Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille I
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Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2)

Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2)

Por Katherine Vega

© inepub.com

Lucille I

E staba aterrorizada.

Jamás, en los cuatro años que llevaba viviendo en Versalles, se me había convocado para acudir sin demora a las mazmorras que regentaba con puño de hierro el temible capitán de los mosqueteros.

Las entrañas de aquel lugar de pesadilla solo las pisaban los enemigos del rey de Francia. Y yo, desde luego, no era uno de ellos.

Entonces, ¿por qué Gérald de la Reynie me había mandado llamar?

No podía tratarse de nada bueno, de eso no tenía duda alguna, pero hasta donde yo sabía no había cometido ningún acto de ofensa al rey. Al menos, así lo creía; estaba dispuesta a defender mi inocencia contra viento y marea, por mucho temor que el descenso a las mazmorras me provocara.

No era aprensiva ante los horrores del mundo, ni temía la oscuridad de la noche; era la presencia siniestra del capitán de la Reynie la que envolvía mi corazón en una profunda inquietud.

No solo por su fama de hombre cruel, sino por la frialdad calculada con la que observaba todo a su alrededor.

Cada vez que mi mirada se había cruzado con la suya, había percibido el brillo helado y despiadado que sus ojos destilaban.

El filo de su espada inspiraba temor, sí, pero la certeza de que su voluntad podía doblegar incluso a los más poderosos era lo que convertía a Gérald en un hombre temido en todo el reino y más allá de sus fronteras .

En la corte abundaban los hipócritas, los conspiradores, los depredadores disfrazados de nobles caballeros.

Pero el capitán de la Reynie no fingía ser otra cosa que la que era: el verdugo de la justicia real, el guardián de los secretos más oscuros de Francia.

Y en aquel momento, y por primera vez desde mi llegada a Versalles, su atención estaba fija en mí. ¿Cómo no iba a estar aterrada?

Un mosquetero cuyo nombre desconocía me informó de que su capitán requería mi presencia sin más dilación. Me había tensado al instante al saber que debía acudir a las mazmorras y aferré la mano de la duquesa de Orleans en busca de cobijo, apoyo o ayuda.

Cualquiera de las tres me valía.

—¿Qué quiere Gérald de mademoiselle de Valois? —preguntó Aurore, quien acababa de regresar de París para pasar las estaciones de otoño e invierno en palacio, y a quien yo estimaba como a una hermana mayor.

—Alteza, no puedo deciros…

El duque de Orleans, que había sido testigo silencioso de las palabras graves del mosquetero, decidió intervenir con voz autoritaria:

—Decidle a ese zafio capitán vuestro que mi esposa y mademoiselle de Valois están reunidas en un feliz reencuentro y que no desean ser molestadas.

El mosquetero se tensó ante las palabras de Philippe de Orleans y, por un momento, me creí salvada gracias a la indiscutible autoridad de Monsieur .

No podía estar más equivocada.

—Disculpad, alteza, pero es una orden directa del capitán de la Reynie. No puedo desobedecer.

—¿Pero sí que podéis desobedecer las órdenes del hermano del rey? —replicó Philippe .

Fue entonces cuando solté la mano de mi amiga y me puse en pie.

No deseaba que el feliz regreso de los duques de Orleans a Versalles se viera empañado por una trifulca que me implicase a mí.

Tarde o temprano tendría que obedecer y presentarme ante Gérald.

No me quedaba otro remedio que hacerlo. Desobedecer al capitán de los mosqueros significaba también desafiar al Rey Sol.

Le agradecí a Philippe y Aurore que hubieran intercedido por mí, y lamenté no poder quedarme junto a ellos para que me pusieran al día de cómo habían sido sus primeros seis meses de casados. Ardía en deseos de saberlo, pero si el capitán de los mosqueteros te mandaba llamar… bueno, debías acudir.

—No será nada, amiga mía —le aseguré a Aurore—. Os veré esta noche en el baile de máscaras.

—Más te vale.

Me despedí de los duques de Orleans con una leve inclinación y eché a andar tras los pasos del mosquetero que me guiaba hacia las mazmorras.

Para evitar pensar en el inminente encuentro con Gérald, me concentré en la espalda de aquel mosquetero, en el intenso azul real de su librea y en el dorado de la cruz flordelisada de su orden que destacaba justo en el centro de la prenda.

Estaba más que acostumbrada a aquel atuendo que tanto se veía en los exteriores y en los alrededores de Versalles, pero nunca creí que tuviera que interactuar con ninguno de esos hombres que protegían a Louis XIV con su vida y con su cuerpo.

Las mazmorras de Versalles se encontraban en el subsuelo del ala norte, bajo uno de los edificios de servicio. Nunca había puesto un pie ahí y me detuve, indecisa, ante las escaleras de piedra que descendían hacia las desconocidas profundidades de palacio.

—El capitán de la Reynie os espera en su despacho, mademoiselle de Valois —me indicó el mosquetero .

