Un desastre perfecto 28
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Helen

El mar parece no terminar nunca. Después de dejar Cerdeña atrás, el Marine IV se adentra en una jornada completa de navegación rumbo a Palma de Mallorca.

Normalmente, los días así me encantan. O me encantaban, porque los días de mar tienen un ritmo distinto.

La vida como tal, ocurre dentro del coloso de acero.

Los pasajeros no se dispersan por tierra firme; se quedan a bordo dispuestos a exprimir cada rincón, devorando los buffets y arrasando en las tiendas del Duty Free.

En mi cabeza estructurada, menos variables significan más control.

Sin embargo, hoy siento que las más de cien mil toneladas del barco flotan sobre una pregunta que no sé cómo responder: ¿Qué demonios hago con Maika?

La imagen de ella en Cagliari no ha dejado de perseguirme ni un solo segundo.

Recuerdo su rostro al recibir aquella llamada, la manera en que se apartó de la mesa, el color pálido de sus mejillas y su voz convertida en un hilo frágil mientras me hablaba de su abuela.

La residencia, la caída, que necesita fisioterapia y el maldito aumento del cuarenta por ciento en la cuota mensual.

Desde entonces no he parado de hacer números. Y no es solo una cuestión de billetes; son las consecuencias, los sacrificios y las culpas que se acumulan en silencio mientras el barco sigue su rumbo.

Maika va a necesitar el ascenso, porque hay una mujer mayor en una residencia que depende enteramente de ella.

Porque esa mujer es el centro de su universo.

Y la muy desgraciada ha estado sosteniendo ese peso sobre sus hombros mientras sonreía, bromeaba, y convertía cada imprevisto a bordo en una fiesta.

Puede que yo haya sudado sangre por ese ascenso.

Pero desde Cerdeña, cada vez que pienso en la promoción, algo dentro de mí se parte en dos.

Por primera vez en mi cuadriculada vida, barajo una posibilidad que antes me habría parecido absurda, inaceptable y un insulto a mi carrera: renunciar. Dejarle el camino libre a Maika.

—El destino dándome de lleno… —murmuro.

A media mañana bajo al Atrio central con la tablet en la mano y la cabeza hecha un bombo.

Al ser día de mar, el equipo de animación ha preparado un despliegue digno de las mejores fiestas: juegos en la piscina, clases de ritmos latinos, el bingo solidario que vuelve locos a los jubilados, torneo de trivial y actividades infantiles. Una locura.

Maika está con Leo, Lara y Nico revisando el programa de la tarde cerca del mostrador de atención al pasajero.

Lleva el pelo recogido en una coleta alta, sus habituales pantalones del uniforme y una expresión demasiado tranquila.

Demasiado neutra para ser ella. Me detengo a unos metros, disimulando con la tablet , en un intento por descifrar qué esconde detrás de esa postura de sargenta de la diversión.

—Leo, tú te encargarás de coordinar el trivial de las cuatro en el pub —le pide ella, encasquetándole una carpeta azul—. Lara, tú supervisarás el acceso a la zona de juegos familiares en la cubierta superior y harás el recuento inicial.

Leo abre los ojos como si acabase de ver al mismísimo Poseidón salir del agua.

—¿Yo solo ante el peligro?

—Tienes las pautas por escrito y a Nico cerca por si los pasajeros se ponen intensos —responde Maika.

Nico levanta la cabeza del móvil a la velocidad del rayo.

—¿Yo? ¿A cuento de qué?

—A cuento de que ya es hora de que madures y parezcas un adulto, chaval —añade ella con una media sonrisa que no le llega a los ojos.

—Eso es pedir milagros, jefa —replica Nico.

Lara se ríe por lo bajo, pero a mí no me hace ni pizca de gracia.

Porque aquí hay gato encerrado. El trivial de las cuatro en un día de navegación se llena hasta los topes y, aunque parezca una lindeza, los pasajeros británicos y españoles compitiendo por el orgullo patrio se transforman en criaturas sedientas de sangre capaces de impugnar una pregunta sobre los Beatles como si les fuera la vida en ello.

Y la zona familiar necesita un control de aforo estricto para que los niños no terminen saltando por la borda.

No son tareas imposibles, pero sí críticas para el novato que se queda al mando. Y Maika, que es la reina de la improvisación, lo sabe de sobra. Me acerco de inmediato.

—¿Todo bajo control por aquí? —pregunto, cruzando los brazos.

Ella se gira. Al verme, me regala una sonrisa. Pero no es una de sus sonrisas gamberras, de esas que me aceleran el pulso.

—Sobre ruedas —contesta sin pestañear.

—¿Vas a dejar el trivial en manos de Leo? —insisto, arqueando una ceja.

—Sí. El chico tiene que foguearse —afirma.

—Tiene solo un par de travesías de experiencia, Maika —señalo, y miro de reojo a los aludidos, que de repente parecen muy interesados en sus propias manos.

