32
Maika
Ibiza. Décimo día de ruta.
—Os lo digo completamente en serio, este viaje debería cerrarse con una medalla para cada uno de nosotros —declara Gonzalo, alzando el cuchillo untado como si fuera el mismísimo rey Arturo blandiendo la Excalibur.
—¿Una medalla por qué? ¿Por sobrevivir a los turnos dobles? —pregunta Lara.
—Por sobrevivir sin haber acabado locos. Que ya es bastante —la corrige él, apuntándola con el cubierto—. Que parece que se os olvida todo lo que llevamos a las espaldas.
El día más decisivo de toda la travesía arranca con Gonzalo y sus habituales burradas mientras se come la tostada como si dentro de unas horas, fuera a llegar el fin del mundo.
El Marine IV avanza con parsimonia, mientras surca las aguas baleares y la silueta de Ibiza empieza a recortarse en el horizonte.
Afuera, el sol de la mañana se cuela con timidez por los ojos de buey del comedor de tripulación —este bendito rincón subterráneo que donde también se libran un millón de batallas—.
Hoy nos hemos saltado el protocolo por el forro y hemos juntado dos mesas, solo para darnos calorcito humano antes del juicio final.
A mi lado, Helen está mucho más muda de lo habitual. Lleva los ojos clavados en su taza, como si esperase que el fondo del café le fuera a predecir algo. La conozco y sé que rumia algo. Me lanza miradas de reojo, fugaces, y supongo que tendrá que ver con el maldito ascenso.
Mientras juego con mi taza entre las manos, siento que el estómago se me ha cerrado por completo.
Hoy van a sentarnos en el banquillo, y lo único que quiero, es que esta maldita competición, se acabe de una vez por todas. Por mucho que el futuro profesional, pueda destrozar este amor que ha vuelto a nacer.
—Escucha, Maika —me susurra Leo, poniendo cara de drama absoluto—. ¿Tú crees que cuando una de las dos sea la nueva jefa nos va a seguir consintiendo estos desayunos clandestinos?
—Pues todo dependerá de la jefa que os toque —respondo yo, y me encojo de hombros mientras vigilo las reacciones de Helen.
—Si gana ella, id olvidándoos —bromea Nico, y se lanza a por otra de las tostadas—. Capaz es de hacernos rellenar un formulario por triplicado solo para mover una silla de sitio.
El grupo estalla en carcajadas, y Helen le apunta con su cucharilla, entornando los ojos.
—No me des ideas, Nico, que soy muy capaz de implantarlo mañana mismo.
Durante este instante de gloria, la mañana parece sacada de un día normal de travesía. Es una estampa de las que me guardaría en el pecho para siempre. Sobre todo, al ver a Helen sonriendo de esa manera que solo yo tengo el privilegio de conocer en la intimidad.
Sin embargo, el pecho se me vuelve a estrujar en cuanto la miro fijamente.
La quiero muchísimo. La quiero cuando se pone en plan sargenta, y la quiero cuando intenta comportarse como un ser humano corriente.
La quiero con sus dudas, con sus miedos y con esos silencios donde parece que me va a confesar el secreto de su vida para luego recular y soltar una frase más del protocolo.
Pero ahora mismo, el miedo me gana la partida.
Porque el amor propio es muy bonito, sí, pero no paga las facturas de los centros de mayores.
Y el bajón me borra la sonrisa de la cara.
Los ojos de Helen buscan los míos como si hubiera leído qué es lo que me pasa.
—Maika…, ¿estás bien?
—Sí, no te preocupes —miento, sosteniéndole la mirada.
Gonzalo, que o bien no se entera de nada o es el tío más estratega del barco, empieza a largar una historia sobre un pasajero que ayer le montó un pollo porque quería que el capitán frenara el crucero en mitad del mar porque se había dejado las gafas de sol en una tienda de la terminal.
El grupo se parte de risa, pero Helen no me quita el ojo de encima.
