27
Maika
Cagliari. Séptimo día de ruta.
El Marine IV atraca en el puerto de Cagliari bajo un cielo limpio, azul y luminoso que parece recién estrenado solo para fastidiarme la negatividad.
Desde la cubierta de paseo, mientras contemplo cómo la bellísima ciudad de Cerdeña se despierta perezosa sobre sus colinas doradas, me invade una absurda e idílica sensación de calma.
Aunque, claro, en el fondo sé que me estoy engañando como una boba.
El destino nunca se cansa de dar por saco; solo se toma un descanso, se sienta con una bolsa de palomitas y espera el momento más inoportuno para meterte la zancadilla y ver cómo te pegas el morrazo.
Pero en este preciso instante me importa un bledo, porque estoy demasiado ocupada disfrutando de la brisa marina.
A las diez en punto de la mañana, aprovechando que tenemos unas horas libres antes de que comiencen las actividades de la tarde a bordo, ya estamos patrullando las calles empedradas de Cagliari junto al resto de la tropa.
Gonzalo lidera la expedición como si lo hubieran nombrado alcalde honorario de Italia, gesticulando como un loco y señalando cada fachada barroca.
Nico avanza a su lado con su imponente cámara réflex colgada al cuello, disparando fotos a diestro y siniestro.
Mientras tanto, Leo lleva veinte minutos intentando convencer a Lara de que entre en una pequeña bottega de productos locales, usando su mejor sonrisa de conquistador y unos argumentos cada vez más delirantes.
Y Helen… bueno, mi recta y maravillosa oficial camina justo a mi lado.
Sin esconderse de las miradas ajenas. Sin separarse un solo centímetro de mí.
Sin fingir que no me devora con esos ojos maravillosos que, desde hace días, he catalogado oficialmente como mi perdición.
Me siento ridículamente feliz, ella también lo está, y esa simple realidad me resulta tan jodidamente extraordinaria que todavía me cuesta creer que no estoy soñando.
—A ver, Maika, estás sonriendo sola otra vez con cara de haberte comido un camión de golosinas —comenta Gonzalo, girándose a mitad de una calle.
—Y tú sigues respirando y dándome la paliza, lo cual me sorprende bastante más —respondo, arqueando una ceja.
—¿Es que no hay respeto por los mayores en este barco?
—Te lo has ganado a pulso, pesado.
Helen suelta una risa cristalina. Y, para variar, me enamoro un poco más de ella.
La ciudad brilla con una luz espectacular.
A nuestro alrededor, los pasajeros de nuestro propio crucero se mezclan con los paisanos que van a la compra con sus bolsas de tela.
Todo parece tan fácil, sencillo, como si el tiempo se hubiera congelado y nosotras estuviésemos metidas en una burbuja perfecta donde los contratos, las navieras y los jefes no existieran.
Al cruzar una calle con bastante tráfico, Helen me agarra de la mano durante unos segundos.
No sé si es consciente de que ese contacto mínimo casi me provoca una parada cardiorrespiratoria, o si lo sabe perfectamente y lo hace a propósito para desestabilizarme.
Conociéndola, las dos opciones me cuadran.
Llegamos a la zona alta, al barrio histórico de Castello, cerca del mediodía. Las imponentes murallas antiguas se alzan majestuosas dominando toda la bahía y ofreciendo unas vistas panorámicas del puerto y de nuestro inmenso barco.
—Si no vuelvo para las cuatro, decidle a mi madre que morí siendo inmensamente feliz entre piedras sardas —anuncia Nico, con su cámara en mano.
—Tu madre ya sabe de sobra que eres un friki de nacimiento, Nico, no hace falta que le mandemos postales —le suelta Lara con una sonrisa burlona.
—Gracias por el subidón de autoestima —dice él, haciendo una reverencia exagerada.
Terminamos acoplándonos en la terraza de una trattoria enorme con unas vistas espectaculares al mar.
Unimos tres mesas de madera y el ambiente se llena enseguida del jaleo típico de la tripulación cuando baja a tierra.
Hemos sobrevivido a tantas catástrofes marítimas juntos que ya nos miramos y nos entendemos, lo que hace que este momento se sienta jodidamente valioso y único.
