Lucille III #2
—Me trae sin cuidado lo que prefiráis o dejéis de preferir. A partir de ahora aprenderéis a acatar mis órdenes. Sean cuales sean. ¿O queréis ser vos la que encadene al potro y os haga gritar?
—No os atreveríais.
—He hecho cosas peores a muchas mujeres.
—Señor, no toleraré tales amenazas.
—No os dirijáis a mí así. No soy ningún caballero.
—Está muy claro que no lo sois, mon capitaine —dije, sarcástica.
—¿Y bien, mademoiselle? ¿Acatar o acabar encadenada desnuda a mi potro hasta que entendáis el valor de la obediencia?
Me guardé para mí misma lo que aquella última amenaza despertó en mí, pues iba contra toda la decencia moral del mundo que me rodeaba.
A regañadientes, me incliné hacia su escritorio, agarré una pieza de ropa y limpié el estilete de sangre con fingida indiferencia, para luego guardarlo de nuevo entre las mangas de mi vestido.
—Así me gusta —declaró Gérald, satisfecho con mi obediencia.
Lo fulminé con la mirada, algo que, por descontado, no le afectó lo más mínimo—.
Os felicito por haber usado el nombre de vuestro hermano para hacerle creer que formáis parte de la Nueva Fronda.
Pocos hombres se resisten a la mirada de una mujer desvalida y desesperada. La mayoría son así de estúpidos.
—Y los que no son estúpidos, son crueles —apuntillé.
Dio un paso hacia mí, y el eco de sus botas resonó en la mazmorra como el tañido de una campana funeraria.
—¿Habéis descubierto algo que merezca mi atención? —preguntó, sin permitir que mi ataque verbal lo ofendiera.
—Manadou mencionó una jaula de hierro y al duque de Humières.
Aquello sin duda captó su interés.
—¿Estáis segura de eso?
—Dijo que mi hermano estaba atrapado, y luego habló de una jaula de hierro y de Humières. Es todo cuanto he podido sonsacarle.
Gérald permaneció pensativo, rumiando mis palabras, y yo no pude evitar interrumpir su silencio.
—¿No es el duque de Humières uno de los nobles más ricos y poderosos del país? —pregunté, aunque conocía perfectamente la respuesta.
—Sí, lo es. Y uno de los que más se resistieron a trasladarse a Versalles y a dejar sus tierras atrás —me confirmó él.
—El rey tuvo que obligarlo a venir mediante sus mosqueteros, según se rumorea en los salones.
—De vez en cuando los rumores se acercan a la verdad.
—¿Podéis detener sin más a un hombre con semejante poder e influencia?
—Podría. Pero no lo haré. Si forma parte de la Nueva Fronda, lo quiero en Versalles, confiado de que nadie conoce su verdadera lealtad. Preciso de pruebas que confirmen su culpabilidad, pero sobre todo necesito que él nos muestre el entramado de la conspiración.
—¿Y entonces?
—Entonces tendréis que acercaros a él, mademoiselle. Muy, muy cerca.
Mi respiración se detuvo un segundo antes de que pudiera reaccionar. La insinuación en sus palabras era inconfundible, y aunque lo miré con repulsión ante lo que sugería, él mantuvo su expresión indescifrable, observando cada reacción en mi rostro como si fuera un entretenimiento personal.
—¿Os referís a que debo… seducirlo?
Traté de que la repulsión no se notara en mi tono de voz, sin conseguirlo. La simple idea de seducir a Humières me repulsaba sobremanera.
Gérald se inclinó hacia mí, tan tenebroso como intenso.
—No pretendáis ser tan inocente —murmuró con una frialdad calculada—. Vuestro encanto es el arma más afilada que poseéis, ¿o acaso no lo habéis utilizado para sobrevivir en esta corte?
Mis mejillas ardieron, no por vergüenza, sino por la rabia que me provocaba la indiferencia de su voz.
Por un momento creí que me intentaba provocar, empujándome a un límite que parecía disfrutar, si bien deseché ese pensamiento.
Gérald de la Reynie no tenía aquel interés alguno en mí, más allá de que cumpliera con lo que le había prometido.
