Gérald II #2
Titubeó, pero reunió toda su compostura y colocó sus ojos en las ranuras. En la sala de interrogatorios yacía ya Manadou, medio muerto, apenas una sombra de hombre. Henri lo había dejado caer en una silla maltrecha y se mantenía a su lado, en silencio, aguardando mi llegada.
Al darse cuenta de lo que estaba siendo testigo, Lucille intentó apartar la vista de aquella figura maloliente cuyo cuerpo estaba invadido ya por la infección y la gangrena, pero la obligué a mirar, sujetando su brazo con fuerza.
—Dios mío, ¿qué le habéis hecho a este pobre hombre? —murmuró, espantada.
—Miradlo bien, mademoiselle —le susurré al oído, ignorando su pregunta—, y decidme si aún estáis dispuesta a seguir con ese pacto vuestro que tan alegremente me habéis ofrecido.
La tensión en su cuerpo era palpable, y el temblor en sus labios traicionaba el terror que intentaba ocultarme. Sin embargo, no apartó la vista de Le Sorcier .
—Os recuerdo que este “pobre hombre”, como vos lo llamáis, fue en parte responsable del Asunto de los Venenos que provocó la muerte del ministro Colbert, el vizconde de Béarn y Madame de Buis, además de atentar contra la vida de su majestad, quien estuvo postrado más de dos semanas luchando contra el serpentio que envenenaba su sangre y que casi termina por matarlo.
—Pero… ¿Es necesaria tanta crueldad, tanto dolor? ¿Qué le habéis hecho? —repitió.
—Mirad y descubridlo vos misma.
En las sombras de aquella cámara de torturas, el reflejo de las antorchas iluminaba todos y cada uno de los instrumentos que usaba sobre mis prisioneros.
Había sogas deshilachadas, empapadas en sudor y sangre seca, y una enorme rueda de madera con grilletes de hierro oxidado.
Al fondo, se hallaba una mesa repleta de cuchillas de todos los tamaños y formas, además de varios frascos repletos de líquidos oscuros que ocultaban venenos y pócimas para prolongar el sufrimiento.
Sus ojos se detuvieron en el torno, una pieza de madera desgastada que, aunque estaba limpia en apariencia, aún conservaba el hedor del dolor.
Lucille contempló cada rincón de la sala a través de las ranuras, y al comprender que todos y cada uno de aquellos artilugios habían sido usados en la carne de Manadou, no pudo ocultar su repulsa.
Contuvo una arcada y se apartó de la pared con la mano sobre su estómago.
—¿Pensáis que podréis soportarlo? —pregunté, cortante—. Porque aquí abajo, mademoiselle, no hay redención. Si me mentís o si falláis, acabaréis en esa sala y vuestros gritos jamás alcanzarán los dorados salones de Versalles.
—Y si cumplo con mi parte, si me someto a vos —balbuceó—. ¿Tendréis la decencia de mantener a salvo mi familia y mi apellido?
Me incliné, rozando apenas su rostro con el mío y susurré:
—Mostradme que sois digna de mi confianza, y entonces, quizás, os tendré entre mis aliados. En caso contrario, os tendré entre mis grilletes.
—Sois un hombre odioso.
—Ya me habéis llamado así antes, mademoiselle. ¿Queréis la confirmación de tal apelativo?
—¿La necesito? —me desafió, apretando los labios con rabia y lanzándome una llamarada con sus ojos castaños.
No pude evitar sentir un impulso que me ardía bajo la piel: el del retorcido placer de imaginarla atrapada a mi voluntad, pero bajo otros términos.
En un rincón de mi mente, visualicé sus delicadas y pálidas muñecas ceñidas por cuerdas, su respiración acelerada y el leve estremecimiento cuando mis dedos rozaran su precioso cuello, atrapándola entre el dolor y una pasión que la haría jadear hasta el delirio.
Cada temblor en su cuerpo sería mío; cada gemido me pertenecería, rendida ante mí.
Me acerqué aún más, hasta que nuestros rostros quedaron a una distancia indecente. Percibí el calor de su respiración, rápida, entrecortada, y la tensión creció entre nosotros, tan densa como embriagadora. Cuando ella no pudo soportarlo más y apartó la vista, una oscura satisfacción inundó mi alma.