Helen se sienta pegada a mí, y Gonzalo, que tiene el doctorado en incordiar, tarda exactamente diecisiete segundos de reloj en lanzar el dardo.
—Pero bueno, miradlas —habla con una sonrisa de oreja a oreja, apuntándonos con los cubiertos sin el menor disimulo.
—Gonzalo, ni se te ocurra empezar —le advierte Helen.
—¿Cómo que no? Estoy presenciando en vivo y en directo un romance corporativo de alta alcurnia en su máxima expresión —insiste él, repantigándose en la silla—. Es fascinante.
—No digas tonterías, por favor —protesta mi chica. Después, esboza una sonrisa más que traicionera.
—De tonterías nada. Dentro de tres años os veo perfectamente instaladas en una casa preciosa con vistas al mar, compartiendo despacho, discutiendo sobre presupuestos, planificando las vacaciones y organizando vuestras agendas con códigos de colores —remata, moviendo las manos como si estuviera viendo el futuro en una bola de cristal.
Casi escupo el trago de vino que acabo de meterme en la boca.
—¿Podemos cambiar de tema de una, por favor? —pide ella, dándole vueltas al vino con un nerviosismo.
—No —responde Gonzalo, partiéndose de risa.
—Gonzalo… —le avisa ella entornando los ojos.
—Que no —repite él, disfrutando como un enano.
Nico interviene desde el otro extremo, alzando su copa con picardía.
—Oye, pues yo secundo la moción de la casa con vistas. Hacéis un parejón de revista.
—Y yo secundo que Gonzalo cierre el pico antes de que le estampe la focaccia en la cara —añade Lara, arrojándole una servilleta arrugada.
Las carcajadas estallan en la mesa como una ola de aire fresco.
En ese instante, rodeada de mi gente y sintiendo el calor de Helen a mi lado, me permito el lujo de creer que esto puede salir bien.
Que el universo, por una vez en la vida, va a portarse bien conmigo y nos va a dar una oportunidad de verdad.
Porque eso es lo que nos pasa a las personas cuando rozamos la felicidad con la punta de los dedos: que nos volvemos unas optimistas incorregibles sin darnos cuenta.
Spoiler alert : el destino es un hijo de perra y está a punto de darme un bofetón a mano abierta.
Mi móvil empieza a vibrar. Saco el aparato, miro la pantalla táctil y el nombre que aparece reflejado me hiela la sangre de golpe: Residencia Santa Catalina.
El estómago se me contrae en un puño de forma automática.
Algo va mal. Muy mal. Lo sé antes de deslizar el dedo por la pantalla para descolgar.
—¿Maika? ¿Qué pasa? —pregunta Helen de inmediato. Su mano busca la mía por debajo de la mesa, apretándola con urgencia.
Me levanto de la silla haciendo un esfuerzo titánico para que las piernas no me tiemblen.
—Ahora vuelvo, chicos.
Me alejo a zancadas de la terraza, buscando un rincón apartado y silencioso junto a la vieja muralla de piedra, y respondo con la garganta seca.
—¿Hola? ¿Sí?
La voz de la directora médica de la residencia me llega nítida.
—Buenos días, Maika. Lamento muchísimo molestarte durante tu contrato en el barco, de verdad…
«No. Por favor, dios de los mares, no me hagas esto ahora», ruego, apretando los dientes.
Escucho con atención las explicaciones de la doctora y siento cómo el suelo de Cagliari parece desaparecer bajo mis pies.
Al parecer, mi abuela ha tenido una mala caída en el jardín.
Gracias a Dios no es muy grave, pero sí lo suficientemente como para complicarme la existencia.
La han trasladado de urgencia al hospital para hacerle una valoración completa, y aunque no hay fractura, han detectado una rotura muscular bastante fea y complicada que le va a llevar meses de rehabilitación intensiva, fisioterapia diaria, tratamientos continuados y una atención médica permanente que la residencia ordinaria no cubre.
Y aquí viene el gancho directo al mentón: a partir del mes que viene, la cuota mensual de la residencia médica se va a incrementar prácticamente un cuarenta por ciento.
Un cuarenta por ciento más. ¡Maldita sea!
