Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald III
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Gérald III

A los pocos minutos de que Lucille abandonase las mazmorras, furiosa y ofendida por lo que había solicitado de ella, Henri apareció en mi despacho, golpeando la puerta abierta con los nudillos.

—Pasa.

—¿Qué hacemos con el cuerpo de Le Sorcier ?

—Echa su cadáver a los cerdos.

—Como tú ordenes, capitán.

—¿Algo más, Henri?

Mi teniente se apoyó en la puerta con los brazos cruzados.

—La muerte de Manadou significa que nos hemos quedado sin posibles fronderos a los que interrogar.

—Por ahora —respondí—. Manda mosqueteros de incógnito a recorrer el subsuelo de París.

—¿Incluida la Corte de los Milagros?

Apreté los dientes ante la mención de aquel lugar inmundo.

—No. No quiero perder ni un hombre más a manos de ese Rey Mendigo. Además, en la Corte de los Milagros odian a todo el mundo. Dudo mucho que se relacionen con la Nueva Fronda.

—Pero la Nueva Fronda ha conseguido involucrar a nobles y plebeyos, por no hablar de sacerdotes. ¿No crees que podrían haber llegado a la Corte de los Milagros, también?

Maldije entre dientes. Era el mismo razonamiento que tampoco me abandonaba a mí, y tuve que coincidir con Henri en eso.

—Ciertamente, no perdemos nada por comentar el tema con el jefe de la policía de París. Lleva años intentando erradicar la Corte de los Milagros.

—Podría visitarlo mañana mismo.

—No —negué con la cabeza—. Yo lo haré. Concentra tu atención en las minas. Comienza por las de Montsouris y Montrouge, al sur, que llevan al centro de la ciudad. Estoy seguro de que los fronderos utilizan esos pasadizos subterráneos para mover los panfletos que luego se distribuyen por todo París.

—¿Crees que también transportan armas?

—Es posible. Insiste a nuestros hombres que no se acerquen al norte, a Les Halles. La Corte de los Milagros queda fuera de nuestro rango de acción, por el momento.

—Así se hará.

—Y quiero vigilancia en todas y cada una de las iglesias de París, especialmente si están situadas en distritos bien estantes.

Ya sabemos que hay sacerdotes implicados, así que quizá podríamos acudir al diácono de Notre Dame, quien es profundamente fiel a su majestad.

Puede que haya más curas disidentes que estén arrastrando al populacho a adherirse a la Nueva Fronda, quién sabe.

Sea como sea, el diácono Hugo podría tener información valiosa. Habla con él.

Henri asintió, esperando más órdenes. Su silencio solía serme útil para reflexionar, para aclarar mis ideas.

—Sin embargo, sigo pensando que, aunque la Nueva Fronda ha logrado involucrar a una parte de la plebe, sus cabecillas son familias nobles.

—Yo también lo creo —me dio la razón—. Pero, ¿cómo es posible que el pueblo francés participe en algo tan elaborado como… ?

—Un pueblo hambriento es capaz de todo —lo corté—. El país entero ha sufrido las consecuencias del último enfrentamiento entre Louis y William de Orange.

—Reconozco que los nuevos impuestos no han alegrado la vida de los franceses —comentó Henri.

No respondí a eso. Mi trabajo no era cuestionar las decisiones del rey, sino protegerlo a él y a toda su familia. Desplegué un mapa de París sobre la mesa para estudiarlo detenidamente, dando por finalizada la conversación.

Sin embargo, Henri tenía ganas de charlar.

—¿Qué hacía Lucille de Valois a estas horas, en las mazmorras, y por qué ha entrado a interrogar a Manadou?

—Es la hermana de Bastien de Valois.

—Eso ya lo sé, pero no has respondido a mi pregunta, capitán: ¿qué hacía aquí? Creí que ya habías hablado con ella esta mañana.

Henri era mi teniente desde hacía años y confiaba en él como en nadie, así que supuse que debía informarle del nuevo papel de la joven dama en nuestras investigaciones, a pesar de lo reticente que era yo a compartir información comprometida.

—Cierra la puerta, Henri.

Él obedeció sin cuestionarse nada, como siempre hacía.

Era uno de sus muchos rasgos que yo apreciaba.

Era leal como un perro y completamente insobornable.

De hecho, me recordaba a mí mismo cuando Louis me mandó llamar y me nombró capitán de los mosqueteros del rey, apenas unas semanas después de su coronación en la catedral de Reims. Él era un adolescente de dieciséis años, con todo el poder de Francia en sus manos, y yo un simple mosquetero muerto de hambre, tan solo unos pocos años mayor que el propio rey .

Cuando la puerta quedó cerrada, permitiéndonos la privacidad que aquella conversación requería, le indiqué con un gesto que se acercara. No lo invité a sentarse, y él tampoco lo hizo.

—Mademoiselle de Valois es nuestra nueva espía en los salones de Versalles.

—¿De veras?

—No solo es la hermana de Bastien de Valois —lo informé—, también es nuestra mejor arma para infiltrarnos en los círculos más íntimos de los conspiradores de la Nueva Fronda que viven en Versalles y que cada día fingen ser leales al rey.

—¿De qué nobles sospechas?

—Por ahora, del duque de Humières.

Henri hizo un gesto de desagrado. Era cierto que aquel tipo, rico hasta la náusea, no tenía la simpatía de prácticamente nadie en la corte, ni siquiera la de un simple mosquetero.

Tan solo hacía falta escuchar cómo hablaban sus sirvientes de él, si bien nadie ponía atención a lo que los criados comentaban en las cocinas y en los corredores.

