Un desastre perfecto 31
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Helen

He intentado por todos los medios mantener la cabeza fría, obligarme a no darle vueltas al tema de Maika y disfrutar de una de las últimas noches libres que pisaremos antes de llegar al caos del puerto.

Pero es imposible. Tengo el cuerpo en la playa y la mente encerrada en el barco, reviviendo una y otra vez la forma en que ella ha salido corriendo después de esa dichosa llamada.

Me he pasado todo el rato dándole vueltas a lo mismo: la solución a sus problemas no pasa porque yo me baje de la carrera y le dejen el maldito puesto.

Maika necesita dinero ya, de manera urgente; no puede cruzarse de brazos a esperar que se tramite un ascenso y le llegue la primera nómina dentro de un mes.

—Chicos, os dejo. Voy al barco a ver cómo está Maika —suelto de golpe, interrumpiendo una de las parrafadas de Nico. Me levanto sacudiéndome la arena de las piernas—. Pasadlo bien y no terminéis arrestados.

—Anda, ve —me anima Lara con un guiño cómplice—. Yo me encargo de evitar que estos dos terminen bañándose en cueros y tengamos un problema con la policía local.

Con una sonrisa a medias, dejo atrás el jaleo del grupo y enfilo el camino hacia el muelle a paso ligero, con el corazón martilleándome con fuerza contra las costillas.

En cuanto llego al Marine IV, cruzo la pasarela de tripulación de tres en tres y me hundo en el laberinto de pasillos que conduce a los camarotes.

El camarote de Maika está a apenas cuatro pasos del mío.

Podría pasar de largo, meterme en mi cama, dar por zanjada la jornada y tratar de olvidarme de esa mirada rota que me ha dejado helada en la playa.

Pero sería mentirme. Me planto frente a su puerta, tomo aire para serenar el pulso y golpeo suavemente con los nudillos.

No recibo respuesta, pero al empujar, la puerta cede.

Está abierta, como una invitación silenciosa a descubrir el desastre que se esconde al otro lado.

Maika está sentada en el borde del colchón, completamente encorvada, con los codos clavados en las rodillas y la cara oculta entre las manos.

Solo lleva un pantalón corto de algodón gris que se le ajusta a las caderas.

Su espalda desnuda, dorada por el sol mediterráneo de estos días de travesía, sube y baja al ritmo de una respiración errática y entrecortada.

—Maika…

Ella levanta la cabeza muy despacio. Tiene los ojos encendidos, hinchados de haber llorado.

Los surcos del llanto brillan todavía en sus mejillas y le tiembla el labio inferior de una forma que me parte el alma.

No me dice ni una sola palabra, pero su rostro es un grito desesperado de auxilio.

Me acerco sin hacer ruido y me arrodillo entre sus piernas.

Mis manos, que aún conservan el frío de la brisa del puerto, acunan su rostro con una delicadeza infinita mientras mis pulgares limpian el rastro húmedo de sus pómulos.

—¿Qué haces aquí metida llorando tú sola? —le pregunto, sosteniéndole la mirada.

Un gemido roto, casi un sollozo, se le escapa de la garganta.

Se vence hacia delante y busca el apoyo de mi frente contra la suya.

El calor que desprende su piel me golpea de lleno, embriagándome con su olor tan condenadamente suyo.

Nuestras respiraciones se mezclan en el segundo que tardamos en encontrarnos.

El primer beso es torpe, ansioso, con el sabor salado de sus lágrimas impregnándolo todo.

Hago el intento de apartarme para decirle algo, pero ella me gana la partida, devorándome la boca, buscando mi lengua con una urgencia tan brutal que me arranca un gemido sordo contra sus labios.

El beso se vuelve profundo, posesivo. Nuestras lenguas se enredan sin prisa, pero sin pausa.

Mis manos empiezan a perderse por la calidez de su espalda desnuda, reconociendo cada vértebra, mientras acaricio la musculatura tensa bajo esa piel que me vuelve loca.

Me incorporo lo justo para ganar terreno y me siento a horcajadas sobre sus muslos, encajando nuestros cuerpos a la perfección.

Puedo sentir el latido desbocado de su pecho rozando el mío.

Sin romper el contacto de nuestras bocas, me tiro de la camiseta hacia arriba con una mano y la mando directa al suelo.

Cuando nuestras pieles desnudas se encuentran por completo, Maika suelta un quejido ahogado y sus manos trepan por mi espalda, clavándome las uñas con fuerza, como si necesitara aferrarse a la única roca firme en mitad de su tormenta.

—Helen… —jadea contra mis labios, con la voz hecha jirones—. Te necesito. Joder, te necesito ya.

Esas palabras me entran directas al pecho.

No es un capricho, no es solo calentón; es una súplica por sentirse bien.

La pego más a mí, mordiéndole el labio inferior antes de empezar a trazar un camino de besos ardientes por su cuello.

Saboreo el pulso que le late a mil por hora bajo la piel de la garganta, lamiendo esa curva perfecta mientras noto cómo traga saliva a duras penas.

Bajo un poco más, dejando un rastro húmedo que la hace temblar, hasta concentrarme en uno de sus pechos.

Atapo su pezón entre mis labios, y juego con él, envolviéndolo con la punta de la lengua en círculos lentos.

