Un desastre perfecto 34
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Maika

—Maika, cariño, como sigas mirando ese papelito vas a gastarlo con los ojos —comenta mi abuela con esa voz hecha de miel y la autoridad natural de quien ha vivido varias vidas en una sola.

—Qué va —respondo.

—Claro. Y yo soy la reina de Inglaterra con bata de flores —replica ella, y levanta una ceja con esa picardía que ni los años ni las caídas han conseguido borrar.

Sonrío a medias y dejo la nota sobre la mesita de noche, fingiendo que estoy bien.

La habitación de mi abuela en la residencia huele a colonia de lavanda, a crema hidratante, a flores frescas recién cortadas y a esa mezcla inconfundible de mantas limpias y sol de tarde que solo se respira en los lugares donde alguien te cuida con verdadero cariño.

No es un sitio perfecto. Pero esta habitación, siempre ha parecido un hogar. Quizá porque ella está dentro.

Mi abuela está sentada en su sillón junto a la ventana, con una manta fina sobre las piernas y el pelo blanco, suave y ligeramente revuelto, iluminado por la luz tranquila de la mañana.

En la mesita hay un jarrón con margaritas blancas, pequeñas rosas y ramas verdes que aún conservan el aroma del campo.

Junto al jarrón, la nota manuscrita que le envió Helen me observa.

La he leído tantas veces que podría recitarla de memoria: «Espero que se recupere pronto.

Maika habla de usted como ese lugar seguro que es.

Gracias por cuidar de ella antes de que el mundo tuviera la suerte de conocerla».

—Ven, que te voy a peinar —me dice mi abuela, dando unas palmaditas en el brazo del sillón—. Tienes el pelo como si te hubieras peleado con la almohada.

—La almohada siempre ha sido muy traicionera conmigo —contesto.

Que mi abuela me siga mimando de esa forma, es maravilloso. Amor del de verdad. Giro la cabeza y suspiro.

—No me mires así —murmura ella.

—¿Cómo?

—Como si fuera a romperme en mil pedazos en cualquier momento. Solo di un pequeño tropezón. Ya verás como pronto estoy de maravilla —responde con naturalidad.

—Abuela…

Me siento en la cama frente a ella y le tomo las manos.

Están tibias, llenas de venitas azules y de historias que ningún libro podría contar.

Manos que me hicieron trenzas perfectas cuando era niña, que prepararon meriendas inolvidables, que firmaron papeles complicados para que yo pudiera estudiar, trabajar y volar lejos.

Manos que lo soltaron todo para agarrarme fuerte a mí.

—Gracias —susurro, y la voz se me quiebra antes de continuar.

Catalina frunce el ceño con suavidad.

—¿Por qué, mi niña?

Ella cierra la boca, pero me aprieta los dedos con fuerza, animándome en silencio.

—Por haber sido mi madre, mi refugio y mi casa entera —continúo, con los ojos llenos de lágrimas—.

Por trabajar hasta que te dolía la espalda cada día.

Por fingir que no estabas cansada cuando yo necesitaba que me llevaras al colegio.

Por vender tus pendientes buenos para pagarme aquel curso de idiomas.

Sí, lo sé —añado al ver cómo abre los ojos sorprendida—. Me enteré hace años.

—Eran horribles —se intenta justificar.

—Eran preciosos —insisto yo.

—Me hacían las orejas gordas.

Una risa llorosa se me escapa.

—Pero aun así, lo hiciste, y yo jamás me sentí como una carga para ti.

Porque me enseñaste que se puede tener carácter sin perder la ternura.

Y me criaste con tanto amor que, aunque el mundo se me pusiera feo muchas veces, yo siempre supe que había un sitio donde alguien me esperaba con los brazos abiertos.

Mi abuela parpadea varias veces, emocionada.

—No me hagas llorar, que luego se me queda la cara como una pasa.

—Pues llora. Yo llevo días llorando y sigo estando divina —bromeo.

