Lucille II
—¿Qué te pasa?
—Nada, alteza.
—Por Dios, tenemos que dejar de llamarnos y tratarnos así —dijo Aurore—. ¿No podemos tutearnos y ya está?
—El protocolo indica…
—¡El protocolo, el protocolo! —exclamó la duquesa de Orleans—. Te recuerdo que mi origen es plebeyo, al contrario que el tuyo.
«¿Y de qué me sirve mi título, si en cualquier momento Gérald de la Reynie puede hacerme caer en desgracia?», pensé amargamente.
Sacudí la cabeza.
—Si alguien me escucha llamaros por vuestro nombre…
—Que es Aurore. Por favor, Lucille, insisto en un trato informal o me volveré loca con el condenado protocolo de la corte.
—Aurore, pues —claudiqué, con una sonrisa.
—Mucho mejor. Y ahora cuéntame qué te pasa. ¿Es que te has vuelto a enredar con un amante patoso?
No pude evitar reírme, y miré a mi alrededor para comprobar que estábamos a solas en el Estanque de Saturno. Lo estábamos.
A aquellas horas de la tarde, la mayoría de las damas y caballeros se reunían en los salones para jugar a las cartas, beber vino y chismorrear, y aquel rincón de los jardines estaba lo suficientemente apartado como para proporcionarnos cierta intimidad.
—No, la verdad es que no.
—¿Seguro? Ese caballero italiano recién llegado a Versalles es de lo más interesante. Y totalmente tu tipo.
—¿Mi tipo?
—Ya sabes: tosco, antipático y diabólicamente atractivo. —Aurore me guiñó un ojo, divertida—. Como el capitán de los mosqueteros.
El rubor en mis mejillas delató lo que mis labios se negaban a admitir.
—¿Ves? —continuó ella—. Nada ni nadie hace enrojecer a Lucille de Valois, excepto la mención de Gérald de la Reynie.
Sentí una mezcla de bochorno, rabia y un deseo que jamás había podido controlar ni revelar a nadie, por vergüenza.
—No digas tonterías, Aurore —intenté desviar el tema, simulando una frivolidad que en absoluto sentía—. Como si no tuviera mejores candidatos para meter en mi cama.
Mi única amiga me observó con una sonrisa divertida en los labios, esa que siempre lucía cuando sabía que había dado en el blanco.
Aurore conocía bien las pasiones que nos arrastraban a nosotras, las mujeres.
Poco antes de casarse con el duque de Orleans, me había confesado amar a dos hombres y sentirse incapaz de renunciar a ninguno de ellos.
¿Cómo no iba a comprender lo que un deseo malsano podía provocar en el corazón de una dama?
—¿Por qué mejor no hablamos de los rumores que corren sobre ti, amiga mía?
—¿Sobre mí? —se hizo la loca.
—Sí. ¿Aún visitas la chambre du roi por las noches?
—Puede.
—¿Y luego regresas a los brazos de Monsieur ?
—Puede —se le escapó una sonrisa traviesa, imposible de ocultar.
—¿Y cuál de los dos hermanos es más hábil en asuntos de cama?
—Cada uno tiene pasiones diferentes, y ambos me satisfacen, gracias por preguntar.
—¡Ah, Aurore! —exclamé, feliz por ella—. Cuando me pediste ser testigo en tu boda secreta con el duque de Orleans, supe que realmente lo amabas y que él te amaba a ti. Aunque admito que una parte de mí pensaba que era una farsa de su majestad para retenerte a su lado.
—Amo a Philippe por encima de todo lo terrenal de este mundo. No hay nada de farsa en lo que me une a Monsieur —confesó—. Aunque ese es uno de los muchos secretos que pueblan Versalles.
—De haber sabido que tu esposo sentía también inclinaciones por el amor femenino, hubiera intentado seducirlo —dije, pícara—. Es uno de los hombres más atractivos de la corte, además del rey, claro.
Conocía lo suficientemente bien a Aurore para saber que no se enfadaría por lo que mis palabras insinuaban.
La fama de lo que ella y su marido hacían en París y Saint-Cloud era bien conocida; los rumores de lo que ocurría en sus pervertidas fiestas nocturnas habían llegado también a Versalles.
No sé si yo hubiera podido compartir al hombre que amaba con otras mujeres —u hombres, en el caso del duque de Orleans—, pero Aurore parecía disfrutar y participar del libertinaje de su marido.
—No puedes engañarme con tu palabrería sobre la belleza de Monsieur —sonrió, divertida—. El atractivo que te arrastra es el de Gérald de la Reynie. No intentes negármelo: tiene un efecto devastador en ti .
Devastador. Sí, esa era la palabra correcta.
Gérald representaba un peligro para mi familia, para mi vida y también para mi indefenso corazón, que palpitaba más rápido cuando estaba en su presencia.
Ahora era mi enemigo; uno que jugaba con mis miedos y mi desesperación y, sin embargo, como una tonta, mi mente volvía a él una y otra vez.
