Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Gérald II
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Gérald II

M i presencia nunca se esperaba en los salones, así como tampoco en las celebraciones nocturnas.

Sin embargo, me obligaba a mí mismo a asistir para que ninguno de esos nobles olvidase jamás que mis ojos estaban siempre posados sobre sus nucas.

Para mí, todos y cada uno de ellos eran sospechosos de ser un potencial conspirador.

Aquella noche, entre los invitados disfrazados para el baile de máscaras que Louis daba en honor al regreso de los duques de Orleans a la corte, apareció también Lucille de Valois.

Llevaba meses vigilándola sin que ella lo supiera, desde que el nombre de su hermano menor había aparecido en la lista de Le Sorcier .

Mi instinto, entrenado tras muchos años sirviendo en la orden de los mosqueteros del rey, me decía que no formaba parte de la Nueva Fronda.

No podía descartarla del todo, claro. Iba a lograr que me entregase a Bastien, quisiera o no quisiera.

Lo que ella no sabía es que también llevaba años observándola, contemplando aquella belleza de cabello de ébano, labios carmesí y ojos tan oscuros como el infierno que su presencia provocaba en mí.

Y ahora, por caprichos del destino, era una posible enemiga de todo lo que había jurado proteger.

Dios tenía un curioso sentido del humor.

Sus ojos me encontraron entre toda la gente que bailaba en el centro de la Galería de los Espejos.

No aparté la mirada. Ella tampoco lo hizo.

Le recordé con una leve inclinación de la cabeza que la esperaba mañana a primera hora en los calabozos para darme una respuesta.

Lucille levantó el mentón, orgullosa, y procedió a ignorarme mientras bailaba con el marqués de Guiscard.

Era extraordinariamente bonita. Siempre lo había sido.

Pero ahora, que ya no era tan jovencita como cuando llegó a Versalles, repleta de inocencia e inexperiencia, su belleza se había multiplicado.

Nunca habíamos intercambiado ni una palabra hasta aquella misma mañana, en las mazmorras, pero mis ojos siempre la habían buscado en los salones y se habían apartado cuando Lucille dirigía su mirada hacia mí.

Era una de las damas más deseadas de la corte, tanto por su exquisita belleza como por su llamativa personalidad, y yo era el menos inmune de todos a aquella piel pálida y a aquellos bucles de obsidiana que enmarcaban su rostro.

No sé si fue el reflejo de las velas de las lámparas de araña o el sonido de la música de cámara, pero aquella noche me costaba más que nunca apartar la mirada de ella. Tuve que obligarme a hacerlo antes de que Lucille me cazase contemplando cómo danzaba.

Me desplacé hasta una de las entradas de la Galería de los Espejos, la que daba al Salón de la Guerra, donde algunos nobles conversaban y bebían vino sin preocuparse de la conspiración que cubría Versalles de sombras traicioneras.

En aquel momento, una presencia que desentonaba con los vestidos de baile y los antifaces dorados irrumpió en el salón: uno de mis mosqueteros atravesó la multitud hasta llegar a mí, provocando airadas quejas a su abrupto paso.

—Capitán —me susurró al oído—. Se trata de Manadou.

—¿Qué ocurre con él?

—Creemos que ha entrado en agonía.

Apreté los labios. Eché un último vistazo al baile y busqué al rey con la mirada. Estaba entretenido charlando con su hermano y el ministro Louvois. Dejé instrucciones a los guardias de que no le perdieran de vista en ningún momento.

Luego, abandoné la Galería de los Espejos de vuelta a mi reino de gritos y sangre, a ese mundo subterráneo donde yo no tenía que disimular ni fingir cortesías que me traían sin cuidado. Era el sitio donde más cómodo me sentía, a pesar del olor a humedad y a miedo que impregnaba el aire.

Había hecho mío aquel lugar desde que Louis nos había anunciado que la corte se trasladaba del palacio del Louvre al de Versalles.

Las mazmorras estaban situadas bajo uno de los edificios de servicio del palacio, donde yo tenía una habitación asignada que nunca usaba.

Prefería dormir allá abajo, en el despacho de uso exclusivo que tenía para mí y en el que acumulaba libros sobre lenguajes cifrados, estrategia bélica y ocultismo pagano.

Más allá de mi cámara privada se extendían los calabozos propiamente dichos, con veinte celdas dispuestas en un corredor oscuro y maloliente, diez celdas enfrente de las otras diez.

Al otro lado, la sala de armas era lo suficientemente amplia para dar cobijo a un centenar de mosqueteros, que pasaban ahí sus escasos ratos libres, comiendo o bebiendo en camaradería.

Henri me esperaba en el vestíbulo de las mazmorras, a pesar de las horas tardías. Al igual que yo, mi teniente apenas dormía más que unas pocas horas.

Confiaba en él más que en cualquiera de mis hombres.

—Se muere, Gérald.

—Lo sé.

—¿Crees que deberíamos llamar a un galeno?

—No creo que un galeno pueda hacer nada por ese brujo.

—Quizá es buena idea ofrecerle ayuda médica a cambio de información. ¿Qué opinas?

