Un desastre perfecto 26
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Maika

El amanecer se filtra con una lentitud casi perezosa por la pequeña rendija de la cortina del camarote de Helen, como si el mismísimo mar Mediterráneo arrastrara el mismo y delicioso agotamiento que nos invade el cuerpo tras nuestra noche de locura.

Mi uniforme arrugado descansa en una esquina junto a su impecable camisa, mezclado con una toalla húmeda, un zapato solitario y esa dignidad profesional que las dos tiramos por la borda sin el menor remordimiento.

Todavía siento el cosquilleo de su piel pegada a la mía, el calor persistente de sus manos y la intensidad de su mirada cuando, por fin, decidió mandar a paseo los manuales y dedicarse a devorarme.

Estoy tumbada boca arriba, con una sonrisa dibujada en la cara y el pecho todavía agitado, mientras el barco avanza con paso firme hacia Cagliari.

De repente, noto el colchón moverse. Helen está sentada en el borde de la cama, envuelta en la sábana blanca hasta la cintura, dejando al descubierto su espalda perfecta.

Y de repente, la veo con las gafas de montura negra puestas, una imagen endiabladamente sexi.

«Me va a tocar pedirle que las use más a menudo».

Al ver que está con la tablet suelto una risita ronca.

—Dime que no estás trabajando de verdad, por favor.

Helen levanta la vista por encima de la pantalla y, durante un segundo, regresa a sus ojos esa mirada cálida, y brillante de hace unas horas.

—Solo estoy repasando unas notas de seguridad… —responde con su habitual tono calmado.

—A ver. Hemos cometido como mínimo tres delitos contra el decoro marítimo esta noche y tú te pones a leer informes de cubierta. De verdad, lo tuyo es para que lo mire un médico —comento, incorporándome un poco sobre los codos.

—No fueron delitos —replica ella de inmediato.

—No sé yo… para mí que violamos por lo menos el artículo cincuenta del reglamento de la compañía —bromeo.

Ella se ruboriza un poco, poniéndose de un rojo encantador. Me fascina provocarla.

—No exageres, Maika —murmura.

—¿Que no exagere? Casi me rompo la crisma contra la barandilla al intentar salir del agua a oscuras para que no nos pillaran.

—Te advertí tres veces que no corrieras por el suelo mojado —me recuerda, dejando la tablet sobre sus muslos desnudos por un momento.

—Y yo te dije un montón de cosas al oído que decidiste ignorar para seguir dándome caña —respondo con un guiño descarado.

Sus labios se curvan un poco más, rompiendo su fachada de hielo. Dios, qué problema tan serio y tan adictivo es esta mujer para mi cordura. Me incorporo despacio y Helen clava su mirada en mí de inmediato, como si comprobara el alcance de los daños de nuestra batalla nocturna.

—Anda, deja los deberes y ven aquí un momento —le pido, palmeando el hueco a mi lado.

Cuando se tumba a mi lado, el camarote entero parece encogerse hasta volverse el lugar más íntimo del planeta. Le aparto un mechón del rostro y, al mirarla tan de cerca, comprendo que, si esta mujer pierde la oportunidad de ascender, no me lo voy a perdonar.

—De verdad… necesito revisar el informe para la próxima reunión con Julianne —dice, aunque su voz carece de fuerza mientras me regala un beso tierno y lento en el hombro desnudo antes de volver a estirar el brazo hacia la tablet .

No sé si fui yo la que provocó que se sienta tan presionada con la inspección, pero Helen sigue obsesionada con demostrar que es perfecta para el cargo. Y quizá porque la quiero tanto, o porque soy una idiota sentimental, decido en ese preciso instante lo que voy a hacer.

—¿Qué ocurre? —pregunta de pronto, interrumpiendo mis pensamientos al notar que me he quedado callada mirándola fijamente.

—Nada importante.

—Te conozco de sobra. ¿Qué estás tramando en esa cabecita loca? —insiste, dejando la pantalla de lado para prestarme toda su atención.

—Solo pensaba que estás increíblemente atractiva cuando te pones en modo trabajo. Me pone muchísimo.

Ella me mira fijamente, intentando aguantar la seriedad, y luego arruga la nariz.

—Eso no es nada profesional, ni sexi.

—Para ti no, porque eres una cuadriculada. Para mí, es pura fantasía —afirmo.

Helen resopla, agarra una almohada y me da un golpe con ella en la cara. Yo estallo en risas, me abalanzo sobre ella y, durante unos minutos preciosos, nos dedicamos a jugar entre las sábanas, logrando que el mundo exterior y la maldita competencia se queden fuera de nuestro refugio.

· · ·

El desayuno en el comedor de la tripulación es humillante y vergonzoso.

