Un deseo en la corte del Rey Sol (Versalles 2) Lucille XIV #2
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Lucille XIV #2

—¿A qué demonios habéis venido? ¿A humillarme para dormir mejor, quizás?

—No —dijo con una calma irritante.

Aquello me enfureció. ¿Quién se creía que era para colarse en mi habitación sin mi permiso en mitad de la noche, violando todas las normas de decencia y etiqueta, después de cómo me había tratado en el carruaje?

—Salid de mi habitación —exigí, señalando la puerta.

A pesar de mi ira, percibí cómo mi tono carecía de la firmeza que deseaba, y me odié por ello.

—No hasta que hablemos.

Sus palabras eran tranquilas, pero su postura y su mirada transmitían una autoridad inquebrantable.

Retrocedí hasta que mi espalda chocó contra el tocador.

Me sentí vulnerable, vestida con una camisa interior blanca que apenas cubría nada de mi cuerpo y unas finas medias de seda que llegaban hasta mis muslos.

—¿Venís a pedirme perdón por vuestra conducta?

—No —repitió.

Avanzó hacia mí. Con cada paso que él daba, mi resolución flaqueaba y se reducía, al igual que la distancia entre nosotros.

En aquel momento, Gérald parecía un depredador que se acercaba a su presa, con movimientos tan calculados como precisos.

Y yo deseaba dejarme cazar por él una vez más, aunque mi cabeza me repetía que debía protegerme de todo lo que aquel hombre provocaba en mí.

—Hoy he recibido una buena reprimenda por vuestra culpa, mademoiselle. —Su voz se convirtió en un susurro grave y peligroso que provocó que un escalofrío recorriera mi espalda.

—No tengo ni idea de lo que estáis hablando —dije.

Sus ojos se clavaron en los míos, intensos, helados.

—La duquesa de Orleans —aclaró.

Enrojecí entera. ¿Aurore había traicionado mi confianza y le había hablado de mis más oscuros impulsos? Si así era, me iba a escuchar, fuera o no princesa de Francia.

Antes de que pudiera decir nada, Gérald continuó hablando y, para mi sorpresa, prescindió del trato protocolario, tal y como había hecho en el carruaje, cuando me tuvo expuesta y rendida en sus brazos:

—Eres una mujer capaz de conquistar a cualquier hombre, noble o plebeyo. Si tú quisieras, podrías poner a tus pies a un archiduque. ¿Por qué, de entre todos los que te pretenden, elegiste desearme a mí?

Me quedé absolutamente anonadada por aquella pregunta que mostraba una pizca de vulnerabilidad en el hombre más frío de todo Versalles. Fui incapaz de contestar.

—Te has hecho una imagen de mí que no es real, mademoiselle —siguió hablando Gérald—.

Porque si sueñas con un caballero andante que venga a rescatarte de la torre más alta del castillo, estás muy equivocada.

He matado y torturado a hombres y mujeres por igual, y en mis manos hay más sangre de la que jamás verán tus ojos. No puedo darte el amor que buscas.

Sus palabras me hicieron temblar ligeramente, pero no iba a dejarme intimidar. No, esta vez iba a tomar yo el mando.

—De ti no espero ningún amor — respondí, firme, aunque por dentro mi corazón se agitaba como una hoja expuesta al viento—. Me preguntas por qué te deseo a ti por encima del resto de hombres.

Gérald avanzó un paso más hacia mí, despacio, y yo levanté el mentón con orgullo.

—Porque veo en ti un reflejo de lo que soy yo. Porque en cada cicatriz de tu cuerpo vislumbro las sombras que ocultas. Porque creo que, como yo, tienes una parte que necesita ejercer el control tanto como respirar.

Estaba ya tan cerca de mí que su olor me invadió.

Sus ojos, cargados de un deseo contenido, me atravesaron como una flecha, directa a mi sangrante corazón.

Esta vez fui yo quien dio un paso hacia él, acortando aún más la distancia entre nosotros.

Mi cuerpo se estremecía por la cercanía del suyo.

Nuestras miradas se enfrentaban. Si él quería retarme, yo no iba a flaquear.

—No busco romanticismo en tus brazos —continué—. Lo que necesito de ti no es delicadeza, sino lo que nadie más puede darme. Quiero lo que escondes, lo que temes mostrar, lo que crees que te hace un monstruo. Quiero tu oscuridad y tu vileza, y lo quiero solo para mí.

Vi cómo su mandíbula se tensaba y su mirada bajaba hacia mis labios antes de volver a mis ojos.

—El simple hecho de pensar que tomas entre tus brazos a una amante que no soy yo me hace perder el sueño, Gérald —admití, apretando los dientes—. Juro por Dios que enloqueceré de celos si le das a otra mujer lo que solo yo merezco.

—¿Y qué mereces?

—Esto.

Alcé las manos hacia mi cuello ya libre de maquillaje, me aparté la cabellera negra hacia un lado e incliné la cabeza para mostrarle lo que era suyo y solo suyo.

—Míralas —dije, dejando al descubierto las marcas enrojecidas que se extendían sobre mi piel pálida: las huellas de unos dedos que habían reclamado, castigado y marcado.

Gérald permaneció inmóvil, con la mirada fija en aquellas líneas irregulares que él mismo había provocado, sin decir nada—.

Esto es lo que merezco. Esto es lo que quiero.

