Lucille IV
P asé una noche de lo más agitada.
Normalmente, amaba los bailes de máscaras y disfrutaba de cualquier espectáculo que Antoine de Lorraine organizaba para divertimento de los nobles.
Desde que el duque de Orleans se había marchado de la corte para vivir la mitad del año en París junto a Aurore, el rey había nombrado al señor de Lorraine como encargado de bailes, óperas, ballets, juegos, banquetes, cacerías y exhibiciones, ya que su hermano se había desentendido de ese papel.
Yo siempre me había deleitado en todos y cada uno de esos eventos con total despreocupación, pero esa noche fui incapaz de disfrutar.
No después de lo que había tenido que hacer en las mazmorras por orden de Gérald de la Reynie.
Para la mayoría de nobles, vivir en Versalles era una imposición molesta que se veían obligados a cumplir.
Para mí, en cambio, significaba la más absoluta libertad.
Una libertad que jamás hubiera podido disfrutar en Tarbes, donde Stéphane me habría obligado a casarme con cualquier barón de la provincia.
Ese era un deber que a mí me aterraba cumplir, aunque no tanto como quedarme embarazada y morir dando a luz, sin duda uno de mis mayores temores vitales.
Quizá por eso había desobedecido una y otra vez las órdenes de Stéphane cuando me despidió:
—Encuentra un buen marido en la corte de Versalles. Uno que asegure tu posición y también la de nuestra familia —me exigió, antes de besarme en las mejillas y que yo emprendiera camino hacia el norte, hacia el palacio del Rey Sol .
No solo no había encontrado marido, sino que había rechazado múltiples proposiciones de matrimonio, desobedeciendo a Stéphane deliberadamente.
Por supuesto, jamás se lo había contado en nuestras cartas.
Le aseguraba, fingiendo un profundo pesar, que de momento ningún noble se había interesado en mí.
Al principio me creyó y me animó a aprender a moverme como una cortesana más.
Luego, sus palabras fueron convirtiéndose en unas que desconfiaban de mí.
Quizá se preguntaba si tan poco valía ya nuestro apellido para que ni siquiera un caballero de poca monta me pretendiese.
Mentir a Stéphane me dolía, pero no podía evitarlo. Me había dedicado a disfrutar de la vida y de las múltiples atenciones masculinas que el día a día en Versalles me procuraba. ¿Cómo resistirme a todo eso? ¿Y cómo renunciar a aquella exquisita libertad por un marido que no deseaba?
Sin embargo, había una verdad detrás de la respuesta a esas preguntas, y esa verdad se reducía a un solo nombre: Gérald de la Reynie.
Era la sombra que se había infiltrado en mis pensamientos desde que mis ojos descubrieron por primera vez la oscura presencia del capitán de los mosqueteros.
Desde entonces, sentía que mi vida ya no me pertenecía, porque siempre estaría subyugada a la atracción que aquellos ojos negros como las tinieblas ejercían en mí.
Era plenamente consciente de que Gérald jamás sería un pretendiente dispuesto a ofrecerme poemas y joyas para conseguir mi amor; no, él era completamente distinto a todos los hombres de la corte.
Tenía la absurda sensación de que, al mirarme, Gérald podía ver quién era yo en realidad, más allá de mi título, como si entendiera y aceptara hasta los fragmentos más retorcidos de mi mente .
Quizás ese era mi castigo por desafiar a Stéphane, por ignorar los deseos de mi familia, por pensar que podía vivir en Versalles como una mujer libre y desinteresada de todo lo que no fuera mi propio placer: desear al único hombre que jamás me había dedicado un solo pensamiento más allá del que el deber le obligaba.
Y aun así, temblaba al recordar sus miradas oscuras, con las que envenenaba mi alma.
Así que no, apenas había podido dormir tras la visita a las mazmorras y mi pacto con el capitán de los mosqueteros, por lo que abandoné la cama cuando aún no había amanecido y llamé suavemente a la puerta situada enfrente de la mía.
Fue un somnoliento duque de Orleans en batín quien me abrió y me miró, confuso por mi presencia tan de buena mañana.
—¿Mademoiselle de Valois?
—Disculpadme, alteza, por las horas tempranas. ¿Sería posible hablar con vuestra esposa?
—Adelante.
Philippe me dejó pasar a su antecámara y me indicó que tomase asiento. Fue a avisar a Aurore cuando, dubitativo, se detuvo antes de cruzar la puerta.
—¿Todo bien, mademoiselle?
Lo miré, angustiada. Philippe de Orleans era conocido como la honte du Roi Soleil , si bien a mí siempre me había gustado su presencia.
Podía ser frívolo y escandaloso, pero también se le conocía por su valentía en el campo de batalla y por ser el hombre más brutalmente honesto de Versalles.
Su descarado libertinaje había, en parte, inspirado el mío propio, aunque eso no se lo había confesado a nadie.
—Solo he pasado una mala noche, alteza, y quería pedirle algún remedio a Aurore.
—Por supuesto.