—¿Es eso lo que esperáis de mí, mon capitaine ? ¿Que me ofrezca al duque a cambio de vuestra confianza? —repliqué, manteniendo mi barbilla alzada. Sabía que ese desafío podía costarme caro, pero no iba a permitirle que me manejara completamente a su antojo sin ofrecer cierta resistencia.
En respuesta a mi tono altivo, Gérald ladeó la cabeza, y su cruel sonrisa me perturbó, casi como si saboreara el ligero y patético desafío que mis palabras escondían.
—Si el duque de Humières es un miembro de la Nueva Fronda, entonces acercarse a él es lo mínimo que podéis hacer por vuestra causa y por la seguridad de vuestra familia —dijo y, antes de que pudiera comprender qué estaba ocurriendo, rozó con sus dedos una mecha de cabello que había caído sobre mi rostro.
Contuve la respiración, notando cómo mis propias reacciones de animalillo asustado lo fascinaban, como un gato que disfruta de su presa antes del golpe final.
El tacto de sus dedos, enfundados en guantes de cuero, me quemaba.
Quería apartarme de él, pero no pude moverme ni un milímetro.
Aunque la rabia me consumía, no podía evitar sentir una tensión oscura, peligrosa, que crecía en su cercanía y me hacía temblar las rodillas, y no precisamente de miedo.
—Me habéis dicho que obedeceríais en todo, ¿no es así? —me recordó Gérald—. Y yo, mademoiselle, tengo que asegurarme de que seguís mis órdenes, tanto como que confiáis en mis intenciones.
—¿Y cuáles son esas intenciones? —pregunté—. Porque hasta ahora solo veo a un hombre disfrutando de su poder sobre una mujer.
—No tenéis ni idea de lo que es un hombre disfrutando del poder sobre una mujer —replicó él.
Quise convencerme de que su tono de voz, ronco y amenazador, era sumamente desagradable, pero no lo conseguí: mi cuerpo entero reaccionó a aquella intimidación, traicionándome desde los pies hasta la cabeza.
Aun así, mantuve la compostura. O lo intenté.
—¿Y me lo enseñaréis vos, mon capitaine ?
—Mis intenciones son el deber y la lealtad hacia su majestad —dijo con frialdad, aunque su sonrisa despiadada no desapareció—. Aunque no os negaré que vuestra compañía ha hecho que este trabajo se vuelva un poco más interesante.
Por un instante, el silencio entre nosotros se hizo tan denso que podía sentirlo vibrar en el aire. Gérald estaba peligrosamente cerca, y me pregunté si era consciente de cómo me afectaba su cercanía, su presencia .
Pero entonces, con la misma rapidez con la que se había acercado a mí, se apartó, como si mi presencia le repeliera. El espacio que quedó vacío entre nosotros se sintió helado.
—Esta misión requiere más que encanto: necesitaréis sutileza y, sobre todo, valor. ¿Lo tenéis? —me preguntó, rodeando el escritorio para alejarse lo máximo posible de mí.
Yo me negué a ceder terreno a sus amenazas.
—Si el deber de una dama es prostituirse por Francia, entonces cumpliré con él.
Pero espero que recordéis que vuestra orden es un mandato de humillación —repuse, cargada de rencor—.
El duque de Humières es uno de los hombres más repulsivos de la corte.
Supongo que al menos tendréis la decencia de reconocer lo desagradable de la misión.
A Gérald, mi rabia parecía divertirlo, como si disfrutara de cada segundo que pasaba poniendo a prueba mis límites.
—¿Y qué queréis? ¿Una compensación más agradable por vuestros servicios de espionaje?
Callé, negándole el placer de una respuesta que lo divirtiera aún más.
—Entonces, cumplid con lo que os ordeno, mademoiselle, y hacedlo bien —dijo tras lo que me pareció una eternidad—. Así entenderéis que en esta corte no existen damas ni caballeros, solo cazadores y presas. Y vos os acabáis de convertir en un precioso cebo que pienso utilizar a mi antojo.
Sus palabras quedaron grabadas en mi mente, semejantes a una marca ardiente, y supe que había sellado mi destino.
Un destino que estaba en las crueles manos de Gérald de la Reynie.