Sigo escuchando el parte médico, asintiendo como una autómata en medio de la plaza y haciendo las preguntas necesarias con un hilo de voz. Pero la conversación empieza a sonarme lejana y distorsionada. Cuando por fin cuelgo, las manos me tiemblan tanto que casi se me cae el teléfono al suelo.
Mi abuela está viva y bien. Eso es lo único que debería importarme. Sin embargo…
Una verdad brutal e inapelable me golpea directamente en el pecho, dejándome sin aire.
Vuelvo la vista hacia la terraza y miro a Helen desde la distancia.
Niego con la cabeza lentamente, mientras siento una punzada de dolor horrible en el corazón.
Qué idiota he sido. El sueldo de ese ascenso, los bonus por objetivos de la naviera, los beneficios, la estabilidad financiera…
Todo a lo que estaba dispuesta a renunciar anoche por amor para que Helen cumpliera su sueño, se convierte de repente en una necesidad de vida o muerte.
Mi precioso y noble sacrificio de enamorada era un lujo de rica que ya no me puedo permitir.
Me apoyo de espaldas contra la pared, cerrando los ojos fuertemente e intentando recuperar el aliento.
Lo peor de todo este desastre no es el dinero.
Lo peor va a ser mirar a Helen. Porque ahora, voy a tener que salir a morder.
Voy a tener que competir de verdad contra ella, a cara de perro, y quitarle el sueño de su vida para salvar la mía.
—Maika.
Su voz a mi espalda me hace dar un respingo.
—¿Qué demonios ha pasado? —pregunta, acortando la distancia y acunando mi rostro entre sus manos cálidas—. Te has quedado blanca.
Intento forzar una de mis sonrisas chulas para quitarle hierro al asunto, pero fracaso de la forma más miserable posible.
—La residencia… Mi abuela —consigo articular en un susurro.
A Helen se le tensa la mandíbula.
Me derrumbo un poco y, por primera vez desde que la conozco, decido abrir el mapa de mi vida por completo y soltar el lastre.
Le confieso, con los ojos empañados, cómo mi abuela me sacó adelante sola cuando mis padres se desentendieron del mundo, cómo trabajó limpiando portales hasta reventar para que a mí no me faltara un plato de comida y por qué juré que jamás la dejaría desamparada cuando le llegara la vejez.
Le cuento la llamada de la doctora sin dejarme nada en el tintero, haciéndola ver que no tengo idea de dónde voy a sacar el dinero.
—Mi abuela siempre ha sido una roca —murmuro, clavando la vista en mis pies—. La mujer más fuerte, echada para adelante y valiente que he conocido en mi vida. No se merece esto.
Helen asiente despacio, y desliza sus pulgares por mis pómulos para limpiarme una lágrima traicionera que se me ha escapado.
—Es exactamente igual que tú, Maika —dice con ternura.
Pero ahora no me siento así. Me siento una cobarde, acorralada y perdida en mitad de una isla italiana.
Y sí, también tengo ganas de confesarle que tengo que romper el pacto de anoche, que tengo que volver a luchar por el puesto con uñas y dientes.
Pero a la vez, no tengo el valor de romperle el corazón en mitad de la calle.
Y en lugar de eso, busco su calor, me pego a su pecho y dejo que me envuelva en un abrazo apretado que me salva durante unos segundos.
—Bueno… volvamos con los chicos antes de que Gonzalo mande un equipo de rescate —le digo, separándome a regañadientes y mirándola a los ojos—. Lo importante es que ella está bien. El dinero… el dinero ya veré cómo lo soluciono.
—Estoy completamente segura de que lo harás. Eres una fuerza de la naturaleza —me responde Helen, dándome un tierno beso en la frente.
Mi corazón se termina de romper en mil pedazos en ese mismo instante.
El destino siempre encuentra la forma más retorcida de hacer estallar las burbujas de felicidad.
Justo cuando empezaba a creer que por fin habíamos encontrado nuestro rumbo, la puta realidad vuelve para recordarnos que en este barco no hay sitio para las dos.
Y que todavía queda una batalla brutal por librar.
Una batalla por el mismo puesto en la que, esta vez, ya no valdrán los sacrificios de amor.