—Y un manual de doce páginas que tú misma aprobaste en el comité de seguridad. Si sobrevive a los jubilados tramposos del trivial, sobrevivirá a cualquier naufragio —responde, aunque noto que a su voz le falta ese brillo vacilón de siempre.

—La actividad familiar de la cubierta doce también se suele desmadrar —continúo al ataque.

—Lara tiene carácter para pararles los pies.

—No te digo que no. Pero quizá sería más prudente que Nico la cubriera durante la primera media hora para evitar que el aforo se les vaya de las manos —sugiero.

—Nico se vendrá conmigo a la cubierta once. Lo necesito para el montaje de la demostración culinaria y después va a supervisar las cosas con Leo —explica ella, y por fin clava sus ojos en los míos.

—¿Para cargar cuatro mesas necesitas a tu mejor activo? —pregunto con ironía.

Maika me sostiene la mirada y una chispa de cabezonería brilla en sus pupilas.

—Helen, sé perfectamente cómo hacer el trabajo.

—No he dicho lo contrario —respondo, dando un pasito hacia delante.

—No te ha hecho falta —replica ella.

Lara mira a Nico como si estuvieran viendo una telenovela en primera fila, Nico se concentra en el suelo radiante y Leo hojea la carpeta como si fuera el manuscrito de un best seller . Respiro hondo, obligándome a bajar las revoluciones. No quiero una guerra en mitad del pasillo.

—Solo asegúrate de que los chicos tengan cobertura si la cosa se calienta —le pido en un susurro.

Maika asiente, fría como un iceberg.

—Descuida.

Un escalofrío me recorre la espalda. «Aquí está pasando algo».

La mañana avanza y mis sospechas se confirman, poniéndome de una mala leche monumental.

En la clase de ritmos latinos de la piscina, Maika deja que Leo se coma el marrón de dirigir a cien personas mientras ella se queda en un lateral enseñando los pasos básicos a cuatro señores mayores.

¡Quiere sabotear su candidatura al puesto!

—No me jodas —mascullo entre dientes.

En la zona de juegos, un crío tira un batido de chocolate en mitad de la pista.

Lara se despista y no pide el servicio de limpieza.

Y yo, que ya preveo el desastre de los padres resbalando con el chocolate, doy el aviso de inmediato.

Y cada vez que resuelvo uno de sus «descuidos», siento menos orgullo y más ganas de gritar.

Al mediodía, harta de comerme la cabeza, arrincono a Gonzalo junto a las máquinas de agua de la zona exclusiva de tripulación.

—¿Has notado a Maika rara, o son paranoias mías? —le espeto, arrimándome para que ningún camarero nos oiga.

Gonzalo levanta una ceja.

—Define «rara» en el diccionario de Maika.

—Está delegando marrones en los nuevos del equipo. Tareas que normalmente debería supervisar ella.

—Pues yo creo que quiere ver si se espabilan ahora que estamos llegando al final de la travesía —responde con un encogimiento de hombros.

—No me jodas, Gonzalo, que tú la conoces...

—Puede que esté de bajón, no sé —añade.

Él suspira, suelta el termo y me devuelve la mirada. Ahí está. Él también se ha dado cuenta.

—No me metas en vuestros dramas, Helen. Bastante tengo con lo mío.

—¿Te recuerdo que estás metido hasta el cuello, Cupido? —replico.

—Que no. Yo estoy en la barrera, disfrutando del espectáculo de ver cómo dos tías espectaculares e inteligentísimas intentan sacrificarse profesionalmente por amor mientras fingen que juegan al ajedrez. Es un drama griego, pero las vistas son cojonudas —comenta con una sonrisa guasona.

Me quedo de piedra. Gonzalo enrosca el tapón.

—A ver, Helen, por favor. Ni tú ni ella tenéis que sabotearos.

—Yo no estoy haciendo nada.

—Todavía. Pero estás a un paso. Y lo sabes.

Odio cuando tiene tanta razón.

Más tarde, durante el cambio de turno, coincido con Maika en la sala de descanso de la tripulación. Maika está sentada en el sofá, con una botella de agua entre las manos y la mirada fija en las baldosas.

—¿Se puede? —pregunto.

Ella levanta los ojos.

—Adelante. El sofá es público —responde.

Me siento a su lado, pero dejo un espacio prudencial entre las dos. Una soberana estupidez considerando que nos hemos comido a besos en el jacuzzi y en mi propio camarote. Pero hoy ese palmo de distancia parece un abismo insalvable.

—Estás rara —le digo después de un rato.

Maika suelta una risa.

—Vaya, gracias. Directa al grano.

—No te lo digo de broma, Maika —insisto, girándome hacia ella.

—Lo sé.

—Le has dejado los marrones más gordos a los chicos.

Ella le da un trago largo al agua, ganando tiempo para no mandarme a la mierda.

