Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille III
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Lucille III

N unca en toda mi vida me había sentido tan aterrorizada y, a la vez, tan decidida a hacer lo que debía para salvaguardar a toda mi familia. No me podía temblar la mano, ni tampoco mostrarme dudosa. Escondí el estilete bajo las mangas de encaje y entré en aquella sala de horror y sangre.

El mismo mosquetero que horas antes me había guiado hasta las mazmorras custodiaba ahora a Manadou, y se sorprendió al verme ahí.

—¿Mademoiselle de Valois?

—Me manda el capitán de la Reynie. Dejadme a solas con el prisionero.

El mosquetero me miró con una sombra de duda durante un segundo antes de asentir y salir de la sala. Sentí que aquel portón que se cerraba a mis espaldas era la última frontera entre la vida lujosa de Versalles y el terror que transcurría en sus mazmorras.

Me acerqué a aquel hombre viejo, que solo era pellejo y llagas que despedían un olor terrible a descomposición.

Nadie se había preocupado de arreglarle el pelo o recortarle la barba, por lo que ahora lo llevaba todo enmarañado y lleno de chinches.

La cabeza le colgaba sobre su pecho y respiraba de forma superficial.

—¿ Le Sorcier ? —intenté llamarlo. Él no respondió, y pensé que quizá estuviera inconsciente. Lo cierto es que parecía estar al borde de la muerte más miserable—. ¿Señor Manadou?

Esta vez sí levantó la mirada y yo contuve el aliento al descubrir que le faltaba un ojo.

Miré hacia las sombras que ocultaban las ranuras secretas tras las que Gérald de la Reynie me estaría vigilando.

Los rumores que corrían por Versalles afirmaban que el oscuro capitán arrancaba los ojos a sus prisioneros y los conservaba como trofeos, aunque yo no los había visto en su despacho.

Quizás, si fallaba esta prueba, el próximo ojo perdido podría ser el mío.

La visión de Manadou, apenas convertido ya en un despojo de hombre, hizo que mi estómago se revolviera, pero no permití que el asco me dominara.

Allí, frente a mí, estaba la primera prueba de lo que tendría que hacer si quería mantener a salvo a mi familia.

Las palabras de Gérald se repetían en mi cabeza en un eco siniestro, empujándome a traspasar una línea que hasta hacía unos minutos ni siquiera sabía que podía cruzar. No podía flaquear. No ahora.

Inspiré hondo, intentando que el hedor de la carne infectada y la mugre no me hicieran retroceder.

Podía sentir a Gérald, con sus ojos intensos y oscuros, sobre mi nuca, recordándome lo que estaba en juego: Bastien y el honor de mi familia.

No le otorgaría el placer de ver cómo me desmoronaba ante la presión.

Tenía que hacerlo.

—Necesito hablar contigo, señor Manadou —dije, y la voz me salió dura, más inquebrantable de lo que realmente me sentía.

La piel cubierta de cicatrices antiguas y recientes del prisionero se tensó mientras intentaba enfocar su único ojo en mí.

La cuenca vacía donde el otro ojo debió estar me devolvía una mirada hueca y, por un instante, me pregunté qué clase de atrocidades había vivido este hombre para terminar así, reducido a un despojo humano.

Manadou gruñó, con una risa seca y ronca que terminó en un acceso de tos que le dobló el cuerpo.

—Una damisela —murmuró entre resoplidos erráticos—. Creí que el capitán prefería mancharse con sus propias manos .

El estilete que me había dado Gérald se sentía frío y extraño, escondido entre mi piel y la tela de mi vestido.

Jamás en toda mi vida había usado un arma, y no quería tener que empezar a hacerlo ahora.

Pero no vacilaría si la circunstancia lo demandaba: el capitán precisaba información, y yo necesitaba por cualquier medio necesario que confiase en mí.

El corazón me martilleaba, furioso, en el pecho.

—Estoy dispuesta a hacer lo necesario para proteger a quienes amo —hablé, procurando sonar tan firme como me era posible—. Y en este momento, eso significa conseguir una respuesta. Una que solo tienes tú.

Le Sorcier me miró, y pude discernir en su ojo el reflejo del odio y también de la burla, intuyendo quizás que sería incapaz de hacerle daño. Era como si pudiera ver a través de mi fachada, leer mi miedo y descubrir mis dudas.

—Quieres un nombre, ¿no es así? —El sonido de su voz salió ronco y parecía rasgarle la garganta. Las venas de su cuello sobresalían por el esfuerzo de hablar—. No te daré ninguno.

Apreté los labios. Podía sentir la presión de los ojos de Gérald en la penumbra, a punto de contemplar mi patético fracaso.

Y entonces sus palabras volvieron a mí como un mazazo: él quería que le demostrara mi compromiso, mi voluntad de hacer lo necesario, incluso si eso significaba provocarle daño a este hombre que no me había hecho nada.

Deslicé mi mano derecha por la manga de mi vestido. Mis dedos se cerraron sobre la empuñadura del estilete, y lo saqué con un movimiento lento, hasta que el arma quedó frente al ojo desafiante de Manadou.

Con un movimiento tenso, acerqué el cuchillo al brazo del prisionero, buscando algún lugar donde la piel no estuviera totalmente cubierta de cicatrices o llagas. Titubeé, y mi indecisión provocó en Le Sorcier una risa amarga que se burlaba de mi debilidad.

