Lucille IV #2
Un rubor cubrió mis mejillas, aunque mantuve la compostura.
Philippe de Orleans era un hombre con muchas aristas; mi instinto me decía que también sabía reconocerlas en los demás.
Quizás por eso sentía una suerte de complicidad hacia él; comprendía mejor que nadie las dobleces de la vida en la corte.
A pesar de su insolencia y su sonrisa descarada, había sufrido las intrigas, las malas lenguas, la soledad.
Versalles no siempre era un lugar amable. Ni siquiera con la sangre real.
—Besasteis a vuestro amante ante los ojos de toda la corte. Fue tremendo. Al menos para mí. Nunca había visto a dos hombres compartir un beso.
Esta vez no dijo nada. Se limitó a observarme con aquellos ojos azules, altivos e inalcanzables, acariciando su copa de vino.
—Pensé que si el hermano del rey era así de libre, yo también quería serlo —añadí.
—¿Es por ese motivo que se os conocen tantos y tan variados amantes, mademoiselle de Valois?
—Quizás.
Él se rio entre dientes y se recostó más cómodamente en el diván, observándome con un interés renovado.
—Me honra haber inspirado a alguien, lo reconozco, especialmente en la inmoralidad. Aunque, y disculpad mi pregunta: ¿Qué edad tenéis, Lucille?
—Veintidós años, alteza.
—Es una edad más que adecuada para que una mujer tome marido. ¿No entra ese aspecto dentro de vuestras ambiciones, además del libertinaje ?
—Todos en Versalles tenemos ambiciones, alteza —respondí con una risa amarga—. Pero casarme no es una de ellas.
—¿Y cuáles son esas ambiciones vuestras, pues?
—Sobrevivir al próximo escándalo —improvisé.
Tenía la impresión de que el duque de Orleans sabía mucho más de mí que yo misma, quizá por edad, quizás por experiencia, y no sabía si eso me desarmaba o me arropaba.
—No tenéis que decirlo en voz alta; basta con el brillo en vuestra mirada.
—No sé de qué me estáis hablando, alteza.
—De la libertad y el deber, de eso estoy hablando. De la libertad que sentís aquí, en Versalles, acostándoos con quien os plazca, y el deber que probablemente sentís hacia vuestro apellido y vuestra familia, que seguro esperan de vos un buen casamiento.
Me había calado con una precisión temible.
Tenía razón, y aunque no podía decírselo, mi acuerdo con Gérald había hecho que mi estancia en Versalles se transformara en algo mucho más peligroso.
Philippe podía reírse de la superficialidad de la corte, y su descaro siempre lo hacía parecer inmune: había aprendido a moverse entre las intrigas con la habilidad de un maestro.
Yo, en cambio, me sentía perdida y dividida entre la libertad y el deber, como acertadamente me había señalado.
—Mi apellido poco vale ya. Mi familia es de la baja nobleza, señores de unas pocas tierras empobrecidas. No todos hemos nacido para grandes aspiraciones, alteza. Yo, desde luego, no —dije—. Y, a diferencia de vos, algunos estamos condenados a bailar al son que otros tocan.
El duque sonrió y levantó su copa en un brindis, que yo imité.
—Os sorprendería la libertad que uno puede encontrar mientras lo obligan a bailar contra su voluntad. En este avispero que es la corte siempre hay pequeños resquicios para disfrutar de oscuros secretos.
—¿Y si no tengo oscuros secretos? —mentí.
—Todos los tenemos. Desde el caballero más humilde hasta el más poderoso.
No respondí a eso, con la copa aún en alto. Philippe la chocó con la suya y bebió un buen trago de vino.
—No importa cómo disfrutéis de la corte, mademoiselle: la cuestión es comprender que, tarde o temprano, uno siempre debe cumplir con el deber que se le exige.
—Mi deber es para con el rey. Siempre. Y si soy leal a su majestad, también lo soy a su hermano.
Philippe de Orleans se inclinó hacia mí.
—Habéis sido leal a mi esposa, también, y nada me importa tanto como su felicidad.
Mi hermano no legisla en la vida sentimental de su corte y suele apartar la vista en lo relativo a los escarceos de damas y caballeros.
Pero tarde o temprano, vos tendréis que contraer matrimonio. Vuestro padre así lo exigirá.
—Mi padre está demente, enfermo de muerte. Es mi hermano, Stéphane, quien me ordena casarme.
—Bien. En ese caso, escuchadme bien y recordad mis palabras: cualquiera de mis amigos estaría encantado de tomar vuestra mano.
Dudo que os demandaran que os levantaseis las faldas, puesto que prefieren un bulto entre las piernas a una hendidura femenina, y yo me aseguraría de que hiciesen la vista gorda con vuestros escarceos impúdicos.
—¿Por qué arreglaríais semejante matrimonio para mí, alteza? —inquirí, en verdad sorprendida por un acuerdo tan escandaloso.
—Porque amáis a mi esposa y por ello, si alguna vez os encontráis en mitad de la tormenta, sabed que aquí, en los Apartamentos del Príncipe, siempre hallaréis un refugio .
Sus palabras sinceras me emocionaron y quise abrazarlo, pero aquello sería romper por completo con el protocolo, así que me limité a asentir con la cabeza.
Philippe no se equivocaba; yo quería a Aurore y, de alguna forma, lo estimaba también a él.
Versalles no era lo mismo sin su presencia llena de vida.
Cada vez que habíamos bailado juntos, me había hecho reír con sus comentarios escandalosos.
Y, por encima de todo, hacía feliz a mi amiga.
Infinita, absurdamente feliz. ¿Cómo podía no extender mi amor también a Monsieur ?
Por nada del mundo hubiera querido que los duques de Orleans me vieran como una traidora. Pero si Bastien formaba parte de la Nueva Fronda, mi vida en Versalles estaba acabada: si el Rey Sol así lo quería, el apellido de los Valois quedaría para siempre erradicado de la historia de Francia.
No podía permitirlo.