—Tienen que aprender a volar solos, Helen. No puedo estar encima de ellos todo el santo crucero.

—Pero no tienes por qué hacerlo echándolos a los leones para que se los coman vivos.

—¿Ahora me vas a dar lecciones de cómo gestionar la animación? —pregunta. Se nota que no tiene ganas de pelear.

—No quiero discutir contigo —admito.

—Pues disimulas de pena —replica con un deje irónico.

—Maika…

Ella cierra los ojos, tomando aire como si le faltara el oxígeno.

—Estoy cansada, Helen. Agotada.

—Yo también lo estoy —le confieso.

—Pues mira qué bien. Ya tenemos otra cosa en común además de una tensión sexual que se sale de las gráficas y una puntería magnífica para joder los momentos bonitos —ironiza, y esboza una pequeña sonrisa que se esfuma al instante.

Se me escapa una risa tonta, pero el estómago se me vuelve a cerrar.

—No tienes por qué hacerlo ¿sabes?

Maika evita mirarme.

—¿El qué?

—Sabotear tu propio trabajo de forma sutil para que yo quede como la empleada del mes ante los jefes.

La línea de su mandíbula se tensa.

—No sé de qué me hablas, de verdad.

—Claro que lo sabes —insisto, acercándome un milímetro—. Me estás poniendo el ascenso en bandeja de plata, Maika. Y no me da la gana. No necesito que me salves el culo ante ellos.

Maika gira la cabeza y clava sus ojos en los míos. Hay un brillo de cansancio mezclado con una rabia que me corta la respiración.

—No estoy haciendo eso —niega, tozuda.

—Maika, por favor…

Ella aparta la mirada y ese gesto me duele más que cualquier bofetada.

—No quiero ganar esta competición así, Maika. No me hace feliz —admito con total sinceridad.

—¿Y cómo quieres ganar entonces?

Me quedo en blanco. Hace veinticuatro horas le habría dicho que por méritos propios.

Hace una semana, que me daba igual con tal de ascender.

Pero ahora… ahora no tengo ni puñetera idea.

Mi mente está colapsada con la historia de su abuela, con las facturas de la residencia, con el futuro, con su risa franca en Cagliari y con este amor que me ha atropellado sin avisar.

Estoy atrapada entre la opción de renunciar yo o la de acabar las dos tirando nuestra carrera por la borda por miedo a perdernos.

Quiero decirle que he pensado seriamente en retirar mi candidatura.

Que se quede ella con el puesto, que lo necesita un millón de veces más que yo.

Que yo me buscaré la vida en otro barco, o en tierra, o donde sea, con tal de que su abuela tenga el tratamiento que se merece.

Que no quiero verla elegir entre su futuro y su familia.

Que la quiero tanto que me asusta, pero que me asusta más un futuro donde ella no me mire como antes.

Abro la boca… pero soy una cobarde, y me quedo muda. Atrapada en mis propios esquemas. Si se lo digo ahora, con lo orgullosa que es, se va a pillar un rebote monumental. Pensará que la compadezco, que voy de sobrada, y romperemos este hilo tan fino que nos une.

Así que me callo. Y el silencio se vuelve más oscuro y más pesado.

Maika deja la botella sobre la mesa de centro con una lentitud exasperante.

—¿Te das cuenta? Esto es lo que hacemos siempre.

—¿El qué? —pregunto, con el corazón en un puño.

—Llegamos al borde del precipicio, a lo que de verdad importa, y ninguna de las dos tiene las agallas de hablar claro —dice con una tristeza que me cala hasta los huesos.

La miro, incapaz de articular palabra.

—Porque me cuesta saber cómo gestionar esto, Maika… El amor no se enseña en los protocolos.

Ella sonríe de lado, con los ojos vidriosos.

—A mí tampoco me lo enseñaron en el curso de animación.

Esa confesión debería romper el hielo, pero hoy solo ensancha la distancia.

Me quedo mirando sus manos, esas manos que me han vuelto loca en la intimidad.

Me muero por cogerlas y apretarlas. Por decirle que pare esta locura, que no quiero que me regale nada.

Que ahora soy yo la que quiere hacer de escudo, aunque eso me convierta en lo que siempre odié: alguien que toma decisiones por los demás creyendo que hace un bien.

—Maika…

—Tengo que irme —dice, poniéndose en pie antes de que pueda frenarla—. La demostración culinaria en el teatro empieza en nada y, como no vigile a Nico, es capaz de soltarle un chiste verde al chef en mitad del show —añade, forzando un tono alegre.

Intento imitarla y sonreír, pero me sale una mueca horrorosa.

—No vuelvas a dejarle toda la responsabilidad a los nuevos —le pido, clavando mis ojos en su espalda.

Maika se detiene un segundo junto al marco de la puerta y me mira de reojo.

—Y tú no vuelvas a pensar que eres la única que puede salvar a todo el mundo.