—Tú siempre has sido muy exagerada.

—Y tú muy cabezota.

—Eso también lo heredaste.

Nos reímos entre lágrimas. Apoyo la frente sobre sus manos y cierro los ojos un instante, respirando su olor familiar.

—Tenía mucho miedo de fallarte —confieso—. Aquella vez, cuando empecé en el crucero… cuando pasó lo de Helen… no di la cara como debía porque pensé que si me abrían un expediente o me echaban de la compañía no podría pagar esto. No podría cuidarte como te mereces. Y me odié por ello.

Me acaricia la cabeza despacio, con esa ternura infinita que siempre me ha salvado.

—Mi niña, tú eras joven y llevabas el mundo entero en una maleta demasiado pequeña.

—Eso no justifica que le hiciera daño —respondo.

—No. Pero explica que también te lo hicieras a ti misma.

Cierro los ojos con fuerza.

—Fue ella quien pagó el primer tratamiento a través de la cobertura privada de la naviera.

—Ya lo sé.

Levanto la cabeza de golpe.

—¿Cómo que ya lo sabes?

Mi abuela sonríe con inocencia.

—Las viejas sabemos esas cosas, Maika. La directora de la residencia me lo comentó. Y también me dijo que no te lo tomaste muy bien.

—Porque lo hizo a mis espaldas, y decidió por mí.

Me hizo sentir… pequeña. No se trataba solo del dinero —explico, tras levantarme e ir a la ventana para ver el exterior—.

Era mi dignidad. Mi decisión. Mi vida. Helen no puede entrar ahí como si yo fuera uno de sus protocolos de emergencia del barco.

—A lo mejor lo ha hecho porque te ama, ¿no crees?

La frase me atraviesa como un rayo. El jardín de la residencia está en calma: dos residentes toman el sol con los ojos cerrados, una enfermera empuja una silla de ruedas con paciencia y un gato gris se tumba como si fuera el verdadero dueño del lugar.

Me quedo quieta. La habitación parece cambiar de repente, aunque todo sigue igual: el olor a lavanda, la luz que entra por la ventana, mi abuela en su sillón. Pero algo dentro de mí encaja. Helen no quiso humillarme. Solo quiso salvarme, proteger a mi abuela porque sabe que ella es mi mundo.

—Ay, Dios —murmuro—. ¡Pero qué idiota he sido!

Me abalanzo sobre mi abuela y le doy un sonoro beso en la mejilla.

—Deberías ir a por ella —me susurra al oído cuando me arrodillo junto a su sillón y me meto en sus brazos como cuando era pequeña—. Y no vuelvas sin dejarle muy claro cuánto la amas.

La abrazo más fuerte, sintiendo su calor.

—Te quiero.

—Y yo a ti, mi sol.

· · ·

El día del reembarque de la tripulación en el puerto de Ibiza, naturalmente, se convierte en un caos para mí.

No literalmente, aunque casi. Tenemos que estar a bordo a las dos de la tarde en punto, y parece ser que —otra vez— he calculado fatal el tiempo.

El taxi que había pedido decide no aparecer.

El segundo se mete en un atasco de proporciones épicas en pleno y, para rematar, una rueda de mi maleta gigante —donde llevo medio vestuario de las noches temáticas del crucero— se rompe en mitad de la acera y termino arrastrándola como si llevara un cadáver dentro.

—¡Vamos, por favor, pise el acelerador, que el barco se irá sin mí! —le grito al conductor, que no tiene culpa de nada.

—Señorita, hay retención por los autobuses de las excursiones —responde él con la paciencia de un santo.

—¡Pues haga algo! —exclamo, casi tirándome de los pelos.

El hombre me mira por el retrovisor como si acabara de confirmar que estoy completamente loca.

Tiene razón.

Cuando por fin llego a la terminal portuaria, el Marine IV está brillando bajo el sol balear con sus cubiertas blancas, a punto de tragarse mi futuro si no muevo el trasero.