Deseaba que viera su obra, que comprendiera que aquellas huellas eran tanto un recuerdo del dolor infligido como un blasón de mi deseo por él.

Era absurdo y peligroso, y aun así, no podía detenerme.

Sus ojos recorrieron mi cuello lentamente, como si cada marca fuera una palabra en un idioma que solo él y yo entendíamos.

Vi cómo se debatía entre retirarse o ceder, entre repudiar lo que había hecho o abrazarlo completamente.

—Lo que me pides es un mundo que no está hecho para ti —masculló, sin dejar de mirar las heridas infligidas por su mano que marcaban mi piel—. Soy un hombre que no puede permitirse flaquezas. Y tú… eres exactamente eso.

Sus palabras me dejaron sin aliento. ¿Flaqueza? ¿Yo, una flaqueza?

—¿Es eso lo que piensas de mí? —pregunté—. ¿Que soy una mera distracción?

—No lo entiendes, ¿verdad? —replicó, su tono más bajo, más furioso aún. Sus manos se cerraron en puños, como si luchara por controlarse—. Si permito que me afectes, si dejo que tus ojos, tu boca, tu maldita actitud me distraigan… otros pagarán el precio. No yo. No tú. Otros.

—Entonces no me desees, Gérald —lo desafié, sintiendo cómo mi propio corazón se aceleraba, no solo por sus palabras, sino por la forma en que su mirada ardía, perdida en la mía—.

Haz lo correcto. Aléjate. Pero no te atrevas a culparme de tus propias debilidades.

Si soy un peligro para ti, la solución es sencilla.

Sal de mi vida, enciérrame en tus mazmorras por ser la hermana del traidor al que persigues y permite que su majestad me haga colgar.

Hubo un momento de silencio en el que pude oír claramente el sonido de mi respiración y la suya, mezcladas, turbulentas, una tormenta a punto de desatarse.

—Es demasiado tarde para eso —respondió, quitándose los guantes de cuero y arrojándolos sobre mi tocador.

Luego, sus dedos rozaron mi mejilla, un gesto tan suave, tan inesperado, que mi cuerpo se tensó de pura confusión. La última vez que me había tocado había sido todo menos amable.

—Te odio por lo que haces conmigo —murmuró, la voz oscurecida de deseo por mí, ya imposible de esconder.

—Y yo a ti por lo que haces conmigo —repliqué.

Su mano abandonó mi mejilla golpeada y se desplazó hasta mi cuello, donde las huellas de sus dedos habían provocado esas marcas que tardarían semanas en desaparecer. Yo apenas pude respirar ante aquel contacto.

—Quiero verte entera —exigió—. Quiero ver al completo lo que mis manos han hecho en tu piel.

Tragué saliva. El corazón me dijo que ya no había vuelta atrás entre nosotros.

Me dirigí a la cama, dándole la espalda. Me apoyé con una mano en una de las columnas del dosel y, con profunda vergüenza, me levanté la camisa hasta la cintura. Y aguardé, en silencio.

Noté cómo se acercaba a mí. La habitación estaba sumida en un silencio espeso, roto solo por el sonido amortiguado de sus botas sobre el suelo y el tenue roce de su capa al moverse.

Mi respiración se entrecortó, expectante de su tacto, mientras mis dedos temblaban en la tela levantada de mi camisa.

No sabía si estaba lista para lo que se avecinaba, pero tampoco podía detenerme. Ya no.

Gérald se detuvo detrás de mí, tan cerca que sentí el calor de su cuerpo antes de que sus manos, fuertes y firmes, rozaran la piel desnuda de mi espalda.

—Lucille... —susurró, y mi nombre en su boca me atravesó el alma entera.

Sus dedos trazaron con una lentitud casi insoportable las marcas que él mismo había dejado en mi trasero. Un estremecimiento recorrió mi cuerpo cuando su aliento caliente acarició mi nuca antes de que sus labios rozaran una de las cicatrices aún rosadas de mi cuello.

Suspiré en voz alta, incapaz de contenerme.

Era un gesto tan inesperado, tan opuesto a la brutalidad de sus acciones anteriores, que no sabía cómo reaccionar.

Sus manos habían sido entrenadas para la brutalidad y la tortura y, sin embargo, en aquel momento se sentían suaves, como si acariciaran el terciopelo de un delicado vestido.

—¿Por qué no me odias? —murmuró contra mi piel, su voz rota, sabiendo que la respuesta a esa pregunta sería demasiado insoportable.

—Quizás te odio —respondí, intentando ordenar los pensamientos que su cercanía desmoronaba—. Pero si es así, te odio menos de lo que me odio a mí misma por no ser capaz de alejarme de ti.

Sus labios se movieron de una marca a otra de mi cuello, cada beso un acto de redención que no pedí, pero que él parecía necesitar desesperadamente.

—Eres tan insensata como yo —susurró, y había algo en su tono que casi sonaba a ternura. Casi .

Sus manos bajaron por mis costados, deteniéndose justo por encima de mi cintura, donde la tela de la camisa colgaba desordenada.

Entonces, se detuvo para apoyar su frente contra mi espalda.

El sonido de su respiración, el calor de su cuerpo, el olor que todo él emanaba…

era abrumador y me conquistaba por completo.

—Mereces algo más que esto. Alguien mejor que yo.

—Pero te quiero a ti, mon capitaine . A nadie más que a ti.