30
Maika
La escala nocturna en Palma de Mallorca llega como agua de mayo después de tantas horas seguidas tragando millas náuticas y aguantando a pasajeros impertinentes.
El Marine IV se queda imponente en el muelle de poniente mientras nosotros, los currantes del mar, bajamos a tierra en tropel con ese subidón que te entra en el cuerpo cuando te dan unas horas de libertad condicional.
Leo, Nico y Lara han sido los cabecillas de la expedición.
Según sus ilustres teorías, «necesitábamos un respiro antes de que nos salieran escamas».
Según Gonzalo, más metomentodo, «había que celebrar que este contrato infernal se está acabando».
Yo, que los conozco como si los hubiera parido, sé perfectamente que montan este circo porque huelen la tensión que hay entre Helen y yo.
Y aunque me repatea que jueguen a ser celestinas de pacotilla con mi vida privada, les agradezco en el alma el detalle de sacarme a flote.
Después de cenar unos bocatas rápidos y unas raciones en una terraza del paseo marítimo, nos plantamos en la playa de Can Pere Antoni.
La arena se siente fresca y gustosa bajo mis pies descalzos.
Palma brilla a nuestras espaldas con ese embrujo mediterráneo que te susurra al oído que, si te empeñas, los milagros existen.
Qué bonito es todo cuando estás de paso, de verdad.
—Esto sí que es la gloria, coño —suelta Nico, dejándose caer sobre la arena con una bolsa de patatas fritas que ha mangado del buffet —. Como mañana me obliguen a organizar otro trivial de jubilados, tiro el micrófono al agua y me convierto en gaviota.
—Pues lo tienes claro, chaval, porque las gaviotas tienen más mala leche y bastante más espabile que tú —le lanza Lara, sentándose a su lado.
Gonzalo aparece en escena como el rey mago de la tripulación, cargando con un pack de cervezas cero heladas y una cara de pillo que no puede con ella.
Helen, que se ha sentado a mi vera simulando una distancia prudencial, mantiene los ojos clavados en el horizonte negro como si estuviera sola en el planeta.
Aprovechando que los chicos están a su bola, me quedo mirándola de reojo.
Está preciosa, joder. Lleva el pelo suelto, revuelto por la brisa marina, y esa cara de intensa que pone cuando le da mil vueltas al coco.
—¿Estás bien? —le pregunto en un susurro bajito.
Helen tarda un siglo en responder, como si cada palabra tuviera que pasar por el filtro de seguridad de su cerebro.
—Sí —dice, carraspeando.
Mentira podrida. La conozco demasiado bien.
—Palma es preciosa —añade ella.
—Vaya, vaya. Comentario de folleto turístico aprobado —le lanzo con una sonrisilla pícara.
—No sé qué pretendías que te dijera, Maika —replica ella, mirándome de reojo—. Y más después de lo que me dejaste claro.
—Ya… sabes que soy una idiota integral.
Por un segundo, el agobio de los barcos se esfuma y el mundo parece un lugar un poquito más amable.
—Te he echado de menos —se me escapa, sin filtros. Helen baja la vista a la arena al momento—. Estos últimos días han sido… un puto infierno.
—Tensos —murmura ella—. Yo también te he echado de menos… —confiesa tan bajito que el viento casi me roba las palabras.
Helen suspira hondo y me clava esos ojos cargados de promesas.
Me muero por acortar este palmo de distancia, agarrarla del cuello, comerle la boca y decirle que le den por saco al ascenso, al barco y a todo.
Decirle que todo va a salir bien, que yo me buscaré la vida para sacar el dinero de mi abuela debajo de las piedras y que no hay de qué preocuparse.
Pero la vida es muy perra, y justo cuando mi boca está a punto de rozar la suya, el maldito móvil me empieza a vibrar en el bolsillo del pantalón como si tuviera prisa por joder el momento.
—Tengo que cogerlo.
—Claro, no te preocupes.
Me alejo del grupo a zancadas, hundiéndome en la arena fresca hasta llegar a una zona más oscura, cerca de unos espigones de roca donde el romper de las olas tapa las voces de los chicos.
—¿Sí?