Quedan exactamente siete minutos para que cierren el acceso de tripulación.

Pago al taxista a toda velocidad, agarro mis bártulos y salgo disparada.

Corro por la terminal de pasajeros como si me persiguieran todos mis errores pasados, que son muchos y están en excelente forma física.

Llevo el pelo hecho un nido de cigüeñas por la prisa y el viento del puerto, y la camiseta pegada a la espalda.

—¡Apartaos, por favor! —suelto a voz en grito, esquivando a una pareja de jubilados alemanes con sombreros.

Genial. Voy tarde, sofocada y enamorada, y para colmo, montando el espectáculo.

Maika Aranda en todo su esplendor.

Un guardia de seguridad de la terminal me mira alarmado al verme enfilar la pasarela.

—Señorita, los pasajeros entran por la cubierta 5…

—¡Que soy la coordinadora de animación! ¡Por desgracia para la seguridad del buque!

Subo la pasarela casi a gatas. La maleta coja se me engancha en los raíles de seguridad de la rampa.

La insulto con un par de palabras que harían sonrojar a un estibador.

Consigo tirar de ella y entro de golpe en la cubierta, en el área de acceso técnico, como un huracán con el brillo de labios completamente derretido.

Y, por supuesto, choco contra alguien con la fuerza de un transatlántico.

—¡Ay!

Las maletas caen haciendo un estruendo horrible contra el suelo. Mi bolso se desparrama y levanto la vista con los pulmones ardiéndome, dispuesta a pedir disculpas.

Helen está de pie justo al lado del escáner de seguridad, impecable con su uniforme, los galones dorados brillando, el walkie-talkie enganchado al cinturón y una tablet de control en la mano donde registra las tarjetas de la tripulación.

Su cara de sargenta de hierro es un poema; intenta no descomponerse ante el cuadro dantesco que represento.

Durante un segundo infinito, no decimos nada.

El pitido de la máquina de tarjetas parece el único sonido a bordo.

La tripulación que está alrededor se queda congelada.

Gonzalo está en el mostrador de tripulación a unos metros; Nico y Lara, de mi equipo de animación, asoman la cabeza por el pasillo principal.

Y la última, abre la boca como si estuviera presenciando el mejor estreno de teatro musical y encima gratis.

—Maika —dice Helen—. ¿Se puede saber que…?

—Sí, soy un desastre —le confirmo.

Sus ojos recorren mi pelo revuelto, las ojeras, las maletas desparramadas por el suelo y mi camiseta arrugada. Después, mira su reloj de pulsera con severidad profesional.

—Llegas tres minutos tarde para el corte. Estaba a punto de pasar el reporte —dice, con una seriedad increíble.

Aunque, un segundo después, me sonríe de oreja a oreja.

—No me había dado cuenta de que venía justa de tiempo —contesto con mi ironía habitual, intentando recuperar el aire.

Gonzalo, desde el mostrador, emite un silbido.

—Aclárense la garganta, señores, que esto promete —susurra Nico.

No tengo tiempo para ellos, ni para las normativas de la naviera, ni para mi maldito orgullo, ni para discursos ensayados frente al espejo. Suelto el bolso, doy un paso al frente y agarro a Helen directamente de las solapas de su uniforme.

Ella abre mucho los ojos, perdiendo por un segundo toda su compostura.

—Maika, ¿qué estás haciendo? Estamos en zona de servicio, el Capitán podría…

—Cállate —le suelto, mirándola fijamente. Luego me lo pienso y corrijo—: Cállate, por favor. Tengo que decir esto antes de que se me escape la poca valentía que me queda después de correr los cien metros lisos con maletas.

Helen se queda quieta, rígida, pero sin apartarse, tan cerca, y tan preciosa con ese olor a mar y a perfume caro, tan mía, aunque yo todavía dude si me la merezco.

