Un desastre perfecto Epílogo
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Epílogo

Maika

Seis meses después.

Si alguien me hubiera dicho hace un año que yo iba a pasarme las mañanas de los lunes metida en un despacho acristalado con vistas al puerto, rodeada de archivadores, pantallas y vistiendo un traje normal, le hubiera dicho que se dejara de bromas.

Yo, que soy mujer de cubierta, de brisa marina, de organizar congas con doscientos turistas pasados de sangría y de sudar la camiseta.

Pero claro, la vida te da sorpresas, las sorpresas te dan amor, y el amor…

bueno, el amor te pone un contrato de tierra por delante y te ata a la mujer más sexi, eficiente y exasperante del planeta.

—Maika, por favor, dime que no has vuelto a usar el código de color de los chalecos salvavidas para clasificar los presupuestos de las coreografías del Marine IV.

La voz de Helen llega desde el otro lado del gran escritorio doble que compartimos.

Levanto la vista de mi pantalla, donde estoy peleándome con un programa de gestión que tiene más botones que una nave espacial, y me encuentro con su mirada.

Sigue estando tan guapa como el primer día que la vi a bordo de un navío.

Hoy viste una camisa azul celeste perfectamente planchada, y lleva esa expresión de «voy a abrirte un expediente de seguridad» que, muy a mi pesar, me enciende a todos los niveles.

—A ver, un respeto —le respondo, apoyo los codos en la mesa y la apunto con mi bolígrafo de purpurina—.

El fucsia es para el vestuario de la noche caribeña, el amarillo chillón para las actividades de la piscina y el azul marino para las reuniones aburridas con los jefes.

Es un sistema infalible. Mi mente funciona por estímulos visuales, no por carpetas numéricas como la tuya.

Helen suspira, pero es ese suspiro suyo que esconde una sonrisa que intenta que yo no vea. Se quita las gafas de ver, y me mira fijamente.

—Tu sistema infalible ha hecho que el director de finanzas pensara que el presupuesto para la fiesta de la espuma de la próxima semana era el plan de contingencia contra incendios de la cubierta 7.

Casi le da algo cuando leyó que hacían falta «tres cañones de megatrón y dos tiarrones vestidos de marineros» para extinguir el fuego.

Me echo a reír, una carcajada que resuena en las paredes del despacho.

—Vaya tela con el de finanzas, qué poca imaginación tiene el hombre. Pues oye, un buen cañonazo de espuma a tiempo te apaga cualquier fuego, te lo digo yo.

—Maika… —me avisa ella, entornando esos ojos que me vuelven loca.

—Vale, vale, lo corrijo ahora mismo —digo, lanzándole un beso al aire que ella esquiva fingiendo, aunque sé que por dentro se está derritiendo—.

Pero admite que desde que estamos aquí, esta oficina tiene mucha más alegría.

Antes esto parecía una clínica dental y ahora, mira, ¡he puesto un flotador de flamenco gigante en la esquina!

—El flamenco interrumpe el paso hacia la salida de emergencia en caso de evacuación, ya te lo he dicho tres veces —replica Helen, volviéndose a colocar las gafas.

—El flamenco le da identidad a la empresa, Helen.

Este es nuestro día a día desde hace seis meses.

Cuando la naviera decidió crear un puesto pionero en las oficinas centrales para coordinar el área de entretenimiento con los protocolos estrictos de seguridad —básicamente para evitar que los animadores hiciéramos locuras que pusieran de los nervios a la tripulación—, nuestros no han dejado de resaltar.

Incluso el Capitán del Marine IV dijo: «Si estas dos mujeres han conseguido no estrellar el barco mientras se enamoraban y se gritaban por los pasillos, son capaces de dirigir la compañía entera».

Y no le faltaba razón. Somos el agua y el aceite, el orden y el caos, la lista de Excel y la rumba.

Pero cuando trabajamos juntas, somos absolutamente perfectas.

Me levanto de mi silla, estirando las piernas, y camino por el despacho rodeando la mesa.

Helen sigue tecleando en su tablet , concentrada, con esa arruga tan mona que se le forma en el entrecejo cuando se toma el mundo en serio.

Me coloco detrás de ella, apoyo mis manos en sus hombros y empiezo a masajearle la zona del cuello.

Noto cómo se tensa un segundo, pero enseguida deja caer la cabeza hacia atrás, soltando un gemido de alivio.

—Madre mía… —le susurro rozando el lóbulo de su oreja—. ¿Cuándo vas a dejar de tomarte los lunes como si fueran un simulacro?

—Alguien tiene que hacerlo —murmura, cerrando los ojos y entregándose a mis manos—. Si te dejo el control a ti, acabarías cambiando los uniformes de los oficiales por camisetas de tirantes y pantalones de lino.

—Oye, pues los oficiales ganarían mucho, que el lino es muy fresquito para el verano. Además, tú con una camiseta de tirantes estarías fabulosa.

Helen sonríe. Agarra una de mis manos, la aparta de su hombro y me da un beso en el dorso. Luego, tira de mí hasta que me obliga a rodear la mesa y sentarme directamente sobre sus rodillas.

—Maika, estamos en horario laboral y las paredes son de cristal —dice, aunque sus manos ya se han posado en mi cintura.

