Un desastre perfecto 24
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Maika

—Esto va a ser un desastre.

Afirmo mientras observo la cocina improvisada junto a la piscina principal, como quien contempla el escenario de una tragedia que se anuncia con música tropical a todo volumen.

Delante de nosotras, varias mesas de trabajo de acero inoxidable se alinean en el centro.

Las cubiertas de teca relucen bajo el cielo, las hamacas están abarrotadas y, al fondo, el equipo de sonido de animación ya tiene listos los micrófonos.

Los pasajeros disfrutan de sus cócteles y siguen con interés el concurso culinario benéfico que ha organizado la naviera para el día de navegación.

Y ahí estamos Helen y yo, con delantales corporativos sobre la ropa, rodeadas de limones y con una nula experiencia a la hora de preparar un sorbetto di limone delante de más de trescientas personas en chanclas. Desde luego, esto no puede acabar bien.

Por mucho que Helen esté estudiando la receta con suma concentración.

Lleva las gafas apoyadas sobre la nariz y el ceño fruncido.

Su uniforme blanco de oficial —camisa de manga corta con sus galones dorados y pantalones— está impoluto, de momento, bajo el delantal.

Lleva el pelo recogido en una coleta que parece capaz de resistir un huracán de categoría cinco en alta mar.

Lo que viene a ser, una mujerona en toda regla.

—Ahora sí puedes llamarlo «Operación Citrus» —responde ella sin levantar la vista del papel—. Tenemos que ser las mejores, sin más opciones. Como oficiales y tripulación, daremos ejemplo.

La miro con total incredulidad y dejo escapar un suspiro largo.

—Helen, preciosa, esto es territorio desconocido para mí. Yo coordino las clases de bachata y los bingos, no me manejo con la cocina. Así que no pidas imposibles.

—La receta tiene instrucciones muy claras —insiste ella, serena, y me pone el papel en la cara, como si tener las letras a Times New Roman 14 fuera a obrar el milagro de convertirme en chef.

—También las tienen los muebles de Ikea, y una vez me sobraron seis tornillos y terminé con una estantería que parecía una escultura de arte moderno.

Ella suspira como si reuniera toda la paciencia del universo antes de contestar.

—Concéntrate, Maika. Solo un poco.

—Eso intento, de verdad, pero me distrae mucho la idea de provocar una intoxicación colectiva a bordo y tener que poner el barco en cuarentena. Imagina los titulares en tierra.

Helen levanta la vista al fin y me atraviesa con esa mirada seria que, últimamente, ya no me intimida tanto. Al contrario, me enciende. Debajo de su habitual control percibo otras cosas, cosas que me encantan mucho más.

A nuestro alrededor, las demás parejas ocupan sus estaciones.

El primer oficial de puente, el jefe de máquinas, algunos compañeros de mi propio equipo de animación e incluso el médico de a bordo intentan batir algo que tiene pinta de cemento armado.

Gonzalo pasa por detrás de nosotras con una copa de blanco bien frío en la mano y una sonrisa tan satisfecha que me entran ganas de lanzarle un limón directo a la cara.

—¿Disfrutando de vuestra cita culinaria, queridas? —pregunta con sorna, encantado de habernos apuntado al evento benéfico.

—Voy a asesinarte y a tirarte por la borda mientras duermes, Gonzalo. Te lo prometo —le amenazo con el rallador en la mano.

—Vaya… sí que está alta la tensión sexual por aquí —responde él, riéndose por lo bajo.

Helen carraspea, visiblemente molesta.

—Gonzalo, desaparece de mi vista ahora mismo si no quieres que te abra un expediente.

—Uy, uy… Que la oficial de seguridad se pone agresiva. Me encanta.

—Tienes tres segundos —advierte Helen y empieza a enseñarle los dedos con una mirada que derretiría los icebergs del Atlántico Norte.

—Me voy, me voy. Pero recordad que esto es por una buena causa, que los fondos van para la ONG. Y, Maika… —Me guiña un ojo con descaro—, no incendies la cubierta, por favor.

Gonzalo se aleja riéndose a carcajadas, hundiéndose entre la multitud de pasajeros que toman el sol.

—Le odio —murmuro entre dientes mientras lo veo marcharse.

—No, no lo haces —replica Helen con calma, aunque detecto un matiz divertido en su voz—. Es un pesado, pero tiene buen fondo.

Helen deja la receta sobre la mesa y comienza a ordenar los ingredientes. Sus movimientos son metódicos, casi hipnóticos. Es una delicia verla mandar, la verdad.

—Bien. Necesitamos azúcar, zumo de limón recién exprimido, ralladura fina, agua fría, hielo picado y…

—Y un milagro. Un milagro del tamaño del transatlántico —añado yo.

—Maika, déjalo ya —me reprende.

—Eh, que estoy ayudando con el apoyo emocional. Eso también debería puntuar para el jurado.

Ella me mira durante un segundo largo, y luego niega con la cabeza mientras una sonrisa mínima amenaza con asomar a sus labios.

Dios mío. Creo que estoy empezando a redescubrir todas sus sonrisas.

Y alguna que otra más. La pequeña y resignada.

