Un desastre perfecto 25
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Helen

El viento nocturno azota la proa del Marine IV como si quisiera recordarme que acabo de mandar a tomar por saco todos y cada uno de los protocolos de la naviera.

Mi uniforme está arruinado, manchado de limón y azúcar.

Siento el rastro pegajoso de la mezcla adherido a mi piel, la prueba irrefutable de que, por mucho que intente mantener el control de mi vida, cuando Maika está cerca, mis defensas se cortocircuitan.

El aire fresco del Mediterráneo choca violentamente contra el calor que irradia mi cuerpo.

Justo debajo del puente de mando, en esta zona de acceso restringido a la tripulación, el jacuzzi pequeño burbujea, desprendiendo un vapor espeso que nubla mi capacidad de raciocinio.

Las luces de los niveles superiores son tenues, casi cómplices.

A nuestro alrededor solo hay acero, cabos enrollados y la oscuridad imponente del mar.

Nadie puede vernos aquí. Nadie debería hacerlo.

Maika está de pie a mi lado, todavía con el delantal del concurso puesto y una chispa traviesa en los ojos que me altera el pulso de inmediato.

—Helen. Hazme un favor y apaga esa cabecita tuya cinco minutos.

Intento aferrarme a la lógica, buscando desesperadamente una frase que ponga orden en mi sistema, pero es una causa perdida.

—Maika, esto es una auténtica imprudencia. La probabilidad de que los de seguridad pasen por aquí, es posible. Y mi uniforme…

Ella no me deja terminar. Da un paso al frente, recortando la distancia, y sus dedos se posan directamente sobre el primer botón.

No aparta sus ojos de los míos, sosteniéndome la mirada con un descaro que me hace temblar.

Noto la presión exacta de su tacto, la temperatura de su piel contra la mía y ese leve rubor en sus mejillas que delata que se está muriendo de ganas de devorarme.

—El uniforme ya está echado a perder… —murmura, comenzando a desabotonar la prenda con una lentitud exasperante que me obliga a contener la respiración—. Al igual que tu tan preciado autocontrol.

El primer botón cede. El segundo también. El aire gélido de la noche besa la piel expuesta de mi cuello y mi clavícula, contrastando de forma salvaje con el fuego que empieza a correr de prisa hacia mi pelvis. Huelo a limón, a azúcar, a mar… y a ella.

Mi mente intenta jugarme una última mala pasada, buscando catalogar la situación como un simple desliz, una tregua tras la victoria. Pero es mentira. Maika ya no es mi rival en este barco. Maika es mi absoluta perdición.

Antes de que pueda añadir nada, me desliza la chaquetilla por los hombros y la deja caer sin miramientos.

Mis brazos quedan al descubierto, igual que mi camiseta interior blanca.

Maika da un paso atrás, se desata el delantal y lo arroja al suelo.

Debajo lleva una camiseta ajustada que realza sus curvas y los pantalones de cocina.

La iluminación difusa que escapa del jacuzzi perfila su silueta de una manera que me deja sin aliento.

—Ven aquí —ordena en un susurro, y estira una mano hacia mí.

No me lo pienses dos veces. Me deshago del resto de mi ropa con una prisa que no me reconozco, amontonándola en cualquier rincón.

Ella hace exactamente lo mismo, desnudándose con una sensualidad innata que me enciende la sangre.

Cuando vuelve a tomarme de la mano, me guía directa hacia el borde del agua.

El vapor nos envuelve por completo.

Me hundo en el jacuzzi hasta la cintura.

El agua caliente abraza mis caderas, disolviendo los restos de azúcar pegajoso, la tensión y el agotamiento del día, pero intensificando ese aroma cítrico que llevo encima.

Maika entra justo detrás de mí. Siento el oleaje del agua y, de inmediato, su cuerpo caliente se pega por completo a mi espalda.

Percibo la firmeza de sus pechos contra mis omóplatos y sus manos, decididas y posesivas, rodeando mi cintura por debajo del agua.

—Maika, de verdad… —lo intento de nuevo, aunque mi voz suena muchísimo más débil y rendida de lo que pretendía—. No deberíamos… Si alguien de cubierta se asoma y nos ve…

Sus labios rozan mi nuca, interrumpiéndome. Me da un beso ligero, tierno, seguido de otro que me hace arquear la espalda. Sus dientes muerden suavemente mi piel y un escalofrío eléctrico me recorre la columna vertebral, mandando a paseo cualquier argumento lógico.