De repente, el comunicador de su cinturón empieza a pitar. Al segundo, el mío. Y acto seguido, los móviles de las dos vibran sobre la mesa con una sincronización que da miedo.
Leo mira su taza con cara de funeral.
—Por favor, que no se haya inundado la cubierta de pasajeros otra vez.
Nico se santigua con una servilleta de papel. Pero es un mensaje citándonos a Helen y a mí en la sala de la cubierta 9.
—Bueno —dice Lara con ternura, rompiendo el hielo—, acabe como acabe esto, que sepáis que sois un orgullo. Las dos.
—Y un par de intensas de manual, que tampoco se nos olvide el detalle —añade Nico, que si no mete la puyita se muere.
—Eso también, para qué negarlo —concede Lara con una sonrisa.
Gonzalo nos mira fijamente a las dos.
—Lo único que tenéis que hacer… —dice arrastrando las palabras—, es no permitir que este maldito barco os vuelva idiotas.
Helen y yo le miramos a la vez, sorprendidas.
—Quiero decir, más idiotas de lo que ya venís de fábrica —bromea.
Y no podemos evitar reír. Helen vuelve a inclinarse hacia mí para susurrarme:
—Necesito decirte una cosa importante antes de entrar a ese despacho. —No le da tiempo a decir más porque mi teléfono empieza a sonar como un loco.
Miro la pantalla y la sangre se me congela al ver que me llaman —otra vez— de la puta residencia.
—Dame un momento —anuncio, levantándome de la silla con tal ímpetu que las patas chirrían contra el suelo del comedor.
Me alejo unos pasos hacia el pasillo, lo justo para tener algo de intimidad, pero sintiendo los ojos de Helen clavados en mi nuca.
—¿Sí? Buenos días.
—Maika, buenos días, cariño. Te llamaba para decirte que acabamos de constatar que ya se ha recibido el primer pago correspondiente al plan de rehabilitación de tu abuela. De hecho, el equipo médico se pondrá con las sesiones de fisioterapia esta misma semana sin falta.
Me quedo de piedra. El zumbido de los motores del barco desaparece de mis oídos.
—¿Cómo? —pregunto, con las neuronas haciendo cortocircuito—. ¿Ya tenéis el ingreso? Pero si yo no he…
—Sí, sí. Me han confirmado que ha sido una transferencia gestionada por la naviera, desde administración del Marine IV, con referencia al programa interno de asistencia extraordinaria. Así que respira, que la plaza de tu abuela está asegurada.
«¿La naviera? ¿Con el programa extraordinario de asistencia?». Se me vacía el cuerpo entero y me quedo con la cara más blanca que el uniforme de gala de un capitán. ¿Quién coño …? Giro la cabeza y me encuentro con la mirada de Helen.
—Vale… entonces, muchas gracias.
Cuelgo el teléfono y me quedo mirando la pantalla apagada, sintiendo cómo una ola de rabia, orgullo herido y humillación me empieza a quemar las entrañas.
Avanzo hacia ella a zancadas.
—Maika… —empieza a decir en cuanto me tiene cerca.
—¿Se puede saber qué demonios has hecho? —le suelto en un siseo, sin levantar la voz para no montar el número delante de la mesa.
El comedor entero parece enmudecer a nuestro alrededor. Helen traga saliva, y clava los ojos en los míos, con un silencio cobarde que me termina de confirmar la jugada.
—¿A mis espaldas, Helen? ¿De verdad? —le recrimino—. ¿Has decidido solucionar mi vida por tu cuenta y riesgo, como si mi abuela, mis problemas y mi puñetera dignidad fuesen solo un trámite de seguridad que podías gestionar tú solita?
—Maika, escúchame un segundo, por favor —me suplica, dando un paso hacia mí—. Solo quería quitarte ese peso de encima. Te vi destrozada, no podías ni respirar y yo… no podía quedarme de brazos cruzados teniendo recursos para ayudarte hasta que tengas ese puesto.
