Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille I #2
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Lucille I #2

Había llegado a la corte siendo una jovencita inexperta y asustada, que apenas sabía nada de la vida, y desde aquel primer día mis ojos se habían posado en la figura distante de Gérald de la Reynie.

Me traía sin cuidado que no fuese noble y que ignorase por completo mi existencia; nada de eso tenía importancia, porque cuando irrumpía en los salones con su capa negra y la espada colgando de su tahalí, me consumía en un deseo malsano que sabía, con amarga certeza, que jamás sería colmado.

Gérald ladeó la cabeza para mirarme, y el escaso aire que nos separaba vibró, tan tenso como mi espalda .

—¿Seguro que no sabéis nada, mademoiselle de Valois? —dijo, con sus ojos clavándose en los míos, y la voz tan helada como pausada.

Aquella poco velada acusación despertó la rebeldía que había en mí; era inocente, y también lo era mi familia. ¿Qué insinuaba Gérald?

—¿Qué es esta farsa de convocarme aquí como a una vulgar criminal, capitán de la Reynie? —estallé, alzando el mentón—. Soy inocente de toda sospecha.

—Quizá vos sí. Vuestra familia… no tanto.

—Mi familia está muy lejos de aquí. Mi hermano mayor cuida de nuestras tierras y…

—Vuestro hermano mayor Stéphane está, en efecto, lejos de aquí. ¿Qué hay de vuestro hermano menor?

—Mis padres están muy enfermos, por lo que Bastien ayuda a Stéphane en la administración de las propiedades de los Valois.

—¿No está el joven Bastien en París?

—Claro que no. Está en Tarbes, junto a mi hermano mayor.

—Me temo que estáis muy equivocada, mademoiselle —dijo Gérald, muy tranquilo—. Bastien de Valois no se encuentra en Tarbes. De hecho, está desaparecido desde hace prácticamente un año.

—Eso es imposible. Stéphane me habría avisado de un suceso tan grave.

Gérald de la Reynie rodeó el escritorio, abrió un cajón y sacó un puñado de cartas abiertas, que lanzó sobre la superficie de madera.

Tan solo necesité un vistazo para reconocer la letra de Stéphane.

Mi correspondencia había sido interceptada, lo cual significaba que llevaba meses siendo vigilada por Gérald.

Palidecí ante aquel pensamiento. Sin embargo, me obligué a mantener la compostura, aunque mi voz estaba ligeramente ofendida cuando formulé la siguiente pregunta:

—¿Habéis interceptado mi correo, capitán?

—¿A vos qué os parece?

—Esto es inaceptable —me quejé—. Entregadme las cartas de mi hermano ahora mismo.

—Lo haré si me decís dónde está Bastien de Valois y qué pretende hacer como miembro de la Nueva Fronda.

Aquella acusación directa de traición me dejó sin habla por un momento. Y luego no pude evitar soltar una risa amarga por lo absurdo de lo que Gérald insinuaba.

—Mi hermano Bastien no es un frondero. Es fiel a su majestad. Su aspiración es entrar a formar parte de la orden de los mosqueteros algún día, capitán. Nada le haría más feliz que poner su espada al servicio del Rey Sol.

—Si lo que decís es verdad… ¿Por qué el nombre de Bastien de Valois aparece aquí?

Se inclinó sobre su escritorio, atrapó un pequeño y desgastado cuaderno entre sus dedos cubiertos por guantes de cuero y me lo lanzó sin miramientos. Apenas pude atraparlo entre mis manos.

—¿Qué es esto?

—Los clientes de Le Sorcier , mademoiselle.

Palidecí aún más.

Lo que insinuaba Gérald era inconcebible. Bastien estaba en nuestra casa familiar de Tarbes, ocupándose de las tierras de los Valois junto con Stéphane. Era imposible que estuviera en París. Imposible del todo.

Mi mente se resistía a procesar lo que Gérald acababa de decir.

Le Sorcier , el brujo que había sido responsable de los rumores más oscuros en la corte, aquel que muchos decían que traficaba no solo con venenos, si no con secretos lo suficientemente poderosos como para hacer tambalear cualquier trono, relacionado con mi hermano pequeño.

Bastien… ¿Un cliente suyo? No. No podía ser.

—Estáis equivocado, capitán —afirmé, más convencida de lo que realmente me sentía—. Bastien es leal a su majestad. Jamás tendría nada que ver con ese criminal y mucho menos con la Nueva Fronda. Todo esto es una patraña.