—Para eso inventó Dios los estores —le contesto, alargando el brazo para pulsar el botón de la pared. En cinco segundos, las láminas se cierran, dejándonos en una penumbra preciosa, iluminadas solo por el reflejo del sol que se cuela por los bordes.

—Eres incorregible —susurra Helen.

—Soy apasionada y estoy locamente enamorada de mi jefa. Bueno, de mi co-jefa.

Helen se ríe. Me encanta verla así, sin la presión del uniforme del barco, sin tener que mantener la distancia reglamentaria frente a la tripulación.

Aquí, en la intimidad de nuestro despacho, es simplemente mi Helen.

La mujer que me sostuvo cuando sentí que el mundo se me caía a pedazos, la que aprendió a rebajar el control para dejar entrar un poco de mi locura, y la que me demuestra cada noche, en nuestro apartamento frente a la playa, que su corazón es el refugio más seguro que jamás voy a encontrar.

—A veces me quedo mirándote en mitad de las reuniones con la junta directiva —confiesa Helen, subiendo una de sus manos por mi espalda—, y todavía no me creo que estés aquí. Que estemos juntas. Pensé que te perdería en aquel puerto de Ibiza.

—¿Perderme a mí? —respondo, acariciándole la mejilla, delineando esa mandíbula perfecta—.

Si yo soy como las pegatinas malas, Helen, no hay quien me despegue de ti —bromeo—.

Además, te lo dije en la pasarela: quiero pelear a tu lado, no contra ti.

Y mira qué bien se nos da. Hemos bajado las incidencias de seguridad un veinte por ciento y las quejas de los pasajeros un cuarenta. Somos de categoría internacional.

—Somos un buen equipo —admite ella, acercando su rostro al mío—. El mejor.

—Pues demuéstramelo. Menos informes y más acción.

Helen no se lo piensa dos veces. Rompe la última distancia que nos separa y me besa.

Mis dedos se enredan en su pelo, deshaciendo el recogido hasta que su pelo cae libre sobre sus hombros, exactamente como a mí me gusta.

Ella gime contra mis labios y me aprieta más fuerte contra su cuerpo, demostrándome que detrás de toda esa fachada de orden y disciplina hay un fuego que solo yo sé encender.

—Me has dejado echa un desastre —me regaña nada más separarnos.

—Estás muchísimo más guapa despeinada. Te da un aire de pirata del Caribe que me resulta altamente peligroso para la productividad de la empresa.

Ella suelta una carcajada, me da un último beso corto en los labios y me ayuda a levantarme de sus rodillas.

Helen recoge sus gafas del escritorio y yo vuelvo a mi lado de la mesa, pero antes de sentarme, la miro con una chispa de emoción en los ojos, recordando el billete de avión que tengo guardado en el bolso.

—Por cierto —digo, mirándola con una sonrisa enorme—. El viernes por la tarde salimos hacia España. Ya tenemos los días libres aprobados.

Helen levanta la vista, y veo cómo una mezcla de nerviosismo y ternura cruza sus ojos. Sabe perfectamente lo que significa ese viaje.

—¿Está todo listo para el traslado definitivo? —pregunta.

—Todo —respondo, y el corazón se me llena de un orgullo inmenso—. La nueva residencia con vistas al mar ya tiene su plaza confirmada, y ella está deseando mandar a paseo los inviernos del norte para tomarse su limonada fresquita al sol de la tarde.

Helen asiente, conmovida. Sé lo mucho que significa para ella haber ayudado a organizar todo este proceso, asegurándose de que a mi abuela no le falte ni un solo detalle de comodidad y atención médica. Y, sobre todo, sabe lo que significa para mí tenerla más cerca.

—Me alegro mucho, Maika. Se lo merece. Las dos os lo merecéis.

Me muerdo el labio inferior, mirándola con todo el amor del que soy capaz.

—Oye… —le digo, guiñándole un ojo con ese desparpajo que nunca voy a perder—. ¿Y tú? ¿Estás lista para conocerla oficialmente en persona y enfrentarte al tercer grado de una anciana con más peligro que un temporal de fuerza diez?

Helen sonríe con confianza, se cruza de brazos y me sostiene la mirada con esa seguridad que me enamoró desde el primer segundo.

—Por supuesto que sí. He superado inspecciones de la Guardia Costera y simulacros de evacuación con tres mil pasajeros a bordo, Maika. Estoy más que lista para tu abuela.

—Vaya tela… —me río yo, encendiendo de nuevo la pantalla de mi ordenador—. Pues prepárate, porque esa mujer te va a calar en dos minutos. Aunque no te preocupes, que ya le he dicho que también te encanta tomarte limonadas al atardecer.

—Entonces, me va a encantar.

Helen vuelve a sonreír, antes de sumergirse de nuevo en los gráficos de la tablet .

Yo apoyo la barbilla en la mano y me quedo mirándola durante unos segundos en silencio, saboreando la maravillosa certeza de saber que ya no tengo que huir de nada.

Miro el flotador de flamenco en la esquina, los estores que aún nos aíslan del resto del mundo y el reflejo del sol que juega a encenderle destellos dorados en el pelo.

Sé que vendrán más lunes de peleas por los presupuestos, más tardes de café frío y más listas de Excel interminables, pero también sé que cada uno de esos días terminará de la misma manera: conmigo refugiada entre sus brazos y ella perdiendo el control solo por mí.