24 #2
Las palabras salen de mi boca antes de que mi cerebro pueda ponerles freno. Helen se queda inmóvil apenas un segundo, con las puntas de las orejas tiñéndose de un rojo adorable. Después carraspea, se recoloca la camisa del uniforme y vuelve a la receta.
«Interesante. Muy interesante. La oficial de mi corazón también se pone nerviosa».
Intento no sonreír demasiado mientras el DJ de la piscina cambia a una canción más animada.
Seguimos trabajando con la tensión suspirándonos en la nuca, dedicándonos miradas peligrosamente largas y cargadas de dobles intenciones, hasta que llega el momento fatídico de usar la batidora industrial para mantecar el hielo.
Y ahí empieza oficialmente nuestra caída libre hacia el caos más absoluto.
—Déjame hacerlo a mí —dice Helen autoritaria, agarrando el aparato.
—¿Por qué? Confía un poco en mis manos.
—Porque estoy segura de que ese es el primer paso hacia el desastre.
—Eso ha sonado a una crítica muy personal y dolorosa, Helen.
—Ha sonado a una observación empírica basada en tus antecedentes —replica ella mientras esboza una sonrisa sumamente atractiva.
Le saco la lengua discretamente cuando se gira.
Helen conecta la batidora a la toma de la mesa.
Al principio todo va sobre ruedas. Durante exactamente siete segundos.
Luego la máquina emite un quejido extraño, después un traqueteo digno de un motor, y finalmente decide rebelarse contra nosotras.
Vibra con la fuerza de un terremoto —hay que darle drama a la narración ¿no?
— y la mezcla semilíquida de limón sale disparada en todas direcciones como un geiser descontrolado.
—¡Mierda! —grita Helen por la sorpresa.
Un chorro espeso de crema helada impacta de lleno contra su uniforme, justo sobre los galones.
Otro me da a mí en plena cara, cegándome un ojo.
El público de las hamacas estalla en una carcajada unánime.
Yo, lejos de enfadarme, me río muchísimo, sosteniéndome la barriga.
Y de mientras, Helen mira su ropa como si acabara de presenciar un crimen de guerra pastelero.
—No te rías, que esto no tiene ninguna gracia —protesta, aunque sus ojos brillan de diversión.
—No puedo… no puedo respirar —consigo decir entre carcajadas, limpiándome el ojo con el delantal.
Helen intenta apagar el dichoso artefacto mientras otra salpicadura nos alcanza de rebote.
Ahora tengo crema ácida en el pelo y Helen tiene un chorrillo deslizándose por el cuello hacia el escote de la camisa.
La escena es tan sumamente ridícula que varias mesas de pasajeros comienzan a aplaudir y a jalearnos.
—Esto es humillante —protesta ella, intentando limpiarse inútilmente.
—Yo opino que estás especialmente sexi con ese trozo de limón en la ceja derecha.
—Pues tú tienes toda la cara pringada de azúcar, pareces un pastelito.
Intento limpiarme con la mano y termino de pringar la situación. Helen suelta un sonido frustrado, mitad risa, mitad desesperación, agarra una servilleta de papel y da un paso adelante, acortando toda la distancia entre las dos.
—Estate quieta un momento, terremoto.
La observo en silencio, conteniendo el aliento, mientras me limpia con un cuidado.
Está demasiado cerca, sus dedos rozan mi piel a través del papel y el mundo entero —los gritos de la piscina, la música caribeña, los pasajeros— parece bajar el volumen de golpe.
Todo se vuelve borroso, un fondo difuminado.
Helen levanta apenas la mirada, nuestros ojos se encuentran a escasos centímetros y por un instante eterno parece que va a romper todas las normas y me va a besar aquí mismo.
Lo veo en sus ojos. Lo siento en su respiración.
Está tan cerca que mi corazón se olvida por completo de cómo latir con normalidad.
Entonces alguien suelta un silbido descarado desde las hamacas y nos separamos de golpe, como si nos hubiera pillado el mismísimo Capitán.
—Tenemos que terminar el postre para el jurado —apunta Helen, recomponiéndose como puede.
En el momento del emplatado en las copas de cristal, decido que al sorbete le falta el toque maestro de la animación. Localizo la botella de limoncello de la reserva de cocina y le echo un chorro generoso mientras Helen decora el borde con ralladura.
—¿Qué demonios has hecho? —pregunta al percibir el aroma.
—Magia e ingenio italiano. Confía en mis dotes comerciales.
El chef ejecutivo va pasando mesa por mesa probando los postres, mientras el público observa expectante y en silencio.
Helen mantiene los brazos cruzados, rígida, con la tensión visible en su postura corporal.
Yo intento parecer la viva imagen de la tranquilidad, aunque por dentro le estoy rezando a todos los santos de la hostelería disponibles.
El Capitán del barco prueba nuestro sorbete con parsimonia. Julianne Ferguson hace lo mismo y sonríe apenas, mirando a Helen. Arturo Valdés levanta una ceja con evidente interés tras el primer bocado. Finalmente, el chef ejecutivo deja la cuchara de plata sobre la mesa de los jueces.
—Excelente textura, a pesar del… incidente técnico con la batidora —comunica el chef mirando el uniforme de Helen—. El ácido está muy bien equilibrado… y ese toque final de licor es sorprendentemente elegante y atrevido.
Sonrío saboreando el triunfo. Ya me podéis imaginar con el puño cerrado y saltando por ahí.
· · ·
—¡Y las ganadoras indiscutibles del concurso benéfico son… la oficial de seguridad, Helen Müller, y nuestra coordinadora de animación, Maika Aranda, con su sorbete torpedo!
La cubierta de la piscina explota en aplausos, silbidos y vítores.
Yo doy un salto y grito emocionada, olvidando las formas.
Helen necesita varios segundos. Después, se gira hacia mí y empieza a reírse.
Una risa auténtica, libre, luminosa y desordenada que me golpea directamente en el pecho, enamorándome un poco más.
Dios. Creo que sería capaz de sabotear todas las batidoras del barco solo por volver a escucharla reír así.
Nos entregan una pequeña placa de madera con el logo de la naviera y una botella de champán de la reserva del barco mientras los pasajeros aplauden encantados desde las plantas superiores.
—La química y el sabor han sido excelentes —nos comenta el chef ejecutivo, y nos quiña un ojo antes de retirarse.
Química. Qué gracioso. Muy, muy gracioso. Ay querido Neptuno si él supiera.
Cuando la multitud de pasajeros comienza a dispersarse hacia los jacuzzis y el resto de las actividades, Helen y yo nos quedamos solas junto a nuestra estación de trabajo, convertida en un auténtico campo de batalla.
Tenemos restos de nata en la ropa, las manos pegajosas y aroma a limón hasta en el alma.
Helen me observa detenidamente unos segundos y luego niega con la cabeza.
—Eres un auténtico peligro público para la seguridad del barco, Maika Aranda.
«Joder, muero por probar esos labios con sabor a limón», pienso. Y en su lugar, respondo:
—Y aun así … hemos ganado.
Helen baja la vista a mi boca un instante largo, devorándola con la mirada. Después vuelve a mis ojos. Y el aire de la cubierta, se llena de una electricidad imposible de ignorar.