29
Helen
Después de que Maika salga de la sala, me quedo paralizada. Y no es porque me falte faena, es que mi cuerpo ha decidido declararse en huelga general. Las palabras de Maika se me han quedado grabadas a fuego en la frente.
«Y tú no vuelvas a pensar que eres la única que puede salvar a todo el mundo.».
A ver, el viaje directo al mentón me ha dolido porque tiene toda la maldita razón. Pero lo peor de todo es que, aun sabiendo que voy de superheroína por la vida, mi cabeza cuadriculada ya ha tomado una decisión y no hay marcha atrás. Soy una cabezota de manual, para qué negarlo.
No pienso consentir que su abuela se quede sin sus tratamientos solo porque yo sea una egoísta empeñada en perseguir un ascenso por el que llevo suspirando años.
No puedo mirar a Maika a los ojos, ver el peso brutal que lleva encima y seguir compitiendo contra ella en plan lobo de Wall Street.
Sería de ser muy mala persona. Y vale, sí, si lo analizo con mi frío cerebro, apartarme también es una forma de egoísmo: lo hago porque prefiero pegarme el batacazo profesional antes que cargar con la culpa de verla ahogarse en facturas.
Sea como sea, no voy a permitir que Maika sea quien me salve. Antes me tiro a los tiburones.
Durante el primer turno de la cena de gala, cuando el restaurante principal es un hervidero de risas y música en directo, aprovecho el jaleo para escabullirme.
Diviso a Maika al fondo del salón. Está espectacular con el uniforme de noche, hablando con Nico cerca de los accesos de los camareros.
Tiene una sombra de cansancio tremenda bajo los ojos, pero ahí está: sonriendo a los comensales, derrochando carisma y ocultando sus dramas personales tras esa fachada de mujer todoterreno. Qué tía, de verdad.
Se me cae la baba y el alma a los pies al mismo tiempo.
Le mando un mensaje rápido a Julianne pidiéndole una reunión urgente. Recorro los pasillos con la espalda tan recta que parezco un sargento de la Marina. Por dentro, os juro que voy hecha un flan. Sobre todo, antes de llamar a la puerta con tres golpes secos.
—Adelante —se escucha desde el otro lado.
Entro en el despacho. Julianne está concentrada ante su tablet corporativa, con cada pelo en su sitio, y me clava esa mirada analítica que te hace sentir como si te estuvieran haciendo un escáner de aduanas.
—Helen —dice, entornando los ojos—. Me ha sorprendido tu mensaje. ¿A qué viene tanta urgencia?
Cierro la puerta, clavo los talones en la alfombra y suelto todo el aire.
—Quiero retirar mi candidatura para el puesto.
Julianne se queda completamente de piedra. Por primera vez en todo el contrato, le pillo una expresión de pura sorpresa. Abre los ojos de par en par y tarda un par de segundos en reaccionar.
—Perdón… ¿He oído bien? —pregunta, como si pensara que el balanceo del barco le estaba jugando una mala pasada.
—Ha oído perfectamente. Quiero que me saquen de la evaluación.
La tensión que se forma en el despacho se podría cortar con un cuchillo. Julianne deja la tablet sobre el escritorio con una lentitud que da hasta miedo y me señala el asiento frente a ella.
—Siéntate, por favor.
—Prefiero quedarme de pie.
—Helen —repite, y esta vez usa ese tono de mando—. Siéntate.
Hago caso. Me desplomo en la silla y entrelazo los dedos sobre las rodillas. Julianne se apoya en el respaldo, estudiándome como si fuera un bicho raro.
—Supongo que eres consciente de lo que significa esto, ¿verdad?
—Totalmente.
—Llevas años dejándote la piel por esta oportunidad —me recuerda.
—Lo sé.
—Y en la última evaluación te quedaste a las puertas.
Ese comentario me da donde más me duele y, de golpe, mi mente viaja en el tiempo.
Me veo a mí misma en otro barco, en otra travesía, sentada ante un comité de evaluación muy parecido.
Aquella vez intentaba justificar ante los inspectores de tierra que el caos que se había montado había sido una cadena de imprevistos imposibles de frenar.
Maika estaba sentada a mi lado, muda, con la vista fija en sus zapatos, completamente bloqueada.
Éramos más jóvenes, más inexpertas, y aquella fue la noche en que nuestra primera oportunidad de estar juntas se hundió por culpa de su silencio.
Yo necesitaba que me defendiera, que diera la cara, y su mutismo me dolió tanto que cuando embarqué en el Marine IV y vi su nombre en la lista de animación, me quise morir.
Pensé que nos mataríamos a bordo. Lo que no me esperaba era descubrir que esa Maika alocada se había convertido en una profesional con un don de gentes que ya quisiera yo para mí, y que lo que sentía por ella seguía vivo y pegando más fuerte que nunca.
Todo el rencor que guardé en mi pecho durante estos años se ha evaporado. O tal vez es que me he hecho mayor. Ahora que sé lo de su abuela, entiendo que aquel día Maika no se calló por falta de lealtad, sino por pánico a perder el empleo que mantenía a su familia.