Gérald de la Reynie clavaba en mí una mirada cubierta de sombras que danzaban con desprecio. Me hacía sentir indefensa y condenada, como si todo lo que dijera fuera en vano y mi destino ya estuviera más que decidido a sus ojos.

—¿Patraña, decís? —Su voz se deslizó hasta mí como una daga afilada—.

Contestadme a esto, pues, mademoiselle, ¿cómo es posible que el nombre de vuestro hermano esté registrado en los documentos de Le Sorcier ?

¿Y por qué hay una cantidad tan sustancial de monedas marcadas junto a ese registro? ¿Podéis explicarlo?

Mis manos apretaron el cuaderno con fuerza, pero las palabras se negaban a tomar forma.

Era como si todo lo que intentaba decir se ahogara en mi garganta, incapaz de salir al aire frío de ese lugar opresivo.

¿Mi hermano había solicitado los servicios de Le Sorcier ?

Y lo que era peor… ¿Había conspirado para traicionar al rey?

«Eso es imposible», me repetí. Pero la realidad es que hacía años que no veía a Bastien. Quizá ya no lo conocía tan bien como me aseguraba a mí misma .

—¿Y bien, mademoiselle? ¿Podéis explicarlo o no?

—No, no puedo —susurré finalmente, odiando cómo sonaban esas palabras en mi boca, como si de alguna manera ya estuviera cediendo a la idea de la culpabilidad de Bastien.

Gérald se acercó aún más a mí, hasta que pude sentir el calor de su cuerpo irradiando a través del escaso espacio que nos separaba.

Cada fibra de mi ser era dolorosamente consciente de su cercanía.

Su presencia me ahogaba, y su autoridad era tal que tuve la tentación de arrodillarme y suplicar clemencia, por mí y por mi pobre hermano.

—Será mejor que empecéis a pensar en una explicación, mademoiselle. —Su voz no perdió ni un ápice de su amenaza—. Porque si no la tenéis, vuestro hermano y vos seréis los próximos en ocupar uno de mis calabozos.

Sus palabras fueron un golpe que dolió como si me hubiera abofeteado. Me quedé allí, temblando, con el cuaderno en las manos, mientras él volvía a su escritorio y se sentaba en el borde de la mesa.

No parecía querer soltar a su presa, y no lo hizo:

—¿Dónde se encuentra ahora mismo Bastien de Valois, mademoiselle?

—En Tarbes, en la Gascuña, capitán.

—No está ahí. ¿Dónde se esconde vuestro hermano traidor?

—¡Mi hermano no es un traidor! —estallé, furiosa.

—Entonces, lo sois vos.

—Jamás.

Gérald de la Reynie me atravesó con la mirada y, tras inclinarse unos centímetros hacia mí, me arrebató el cuaderno de mis manos.

—Supongo que sabéis que el Asunto de los Venenos, como ha tenido a bien denominar la corte a lo que ha ocurrido recientemente en Versalles, ha salpicado a varios nobles que acudieron en busca de filtros y sortilegios al alquimista Manadou, popularmente conocido como Le Sorcier .

—Sí. Y todos fueron expulsados o apresados.

—No todos.

—¿No todos?

Pensé que se refería a Athenáis de Montespan, quien había caído en desgracia por el Asunto de los Venenos, pero que, por haber sido la favorita del rey durante tantos años, se le había concedido una vida de aislamiento y penitencia en el convento de las Filles de Saint-Joseph.

—¿Habláis de Madame de Montespan?

—No. Hablo de vuestro hermano. Decidme dónde está o arrastraré el apellido de los Valois por el barro y vuestra presencia en Versalles quedará para siempre vetada.

—Pediré protección a los duques de Orleans —intenté defenderme.

—Ni sus altezas podrán protegeros si vuestro nombre llega a oídos del Rey Sol.

Me estremecí ante su amenaza. ¿De verdad sería capaz de denunciarme al mismísimo Louis?

Yo misma me respondí: por supuesto que sí.

Gérald era fieramente leal a su majestad.

Si decidiera denunciarme al rey, mi vida estaría acabada.

Y no solo la mía: la de mis padres, la de toda mi familia, también.

¿Qué podía hacer o decir para convencerlo no solo de mi inocencia, sino también de la de Bastien?

Antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, Gérald dictó mi sentencia:

—Por consideración a la amistad que os une a los duques de Orleans, os concedo un día para entregarme a vuestro hermano o para confesarme su paradero. En caso contrario, sufriréis la justicia del rey.