Maika arquea la espalda hacia delante, buscando más, y enreda los dedos en mi pelo para guiar mis movimientos.

Aprieto el ritmo, succionando con más ganas mientras mi mano libre se ocupa del otro pecho, amasándolo y pellizcando su pezón.

Sus gemidos, graves y roncos, empiezan a llenar las cuatro paredes del camarote.

Mi mano derecha empieza a descender por su vientre, disfrutando de cómo se le contraen los abdominales a cada paso de mis dedos.

Deslizo la mano por debajo de la goma del pantalón corto hasta dar con su centro.

Está ardiendo, hinchada y empapada de deseo por mí.

Me tomo mi tiempo para recorrer sus pliegues, separándolos con mimo antes de empezar a acariciar su clítoris.

Maika abre las piernas de par en par, encajando mis movimientos con un gemido largo que se le quiebra a mitad de la boca.

Con suavidad, la empujo hacia atrás hasta dejarla tumbada en la cama, enredando nuestras piernas en la penumbra. Le despojo de los pantalones cortos con su ayuda impaciente y me quito los míos en un segundo. Me coloco sobre ella, y presiono mi muslo justo entre sus piernas.

Empiezo a moverme contra ella, buscando el roce continuo de nuestros sexos. Y cada embestida me devuelve una descarga eléctrica que me recorre toda la espalda. Maika eleva las caderas para no perderse nada del contacto, aferrándose a mi cintura para romper toda distancia posible.

—Más… más cerca, por favor —me pide, al borde de las lágrimas.

Voy bajando por su cuerpo a base de besos lentos, casi religiosos.

Me entretengo en el canal de sus pechos, en las costillas que se le dibujan con cada bocanada de aire, en el ombligo, en su vientre…

Cuando llego a su sexo, deslizo la lengua en una caricia larga, firme y empapada desde su entrada hasta el clítoris.

Joder, sigue teniendo un sabor increíble.

Maika gime fuerte, abriendo más las piernas.

Le hundo la lengua sin contemplaciones, recorriéndola por dentro con mientras presiono la nariz contra su clítoris. Al mismo tiempo, la penetro sin aguantarme más, y Maika da un respingo violento sobre el colchón.

—Helen… joder… ahí… no pares, no pares…

Ni loca me detengo. Mis dedos entran y salen cada vez más rápido, lubricados por su propia esencia.

Le chupo y le lamo el clítoris sin darle un segundo de respiro.

Siento cómo sus paredes internas me abrazan los dedos, cómo su cuerpo entero se tensa.

Y entonces, llega el orgasmo. Maika se corre con un gemido gutural, un grito que lleva liberación y llanto; le tiemblan las piernas y las caderas se le sacuden contra mi boca.

Subo gateando por su cuerpo y le planto un beso de los que hacen historia. Saborea su propio jugo en mi lengua y gime de nuevo dentro de mi boca. Tiene los ojos vidriosos, cubiertos por una nueva capa de lágrimas, pero esta vez brillan con una gratitud salvaje y descarnada.

Ahora soy yo la que se tumba bocarriba en el colchón.

Maika se acomoda entre mis piernas sin perder un segundo y me clava una mirada de fuego antes de descender.

Tiene la boca caliente y hambrienta de mí.

Me lame con una devoción que me pone los vellos de punta, repasando cada rincón, devorándome con la lengua y succionando mi clítoris con una soltura que me hace ver las estrellas en el techo del camarote.

El placer se me dispara en cuestión de segundos, volviéndose casi insoportable. Le enredo las manos en el pelo, empujándola contra mi sexo para fundirme con ella.

El clímax me pasa por encima como una ola gigante y preciosa. Me corro, gritando su nombre. Maika sigue ahí abajo, lamiéndome hasta que me quedo sin fuerzas, temblando y buscando aire.

Después, Maika esconde la cara en el hueco de mi cuello, respira hondo mi aroma, y yo le acaricio la espalda con parsimonia.

—Eres maravillosa, ¿lo sabías? —murmuro.

—Tú lo eres más.

Después de un buen rato, nuestras manos vuelven a enredarse de forma espontánea.

Esta vez el ritmo es más perezoso. Mis dedos viajan por su costado, descienden por la cadera y vuelven a tocar su zona, que aún late con timidez.

La acaricio con una delicadeza extrema, dibujando círculos casi imperceptibles sobre su clítoris.

Maika suspira contra mi boca y vuelve a abrir las piernas, entregándome el mapa de su piel sin reservas.

Hacemos el amor por segunda vez con una ternura que llega a doler, y cuando el placer nos vuelve a reclamar, nos corremos casi a la par, mirándonos fijamente a los ojos, desnudándonos el alma.

Al final, nos quedamos acurrucadas bajo la fina sábana.

Tengo mi pierna enredada entre las suyas, su brazo amarrado a mi cintura y sus pechos aplastados contra los míos.

Siento el ritmo constante de su corazón contra mi propia piel.

Es inevitable pensar en lo de su abuela, en el pánico que debe tener encima y en la que se nos viene encima mañana con la decisión del ascenso.

Pero esta noche, que le den al mundo. Esta noche solo importa esto: su calor, su olor y su vulnerabilidad entregada a mí de par en par.

—Gracias por venir… —murmura Maika, casi vencida por el sueño, acurrucándose más en mi cuello.

—No podría estar en ningún otro sitio del mundo.