—No tenéis idea de a quién estáis desafiando, mademoiselle. —Mi voz fue un susurro ronco, que acarició su piel como el filo invisible de una espada—. Aquí, solo yo dicto las órdenes.
—Estoy dispuesta a obedeceros en todo.
—¿En todo?
Ella tragó saliva.
—En todo —confirmó.
—¿Sabéis qué tipo de cosas puede pedirle un hombre retorcido como yo a una dama tan bella como vos? —La piel descubierta de sus brazos se erizó con cada una de mis palabras—. Claro que lo sabéis. No sois precisamente una mujer casta y pura.
Un rubor carmesí le cubrió las mejillas al escuchar mis palabras envenenadas. Sus labios se entreabrieron, como si no pudieran contener su respiración agitada.
—Os lo advierto, mademoiselle —dije, deslizando mi voz sobre su piel—. Aquí, la lealtad se demuestra con algo más que simples palabras. Cada vez que me miréis, que habléis, que respiréis en mi presencia, será para obedecerme.
Ella alzó la vista, y sus ojos castaños brillaban, desafiantes y ardientes. Un detalle que, en lugar de aplacar mi impulso, lo avivó.
—Sí, capitán. —Y, con un aire casi retador, añadió—: Estoy dispuesta a obedecer y demostrar mi lealtad a cualquier precio, si es eso lo que queréis de mí .
Me deleité en ese momento, en saber que la tenía justo donde la quería, y no pude evitar que una sonrisa curvara mis labios.
—Bien, mademoiselle de Valois. Entonces creo que ha llegado el momento de vuestra primera prueba a mi servicio.
—¿Qué? ¿Ahora?
Me acerqué a mi mesa, abrí el primer cajón y tomé un pequeño y afilado estilete que parecía hecho para ser sostenido entre manos delicadas, como las suyas. Lo giré entre mis dedos y luego lo extendí hacia ella.
—Mademoiselle, vuestro primer servicio será sencillo: conseguir información clave de nuestro amigo Manadou.
Está débil y al borde de la muerte. Si realmente queréis serme útil, sabréis hacerle entender que su silencio no le salvará y que, si habla, mandaremos traer a un galeno para curar sus heridas y librarlo de su sufrimiento.
Lucille miró el estilete que le ofrecía, sin llegar a tomarlo entre sus manos, como si le costara procesar lo que acababa de pedirle.
—¿Queréis… queréis que yo…?
—Quiero que demostréis vuestra disposición a hacer lo necesario —la corté, clavando mis ojos en los suyos—. Porque si vais a espiar para mí, debo saber hasta qué punto estáis dispuesta a llegar. Considerad esto una iniciación.
Le temblaron los dedos al agarrar el estilete. La fina hoja lanzó un brillo amenazador bajo la luz de las antorchas que iluminaban mi despacho.
—Quiero un nombre, mademoiselle de Valois —exigí—. Necesito que le saquéis al menos una pista sobre la Nueva Fronda.
—¿Cómo voy a triunfar donde vos habéis fracasado?
—“Allá donde la luz Rey Sol no puede reinar” —recité—. Es una frase en clave de la Nueva Fronda.
—¿Y de qué me puede servir?
—Haced uso de vuestra imaginación: un espía hace lo que sea necesario, con cualquier medio, para conseguir su cometido.
Ella contempló el estilete que sostenía en la mano y, por un instante, el miedo dejó paso a una leve chispa de duda, que muy pronto se convirtió en resolución.
—¿Confiaréis en mí si llego hasta el final y os proporciono una pista valiosa sobre la Nueva Fronda, capitán?
—Eso ya lo veremos, mademoiselle de Valois —dije—. ¿Estáis dispuesta o no lo estáis?
—Lo estoy —respondió.
Yo asentí y la conduje hasta la puerta de madera y hierro que separaba el vestíbulo de las mazmorras de la sala de interrogatorios.
—Os estaré observando. Disfrutad de vuestra primera misión.
Lucille, tras tomar aliento, entró sola para enfrentarse a Le Sorcier , y yo regresé a mi despacho para contemplar el espectáculo que estaba a punto de desarrollarse ante mis ojos.
En breve comprobaría si sus artes cortesanas, aprendidas en infinitos bailes y partidas de cartas en los salones, le servían de algo aquí abajo, donde solo importaban los gritos y la muerte.