—Opino que vale la pena intentarlo.

Habíamos reducido a Le Sorcier a un montón de huesos rotos y carne temblorosa; lo habíamos sometido a todo tipo de torturas inhumanas que le habían hecho aullar como un niño moribundo, pero jamás había aceptado ni reconocido formar parte de la Nueva Fronda.

Dudaba de que ahora, en sus últimas horas de vida, hablase.

—Lleva a Manadou a la sala de interrogatorios. Voy enseguida.

Henri asintió y se dirigió al corredor de las celdas para cumplir con mis órdenes.

Me encaminé a mi despacho cuando oí unos pasos rápidos a mi espalda.

Me volví bruscamente, con la mano ya en la empuñadura de la espada, y allí estaba ella: Lucille de Valois, de pie en la penumbra.

Apenas iluminada por una antorcha cercana, su mirada era tan desafiante como vulnerable, y su vestido de baile, de seda escarlata, desentonaba entre aquellas paredes frías y desnudas.

—¿Qué hacéis aquí, mademoiselle? —Mi tono fue gélido, y pude comprobar cómo cada una de mis palabras provocaba un leve temblor en sus manos.

Sin embargo, su voz sonó tan firme como exigente:

—He venido a proponeros un trato. Me habéis obligado a elegir entre la deshonra de mi familia o mi lealtad al rey, y he tomado una decisión.

—Ahora mismo no tengo tiempo para vos.

—Lo tendréis.

Alcé una ceja, entre divertido y fastidiado por aquella insolencia.

—¿Cómo decís?

—He dicho que tendréis tiempo para mí, aquí y ahora, ya que habéis amenazado a toda mi familia y a mí misma. ¿Podemos hablar en vuestro despacho? Prometo no robaros demasiado tiempo, capitán .

—No hagáis promesas que no podáis cumplir, mademoiselle de Valois.

Abrí la puerta de mi cámara privada y la dejé pasar. El frufrú de su vestido de baile me rozó las piernas y su perfume, hecho de ámbar gris y jazmín, me invadió por completo. ¿Cuántas noches había imaginado su esencia? Infinitas, incontables, inconfesables.

Se situó frente a mi escritorio con una seguridad envidiable, como si su presencia allí abajo no estuviera por completo fuera de lugar.

Permití a mis ojos resbalar por su rostro.

A la luz de la única antorcha que iluminaba la estancia, la piel de Lucille parecía hecha de pura nieve, y contrastaba con el rojo de sus labios y la negrura de sus cabellos azabache, que llevaba recogidos y trenzados.

Mi cercanía la hizo tragar saliva, pero no reculó.

Me crucé de brazos, apoyado contra mi escritorio.

—¿No os preocupa vuestra reputación, mademoiselle, bajando hasta las mazmorras a estas horas de la noche?

—No, puesto que nadie creería que tengo una aventura con el sádico capitán de los mosqueteros.

—¿De verdad nadie lo creería?

—Vuestro negro corazón no permite el gozo y el placer de yacer con una mujer.

—¿Eso pensáis?

Lucille me aguantó la mirada, estoica y orgullosa.

—Sí, eso pienso.

—¿Y no teméis que, en un arrebato de crueldad, os tomase contra vuestra voluntad?

Pude percibir el estremecimiento que le subió por la nuca y el temblor que agitó sus labios, teñidos de rojo carmín.

—No le haríais eso a una dama .

—Aquí abajo, vuestra condición de mujer noble no tiene importancia alguna para mí.

—Sí que tiene importancia si os ofrezco mi condición de mujer noble para espiar en vuestro nombre. Si de verdad me creéis capaz de traicionar a su majestad, entonces os probaré mi lealtad poniéndome a vuestro completo servicio.

Mis ojos se entrecerraron. ¿Quería ser mi espía en la corte? ¿Solo para probar su lealtad a Louis? ¿Por qué? Claro que si formase parte de la Nueva Fronda, espiar para mí la convertiría en una agente doble.

La única forma de estar seguro era probar su compromiso de inmediato.

—¿Queréis que os crea? —Me acerqué a ella, estudiando cada matiz de su expresión—. ¿Que confíe en vos?

—Sí, mon capitaine . Nada me complacería más que ayudaros a hacer caer la Nueva Fronda y demostrar que mi hermano es inocente de cualquier conspiración contra el rey.

—Ya veo.

Nos aguantamos la mirada. Pude apreciar cuánto le costaba mostrarse impasible, quizá por temor a mi reputación de hombre sádico, quizá por miedo a que su hermano fuera, en efecto, un traidor. Tenía que poner a prueba su carácter, sin duda.

—En ese caso, si vais a espiar para mí, debéis saber exactamente cómo terminan los traidores.

Sin más advertencia, la agarré del brazo y la arrastré hasta el fondo de mi cámara, donde la coloqué frente a un cuadro anodino.

Lucille me miró, sin comprender qué pretendía.

Tomé el borde del cuadro y lo abrí, como si se tratara de una ventana.

Detrás de la pintura había dos pequeños agujeros que daban a la sala de interrogatorios.

—Mirad, mademoiselle, y contemplad el precio de la traición .