—Cállate de una vez, Helen —susurra contra mi oído, rozando mi lóbulo con los labios mientras su aliento caliente me quema—. Esta noche las órdenes las dicto yo.

Sus manos suben por mi torso. Sus uñas raspan suavemente mis costillas por encima del agua, arrancándome un suspiro pesado mientras disfruto del contraste de temperatura en mis hombros descubiertos.

Sin darme tiempo a reaccionar, Maika cubre mis pechos con sus palmas, amasándolos con urgencia que me vuelve loca y haciendo que mis pezones se endurezcan al instante bajo sus dedos.

Un goteo de placer me recorre el vientre y un gemido sordo escapa de mi garganta sin que pueda contenerlo.

—Vaya, vaya… pero si la oficial de seguridad sabe gemir —murmura bromista, pellizcando un pezón entre el pulgar y el índice—. ¿Dónde ha quedado esa postura tan estricta?

Sus palabras actúan como gasolina sobre el fuego.

Noto cómo mi mente analítica se pierde por completo.

Maika me obliga a girarme dentro del agua para quedar de cara a ella, apoyándome contra el borde del jacuzzi.

Al mirar esos ojos suyos, brillantes, cargados de una necesidad salvaje, me olvido de los riesgos, de la tripulación y de las consecuencias.

Me lanzo directamente a por su boca. Al principio choca con su sorpresa, pero Maika tarda apenas un segundo en tomar las riendas.

Su lengua invade mi boca, reclamándola, explorando cada rincón con una autoridad que me fascina.

Sabe a limón y a victoria. Mis manos, desesperadas por tocarla, se aferran a sus hombros desnudos, bajan por su espalda y la tiran con fuerza hacia mí, queriendo fundir nuestras pieles.

Maika aprovecha el impulso para pasar una pierna a cada lado de mi cintura, quedando a horcajadas sobre mi regazo.

Con ella en esa posición, me inclino hacia delante y capturo uno de sus pechos con la boca, succionando su pezón con un hambre que no sabía que poseía.

Maika suelta un gemido agudo, y arquea la espalda hacia mí mientras enreda los dedos en mi pelo con fuerza, tirando de mí mientras jadea sobre mi oído.

—Así… por favor —gime, perdiendo también el aliento.

Escuchar mi nombre en su boca, quebrado por el deseo, me hace sentir más viva que nunca. Ya no estoy en tránsito, ya no pienso en el futuro de la naviera. Estoy aquí. Con ella.

Nos deslizamos un poco más abajo en el agua, dejando que el oleaje burbujeante nos golpee.

Nuestros cuerpos se frotan de manera inevitable, generando una fricción que me arranca chispas.

Mis manos exploran la sinuosidad de sus curvas: su cintura estrecha, sus caderas generosas y ese culo firme que aprieto con fuerza para estampar su intimidad contra la mía.

Maika me empuja de espaldas contra el borde del jacuzzi.

Y después, sus manos descienden por mi vientre, sumergiéndose en el agua caliente, siguiendo un camino ardiente que va directo a mi entrepierna.

El agua lame mi sexo expuesto, pero es la anticipación de sus dedos lo que me hace temblar por completo.

—Mírame, Helen —ordena, con la respiración entrecortada.

Clavo mis ojos en los suyos. Maika abre mis piernas un poco más y desliza sus dedos entre mis labios, encontrándome completamente empapada por su culpa.

Mi cabeza cae hacia atrás instantáneamente.

El cielo nocturno es un manto oscuro sobre nosotras, y el único sonido que nos acompaña es el rugido del mar.

Maika empieza a moverse, hundiéndose en mí.

—Maika… —jadeo. Y mi fachada se desintegra—. Esto es demasiado… oh, Dios…

Ella no responde con palabras. Sus dedos se curvan dentro de mí, y logra que sacuda las caderas contra su mano de forma involuntaria. El agua se agita a nuestro alrededor.

—No pares…, por favor, no pares —le suplico, completamente entregada.

Maika acelera el ritmo. Su lengua encuentra mi cuello, mientras sus dedos me repasan por dentro sin piedad.

El contraste es una puta locura: el agua caliente, el viento fresco en mi piel, su boca de fuego…

Siento la presión acumularse en mi centro hasta que exploto.

