29 #2
—Por favor —insisto, poniéndole ojitos de cordero degollado dentro de mi seriedad habitual—. Invéntense lo que quieran. Digan que el proceso se ha cancelado, que buscan otro perfil, lo que les encaje en el guion. Pero que ella no se entere de mi renuncia.
—Eso es una bomba de relojería, Helen. Si se entera por terceros, se va a sentir muy traicionada —me advierte con buen criterio.
—Correré el riesgo.
Julianne baja la vista a su tablet , reflexiva. Yo me quedo conteniendo la respiración, con las pulsaciones a mil por hora y la extraña sensación de estar firmando mi propia sentencia de muerte.
—Que aceptemos tu renuncia no significa que Maika tenga el puesto asegurado —aclara al fin.
—Lo tengo clarísimo. Y se loa gradezco mucho.
—Helen, sigo pensando que habrías sido una líder soberbia para esta compañía.
—Es posible, pero ahora mismo mis prioridades han cambiado. —Me pongo en pie antes de que se me salten las lágrimas, porque mantener la compostura está empezando a ser una misión imposible—. Solo quiero que ella tenga que soportar menos peso en los hombros.
—El puesto en tierra es un nido de víboras. Y te recuerdo que las dotes de mando no se estudian en los libros. Pero es tu elección y la respeto.
Asiento con la cabeza y salgo del despacho a toda prisa.
El pasillo de oficiales me recibe y camino de vuelta hacia la zona de tripulación con el piloto automático encendido.
He hecho lo correcto. Sí, estoy casi segura.
El problema es que hacer lo correcto a veces te deja con el cuerpo más vacío que el buffet de un crucero a las once de la noche.
· · ·
Cuando paso cerca de las cocinas del restaurante principal, el bullicio me golpea con fuerza. La vida a bordo sigue su curso. El barco avanza y el mundo no se para por nadie. Y yo, en cambio, siento que me he dejado la mitad de la vida atrás.
Gonzalo me sale al paso antes de que pueda esconderme en mi camarote y, en cuanto me clava los ojos, sé que estoy acabada.
—Madre mía. ¿Qué cara es esa? Parece que hayas visto al fantasma del Titanic.
Miro a mi alrededor buscando una vía de escape, pero no veo a Maika por ningún lado. Estará en la cubierta superior organizando el baile de fin de fiesta, sin tener ni la más remota idea de que acabo de dinamitar el tablero de juego a sus espaldas.
—He hablado con Julianne —le suelto a Gonzalo sin anestesia. No sé cómo suavizar el golpe, así que lo suelto del tirón—. He retirado mi candidatura.
A Gonzalo se le borra la sonrisa de golpe y se le desencaja la mandíbula.
—Dime que es una de tus bromas, porque no tiene ni puta gracia.
—Pues no, ya está hecho.
—¿Cómo que está hecho? —insiste con los ojos como platos, agarrándome del brazo para arrastrarme al pasillo de servicio de tripulación, lejos de las miradas de los pasajeros—. ¿Te has vuelto loca o qué?
Gonzalo me mira como si le hubiera dicho que he tirado los botes salvavidas por la borda.
—Era mi carrera y mi decisión —le respondo.
—¿Maika lo sabe?
—No.
—¡Pues claro que no! Si llega a olerse algo, te habría esposado a la cama del camarote y te habría soltado un mitin de tres horas para quitarte la tontería —dice, dándose un golpe en la frente con la palma de la mano—. ¿Se puede saber qué bicho te ha picado?
Gonzalo suelta un bufido de los gordos.
—De verdad, Helen, estás para que te encierren.
—No me des el sermón tú también, por favor. Bastante tengo ya.
—¿Que no te dé el sermón? ¡Pero si llevas veinte mil contratos matándote por ese puesto de dirección! —me echa en cara, como si yo no me acordara—. Lo ansiabas tanto que dabas hasta miedo, tía.
—Lo sé, Gonzalo, lo sé perfectamente.
—Si casi me matas de un disgusto aquella noche que me obligaste a hacer un simulacro de entrevista con fiebre.
—Por favor, que tenías treinta y siete y dos décimas, eres un exagerado —replico, intentando meter un poco de comedia para no echarme a llorar.
—¿Por qué coño lo has hecho, Helen? Cuéntamelo.
—Porque Maika lo necesita un millón de veces más que yo.
—¿Y tú qué? ¿Tú no cuentas?
—No de la misma forma —insisto, acorralada—. Su abuela necesita unos cuidados médicos. Y Maika no puede permitirse el lujo de rechazar ese sueldo. No podía quedarme de brazos cruzados.
—Haberlo hablado, coño. Las cosas se hablan —me suelta.
—¿Para qué? ¿Para entrar en un bucle de «no, renuncia tú», «no, tú primero» y acabar las dos haciendo las idiotas como dos protagonistas de telenovela?
—Bueno, para evitar hacer la idiota ya vas un poco tarde, bonita —comenta con una sonrisa de lástima.
No me hace gracia, pero no le rebato. Gonzalo suspira, se apoya en el mamparo del pasillo y me pone una mano afectuosa en el hombro.
—¿Cómo estás? Pero de verdad.
Aliviada y cabreada con el mundo, enamorada hasta las trancas y con una sensación de vacío que asusta.
—He hecho lo correcto —susurro, mirando al suelo.
Gonzalo me levanta la barbilla con un dedo.
—No te he preguntado si eres la más noble del barco. Te he preguntado cómo estás tú.
Me muerdo el labio inferior. El eco de la música caribeña del restaurante me llega distorsionado.
Me viene a la mente el fiasco del anterior crucero juntas, la rabia, la humillación de quedarme estancada.
Esto es diferente. Ahora no hay jefes incompetentes a los que culpar, la decisión ha sido mía y eso lo hace más limpio, pero también mil veces más doloroso.
—Siento lo mismo que aquella vez —confieso—.
Como si una puerta blindada se hubiera cerrado en mis narices y yo me hubiera quedado en la parte oscura del muelle.
Solo que esta vez la llave la he tirado yo al fondo del mar.
Y se supone que eso tendría que hacerme sentir como una heroína de película romántica…
pero no. Aunque no me arrepiento de haberlo hecho. Eso te lo juro por lo más sagrado.
—Se puede tener claro que has hecho lo correcto y que te duela como si te hubieran clavado un puñal, Helen.
Cierro los ojos un segundo, inspiro hondo y, al abrirlos, me planto frente a él.
—Es vital que Maika no se huela nada, Gonzalo —le advierto, mordiéndome el labio con nerviosismo—.
Sé de sobra que tarde o temprano la verdad saldrá a flote, las mentiras en los barcos tienen las patas muy cortas, pero con que el secreto aguante hasta que el comité firme el ascenso de Maika, me doy por satisfecha.
—Lo que tú digas. Pero que sepas que te estás escondiendo por pánico a su reacción, no por protegerla a ella. Allá tú con tu mecanismo de defensa, luego no me vengas llorando si la cosa sale rana.