Y no es para menos. Nos hemos pasado la noche entera besándonos y desatando tormentas por los rincones del barco a escondidas de los oficiales.

Pero Gonzalo, que tiene un radar para el chisme, ya lo sabe todo.

Solo un ciego no se daría cuenta del brillo que llevamos en la cara.

Nos espera sentado en una de las mesas del fondo, disfrutando de cada segundo de nuestro nerviosismo.

—Buenos días, tortolitas —nos saluda en cuanto nos ve aparecer con las bandejas, mientras luce una sonrisa burlona.

Helen casi deja caer el tazón de cereales del susto. Yo, haciendo gala de mis tablas en animación, me siento frente a él con toda la dignidad y el aplomo que consigo reunir.

—Voy a lanzarte a los tiburones en cuanto curvemos la costa de Cerdeña —le amenazo, clavándole el tenedor en una salchicha—. No, mira, creo que lo haré ahora mismo si vuelves a usar ese tono.

—Uy, amenazas de muerte antes del primer café. ¿Qué pasa, que todavía te dura el subidón de la adrenalina? —responde él, completamente inmune a mis ojos de asesina.

Helen se sienta a mi lado totalmente rígida, evitando mirar directamente a Gonzalo. Un error táctico tremendo por su parte.

—¿Qué tal se ha dado la noche? ¿Habéis descansado bien en vuestras respectivas… camas? —pregunta Gonzalo con un deje de ironía.

—Cállate de una santa vez, Gonzalo —le espeta Helen de inmediato.

Gonzalo abre mucho los ojos, encantado con la reacción.

—Madre mía, cómo venimos. Por cierto, chicas, una pregunta técnica… ¿qué tal estaba el agua del jacuzzi de proa? Porque me han dicho que el vapor anoche era cosa fina.

Helen se atraganta con el sorbo de café, y empieza a toser.

—¿Cómo…? —me atrevo a preguntar.

—Maika, por favor, que trabajas en un crucero de pasajeros, no en el cuartel general del MI6. Aquí los secretos vuelan más rápido que las piñas cortadas en el buffet de la piscina —explica él, apoyando los codos en la mesa—. Las paredes del barco son de papel.

Helen parece querer que la tierra la trague.

—Nadie nos vio allí. Me aseguré de revisar el cuadrante de la guardia —murmura, desesperadamente.

—Puede que no directamente… —aclara Gonzalo, saboreando el momento—.

Pero Laura, la de recepción, os vio subir juntas hacia la zona restringida de proa.

Y luego, casualmente, vio bajar a Helen con el pelo hecho un nido de grillos y el uniforme arrugado, y a ti, casi igual.

Si sumas dos más dos, te sale un orgasmo en alta mar.

Helen gira lentamente la cabeza hacia mí, con los ojos como platos.

—¿De verdad llevaba el pelo tan mal? —me pregunta en un susurro horrorizado.

—Cariño, seguro que hasta llevabas los galones del revés —añade Gonzalo antes de romper a reír a carcajadas.

Ver a la gran y temida oficial de seguridad así, avergonzada, despeinada por mí y tan sumamente humana, me resulta tan jodidamente adorable que me cuesta respirar.

—No vuelvo a dirigirte la palabra en todo el contrato —murmura Helen hacia Gonzalo, tapándose la cara con las dos manos.

—Eso me decís todos antes de acabar llorando en mi hombro para contarme vuestros traumas —responde él, guiñándole un ojo.

—Nosotras no tenemos traumas —protesta Helen, recuperando un poco el orgullo.

Gonzalo y yo la miramos exactamente al mismo tiempo, arqueando una ceja con la misma expresión incredulidad. Ella nos mira, aguanta tres segundos y termina por suspirar profundamente, dándose por vencida.

—Vale. Puede que tengamos algunos.

—Muchos —la corrijo con cariño, dándole un suave toque con mi rodilla por debajo de la mesa.

—Y bastante graves —remata Gonzalo, robándole una tostada de la bandeja a Helen.

De repente, el comunicador oficial que Helen lleva enganchado al cinturón vibra, interrumpiendo el momento. Helen lee la pantalla táctil y su expresión se transforma al instante.

—Julianne quiere vernos a las dos en la sala de juntas en treinta minutos —anuncia con seriedad, guardándose el aparato.

—Uy, uy, uy… —comenta Gonzalo—. Reunión sorpresa con la jefa suprema. Eso nunca trae nada bueno, chicas. Debéis estar al loro.

Y, por desgracia, no se equivoca en absoluto.

La reunión tiene lugar en la misma sala acristalada de la cubierta superior. Desde los enormes ventanales se contempla el mar abierto y la silueta lejana y montañosa de Cerdeña emergiendo entre la bruma del horizonte. Julianne Ferguson nos espera sentada a la mesa de diseño con su tablet .