—Hola, Maika, siento molestarte a estas horas —suelta la directora de la residencia—. Te llamaba para confirmarte que tu abuela está estable, la valoración médica es buena, pero los médicos insisten en que hay que empezar ya con el tratamiento de para que no pierda movilidad.
—Vale… ¿Y qué pasa entonces? —pregunto, aunque sé perfectamente por dónde van los tiros.
—El problema es que necesitamos que nos ingreses el primer pago del nuevo plan de cuidados especiales antes de que acabe la semana —me suelta con delicadeza pero con una firmeza que me hiela la sangre—.
Si no se hace efectivo el pago, nos veremos obligados por protocolo a tramitar el traslado a una plaza pública de la red regional…
y ahora mismo solo hay disponibilidad en un centro geriátrico en un pueblo de la sierra, en la otra punta de la comunidad.
—¿Cómo que trasladarla? —salto, claramente nerviosa—. Mi abuela no aguantaría un cambio así ahora, allí no conoce a nadie.
—No sería algo de hoy para mañana, Maika, pero tenemos que abrir el expediente asistencial por normativa. Entiendo que te pille fatal, pero las normas del centro son estrictas si queremos mantener su plaza aquí.
Menuda forma tan fina y corporativa de decirme que a mi abuela la van a mandar al quinto pino por culpa de que su nieta no tiene un duro en la cuenta.
Le hago cuatro preguntas seguidas sobre plazos, fechas de ingreso, cantidades exactas y si hay opción de pagarlo a plazos, pero todo son pegas. Escucho sus respuestas con la mirada perdida en el mar borroso por las lágrimas que amenazan con salir y el zumbido de las olas metido en el cerebro.
Al colgar, me quedo plantada frente al agua, mirando la pantalla negra del móvil mientras el viento me estampa el pelo contra la cara.
La maldita realidad me ha cogido por el pescuezo y me obliga a mirar de frente una verdad que ya no puedo maquillar con sonrisas de animación: estoy entre la espada y la pared.
—Maika… —escucho la voz de Helen a mi espalda.
Me giro, limpiándome la cara con el dorso de la mano. Está a un par de pasos, con los brazos cruzados y cara de preocupación.
—¿Qué ha pasado? —me pregunta.
Me muero por mentirle. Decirle que era una tontería, sonreír como si nada, volver con el grupo y tomarme una cerveza. Pero ya no tengo fuerzas para seguir con esto.
—Como no haga el ingreso para el nuevo tratamiento esta misma semana, se llevan a mi abuela a una residencia en un pueblo perdido de la sierra —le confieso de golpe, con la voz temblando.
Helen se queda petrificada, como si le hubiera pegado un tiro. Un destello de dolor puro le cruza la mirada y os juro que por un momento parece que le duele más a ella que a mí.
—Maika… —empieza a decir.
—No me digas que lo sientes, Helen, te lo pido por favor —le corto—. No lo soportaría.
Ella se muerde el labio, asiente en silencio y se limita a quedarse a mi lado. Es justo lo que necesito.
—Qué ridícula soy… Yo que pensaba que podía jugar a ser la más noble del barco boicoteando mi propio trabajo —suelto con una risa amarga—.
Qué bien sonaba en mi cabeza, ¿eh? Maika la generosa, la romántica empedernida, sacrificando su futuro por la mujer de su vida como si esto fuera una peli de tarde. Menuda bofetada de realidad.
Helen me agarra de las mejillas con las dos manos, obligándome a mirarla fijamente.
—No tienes por qué seguir cargando con este calvario tú sola, Maika. No te lo voy a permitir —me dice con convicción.
—Ya… pero es lo que hay, Helen.
Baja la mirada a la arena y un silencio espeso se traga todas las palabras que nos quedan por decir. A lo lejos, el grupo sigue de juerga y Nico ha subido el volumen de la música. El mundo sigue bailando mientras mi universo entero se tambalea por culpa de una maldita factura mensual.
—Necesito volver al barco.
Helen hace amago de retener de nuevo mis manos, pero se frena a tiempo.
—Te acompaño al puerto.
—Que no, de verdad. Quédate con los chicos, tómate algo y disfruta. Yo necesito meterme en la cama y pensar.
El trayecto de vuelta al Marine IV lo hago como si fuera un zombi.