Me río, y os aseguro que es la risa más amarga y triste que he soltado en mi vida.
—Claro, se me olvidaba que siempre tienes recursos para todo —le espeto—. El problema es que has jugado a ser mi salvadora sin pedirme permiso. Has pisoteado mi orgullo.
Gonzalo hace el amago de levantarse.
—A ver, Maika, relájate un poco, que la gente…
—Tú te callas y no te metas en esto si aprecias tu vida —le corto, sin dignarme a mirarlo.
No sé si tengo ganas de ponerme a chillar en mitad del comedor, de romper a llorar o de agarrar a Helen por las solapas de la camisa y exigirle que me devuelva mi puñetera autonomía. Pero no me da tiempo a decidirlo, porque Arturo aparece por la puerta, escoltado por Julianne.
—La reunión de evaluación se adelanta —anuncia Arturo—. Tenemos que gestionar otros asuntos.
Miro a Helen de frente y me trago el nudo de la garganta.
—Genial, vamos para arriba y fingiremos que aquí no acaba de pasar absolutamente nada.
· · ·
Arturo y Julianne se colocan al otro lado de la mesa. Helen toma asiento justo a mi izquierda, pero yo arrastro mi silla un palmo hacia el lado contrario. Ella acusa el golpe de inmediato, tensando la mandíbula.
Es Julianne quien toma la palabra.
—Lamentamos las prisas, pero la central ha querido cerrar los antes de que el buque toque el puerto de Ibiza.
Las sienes me laten con una fuerza brutal. No puedo concentrarme. Solo tengo en bucle la llamada de teléfono que acabo de recibir.
«Y la puta traición de Helen».
Arturo carraspea, tomando el control de la reunión.
—Hemos analizado minuciosamente vuestro rendimiento durante estos días. Y aunque la idea inicial era otorgar una única plaza en tierra, tras analizar vuestros informes, la directiva regional ha decidido reestructurar otra vez el departamento.
Helen levanta la cabeza de golpe. Yo hago lo mismo, frunciendo el ceño.
Julianne se permite una sonrisa de satisfacción profesional.
—No va a haber una ganadora y una perdedora, chicas.
La central quiere implantar una dirección compartida para la nueva división de Experiencia Global y Operaciones de la flota.
Son dos puestos directivos de igual rango: uno enfocado a la estructura, la seguridad y los procesos, y el otro destinado a la experiencia humana, los eventos y la gestión de equipos.
Pero confluyendo en una misma directriz.
El mundo se detiene por un segundo. En cualquier otra circunstancia de la vida, este habría sido el momento de saltar de alegría, de ponerme a chillar como una loca y de comerme a besos a Helen.
Pero la noticia me llega envenenada, sucia y con olor a chamusquina.
—Dejé muy claro que no quería seguir en esto —suelta Helen de repente.
Y me deja helada en el sitio.
—Lo siento, pero no podíamos permitirnos perder a una excelente trabajadora como tú —le anuncia Julianne.
«¿Pero qué coño?»
Helen mira a Julianne y, de repente, todo encaja en mi cabeza. No solo se ha dignado a humillarme con el pago de la residencia, sino que también había rechazado el puesto.
Me levanto del asiento, y los miro a los tres.
—Lo siento. Pero yo no pienso trabajar ni compartir despachos con una mentirosa y una traidora —declaro con una nitidez sorprendente.
Agarro mi teléfono móvil de la mesa y enfilo la puerta de salida, sin mirar atrás ni un solo segundo.
Sé que, si me giro a mirarla, me romperé en mil pedazos.
Así que, cierro la puerta, dejando atrás el ascenso de mi vida, y el futuro resuelto de la única mujer que ha sido capaz de hacerme sentir la mujer más amada y la más traicionada de todo el planeta al mismo tiempo.