Gérald I
L ouis XIV tenía la furia dibujada en la mirada. A su lado, su hermano, con las manos a la espalda, tampoco parecía demasiado contento de verme.
Eso no me sorprendía: mi última interacción con él había sido en una misión secreta a París, donde había tenido que hacer verdaderos esfuerzos para controlar el siempre voluble carácter del excéntrico Philippe de Orleans.
Nunca entendí por qué, tras nuestros múltiples encontronazos, me había elegido como testigo en su boda secreta con Aurore Bechard.
Aunque, conociendo a la duquesa de Orleans, posiblemente mi presencia en su casamiento fue cosa de ella y no del duque.
—Gérald, ha pasado un año desde el último envenenamiento y aún no has conseguido desvelar quiénes se esconden tras la Nueva Fronda y qué pretenden —dijo Louis, con la voz dura.
—Aparte de derrocar al actual rey de Francia, claro —añadió Philippe, quien se ganó una mirada reprobatoria de su real hermano.
—Majestad —respondí, sin perder la calma—, nuestras investigaciones han avanzado a paso lento, lo admito, pero cada vez estamos más cerca de atrapar a aquellos que os quieren mal.
—¿De veras, Gérald?
—Así es.
—París está vuelto del revés por culpa de las continuas redadas en la ciudad, capitán —comentó Philippe de Orleans—.
Lo que tendrían que ser mis seis meses de paz y tranquilidad se ha traducido en un sinfín de terratenientes parisinos haciendo cola en el Palais Royal para soltarme quejas acerca de la presencia de vuestros mosqueteros en sus propiedades.
—Molestar a unos cuantos nobles no es algo que me quite el sueño, alteza. Así es como se llevan a cabo las investigaciones: removiendo el estiércol.
Louis XIV se levantó de su trono, y el sonido de sus tacones acercándose a mí resonó sobre el mármol.
Sabía lo que se avecinaba; su paciencia se estaba agotando, y no podía culparlo por ello.
El Rey Sol no toleraba el fracaso, y en estos momentos, mi capacidad de mantener mi cabeza sobre mis hombros pendía de un hilo muy fino.
—Remover estiércol, capitán, se te da bien —proclamó el rey, y su voz llenó cada rincón del Gabinete del Consejo como un trueno contenido—.
Pero no es el estiércol lo que me interesa.
Quiero cabezas, quiero nombres. No toleraré más escándalos que avergüencen a mi corte o retrasen mis planes para llevar a Francia a la más absoluta grandeza.
Este era el momento de hablar o perderlo todo.
Con su majestad no valían las medias tintas.
Lo supe el mismo día en que me otorgó el título de capitán de los mosqueteros, que coincidió con el día en que cumplió la mayoría de edad y tomó las riendas de Francia en sus manos.
Desde entonces confiaba en mí, casi tanto como en su fiel Bontemps, pero todo tenía un límite, y había un número acotado de fracasos que el Rey Sol estuviera dispuesto a tolerar.
Y en lo relativo a la Nueva Fronda, yo había tenido varios.
—Majestad, hemos interceptado un nuevo panfleto que corre por las calles de París —informé—. Este.
Saqué el panfleto de mi jubón y se lo entregué a Louis, quien lo leyó en silencio. Vi cómo su rostro se contraía de ira, si bien pronto recuperó la entereza. Luego alargó el papel a su hermano. Este fue menos disimulado en su reacción.
¡Venid al misterio que el hierro esconde! Un rostro perdido en la tiniebla
el príncipe de las sombras calla y acecha, ¡Versalles tiembla bajo su reja!
Entre oro y venenos, el Rey Sol se apaga, ¿qué verdad oculta la prisión que lo atrapa? Venid, curiosos, a la corte fatal: allí yace un hombre… y su rostro es mortal.
—¿Qué significa esto? —espetó Philippe.
—Aún no lo sabemos con seguridad, pero desde luego lo que esas palabras insinúan es de mal pronunciar ante su majestad.
—Habla, Gérald —ordenó Louis.
Informar al rey nunca era fácil, pues sus ojos azules podían pasar de la satisfacción al descontento en milésimas de segundo, y no se le conocía por su paciencia precisamente.
—Es evidente que la Nueva Fronda busca vuestra caída, majestad.
Lo que no teníamos tan claro era qué querían hacer una vez consiguieran vuestra corona.
Sin embargo, cada vez parece más obvio que ese príncipe de las sombras del que hablan en sus últimos panfletos está destinado a ocupar vuestro lugar como rey de Francia.