—Si quieres saber la verdad, Aurore —dije al fin—, Gérald de la Reynie no es más que un hombre arrogante y peligroso, un verdugo con máscara de mosquetero. No creo que tenga alma para el amor. Ni siquiera para un fugaz affaire .
Aurore me observó con sus ojos áureos, evaluando cada una de mis palabras.
—Lo cierto es que, hasta donde yo sé, no se le ha conocido ninguna amante.
—Eso es porque no tiene corazón alguno.
—Ningún hombre es tan frío.
—Gérald de la Reynie, sí —afirmé, bajando la mirada, y aquel gesto reveló a Aurore la pena que sentía por dentro. Puso una mano sobre la mía, preocupada, y yo tuve ganas de echarme a llorar. Ni siquiera hablar de frivolidades lograba apartarme de la amenaza del capitán sobre mi familia y sobre mí.
—¿Por qué de repente pareces tan triste, Lucille?
Tuve la tentación de desahogarme del todo con ella, de contarle la verdad de lo que me estaba ocurriendo. No lo hice.
Puede que Aurore Bechard fuera de origen plebeyo, pero ahora estaba ligada a la corona de Francia por matrimonio y por amor.
Ya no era una mujer del pueblo: al casarse con Philippe de Orleans, se había convertido en duquesa y princesa.
Jamás volvería a confiar en mí si le confesaba que mi hermano era, al parecer, un traidor al Rey Sol .
—¿Estás enamorada de él? —preguntó, tras unos minutos de silencio.
—¡No! —protesté, con más vehemencia de la que pretendía—. No se trata de eso.
—¿Y qué es? ¿Gérald de la Reynie te ha molestado de alguna forma?
—No —murmuré, mirando el Estanque de Saturno, buscando en las aguas la claridad que no encontraba en mi interior, y me obligué a mentirle a mi única amiga—: Gérald no me ha molestado.
—¿Sabes una cosa? Pasé bastante tiempo con el capitán de la Reynie cuando Monsieur estuvo lejos, en la guerra.
Muchas tardes bajaba a las mazmorras para jugar a las cartas con él.
No le gusta demasiado hablar, es cierto, pero es inteligente y leal hasta la muerte a su majestad.
Una vez incluso le vi sonreír. Más o menos.
—No intentes consolarme. Conoces tan bien como yo los rumores que corren sobre su crueldad.
—Es capitán de la orden de los mosqueteros del rey: debe ser cruel para ejercer su tarea, me temo. No apruebo sus métodos, pero quizá no sea tan malo como crees.
—¿Y qué quieres decirme con eso?
—Que Gérald de la Reynie es humano y, como tú, tendrá sus propias pasiones. Está claro que tiene tu corazón preso; ¿no sería mejor rendirse antes de que te quemes del todo en este pesar que te consume?
—¿Rendirme? —repetí, incapaz de procesar lo que Aurore insinuaba.
—Sí, rendirte. Te atrae un hombre de dudosa reputación y eso te hace sufrir. Creo que si cedieras a tu propio deseo… sentirías alivio.
Negué de inmediato con la cabeza.
—Incluso si le confesara a Gérald lo que me hace sentir, para él apenas existo. Solo soy una dama más de cuya seguridad debe encargarse.
Mi amiga fue a rebatirme, pero detuvo sus palabras justo cuando iba a pronunciarlas.
Seguí su mirada hacia lo que había captado su interés: se trataba su majestad y del duque de Orleans acercándose a nosotras.
El rey caminaba tranquilo, escuchando a su hermano, quien andaba a su lado con las manos tras la espalda y lo hacía reír, lo cual era harto difícil.
El Rey Sol solo esbozaba una media sonrisa que jamás iluminaba del todo su rostro.
Solo la presencia de su hermano pequeño y Aurore parecía cambiar eso.
—Mi demandante esposo viene a reclamarme, estoy segura —se quejó mi amiga, poniéndose en pie. Yo la imité—. Apuesto a que ya se ha hartado de los salones, como siempre, y quiere enredarme en algo.
—No te quejes tanto; dudo que tengas un solo momento de aburrimiento junto al duque de Orleans.
—Eso es irritantemente cierto —sonrió Aurore.
La miré de reojo: su rostro se iluminaba en presencia de ambos hermanos reales.
Ni yo, que no me tenía por una mujer piadosa y que me había entregado a un buen número de amantes, podía ni llegar a imaginar cómo sería compartir el amor de dos hermanos.
No obstante, lo que yo imaginase o dejase de imaginar poco importaba, pues los tres involucrados parecían felices con aquel inusual arreglo.
Era sin duda un asunto escandaloso, sí, pero desde luego no iba a ser yo quien juzgase a Aurore Bechard por enredarse con los dos de los hombres más atrayentes de Versalles.
Los ojos de Philippe de Orleans brillaron de entusiasmo al distinguir a su mujer y envidié aquel amor que florecía a plena luz del sol. El mío languidecía en las sombras de una mazmorra, imposible e ignorado .