La irónica que usa cuando algo le parece absurdo.

La que reserva para las estupideces de Gonzalo.

Y la que intenta esconder porque sabe perfectamente el efecto devastador y sísmico que provoca en mí.

El director de crucero sube al escenario de la piscina, micrófono en mano, y alza la voz con un entusiasmo contagioso que retumba en los altavoces.

—¡Bienvenidos al concurso benéfico de postres de la oficialidad! ¡Un aplauso para nuestros valientes!

Los pasajeros, acomodados en sus hamacas y en las mesas del bar de la piscina, aplauden y silban con ganas.

—Esta tarde, nuestras parejas competirán preparando el mejor sorbete de limón italiano del mediterráneo. El jurado lo componen nuestro chef ejecutivo, el Capitán del barco y… —Hace una pausa dramática—, miembros de la dirección de la naviera que están a bordo inspeccionando el barco.

Miro hacia la mesa del jurado, colocada a la sombra del toldo. Arturo Valdés y Julianne Ferguson levantan sus copas con absoluta tranquilidad, como si evaluar postres de la tripulación fuera parte de su rutina diaria.

—Esto empieza a parecer un tribunal de la Inquisición —murmura Helen, siguiendo mi mirada.

—¿Verdad? En cualquier momento nos pedirán sacrificios humanos o, peor aún, que les cuadremos los balances de seguridad en un Excel a medianoche.

—Los informes irán primero, seguro —responde ella con ironía.

—Qué miedo das cuando eres graciosa sin proponértelo, de verdad te lo digo.

Ella me ignora olímpicamente y se centra en los utensilios.

El concurso arranca entre aplausos, gritos del público y el sonido de una música caribeña de fondo.

Las parejas se ponen manos a la obra mientras los pasajeros observan encantados, algunos de pie apoyados en la barandilla de la cubierta superior.

Y entonces descubro algo fascinante: Helen cocina exactamente igual que trabaja en el departamento de seguridad. Perfectamente organizada.

—Cinco gramos más de azúcar alterarían por completo el equilibrio de la acidez del sorbete… —me informa, golpeándose los labios con el índice antes de pesar cada ingrediente en la balanza.

—¿Estamos haciendo un postre para el pasaje o desactivando una bomba? —bromeo, apoyando la barbilla en mi mano.

—La cocina es precisión, Maika —afirma ella.

—La cocina requiere fe, amor, un buen chorrito de alcohol y algo de improvisación, Helen.

—Eso no tiene ningún sentido científico.

—Y aun así estoy convencida de tener razón. Recuerda que la intuición es mi superpoder.

Ella resopla, y yo aprovecho el descuido para robar un poco de la mezcla líquida con el dedo. Helen me mira completamente horrorizada, como si hubiera violado el código marítimo.

—¡Maika!

—Está bueno. De verdad. Un poco ácido, pero promete —digo relamiéndome los labios.

—No puedes meter el dedo ahí. Estamos delante de los pasajeros y de los jefes. Ten un poquito de higiene, por favor.

— Ups , pues ya lo he hecho. Demasiado tarde para abrirme un parte —aclaro y me encojo de hombros.

—Estamos trabajando en público —insiste Helen, aunque noto cómo contiene una sonrisa y cómo sus ojos bajan un segundo a mi boca.

—Pues que el pasaje aprenda técnicas avanzadas de cata.

Helen cierra los ojos un instante, como si rezara a Neptuno por un poco más de paciencia.

—Por favor, intenta comportarte como una adulta durante treinta minutos. Solo eso.

—Eso suena aburridísimo y no va con mi puesto de animación, pero lo intentaré… —Me acerco un palmo a su oído, bajando la voz por encima de la música de la piscina—. Pero solo porque me lo pides tú.

Obedezco. Bueno, más o menos. Rallo los limones con energía mientras ella prepara la base del sorbete y, sorprendentemente, empezamos a funcionar.

Como siempre que dejamos de pelear por ver quién lleva la razón.

Helen organiza. Yo improviso. Ella corrige medidas.

Yo pruebo sabores. Ella piensa en la estructura molecular del hielo.

Yo me centro en que simplemente refresque al personal.

Y entre medias, en ese espacio estrecho de la mesa, nos rozamos continuamente.

Pequeños contactos absurdos de caderas y brazos que mi cuerpo registra como auténticos incendios forestales.

—Pásame el bol de acero, por favor —me pide.

—¿Este?

—No, el otro.

—Helen, hay siete boles idénticos.

—El mediano, Maika —especifica.

—Todos parecen medianos desde mi posición.

Suspira, se acerca por detrás y lo coge ella misma. Y en cuanto invade mi espacio personal, siento cómo el aire se atasca en mis pulmones.

—¿Estás bien? —pregunta, notando mi repentina parálisis.

—Perfectamente. El calor del verano, ya sabes —miento descaradamente.

—Acabas de echar sal gruesa en vez de azúcar refinada.

Miro el recipiente con horror.

—Ah. Ups .

Helen me quita el bote de las manos.

—Concéntrate un poco más, anda.

—Es tu culpa por existir, estar así de cerca, llevar esos galones y oler tan bien —suelto sin ningún tipo de filtro.