Si aquella información afectó a Louis de alguna manera, se cuidó mucho de disimularlo, como era habitual en él.
—¿Alguna pista sobre la identidad del príncipe de las sombras?
—Me temo que no, majestad —declaré—. Ni las redadas en las casas de nobles disidentes, ni los interrogatorios de alquimistas y falsos médicos, desentrañan del todo el entramado de la Nueva Fronda.
Los rastros siempre parecen desaparecer como humo entre los dedos en cuanto mis hombres pisan ciertos distritos parisinos.
Es por ese motivo que decidí investigar los barrios pobres, así como también ordené vigilar todas las iglesias de París.
Tengo motivos para creer que hay hombres del clero implicados en la conspiración y no me equivoqué: en los alrededores de Saint-Jacques encontramos una pista.
—¿Qué pista?
—Escuchamos una expresión que, aparentemente, habla de un lugar crucial para los fronderos: “allá donde la luz del Rey Sol no puede reinar”.
Aquello pareció terminar con la paciencia de Louis, aunque, una vez más, contuvo su ira.
—¿Qué lugar es ese?
—Creemos que habla de las minas abandonadas que hay bajo París, majestad —respondí, sin titubear—. Como sabéis, atraviesan prácticamente toda la ciudad y la policía jamás pone un pie en ellas, pues es sumamente sencillo perderse y no encontrar la salida. Jamás han sido mapeadas.
—Sí, lo sé —replicó Louis.
—Bien —asentí—. Accedimos a ellas a través de un pasaje oculto en la iglesia de Saint-Eustache.
En uno de los túneles encontramos tallado el símbolo de la Nueva Fronda: una F clavada sobre un sol sangrante.
En mi opinión, las minas abandonadas son el sistema nervioso de la conspiración.
Se comunican y se organizan bajo el suelo de París.
Usan túneles antiguos, no solo para escapar, sino para mover información, armas y quizás también el veneno que acabó llegando a Versalles el pasado verano a través de Le Sorcier . Esa es mi teoría.
—¿Y este panfleto contra el reinado de mi hermano? —inquirió Philippe.
—Estaba en la iglesia de Saint-Eustache. El sacerdote al cargo de esa parroquia huyó antes de que pudiéramos apresarlo e interrogarlo al respecto. Posiblemente ahora se encuentre muy lejos de París, escondido con alguna de las familias que pertenecen a la Nueva Fronda.
—Pero aún tenemos a Manadou en nuestros calabozos, ¿no es cierto? —preguntó Philippe—. ¿Cómo es posible que tras casi un año de encierro no hayáis podido sonsacarle la verdad a Le Sorcier ?
—Solo ha reconocido vender pócimas y venenos a nobles de Versalles. No admite ninguna asociación con la Nueva Fronda, así como tampoco reconoce haber traficado con serpentio.
Louis entrecerró los ojos. La mención de los envenenamientos parecía haber tocado una fibra sensible, pues las sombras del Asunto de los Venenos aún planeaban sobre la corte.
Había sido Philippe de Orleans quien había detenido al inglés responsable de las muertes por serpentio.
Antes de morir a manos del duque, Ward había confesado formar parte de la Nueva Fronda, un detalle que no dejaba de sorprenderme.
En la vieja Fronda, todos los nobles implicados habían sido franceses, cercanos al rey.
Me resultaba difícil aceptar que un barón inglés cualquiera estuviera enredado con una conspiración así, pero, al parecer, la Nueva Fronda había sido capaz de involucrar a gente de todos los estratos sociales.
Incluso extranjeros. ¿Cómo lo habían logrado?
Me abstuve de indicarle a su majestad que, si su impulsivo hermano no hubiera matado al barón Ward, podríamos haberle sonsacado valiosa información en las mazmorras de palacio.
A pesar de todos los esfuerzos de mis mosqueteros, no habíamos logrado atrapar a ningún frondero más: teníamos sospechas de varios nobles que en el pasado se habían mostrado críticos contra las políticas de Louis y habíamos encontrado rastros aislados de la conspiración en las minas abandonadas de París. Nada más.
Era verdaderamente frustrante.
—¿Y cómo pretendéis acabar con esta amenaza, capitán? —preguntó Philippe, interrumpiendo mis pensamientos.
—Necesitamos que los fronderos se confíen —respondí, sin apartar la mirada del hermano del rey—. Propongo que perdonéis a los nobles que aparecieron en la lista de clientes de Le Sorcier y que les permitáis regresar a Versalles como si nada hubiera pasado.
—Eso pondría en peligro a la corte —respondió Louis.