Yo sí. Se podía conocer muy bien el carácter de un noble por cómo trataba a quienes le servían.

—Si realmente es un frondero, Humières confiará en que la hermana de Bastien tiene una razón de peso para unirse a su causa.

Henri me observó con expresión incrédula.

—¿De verdad has aceptado a una mujer en esta misión tan delicada, capitán? ¿Confías en ella? —preguntó.

—Esa dama no está aquí solo por devoción al rey ni por valentía, sino por algo mucho más efectivo: el miedo. Sabe que, si falla, su familia entera pagará el precio.

Noté una ligera vacilación en los ojos de Henri, algo que rara vez veía en mi teniente, y supe que no confiaba en la vulnerabilidad de una mujer —y menos una aristócrata— para llevar a cabo una misión tan peligrosa.

No podía menos que darle parte de razón.

El éxito de Lucille dependía de una resistencia que aún debía demostrarme.

Había percibido su miedo en las mazmorras, su desagrado, incluso su odio, pero también una fuerza oculta que, bajo la presión adecuada, podría aprovecharse en beneficio de la corona.

—Así que le has dado un incentivo, digamos —dijo Henri—. ¿Consideras que será suficiente para sostener su lealtad para con nuestra causa?

—Ya lo veremos —respondí con tono seco—. Ella será mi sombra en los salones de Versalles y más allá, si Humières decide llevarla a sus reuniones secretas. Su obligación es hacia su apellido y el deber que lleva en la sangre. Cumplirá con lo que le mandemos hacer.

—Si algo sale mal, toda esta operación puede volverse muy peligrosa. También para ella —insistió Henri.

Dejé que mis dedos recorrieran el mapa de París en silencio.

No era un riesgo menor usar a una dama de espía, y lo sabía.

Sin embargo, lo que Lucille podía aportarnos me convencía.

Ella conocía el terreno de la nobleza mejor que cualquier soldado, y su presencia tenía el potencial de desatar secretos que de otro modo jamás llegarían a nosotros.

—No tenemos muchas más pistas sobre la Nueva Fronda —admití—.

El duque de Humières tiene los motivos y también los medios para levantarse en rebelión contra su majestad, pero no contamos con ninguna prueba de su traición.

Y sin pruebas, no puedo arrastrarlo aquí para interrogarlo.

Un acto así podría revolver a toda la nobleza francesa.

—¿Y por qué crees que una mujer…?

—Los hombres son infinitamente estúpidos cuando se encuentran en la intimidad junto a una dama. En especial, si se han bajado los calzones.

Henri no respondió a eso, probablemente porque estaba de acuerdo conmigo, e inclinó la cabeza en señal de aceptación.

—Entendido, capitán. ¿Quieres que unos cuantos hombres estén cerca de ella cuando el duque decida llevársela a algún sitio más íntimo?

—La presencia de los mosqueteros en los salones levantaría todas las alarmas.

—En ese caso, quizás debas vigilarla tú muy de cerca.

—Y eso haré.

—Aunque seguro que pondrás nerviosos a muchos nobles paseándote por los salones.

—Mi prioridad es asegurar la seguridad de su majestad, no la paz mental de un puñado de nobles inútiles —espeté—.

Nadie debe sospechar de la implicación de mademoiselle de Valois en nuestros planes, o nos arriesgamos a que se descubra todo antes de tiempo.

No obstante, si ella pasea por los jardines, asegúrate de no perderla de vista. Lejos, pero siempre vigilante, Henri.

—Como tú ordenes, capitán.

—Puedes retirarte.

Inclinó la cabeza antes de dejarme a solas con mis pensamientos.

Y, en la penumbra de mi despacho, estos regresaron irremediablemente a Lucille de Valois.

En el fondo, ella no confiaba plenamente en mí, ni yo del todo en ella, pero ambos estábamos sujetos a la misma red de intrigas, atrapados en un juego arriesgado que, para bien o para mal, solo tenía una única salida: desenmascarar a cualquier precio a la Nueva Fronda.

No esperaba nada de la fidelidad de la mayoría de las personas, pero sí creía en la utilidad de cada pieza del tablero que tenía desplegado ante mí.

Una mujer de su posición y orgullo no sería fácil de moldear, pero, por el momento, Lucille haría cuanto le ordenase si eso significaba tener una sola posibilidad de ayudar al traidor de su hermano.

Ese pensamiento, el de Lucille sumisa y subyugada a mí, despertó una sensación en mi interior para la que, en aquel momento, no tenía tiempo.

Inspiré profundamente, intentando ahogar ese impulso que ella siempre había despertado en mí.

La suposición de que ella, una Valois orgullosa, ejecutaría mis órdenes me provocaba un deseo perverso: el de hacerla tambalear hasta quedar rendida en cuerpo y alma a mi antojo.

Allí, en medio de las sombras y la penumbra de mi despacho, mi mente volvió a recorrer los eventos del día: el leve temblor de sus manos, su voz sofocada al preguntarme sobre su hermano, el brillo desafiante de sus ojos.

Me permití, por un instante, imaginar hasta dónde sería capaz de llevarla en este laberinto de violencia y secretos donde lo único que importaba era la supervivencia del rey de Francia.

Luego recordé lo catastróficas que habían resultado mis escasas aventuras personales con las damas de la corte, lo mucho que tenía que luchar contra mis propios y muy bajos instintos, lo insatisfactorio que era siempre tener que lidiar con las sensibles almas de las mujeres nobles y, tal y como llevaba haciendo años, deseché cualquier deseo que Lucille de Valois pudiera provocar en mí.

Mi vida era y siempre sería una existencia encadenada a las sombras de la soledad y del deber.