Las luces del puerto de Palma se reflejan en el agua del muelle y, al cruzar la pasarela de tripulación, siento un crujido horrible dentro del pecho.
Estoy acorralada: no hay forma humana de conseguir ese dinero sin quitarle a Helen el ascenso por el que lleva desviviéndose media vida.
¿Por qué no habré ahorra más durante los últimos años?
—Joder… —protesto.
Solo quiero llegar a mi cama, quitarme este uniforme y taparme con la sábana hasta el cuello. Voy caminando por uno de los pasillos interiores de la cubierta de tripulación, cuando la figura de Arturo se materializa en mitad del pasillo.
—Buenas noches —me saluda, con una carpeta corporativa bajo el brazo—. Pensaba que estarías de descanso con el resto del equipo.
Me paro en seco, conteniendo un suspiro de frustración. Lo que me faltaba para rematar el día.
—Hola, Arturo —le digo, forzando la voz—. Es que estoy molida, la verdad. Así que he preferido retirarme a tiempo.
Arturo me clava la mirada.
—A mí me resulta fascinante que tengas el mejor perfil que he visto en esta naviera en los últimos cinco años y que estés tan decidida a tirar tu reputación por la borda —me suelta.
—No tengo ni idea de qué me está hablando.
Arturo ladea la cabeza, mirándome con una ironía aplastante.
—Claro que lo sabes, Maika. No me tomes por tonto.
Miro instintivamente a ambos lados del pasillo para comprobar que no hay ningún tripulante escuchando la conversación.
—Mire, de verdad, Arturo, estoy muerta de cansancio. Si esto es otra de sus pruebas psicológicas, le ruego que la dejemos para mañana.
—No es ninguna evaluación oficial, quédate tranquila —aclara con calma.
—Qué alivio, oye. Las encerronas informales en los pasillos siempre han sido mis favoritas —le lanzo con todo el sarcasmo que me queda en el cuerpo.
A Arturo se le escapa una sonrisa de medio lado.
—Helen es una oficial impecable, Maika —continúa Arturo con tono serio—, pero es un tremendo error que pongas las llaves de tu futuro profesional en manos de otra persona. Por muy enamorada que estés.
La frase me deja sin respiración, pero es que a mí mi futuro me importa tres pimientos ahora mismo. Lo que me quita el sueño es mi abuela y el miedo de que la trasladen a un pueblo perdido. Por muy contradictoria que esté sonando ahora mismo.
—Es que no tiene idea de cómo son —murmuro.
Él da un paso hacia mí, ablandando un poco el gesto.
—¿Qué es lo que no sé, Maika? Habla.
—Que no es solo mi futuro lo que me estoy jugando en este crucero —le suelto con los ojos llenos de lágrimas.
—Pues si hay más cosas en juego, con más razón deberías dejarte de jueguecitos —me espeta él.
—¿Y por qué me dice todo esto ahora?
—Porque he visto pasar a mucha gente brillante por estos barcos que ha echado a perder su carrera por culpa del miedo, de los remordimientos o de una mala decisión. Te vendría bien tenerlo en cuenta para el futuro.
Suelto una risa amarga.
—Vaya, qué charla tan motivacional. Gracias.
—Y también te lo digo porque este puesto en tierra necesita a alguien valiente. Alguien capaz de tomar decisiones difíciles e incómodas. Incluso cuando esas decisiones escuezan o hagan daño a las personas que más queremos.
En ese momento me viene a la mente el rostro de Helen, lo que sufrimos en el pasado y todo lo que le debo por mis errores. Pero también me viene la cara de mi abuela y la promesa que le hice de cuidarla. No quiero fallarle a ninguna de las dos personas que más quiero en este mundo.
—Anda, ve a descansar, Maika. Que mañana nos espera un día de los largos.
—Todos lo son últimamente.
—El de mañana lo será especialmente. Porque Julianne y yo ya hemos tomado una decisión.
Se da la vuelta y se aleja por el pasillo interior, dejándome allí sola, con las pulsaciones a mil y una certeza que me recorre el cuerpo como un escalofrío: que da exactamente igual la decisión que tomemos Helen o yo, porque al final, la vida real siempre se encarga de pasarte la factura y destrozarte los planes.