—¿Se puede saber por qué tiras la toalla ahora? —pregunta Julianne, inclinándose hacia delante.
Le sostengo la mirada con orgullo.
—Porque Maika está el doble de capacitada que yo para ese puesto.
Julianne alza una ceja, escéptica.
—Los informes de rendimiento que tenemos sobre la mesa no dicen exactamente eso, Helen.
—Con todos los respetos, los informes solo miden números —rebato—. Yo soy eficiente, organizada y cuadriculada. Sé contener una crisis de seguridad y aplicar los manuales a rajatabla. Pero Maika tiene algo que a mí me falta: una empatía que no se compra con dinero.
Julianne esboza una sonrisa.
—Interesante término.
—No se lo tome a broma, por favor —le pido con una sonrisa un tanto amarga.
—No me lo tomo a broma en absoluto. Te escucho.
Tomo aire, colocándome bien el cuello de la camisa.
—Maika entiende el factor humano. No se limita a dirigir a la gente; sabe leer a los pasajeros y a su equipo.
Sabe cuándo dar un grito a tiempo, cuándo dar un abrazo y cuándo explicar las cosas tres veces para que un novato no se sienta un inútil porque tiene miedo.
A rellenar presupuestos, cuadrar balances en Excel y redactar informes de incidencias para la naviera se aprende en dos semanas.
Pero esa magia para conseguir que la gente te siga con una sonrisa en mitad de un temporal… eso no se enseña en ninguna academia.
Julianne me mira con una intensidad nueva, como si estuviera descubriendo a una Helen completamente distinta.
—Tú tienes virtudes de mando que ella no, Helen. Eres un pilar para este barco.
—Lo sé —admito, y hacerlo me escuece en el alma—. Pero Maika es una esponja. Absorberá la parte técnica en un abrir y cerrar de ojos porque le sobran luces y capacidad de adaptación. Y cuando domine esa parte, será una trabajadora mil veces mejor de lo que yo podría ser jamás.
Las palabras me salen del tirón.
—La compañía va a salir ganando si la pone a ella al frente de las oficinas de tierra —remato con convicción.
—¿Y tú? ¿Qué vas a hacer con tu carrera?
La pregunta me sienta como un jarro de agua fría.
—Seguiré al pie del cañón en mi puesto actual. Cumpliendo con mi deber, como siempre. Supongo que tendré que aprender a echar raíces y buscar mi equilibrio de otra manera. Lejos de los despachos en tierra firme.
Julianne se toma su tiempo antes de volver a la carga.
—¿Esta sorprendente retirada tiene que ver con los rumores sobre tu relación personal con la coordinadora de animación? —pregunta de frente. A estas alturas del crucero, intentar ocultarle algo es como intentar tapar el sol con un dedo.
—Sí —respondo con el corazón en la mano.
Ya no me quedan ganas de inventar milongas—.
Tiene que ver con que la quiero con locura y paso de convertir lo que tenemos en otra batalla campal.
Pero le prometo por mi honor que también lo hago porque creo firmemente que ella es la persona ideal para el cargo.
—Helen, una decisión tomada por amor puede ser igual de ciega e irracional que una tomada por despecho —me advierte con sensatez.
—Lo sé —reconozco, tragando saliva—. Por eso no vengo a pedirle que le regalen el puesto.
Solo les pido que me saquen de la ecuación.
Evalúen a Maika con la dureza que consideren oportuna.
Si al final deciden que no da el perfil, será cosa de la dirección.
Pero yo no voy a competir contra la mujer de mi vida.
Julianne entrelaza las manos sobre el escritorio y me clava una mirada de lo más seria.
—¿Estás segura al cien por cien? Si cierras esta puerta, es muy probable que el tren del ascenso no vuelva a pasar delante de ti.
Ahí está el carpetazo definitivo. Siento un vacío horrible bajo las costillas, el mismo vértigo que sufrí tiempo atrás.
La sensación de ver cómo tus metas se evaporan mientras te quedas compuesta y sin corona.
Pero esta vez hay una diferencia: no me están echando, soy yo la que decide bajarse del barco.
Y, milagrosamente, eso me hace sentir un poquito más dueña de mi destino.
—Estoy completamente segura —afirmo. Y os juro que me siento orgullosa de mí misma.
Julianne me observa un instante largo.
—¿Maika sabe algo de esto?
—Ni una palabra.
—¿Quieres que se lo comuniquemos?
—¡No! —suelto, demasiado rápido y con un tono un pelín histérico.
La jefa ladea la cabeza, picada por la curiosidad.
—¿Se puede saber por qué?
Me aprieto las manos hasta hacerme daño.
—Porque tiene más orgullo que un pavo real y jamás lo aceptaría. No quiero que sienta que le he cedido el puesto por caridad, ni que nuestra relación empiece con una deuda de este calibre apuntada en su cuenta. Ya tiene bastante con las cosas que arrastra en tierra.
Julianne me mira de una forma totalmente distinta. Creo que hasta le ha conmovido mi momento romántico.
—Le ruego que no le cuenten que he sido yo la que se ha quitado del medio —añado, y el «por favor» me cuesta un imperio porque odiaría parecer vulnerable ante mis superiores.
—Helen…