33
Helen
Y así es como empezó el desastre. Con una decisión hecha desde el amor que se convirtió en una cagada monumental.
—Pues yo no sé qué demonios esperabas —suelta Gonzalo mientras camina a mi lado, lamiendo su helado de pistacho—. ¿Que saltara de alegría y te hiciera la ola por haberle solucionado la papeleta como si fueras su hada madrina?
Lo fulmino con la mirada, esforzándome al mismo tiempo por controlar mi helado de limón.
El sol de la tarde baña Ibiza con una luz dorada y densa que rebota en las fachadas blancas de los edificios del puerto, hace brillar las palmeras y arranca destellos a ese mar Mediterráneo que parece cachondearse en mi cara.
Trago saliva para deshacer el nudo que tengo en la garganta.
—Viniendo de la mujer que se supone que me ama, sí, Gonzalo, eso esperaba. Que por lo menos me hubiera concedido el beneficio de la duda y cinco minutos para explicarme.
Gonzalo se frena en seco en mitad de la acera. Se gira hacia mí, me clava la mirada y alza una ceja con su teatralidad habitual.
—Ya, claro. El pequeño problema técnico, es que tú no le dijiste nada de eso a la cara. Ni una sola palabra. Te limitaste a mover hilos en el departamento de administración del barco a sus espaldas, usando tus contactos, y te quejas de que se sienta con el orgullo herido.
Abro la boca dispuesto a soltarle una réplica. Pero vuelvo a cerrarla. Odio con toda mi alma cuando tiene razón.
Han pasado exactamente cinco días desde que el Marine IV amarró en este muelle.
Cinco días desde aquella bendita reunión con Arturo y Julianne.
Cinco días desde que el futuro perfecto, ese que no cabía en una maleta, se plantó ante mis ojos.
Y cinco días también desde que Maika me crucificó con la mirada, me llamó mentirosa y traidora delante de los jefes, y se marchó.
Desde ese maldito instante, no ha respondido a un solo mensaje. Ni una mísera señal de vida.
Como el barco está en parada técnica antes de iniciar la siguiente travesía, la tripulación disfrutará de unas jornadas libres.
Algunos han cogido vuelos exprés para ver a sus familias; otros prefieren quedarse por la isla, exprimir las terrazas, y dormir del tirón en sus hoteles.
Yo, sobre el papel, debería estar descorchando champán.
Porque en cuanto termine este contrato, me despediré de la vida flotante.
Y, sin embargo, arrastro desde hace cinco días un vacío justo debajo del esternón.
—Ni siquiera se digna a leerme los WhatsApps —murmuro, sintiéndome patética.
Gonzalo retoma la marcha, observándome de soslayo con una pizca de compasión.
—A los chicos les mandó un mensaje diciendo que iba a estar metida con su abuela. Dale aire, Helen.
—¿Y si decide no perdonarme en la vida? —pregunto.
—Bueno, pues en ese caso tendrás que reconvertirte en esa típica señora trágica y estirada que mira el horizonte desde la cristalera del puente de mando, suspirando cada vez que un pasajero pida un zumo de limón —se mofa.
Le pego un manotazo.
—No estoy para tus chistes, Gonzalo, te lo advierto.
—Lo sé. Por eso te estoy dando mi versión descafeinada, la que no incluye rimas ni bromas sobre naufragios emocionales.
Seguimos callejeando, subiendo por las cuestas empedradas de Dalt Vila, alejándonos del jaleo turístico del puerto. Esta parte de Ibiza está preciosa a estas horas, y mi vista se fija en una pareja de chicas jóvenes que se ríen sentadas en una escalinata de piedra, besándose con libertad.
Qué envidia más insoportable me dan, joder.
—Es que yo solo quería quitarle ese muerto de encima…
Gonzalo suelta un suspiro.
—Lo sé, Helen.
—Y Maika es tan sumamente orgullosa que, si le llego a soltar el talón en mano, me lo hace tragar hoja por hoja. Jamás lo habría aceptado.
—Eso también lo sé yo y cualquiera que la conozca —asiente él.
—¡Entonces! ¿Qué se suponía que tenía que hacer, quedarme mirando cómo se le caía el mundo encima? —exclamo, plantándome en mitad de una plazuela.
Gonzalo se detiene frente a mí. Detrás de él, un par de críos juegan con una pelota gastada y un anciano dormita al sol en un banco.
—Hablar con ella. De frente, mirándola a esos ojos preciosos que tiene y tratándola como a una igual.
—No era tan sencillo —protesto, cruzándome de brazos.
—Contigo nada es sencillo, porque transformas un «te quiero y quiero ayudarte» en una operación con despliegue internacional y formularios ocultos.
—No quería que se sintiera inferior, ni que pensara que le estaba teniendo lástima —confieso.