—No tienes el estómago para esto, niña —escupió con desprecio—. No sabes nada de lo que significa estar dispuesta a perderlo todo.

Mis dientes se apretaron y, sin permitir que mis pensamientos me detuvieran, hundí el estilete en su brazo. Manadou soltó un alarido, y su cuerpo maltrecho se sacudió por el dolor. Me esforcé en ignorar el sentimiento de culpa que crecía en mi pecho.

—¿Dónde se esconde la Nueva Fronda? —exigí, tratando de mantener mi voz firme—. ¿Quién es el líder de vuestra conspiración?

Manadou me miró con una furia que iba más allá del dolor físico que debía sentir. Sus labios temblaron, y por un instante, pensé que me escupiría, pero en lugar de eso, susurró:

—No tienes ni idea de lo que me estás preguntando. —Su voz, aunque apagada, estaba cargada de una determinación que me desconcertó.

La frustración y el miedo me invadieron.

Si no conseguía una respuesta, si fallaba en esta tarea, conocía cuáles serían las consecuencias, y no solo para mí.

Me obligué a pensar, a concentrarme. Sabía cómo hacer hablar a un hombre: solo debías mostrarte vulnerable, inocente, desamparada, débil, completamente rendida a su poder de seducción.

El ego de un noble seducido era tan sencillo de hinchar como el de cualquier otro, ¿no?

Saqué el cuchillo de la carne de su brazo y le pedí perdón por haberle hecho daño. Aquello lo desconcertó lo suficientemente como para mirarme, confuso, mientras yo componía mi mejor faceta de vulnerabilidad.

—¿Conoces a Bastien de Valois? —murmuré, obligando a mis ojos a humedecerse.

Modulé mi voz de mujer adulta para que pareciera la de una niña desvalida y desesperada—.

Unos veinte años, alto, con el pelo tan negro como el carbón y acento gascón como el mío.

Tiene una pequeña cicatriz en forma de luna bajo el ojo derecho.

—¿Bastien de Valois? —tartamudeó el prisionero, confundido por mi repentina fragilidad.

—Se trata de mi hermano pequeño, Manadou. Ayúdame a ayudarle. Estoy tan desesperada que me he visto obligada a dañarte, contra mi voluntad. Gérald de la Reynie busca a mi hermano para acabar con él y con la Nueva Fronda, y yo solo quiero salvarlo. No sé qué hacer, excepto suplicar tu misericordia.

Manadou soltó otro gruñido, su rostro contorsionado por el dolor, y en su único ojo encontré una chispa de duda. Me incliné hacia él, lo tomé de la mano y bajé más la voz.

—Tus secretos están a salvo conmigo. Solo quiero encontrar a mi hermano y unirme a él en la Nueva Fronda. El reinado de Louis XIV debe terminar.

—Mientes, muchacha.

—No, te aseguro que no miento —afirmé—. Mi hermano necesita mi ayuda. ¿Acaso no sabes que los Valois fuimos antaño reyes de Francia y que nuestro orgullo es tan inquebrantable como la voluntad de la Nueva Fronda?

—¿Por qué iba a confiar en ti?

—Porque he estado allá donde la luz del Rey Sol no puede reinar —me atreví a decir, levantando el mentón con orgullo.

Aquella frase cambió algo en Manadou, y supe que había dado en el clavo, aunque no supiera qué significaban esas palabras.

No necesité volver mi vista hacia el rincón desde el que Gérald me estaba observando para saber que estaba en el camino correcto.

Hubiera jurado que su mirada sobre mí se intensificaba.

—Escúchame bien, muchacha —susurró, jadeante por el esfuerzo que hablar le provocaba—. La Nueva Fronda es una sombra que ni el propio rey podrá aplastar. No entiendes la gravedad de lo que…

Entonces, Manadou se desvaneció en un estado entre el delirio y la muerte, y yo entré en pánico. Le sacudí el cuerpo, desesperada por hacerle hablar, y al fin abrió el único ojo que le quedaba, moribundo y agonizante. Supe que no tenía mucho tiempo.

—Dime dónde puedo encontrar a mi hermano, dime cómo puedo ayudar a la Nueva Fronda. ¡ Le Sorcier ! ¡Te lo ruego!

—Tu hermano está atrapado, perdido, malogrado —dijo el viejo alquimista, con aliento débil—. La jaula de hierro es la clave. Búscalo a… él…

—¿A quién, Manadou? —apremié, presintiendo que su final se acercaba.

—La Nueva Fronda vive en la corte.

—Dame un nombre, pues —sollocé—. Dame un solo nombre que me ayude a encontrar a mi hermano.

Su boca se abrió en agonía y me miró, vencido.

—Humières —pronunció Le Sorcier con un último hilo de voz.

Y tras eso, murió delante de mis ojos.

Cuando regresé al despacho, Gérald de la Reynie me esperaba con los brazos apoyados en su mesa. Le alargué el estilete del que aún goteaba la sangre de Manadou.

Él negó con la cabeza en un gesto imperceptible.

—Guardadlo, mademoiselle. Es posible que lo necesitéis en un futuro.

—Preferiría no tener nada vuestro cerca de mí.