—¿Un día? En un día podría huir muy lejos de Versalles.

Levanté el mentón, orgullosa y retadora, provocando que Gérald ladeara la cabeza con la burla grabada en sus ojos, como si mi débil intento de desafiarlo lo divirtiera .

—Y en una semana yo podría colgar a vuestros padres en la misma plaza de Tarbes y mandar a Stéphane a remar a galeras hasta caer muerto, por lo que estoy seguro de que no huiréis como una rata.

Pero, en el improbable caso de que decidierais escapar de Versalles, tened por seguro que os perseguiría hasta atraparos y traeros de vuelta, viva y humillada o bien dentro de un ataúd.

No creáis que me temblaría el pulso. ¿Tomaréis la decisión correcta, mademoiselle de Valois?

—Sois un hombre odioso —dije, apretando los labios con ira.

Gérald no se inmutó ante mi insulto.

—Podéis iros —me ordenó, sin más.

Si alguna vez me había sentido atraída hacia él, si alguna vez mi mirada lo había buscado en los salones, si alguna vez había hecho el amor con un hombre pensando en Gérald de la Reynie, todo aquello quedó barrido momentáneamente por el aterrador temor a lo que el capitán de los mosqueteros del rey pudiera hacerme a mí y a mi familia.

La amenaza que acababa de dejar caer sobre mis hombros no era una bravuconada.

Ese hombre era perfectamente capaz de cumplir cada palabra que había pronunciado.

Mis padres, ahorcados en la plaza de Tarbes.

Stéphane, enviado a las colonias como un reo más.

Bastien, si es que de verdad estaba implicado en una conspiración, sería ejecutado sin miramientos.

Y yo quedaría desterrada, repudiada, condenada al olvido más cruel.

Cuando me giré para abandonar aquel despacho, mis piernas temblaban tanto que temí desplomarme en cualquier momento.

Sentía la mirada de Gérald clavada en mi espalda, como si me hubiera marcado con fuego, como si disfrutara de mi miedo y de mi desesperación.

Odioso era poco para describir a ese hombre.

Pensé en el cuaderno de aquel brujo envuelto en el Asunto de los Venenos.

Le Sorcier . Y luego mi mente regresó a Bastien.

¿ Cómo era posible que esos dos nombres estuvieran asociados?

En un instante, me había visto sumergida en una pesadilla cuyo final auguraba la caída definitiva del apellido Valois.

Llegué a las escaleras que me devolverían al resplandor dorado de Versalles y subí los peldaños. Solo pude respirar con cierto alivio cuando me vi de vuelta en los pasillos de palacio. Pero el aire, que siempre olía a velas, perfumes y vino, no me alivió en absoluto.

Tenía un día. Un día para hacer lo imposible.

Bastien no estaba en Tarbes y no tenía ni idea de dónde podía buscarlo.

Era absurdo. ¿Cómo podría encontrarlo en tan poco tiempo?

Si me negaba a entregarlo, mi familia pagaría el precio.

Y si lo hacía… no me quería ni imaginar la suerte que correría mi pobre y atolondrado hermano pequeño.

El nudo en mi garganta amenazaba con ahogarme, pero reuní todo mi control para lograr serenarme.

No me podía permitir derrumbarme. Debía pensar.

El honor de Bastien y el de toda mi familia estaban en juego.

Y si existía una oportunidad de salvar a mi hermano y de mantener mi apellido libre de calumnias, tenía que encontrarla.

Busqué un poco de paz en los exuberantes jardines de palacio, y mis pasos pronto me llevaron al Estanque de Neptuno, que por lo general no estaba demasiado concurrido, porque para llegar a él debías rodear el Estanque del Dragón, y aquellas criaturas aterraban a muchas damas.

A mí no. Era mi rincón favorito de los jardines de Versalles.

Respiré el aire helado de otoño y procuré recuperar la calma.

Las risas y los murmullos de los cortesanos se escuchaban en la lejanía, irrelevantes y ociosos.

Ellos no tenían ni idea del infierno en el que estaba atrapada.

Sin embargo, lo que más me atormentaba era la imagen de Gérald.

Su rostro severo, su amenaza velada y el terrible poder que tenía sobre mí.

Lo peor no era lo odioso que me parecía el capitán de los mosqueteros.

Lo peor era que, en el fondo de mi ser, una parte de mí deseaba volver a enfrentarse a él.