—Fui una idiota —confieso—. Una idiota orgullosa y cabezota, que es una combinación altamente peligrosa para la salud mental de cualquiera. Me enfadé contigo, porque me hubiera gustado que me lo dijeras.

Gonzalo murmura desde el fondo algo que suena como «un punto para la animadora».

—Pero he entendido algo importante —continuó, sintiendo cómo los ojos se me inundan de lágrimas—.

Lo hiciste porque me amas. Porque viste mi miedo, mi pánico a no poder afrontarlo, y tu cuadriculada cabeza no pudo quedarse quieta.

Porque aunque eres una oficial controladora, también tienes un corazón tan jodidamente grande que no sabe pedir permiso antes de salvar a la gente que le importa.

Los ojos de Helen brillan intensamente bajo el sol de la cubierta de acceso.

—Gracias por ayudar a mi abuela —susurro, apretando más sus solapas—. Gracias por quererme tan mal y tan bien a la vez. Gracias por no mandarme a la porra, aunque sea el caos personificado.

Nico susurra desde su escondite:

—Yo a la declaración le doy un nueve.

—Un diez —le corrige Gonzalo—. Hay lágrimas y el barco está a punto de largar amarras. Esto es cine.

—Te quiero, Helen —digo ya sin importarme nada ni nadie—.

Te quiero cuando eres insoportable, cuando haces listas absurdas para ser un poquito más humana, cuando intentas controlarlo todo porque te da pánico que la vida te deje atrás.

Te quiero en la cubierta de paseo, en los pasillos de tripulación, en los puertos, con uniforme de oficial y con esa expresión de «te voy a abrir un expediente» que, inexplicablemente, me resulta lo más atractivo del planeta.

Alguien aplaude al fondo. Me da exactamente igual quién sea.

—Y sí, quiero trabajar contigo. En la oficina o donde nos manden.

Pero no huyendo, ni sacrificándome, ni dejando que decidas por mí ni yo por ti.

Quiero pelear a tu lado. Quiero que seamos un desastre, pero de los que ganan las batallas y sobreviven juntos a cualquier tormenta. Un desastre perfecto.

Helen suelta una risa, puramente emocional, y deja caer la tablet de control sobre el mostrador de seguridad.

—Yo también te quiero, Maika —dice con esa claridad rotunda que me llega hasta los huesos—. Te quiero tanto que me dio pánico perderte y por eso no supe hacerlo bien.

—Pues vamos a tener que practicar mucho —afirmo, sonriendo entre las lágrimas.

—Mucho.

—Muchísimo.

—Maika.

—¿Sí?

Helen me agarra de la cintura con una firmeza que me quita el sentido.

—Bésame de una vez y cállate tú.

Y yo obedezco, vaya si obedezco. La beso delante de todo el mundo: de Gonzalo, que empieza a aplaudir como si hubiéramos ganado la Copa del Mundo; de Nico, que grita algo sobre estrellas y alineaciones planetarias; de Lara, que se limpia una lágrima con el pulgar fingiendo que se le ha metido algo de polvo en el ojo.

La beso con el deseo acumulado, con gratitud, con perdón y con todo el futuro por delante.

Cuando nos separamos un poco, ella apoya su frente contra la mía.

—Has llegado tarde, coordinadora —susurra con una sonrisa ladeada, volviendo a su tono profesional—. Y esto va a traer sus consecuencias.

Sonrío contra sus labios, dándole un último toque juguetón.

—Pues estaré preparada para ellas.

Mientras la tripulación sigue vitoreando de fondo y por los altavoces del Marine IV suena el aviso del Capitán anunciando que encendemos motores para zarpar, entiendo con una claridad luminosa que la tierra firme no siempre está en un puerto.

A veces tiene manos cálidas, miedos compartidos, listas absurdas y una gorra de oficial tirada por el suelo.

A veces se llama Helen. Y esta vez, tengo muy claro que me pienso quedar a bordo para siempre.

Siempre que sea con ella.