—Antes de entrar en materia —comienza—, quería transmitiros mi más sincera enhorabuena por el excelente despliegue de seguridad en Nápoles y, por supuesto, por el arrollador éxito del evento benéfico de ayer en la piscina. El pasaje está encantado.

Helen carraspea, recuperando su pose. Yo sonrío con picardía.

—Bueno, el limoncello que añadimos a última hora hizo gran parte del trabajo, no le voy a mentir —admito con honestidad.

Julianne esboza una sonrisa mínima, casi imperceptible.

—Lo imaginé. Vuestra capacidad para trabajar en equipo y resolver crisis resulta verdaderamente excepcional, incluso en las situaciones más… poco convencionales.

Las palabras «poco convencionales» resuenan en las paredes con un eco sospechoso.

—Sin embargo… —prosigue Julianne, entrelazando los dedos sobre la mesa—, hay un factor crucial que debéis entender de cara al puesto.

La compañía busca a una líder capaz de priorizar los objetivos globales de la naviera por encima de cualquier tipo de dinámica personal o afectiva. Aunque sepa entender al pasajero.

Siento cómo Helen se pone rígida a mi lado. A mí se me borra la sonrisa de golpe. Porque por primera vez nos están diciendo a la cara que lo nuestro es evidente, tangible, y que puede costar una carrera profesional.

—¿Eso significa que cree que somos un problema? —pregunto, directa y sin filtros.

Julianne me sostiene la mirada sin pestañear.

—Creo que sois dos mujeres extraordinariamente brillantes. Pero debéis decidir por vosotras mismas si esta creciente… colaboración entre ambas suma al día a día del buque, o si, por el contrario, compromete vuestra capacidad de liderazgo y vuestra objetividad a la hora de competir por un puesto.

Helen inspira lentamente.

—Yo creo que nuestro trabajo no se ha visto afectado —afirma—. Más bien al contrario.

—No lo niego, Helen. Al menos por ahora —reconoce Julianne, guardando la tablet en su maletín—. Pero este puesto exige tomar decisiones muy difíciles y a veces solitarias. Y ya os dejamos claro desde el primer día que solo hay una vacante disponible. Pensadlo bien.

La reunión termina pocos minutos después con un frío apretón de manos. Julianne nos despide con un par de recomendaciones sobre la escala en Cagliari. Helen sale de la sala de juntas mucho más callada e introspectiva de lo habitual y caminamos hacia una zona tranquila de cubierta.

—No soporto esta sensación de sentirme analizada y juzgada a cada segundo —confiesa.

—Es que es lo que hacen cuando huelen el peligro —le respondo, colocándome a su lado.

—Gracias por el apoyo emocional. Siempre tan optimista —ironiza ella.

—Para eso me pagan.

Justo en ese instante, al ver la sombra de preocupación en sus ojos, termino de tomar la decisión. Me coloco justo enfrente de ella, cortándole el paso y obligándola a mirarme directamente a los ojos.

—He estado pensando mucho esta mañana, Helen. Te he visto preparando reuniones a las seis de la mañana en el camarote después de… bueno, después de habernos agotado físicamente durante horas.

Helen se pone roja como un tomate de inmediato, mirando a los lados.

—Maika, por favor, estamos en cubierta…

—No, escúchame bien porque lo digo en serio —le corto, agarrándola por las solapas de la chaqueta para que no escape—. He comprendido algo. Tú necesitas este puesto. Lo veo en tus ojos cada vez que hablas de ello, del futuro, de la estabilidad de tu vida… Necesitas este ascenso.

Helen baja la mirada, con la mandíbula apretada.

—Maika…

—He decidido que no voy a pelear por el puesto —declaro.

Ella levanta la cabeza de golpe, como si le hubiera dado una bofetada.

—¿Qué? ¿Te has vuelto loca?

—No. No voy a competir contigo, Helen. Me retiro de la selección. No me da la gana ser la persona que se interponga entre tú y el sueño por el que llevas dejándote la piel años.

Helen frunce el ceño, visiblemente afectada y enfadada a la vez.

—No puedes tomar una decisión de este calibre así como así, Maika. Tú también eres jodidamente buena en lo tuyo y mereces ese puesto tanto como yo.

—Lo sé, soy fantástica, no me lo recuerdes —reconozco con una sonrisa chulesca—. Pero la diferencia es que tú necesitas ese puesto para estar en paz. Yo… yo solo necesito otras cosas para ser feliz. Cosas que no dependen de un despacho en tierra firme.

Aunque la veo enfadada, no puedo evitar acariciar su mejilla con el pulgar.

—A mí me basta con verte sonreír y dormir tranquila por las noches. Por ello, sería capaz de incendiar este barco entero.