—¿Y tú te crees que enterarse por una llamada de la directora de la residencia la hizo sentirse muy digna? —me lanza.
Cierro los ojos con fuerza. Sí, me he ganado su odio a pulso.
—No —admito—. Supongo que fue mil veces peor. Sé de sobra que la he cagado hasta el fondo.
Pero tener constancia del error no borra de mi mente la cara de Maika cuando colgó el teléfono en el comedor de la tripulación. No borra el temblor de su voz. Ni borra el momento exacto en que me dejó las cosas claras.
—Joder, he vuelto a tropezar con la misma piedra.
—Bueno, hay que reconocer que eso ha sido un rasgo muy tuyo de toda la vida.
Le arreo un codazo en las costillas.
—No me estás ayudando una mierda, de verdad.
Volvemos a caminar por el empedrado. Mi helado de limón ha decidido batirse en retirada y un reguero líquido y pegajoso me desciende por el dedo. Lo limpio de mala gana con una servilleta de papel arrugada.
—Me he pasado los últimos años rabiando y echándole la culpa de lo que pasó en el anterior contrato juntas. Odiándola por no haber dado la cara por mí.
Gonzalo me escucha sin interrumpirme, acoplando sus zancadas a las mías.
—Y después de saber lo que hay detrás, entiendo por qué lo hizo. Tenía pánico de que la echaran a la calle, de no tener un duro para la residencia, de fallarle a la única persona que le queda en este mundo. Y ahora…
—Ahora ella siente exactamente lo mismo: que la has dejado sin derecho a decidir sobre su propia vida —remata Gonzalo.
Asiento en silencio. El boquete del pecho se me expande un metro más.
—Sí. Exactamente eso.
Nos dejamos caer en un banco de piedra bajo la sombra de unos árboles centenarios, cerca de la plaza de la iglesia. Gonzalo tira el cucurucho vacío a una papelera y se sacude las manos.
—Estoy enamorada de ella —suelto sin más—. La amo con locura, Gonzalo. Mucho más de lo que jamás creí que se pudiera querer a nadie.
Esta vez, gracias al cielo, mi amigo se guarda los chistes en el bolsillo.
—Lo sé.
—No sé ni en qué momento se me fue la situación de las manos.
—Pues yo sí —sonríe él con dulzura—. Se te fue el día en que consiguió hacerte reír a carcajadas cuando tú estabas intentando odiarla con todas tus fuerzas.
O tal vez antes. Cuando te demostró que se podía llevar un departamento de animación con un caos absoluto y que los pasajeros la adoraran igual.
Trago saliva, notando el calor del sol en los brazos.
—Tengo miedo, Gonzalo.
—¿A quererla?
—A que me importe más ella que mi plaza en tierra, que los planes a cinco años y que todo lo que tenía apuntado en mi agenda de objetivos.
Gonzalo se queda muy quieto a mi lado, mirándome de perfil.
—¿Y de verdad ella te importa más?
Ahora que tengo el maldito contrato de dirección en la mano. Ahora que tengo la oficina esperándome. Ahora que tengo todo lo que soñé… tengo muy claro que daría el despacho entero y mi futuro a cambio de que Maika me mirara otra vez con ese brillo vacilón en los ojos y me llamara «oficial».
—Sí —respondo, con total rotundidad—. Me importa muchísimo más ella. Todo lo demás me da lo mismo si ella no está.
Gonzalo suelta un silbido, y yo cierro los ojos.
—Qué ironía, ¿verdad? Pasarme la vida buscando tierra firme para descubrir que mi única tierra firme era una mujer preciosa, con unos ojos preciosos y andares de infarto.
—No tiene nada de irónico —afirma él, dándome un empujón cariñoso—. Y tratándose de ti, que parecías un robot de la naviera, es un avance científico histórico.
Se me escapa una risa.
—Eres un imbécil.
—Pero tengo razón, como de costumbre —apunta Gonzalo, con una sonrisa en los labios.
Yo me apoyo en su hombro y suspiro.
—Lo único que te puedo decir, es que tengo muy claro que Maika ama a lo grande, con todo el equipo y sin frenos. En cuanto se le pase, te escuchará.
—¿Desde cuándo eres tú el gurú del amor, si se puede saber?
—Desde que mis chicas favoritas decidieron convertir un crucero en una novela romántica.
Sonrío a pesar del nudo que me atenaza el estómago.
—Pues espero que tengas razón.
—Ten paciencia. Te va a perdonar. Y cuando lo haga, vais a estar diez veces mejor que antes. Porque esta vez, las dos sabéis perfectamente lo que duele perderse en alta mar.
Por primera vez en cinco días vislumbro un rayito de luz al final del túnel. Maika se merece que cruce el océano a nado si hace falta para recuperarla. Y yo estoy dispuesta a dejarme la piel en el intento.