—Es posible —admití—. Pero todo éxito conlleva un riesgo.
—¿Qué hay de los nombres que aún no han trascendido?
—Solo hay tres que todavía no hemos apresado e interrogado, ya que se encuentran en paradero desconocido desde que detuvimos a Manadou.
—¿Quiénes son? —se interesó Philippe.
Me aclaré la garganta, sabiendo que uno de los nombres inquietaría al duque de Orleans.
—Un tal Vallotton, Madame Leclair y Bastien de Valois.
El rey miró a su hermano, quien alzó una ceja inquisitiva ante el último nombre.
—¿Valois, Gérald?
—Valois, alteza —confirmé, sin inmutarme—. El hermano menor de…
—De Lucille de Valois, la amiga de mi esposa —se enfureció el duque.
—Cálmate, hermano —medió el Rey Sol—. Esa dama no es sospechosa de nada.
—Aún —apuntillé yo—. Si sabe algo respecto a Bastien, os aseguro que se lo sonsacaré.
—¿Y si no sabe nada ?
—Entonces, la utilizaremos para llegar a él.
Philippe de Orleans se volvió hacia Louis.
—Aurore quería nombrar a Lucille de Valois como su dama de compañía y trasladarla a su antigua habitación en los Apartamentos del Príncipe.
—No veo problema en que lo haga. Si es una traidora a la corona, se sentirá confiada al ver que tiene nuestro favor. Y si no es una traidora, estará más a salvo en tus aposentos, junto a Aurore —declaró el rey—. ¿O me equivoco en mi razonamiento, Gérald?
—Ni un ápice, majestad.
Me abstuve de señalar que ya había hablado con Lucille de Valois respecto a su hermano.
Estaba seguro de que no huiría y de que, de una forma u otra, acabaría cooperando para salvar a Bastien.
Una vez terminase el plazo que le había dado para decidirse, informaría a Louis para que él dispusiese qué hacer con ella.
—Y respecto a perdonar a los nobles implicados en el Asunto de los Venenos… —dijo Louis—. ¿Estás seguro de eso, Gérald?
—Sí. Permitid que regresen a Versalles y concentraremos, a ojos del mundo, nuestros esfuerzos en París en busca de la Nueva Fronda. Confío en que ese acto de magnanimidad de vuestra parte los haga confiarse lo suficiente como para cometer un error fatal.
En los ojos azules del Rey Sol pude ver la sombra del recuerdo de las traiciones pasadas y el dolor que estas le habían provocado. Tras unos segundos en que permaneció pensativo, se volvió hacia su hermano:
—¿Qué opinas, Philippe?
Este se encogió de hombros, con sus manos tras la espalda.
Era un hombre difícil y muchas veces impulsivo, pero la manera en que sus labios se curvaron en una media sonrisa me dio a entender que ya había considerado todo esto antes.
Philippe de Orleans podía ser muchas cosas que yo no aprobaba, pero no era precisamente estúpido.
Ambos hermanos compartían, de hecho, una inteligencia avispada y despierta, si bien la invertían en asuntos por completo opuestos.
—Si permitimos que Gérald actúe con éxito, será una victoria para ti —dijo el duque de Orleans, dirigiéndose a su hermano—.
Si fracasa, las consecuencias serán terribles.
Lo sabes perfectamente. Versalles no es inexpugnable, y menos si permites que los nobles que compraron venenos a Le Sorcier regresen a la corte.
Pero supongo que no tenemos otro remedio que confiar en la intuición de tu flamante capitán.
Louis mantuvo su mirada en Philippe unos segundos más antes de volver a fijarla en mí.
—No habrá margen de error, Gérald —proclamó—. Si fallas, si permites que alguno de estos traidores se escape…
—No fallaré, majestad —le aseguré, inclinándome ante él, consciente de que mis siguientes acciones podrían determinar no solo mi destino, sino el de toda Francia.
—Una cosa más: no quiero más panfletos como este apareciendo en cada esquina de París —dijo Louis, tomando el papel de las manos de Philippe y mirándolo con desprecio—.
Si es necesario, incendiarás todas las imprentas del país, llenarás las calles de mosqueteros y colgarás a cualquier hombre o mujer sospechoso de difundir estas palabras.
—Así se hará, majestad.
Louis, con un imperceptible gesto de su mano, me dio permiso para retirarme. Mientras salía de la sala, sentí el peso de la mirada del rey sobre mí. Su paciencia estaba al borde del colapso.
El reloj había comenzado a contar. Y la sombra de la Nueva Fronda, oculta en París, se alzaba como el mayor desafío de mi vida.