El orgasmo me atraviesa como una onda expansiva en alta mar.

Pero no me da tiempo ni a recuperar el aliento, porque Maika se mueve con rapidez y, antes de que pueda procesarlo, se sienta sobre el borde, abriendo sus piernas de par en par frente a mí, ofreciéndose sin reservas.

—¿Qué pasa? ¿Te has quedado con hambre? —pregunta con esa sonrisa pícara y desafiante.

Me arrodillo en el agua entre sus muslos.

Su sexo está hinchado, brillante y tentador.

El aroma de su excitación me golpea, y no espero un segundo más.

La pruebo. Dios, sabe a gloria, completamente adictiva.

Lamo su sexo de abajo hacia arriba, saboreando cada pliegue con lentitud antes de centrarme en su clítoris.

Maika suelta un gemido alto que se pierde en la noche y sus manos se clavan en mi pelo, guiando mis movimientos, antes de penetrarla sin pensármelo más.

Está tan sumamente mojada que mis dedos entran de golpe.

Y cuando me pide por más. Obedezco encantada.

Noto cómo sus caderas se presionan contra mi rostro con desesperación.

Sus gemidos se vuelven más agudos, más rotos y libres de cualquier control.

Cuando llega al orgasmo, sus paredes internas estrujan mis dedos con una fuerza increíble y gime mi nombre al viento de la proa.

Es la imagen más jodidamente hermosa que he visto en mi vida: Maika corriéndose, agitada, ardiente… y mía. Sí, mía.

Nos dejamos caer de nuevo en el agua, abrazándonos con fuerza mientras jadeamos para recuperar el aire, dejando que el silencio de la noche nos envuelva.

Siento el viento enfriar las gotas de agua en mis hombros, pero el calor que emana de nosotras lo compensa todo.

Beso su cuello y la línea de su mandíbula.

Ella acaricia mi espalda, bajando las manos hasta mis nalgas para apretarlas con fuerza, pegando su cadera a la mía de nuevo.

—¿Quién ha dicho que hayamos terminado? —susurra Maika con un deje peligroso en la voz.

Me gira con facilidad, colocándome de espaldas a ella, apoyada contra el borde.

Sus pechos se presionan contra mi espalda desnuda y una de sus manos desciende entre mis piernas desde atrás, frotando mi sexo aún sensible.

Gimo con fuerza, pero el sonido se transforma en un grito que ahogo contra mi brazo cuando me penetra de golpe, follándome con un ritmo salvaje, constante, mientras el agua nos mece.

—Dime si me sientes, Helen… dímelo —murmura, mordiéndome el lóbulo de la oreja.

—Sí… joder, sí —afirmo, perdiendo la noción de la realidad. Ya no existen las listas de tareas, ni el orden. Solo están sus dedos, su cuerpo y su voz mandando en mí.

Un segundo orgasmo, muchísimo más intenso y devastador que el primero, me golpea las entrañas, haciéndome temblar de arriba abajo.

A partir de ahí, perdemos la cuenta. Cambiamos de posición innumerables veces.

Maika me sienta sobre su regazo, cara a cara, sin dejar de tocarnos.

Nos movemos juntas en un compás perfecto, besándonos con una necesidad implacable, mordiéndonos los labios y enredando nuestras lenguas.

Los dedos de mi mano libre se clavan en sus pechos.

El placer aumenta de manera sincronizada, como dos fuerzas de la naturaleza que encuentran la armonía perfecta en mitad del caos.

Cuando nos corremos juntas esta vez, la sacudida es brutal. Por primera vez en muchísimos años, siento que pertenezco a algún lugar. A ella. A su desorden. He encontrado tierra firme en mitad del océano. Por mucho que este viaje sea efímero.

Minutos después, nos quedamos flotando y abrazadas la una a la otra, dejando que el agua templada nos arrulle. Mi mente, agotada y flotando en una nube de endorfinas, empieza a procesar lo que esto significa de cara a la evaluación.

—Pase lo que pase con el puesto… —murmuro contra su cuello—. Ya me es imposible verte como mi rival, Maika.

Ella deposita un beso tierno en mi frente y yo sonrío contra su piel mojada. El caos de Maika ha derribado todas mis estructuras, y ya no tengo el más mínimo deseo de volver a reconstruirlas.