Mi amiga apareció pocos minutos después, cubierta con un camisón y un batín, con aquella abundante y rizada cabellera rubia desparramada por los hombros. El duque, tras un sonoro bostezo, regresó a la cama para descansar de una larga noche de diversión, dejándonos a solas.
—¿Qué ocurre, Lucille? Tienes mala cara.
La médico que llevaba en su interior la llevó a tocarme de inmediato la frente con la palma de la mano para comprobar si tenía fiebre. Eso me hizo sonreír un poco.
—No he podido dormir en toda la noche.
—¿Por qué? ¿Has recibido malas noticias de tu familia?
—No, no se trata de eso.
—¿Entonces, qué te ocurre?
Nada deseaba más que explicarle que me había visto obligada a convertirme en una espía al servicio de Gérald, pero no podía, porque en ese caso me vería forzada a confesar que temía que mi hermano menor fuera un traidor a la corona. Y ahora Aurore formaba parte de la familia real.
Así que, por primera vez desde que la conocía, me vi obligada a mentirle.
—¿Aún tienes ese dispensario tuyo repleto de remedios? Quizá podrías darme una medicina que me ayude a dormir.
Aquella petición la sorprendió. En todo el tiempo en que nos habíamos conocido, jamás había recurrido a sus conocimientos médicos.
—Su alteza ordenó a Bontemps que mantuviera mi dispensario siempre bien abastecido y preparado por si teníamos que trasladarnos a Versalles debido a una urgencia —me aseguró Aurore, tomando mi mano entre las suyas—.
Iré a vestirme ahora mismo y te traeré aceite de amapola e infusión de pasiflora. Te ayudarán a conciliar el sueño.
—¿No tienes un remedio más fuerte?
—¿Más fuerte? —arrugó la nariz Aurore—. ¿Para qué necesitas algo más fuerte?
—Juro que no te lo pediría si no lo necesitase de verdad, amiga mía.
Ella pareció dudosa por un instante. Escrutó mi rostro en busca de alguna pista que pudiera hacerle entender mi agitación. Nunca se había inmiscuido en mis asuntos personales —no era su estilo—, pero se preocupaba por mí como lo haría una hermana mayor.
—Está bien, algo más fuerte, pues —claudicó.
—Te lo agradezco de corazón.
Se dirigió a la puerta que daba al dormitorio y llamó a Philippe de Orleans.
—¡Alteza! ¡Os necesito despierto!
Monsieur volvió a aparecer por la puerta con cara de fastidio. Esta vez estaba desnudo de cintura para arriba y yo desvié los ojos, consciente de pronto de a quién estaba mirando en plena intimidad.
—¿Qué tripa se os ha roto ahora, ma petite furie ?
—Cuidad de mi amiga mientras me visto y me acerco al dispensario.
—¿Ahora, al dispensario? —protestó el duque—. ¿Cuál es vuestra dolencia, mademoiselle de Valois? ¿Habéis hecho un favor oral a alguien desagradable y necesitáis lavaros la garganta?
—¡Alteza, comportaos como un caballero! —lo reprendió mi amiga, lo que provocó una risa villana en Philippe de Orleans.
—Id, Aurore, y dejadme consolar a vuestra dama de compañía como mejor sé: con vino.
Aurore puso los ojos en blanco al ver que el duque abría uno de los gabinetes de su antecámara para servir dos copas de vino tinto. Tras considerar que me dejaba en buenas manos, mi amiga se cerró bien el batín y abandonó los Apartamentos del Príncipe para ir a su dispensario.
Philippe me alargó una de las copas.
—Aún no ha amanecido —intenté protestar yo.
—¿Y qué? —repuso.
No me quedó otro remedio que aceptar la copa y beber un sorbo. Me di cuenta de que jamás antes había estado con el hermano del rey a solas. Y menos en sus aposentos.
—Nunca os di las gracias por haber sido testigo en nuestra boda, mademoiselle.
—No me las tenéis que dar, alteza, fue un honor para mí. Tengo en alta estima a Aurore. Y también a vos.
—¿A mí? —se sorprendió, reclinándose en un diván y cruzando las piernas con parsimonia.
La forma en que Philippe se movía, con una elegancia innata, era envidiable. Ni siquiera parecía estar cohibido por el atuendo informal con el que me había recibido, ni tampoco por el torso expuesto que yo evitaba mirar, por deferencia a su posición.
—Sí, a vos.
—Me cuesta el motivo por el cual vos podrías estimarme de alguna manera, mademoiselle de Valois.
—Supongo que no recordaréis cuando llegué a Versalles, ¿no?
—La verdad es que no; mi hermano recibe decenas de nuevos nobles al mes y debo reconocer que, cuando me recita nombres y títulos nobiliarios, opto por dejar de escucharlo.
Sonreí.
—No me extraña —respondí, aún con la sonrisa en mi rostro y la copa en la mano—.
Yo tampoco hubiera prestado atención a una insignificante muchacha gascona recién llegada.
La cuestión es, alteza, que en mi primera noche en palacio causasteis un buen escándalo cuando aparecisteis vestido de mujer y del brazo de vuestro… vuestro… amigo Thibaut Cailloux.
—Podéis decirlo sin tapujos: mi amante.