Cuando llegaron a nuestra altura, hice una reverencia al rey y a su hermano.
—Majestad, alteza.
—Buenas tardes, mademoiselle de Valois —me saludó el rey.
El duque, en cambio, se mantuvo callado.
Era la primera vez desde que había pisado Versalles que Louis se dirigía a mí directamente y su presencia era, sin lugar a dudas, apabullante.
Philippe de Orleans no se quedaba atrás, aunque a él ya más acostumbrada, pues habíamos bailado juntos en alguna ocasión y charlado compartiendo una copa de vino—.
Tengo entendido que mi encantadora cuñada os ha nombrado su dama de compañía, así como propuesto un traslado a los Apartamentos del Príncipe.
—Su alteza ha tenido a bien ofrecerme su antigua habitación en los aposentos de vuestro hermano, es cierto, y me siento honrada por ello.
—Hacéis bien en sentir tal honor, aunque debo advertiros que la duquesa de Orleans tiene un talento especial para acabar metida en asuntos de escandalosa índole —sonrió el rey, mirando de reojo a su hermano con cierta reprobación.
—Espero que no os asustéis fácilmente, mademoiselle de Valois —añadió Philippe, tan insolente como siempre.
—Mi vida en Versalles ha estado llena de sorpresas, alteza —respondí—. Algunas agradables y otras, no tanto. No me asustaré por nada de lo que ocurra en los Apartamentos del Príncipe, prometido.
El rey inclinó la cabeza, con su mirada fija en mí. Un sudor frío me recorrió la espalda; en su presencia, el aire se volvía denso, cargado de un poder que me hacía sentir pequeña e insignificante. No era para menos; Francia entera, yo incluida, le pertenecía.
—Si alguna vez os sintierais abrumada por el libertinaje del que hacen ostentación mi querido hermano y su esposa —dijo Louis, modulando su voz hasta convertirla en puro terciopelo—, no dudéis en acudir a mí, mademoiselle de Valois.
Al fin y al cabo, ¿no existe el rey de Francia para proteger a todas y cada una de las almas que viven bajo su luz?
—Aprecio tal ofrecimiento, majestad —respondí—. En tiempos de incertidumbre, siempre es esperanzador contar con la protección del Rey Sol.
Philippe, todavía con esa chispa de picardía en sus ojos añiles, se adelantó un paso y le ofreció la mano a su esposa.
—¿Tiempos de incertidumbre? Yo diría más bien tiempos de tedio. Se nos ha prometido un baile de máscaras esta noche, hermano. ¿O no es así, ma petite furie ?
—Exacto —asintió Aurore, tomando la mano del duque de Orleans—. Su alteza está deseando volver a vestirse como una cortesana para escandalizar a todos los viejos nobles de pelucas empolvadas.
—Y también estoy deseando perderme en los pasadizos secretos de Versalles en mala compañía. Si no soy yo quien trae escándalos a esta corte de víboras, ¿quién lo hará?
El rey puso los ojos en blanco ante la última frase de su hermano y luego se dirigió a mí, con la diversión decorando su voz:
—¿Veis lo que os digo, mademoiselle de Valois? Todavía estáis a tiempo de rechazar la compañía que os ofrece este par de licenciosos.
—No podría aunque quisiera, majestad. Además, creo que un baile es justo lo que necesitamos para celebrar el regreso de sus altezas a Versalles —dije, sonriente.
Louis también sonrió levemente. Nunca había visto sus ojos a plena luz del sol, tan cerca, y me quedé conmocionada por el bello azul que escondían sus iris.
Tuve que recordarme a mí misma que fue él quien permitió que yo, una dama de la baja nobleza gascona, se instalara en Versalles.
Mi hermano Stéphane le había rogado en una carta una habitación para mí.
Unos meses después recibimos una misiva con el sello del Rey Sol aceptando mi presencia en su corte.
Él había cambiado mi vida: ahora disfrutaba de libertad e independencia en los salones de aquel hermoso palacio.
Tenía mucho más de lo que jamás habría soñado en Tarbes.
Quería demostrarle que le era leal, a él y a todo lo que representaba para Francia, postrarme a sus pies y jurarle que Bastien era inocente, pero ¿cómo? ¿Qué podía hacer yo, quien carecía de poder o influencia más allá de la amistad que me unía a la duquesa de Orleans, para ayudar a mi hermano?
En mi estómago se mezclaron el nerviosismo y la incertidumbre por el futuro, que difícilmente estaba en mis manos. Aurore pareció comprender la extraña inquietud que me atravesaba.
—Permítete ser feliz aceptando lo que en verdad deseas. Aunque esté escandalosamente mal y lleve el nombre de nuestro capitán de los mosqueteros —me susurró solo para mí, ante la atenta mirada de los dos hermanos reales—. ¿Qué podrías perder?
Mi corazón latió alocado mientras aquellas palabras se repetían en mi mente: ¿Qué podía perder, excepto todo?