Asentí, sin atreverme a descender. El mosquetero, galante, me ofreció la mano, quizá suponiendo que la oscuridad que reinaba en aquellas escaleras de fría piedra me asustaba.

No era así. No era la humedad ni las sombras lo que espantaba mi corazón, sino la presencia fría y autoritaria que me esperaba al final de esos peldaños.

Había imaginado cientos de escenarios con Gérald de la Reynie y, tras tantos años de indiferencia hacia mi persona, ya había asumido que jamás estaría interesado en mí como yo lo estaba en él.

¿Me traicionarían mis propias pasiones cuando estuviera con aquel capitán de corazón helado, a solas? Esperaba que no.

Sin embargo, el corazón me comenzó a latir apresuradamente con cada escalón que dejaba atrás y tuve la desangelada sensación de que cada latido inquieto anunciaba mi propia y desconocida sentencia.

¿Qué quería de mí Gérald de la Reynie? Ese hombre no convocaba a cortesanas inocentes sin una razón de peso.

Yo no era nadie en la corte, mi apellido no tenía peso en Versalles ni en ninguna parte; lo único que me otorgaba cierto valor era mi amistad con la duquesa de Orleans y, hasta donde yo sabía, Aurore estaba libre de cualquier sospecha.

Era incapaz de concebir un motivo que requiriera mi presencia en las mazmorras.

El mosquetero me condujo a través del subsuelo hasta llegar a un amplio vestíbulo.

A mi derecha pude ver un pasillo que daba a los calabozos propiamente dichos y otro que llevaba a la armería, del que provenía la charla distendida de los mosqueteros que en aquel momento descansaban de sus deberes.

El mosquetero se detuvo frente a una puerta a la izquierda, que permanecía cerrada.

Alzó una mano para golpear, pero antes de que pudiera tocarla, la grave voz del capitán resonó desde el interior:

—Que pase .

Un sudor frío recorrió mi espalda. El mosquetero abrió la puerta y me hizo un gesto para que entrara. Tomé aliento y crucé el umbral, y al hacerlo sentí que el mismo aire estaba teñido de la presencia de aquel hombre que me había ordenado descender a las oscuras y tenebrosas mazmorras de Versalles.

Gérald de la Reynie me aguardaba de pie junto a una mesa llena de documentos y mapas.

Su presencia era aplastante. Tanto que me costaba respirar con normalidad. Desde que residía en la corte siempre había deseado estar a solas con él, pero jamás bajo la sombra de una sospecha. Su fama de torturador era suficiente para hacer estremecer al más valiente de los soldados. También a mí.

Él no vestía como un mosquetero, si bien tampoco lo hacía como los nobles que poblaban los salones de palacio.

El riguroso negro de su austero jubón realzaba su estatura imponente y la severidad de su rostro, curtido con varias cicatrices.

Pero lo más inquietante era su mirada, esos malditos ojos hechos de brea que te perforaban la piel y desnudaban tu alma sin esfuerzo.

No era un hombre guapo en el sentido común, pero, para mi desgracia, no podía evitar encontrarlo tenebrosamente peligroso y atractivo.

Aquella energía oscura y contenida que Gérald guardaba bajo su negra mirada me subyugaba cada vez que posaba mis ojos en él.

Parecía como si bajo ese control rígido hubiera una tormenta esperando estallar y yo estuviera deseando adentrarme en ella hasta naufragar.

—Mademoiselle de Valois —dijo, en un tono tan grave que me hizo sentir más vulnerable que nunca—. ¿Sabéis por qué estáis aquí?

Negué con la cabeza y tragué saliva, a pesar de que mi boca estaba seca.

Mirarlo directamente a los ojos se me antojaba como asomarme a un abismo desconocido, pero me obligué a sostenerle la mirada para demostrarle que no tenía nada que esconderle.

Él se tomó su tiempo para continuar hablando, como si estuviera disfrutando de mi visible y creciente incomodidad.

—Vuestro nombre ha sido mencionado en ciertos asuntos poco favorables.

—¿Mi nombre? Imposible —repliqué, tratando de sonar firme, aunque por dentro temblase.

—¿Y el de vuestra familia, también es imposible que se haya visto envuelto en un asunto sospechoso?

—No sé de qué me habláis, capitán.

Él dio un paso hacia mí, lento, deliberado, y sentí el suelo temblar bajo mis pies. ¿O quizá solo era el martilleo incesante de mi corazón que respondía a la presencia de Gérald?

Jamás lo había tenido tan cerca de mí, y era la primera vez que estábamos a solas en una habitación.

Se acercó tanto que pude ver la sombra de la barba incipiente en su mandíbula cuadrada y lo denso que era su bigote y su perilla, tan oscuros como su cabello.

A aquella distancia, las cicatrices de su rostro parecían más severas.

Grietas en una máscara de piedra, recuerdos silenciosos de batallas libradas en las sombras. Y yo no podía dejar de mirarlas.