, me permití un momento de debilidad con Ophélie, y luego otro, y luego uno más, hasta que las cosas entre nosotros se habían tensado hasta romperse.
Especialmente cuando descuidé sus atenciones para centrarme por completo en la captura de aquellos que habían atentado contra la vida del rey.
Respiré hondo para que nadie notara lo que había ocurrido.
No quería que ningún noble cotilleara sobre mi vida privada.
Mi presencia en Versalles no tenía nada que ver con el ocio y, desde luego, no deseaba que mis idas y venidas formasen parte de las habladurías con las que se entretenían en los salones.
Además, no podía permitir que las emociones me distrajeran. No cuando tenía un trabajo por hacer.
Lucille de Valois estaba en este baile, cumpliendo un encargo que solo ella y yo conocíamos, y me necesitaba concentrado y vigilante por si el duque de Humières se propasaba con ella.
Las habladurías decían que Hubert, harto de la ahora fallecida duquesa de Humières, la había envenenado para deshacerse de ella.
En mi opinión, ese hombre era capaz de muchas y variadas canalladas, y abusar de una joven dama bien podía ser una de ellas.
Así pues, devolví mi atención a la Galería de los Espejos cuando vi al rey acercándose a mí.
Me incliné ante él cuando llegó a mi altura.
—Gérald, qué sorpresa verte aquí —me saludó Louis—. ¿Es posible que finalmente hayamos hecho de ti un cortesano más?
—Lo dudo mucho, majestad. Jamás he tenido la habilidad de bailar un minué.
—Eso se puede arreglar con la práctica, capitán. Solo tienes que elegir a la dama adecuada para danzar.
Sus ojos azules se desplazaron por el salón, hasta encontrar a Lucille, quien reía con suavidad y se inclinaba para aceptar una copa de vino ofrecida por Hubert de Humières. Louis bajó la voz para que nadie pudiera escuchar nuestra conversación.
—¿Qué nuevas tienes sobre mademoiselle de Valois?
—Creo que podría sernos de utilidad, majestad. Sus ojos en los salones serán también los míos.
—¿Una nueva espía, Gérald?
—Por el momento.
—¿Y si se tratase de una doble agente?
—En ese caso, tened por seguro que terminaría con su vida con mis propias manos.
—Eres mi capitán y, como siempre, te confío mis intereses.
—Una sonrisa contenida apareció en sus labios, pero en sus ojos no había humor alguno—.
La seguridad de Francia y de la corona siempre será nuestra prioridad.
Deseo estar informado de cualquier avance.
Ven a verme mañana tras el desayuno y hablaremos con calma.
—Por supuesto, majestad.
Lo observé alejándose para gozar de la velada, en compañía de su séquito habitual, que, después de la desdichada caída en desgracia de Athénaïs de Montespan, estaba compuesto principalmente por Madame Scarron y su antiguo amigo de la adolescencia Raoul de Brissac, que había regresado a Versalles después de una extensa etapa como diplomático en el reino español.
Admiraba la capacidad de Louis de hablar de asuntos graves y, pocos segundos después, ser capaz de mostrarse jovial y ligero ante las distracciones nocturnas que ofrecía Versalles.
Desde que lo había conocido, siempre había sido así: sabía perfectamente cuándo debía comportarse como un estricto jefe de Estado y cuándo como un benevolente monarca.
La velada transcurrió con absoluta normalidad. Cuando los invitados comenzaron a dispersarse, los ujieres iniciaron la larga tarea de apagar las velas y airear la Galería de los Espejos. Lucille de Valois, sin embargo, no se retiró.