Un desastre perfecto 23
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Maika

Palermo. Sexto día de ruta.

El Marine IV hace escala en Palermo como si, después de lo que pasó en Roma y Nápoles, el universo decidiera ofrecernos una disculpa por tanto revuelo.

A las nueve y media de la mañana ya estoy en el punto acordado, justo al pasar el torno de salida de la tripulación en la cubierta de embarque.

Llevo las gafas de sol sujetas en lo alto de la cabeza, una blusa que se mueve con la brisa y un pantalón cómodo.

Mi única intención hoy es no pensar en emergencias, supervisores infiltrados, auditorías de la compañía y, sobre todo, en Helen.

La tripulación que no está de guardia tiene siete horas libres en tierra.

Siete. Eso significa que a las dieciséis treinta debemos estar de regreso a bordo y, si el destino me lo permite, voy a pasar un día de puta madre sin prisas de última hora.

Gonzalo me dijo que vendría. También Lara, Nico y, supuestamente, alguien más. Naturalmente, no aparecen ninguno de ellos. Sorpresivamente, la que cruza el control de seguridad es Helen.

Lleva un vestido camisero azul oscuro, de corte sencillo y elegante, que contrasta con su pelo recogido, y unas gafas de sol que amenazan con desequilibrar mi cordura mientras camina hacia mí.

—Hola —saluda, deteniéndose a una distancia prudente.

—Hola —respondo.

—¿Dónde está Gonzalo? —pregunta ella, paseando la mirada por el muelle con un leve tono de sospecha.

—Eso mismo me gustaría saber —contesto, y me encojo de hombros.

Mi móvil vibra en el bolsillo. Un segundo después, vibra el suyo. Las dos bajamos la mirada al mismo tiempo.

Hay un mensaje de Gonzalo en el grupo de WhatsApp que tenemos en común.

Gonzalo : O arregláis lo vuestro, u os juro que os tiro por la borda de camino a Cerdeña. Besitos.

Debajo coloca un emoji de ancla, otro de corazón y uno de berenjena que, por mi bienestar mental, ignoro por completo. Helen se queda mirando la pantalla. Frunce el ceño y aprieta los labios.

—Voy a matarlo —murmura entre dientes.

—Pues ponte a la cola —respondo yo.

Helen levanta la vista hacia mí. Durante un segundo parece a punto de disculparse por ocupar mi mismo metro cuadrado. Después inspira profundamente, como si recordara de golpe algún punto de su famosa lista de mejora interpersonal, y recupera la compostura.

—Podemos volver al barco —propone, echando un vistazo hacia la pasarela de acceso donde los pasajeros empiezan a desembarcar en masa.

—Podríamos… —admito—. O mejor, lo que podemos hacer es aceptar que Gonzalo nos ha manipulado descaradamente y aprovechar que estamos en Palermo para desconectar. Nos lo merecemos, ¿no crees?

Helen dirige la mirada hacia la ciudad, luego hacia el barco, que se ve imponente y gigantesco dominando el puerto, y, finalmente, clava sus ojos en mí.

—Tenemos que estar a bordo a las cuatro y media —insiste.

—Sí, mi oficial —respondo con sorna, llevándome la mano a la frente en un saludo militar.

Después, me mira por encima de las gafas, con esa ceja ligeramente arqueada que me deja entre suspiros.

—Ni te atrevas a usar ese tonito conmigo, Maika.

Estoy a punto de volver a hacerlo, y ella lo sabe.

—Perdón, es que me lo pones demasiado fácil —rectifico con una sonrisa traviesa.

Palermo nos recibe envuelta en esa belleza caótica que distingue a las ciudades de la costa italiana.

Las calles, iluminadas por un sol que parece teñirlo todo de dorado, están bañadas de un delicioso aroma a pan horneado, tomate, albahaca y cítricos.

Varias vespas pasan demasiado cerca de nosotras sorteando el tráfico y de los balcones colmados de ropa tendida se filtra una esencia a hogar que, por un instante, me deja maravillada.

Caminamos sin un rumbo establecido, lo cual para una mente como la de Helen supone una experiencia cercana al deporte de riesgo.

La observo de reojo de tanto en tanto mientras cruzamos las avenidas.

No dice nada, se limita a caminar a mi lado; algo tensa al principio, pero más relajada conforme avanzan los minutos.

—Estás haciendo un esfuerzo sobrehumano para no organizar la mañana, ¿verdad? —pregunto con curiosidad mientras giramos en una bocacalle.

—De hecho, estoy organizándola internamente —confiesa sin mirarme, aunque noto el amago de una sonrisa.

—Ni que lo digas. Tienes cara de estar elaborando un mapa mental con tres rutas alternativas y un plan de evacuación por si una nonna siciliana nos bloquea el paso con un carrito de la compra.

Helen gira la cabeza justo en ese momento hacia una mujer que, casualmente, empuja un carro rebosante de limones y naranjas al otro lado de la calle.

—En este trabajo, nunca hay que descartar ninguna amenaza —responde con fingida seriedad.

Me río con ganas. Y entonces ocurre algo sencillo y precioso: Helen también se ríe.

Su risa, cálida y poco común, se queda flotando entre nosotras mientras avanzamos hasta llegar a una plaza donde el sol hace brillar las fachadas barrocas como si alguien las hubiera pulido especialmente para nosotras.

Entramos en una pequeña iglesia donde el ambiente es fresco y lo único que se escucha es ese silencio sepulcral capaz de erizarte la piel.

Helen baja instintivamente la voz para comentarme el detalle de un fresco del techo y yo me acerco un poco más, solo para disfrutar de su cercanía y de esta tregua que sabe a vida normal.

—No soy tan exagerada como lo pintas, Maika.

—Te recuerdo que escribiste un esquema para aprender a acercarte a mí y comportarte como una persona normal —le recuerdo con cariño.

—Era una herramienta de gestión —se defiende, aunque sus ojos brillan tanto que delatan su diversión—. Es más, funcionó.

—Un poco —concedo.

—Entonces no critiques mis métodos —concluye, dándome un codazo.

Salimos de nuevo al bullicio de la calle entre risas, percibiendo cómo, poco a poco, la falta de rigidez va apagándose. Palermo late al son de la música callejera, del ritmo acelerado de sus gentes y del alboroto de unos niños que juegan a la pelota en un callejón.

A media mañana acabamos sentadas en una pequeña mesa bajo un toldo verde, con vistas a una calle estrecha. Pedimos pasta, ensalada caprese, agua y, por iniciativa mía, una jarra de vino blanco de la casa, bien fresco.

Helen observa la bebida como si se tratara de un artefacto inflamable y me mira con una ceja alzada.

—Maika, tenemos que estar de servicio en unas horas —me recuerda—. ¿No crees que es demasiado…?

—Tú lo has dicho, dentro de muchas horas —la interrumpo, y sujeto mi copa entre los dedos—. De aquí a que volvamos al barco, el alcohol se habrá esfumado. Además, media copa de vino siciliano no va a impedirte recitar de memoria el código de seguridad del barco. Disfruta un poco.

Helen suspira, pero cede y deja que el camarero le sirva un poco. Alza su copa y me mira a los ojos.

—Por Palermo —propongo.

—Por el derecho a tener un descanso —añade ella.

—Por eso también.

Bebemos. El vino está helado, es suave y tiene un punto cítrico que me hace cerrar los ojos un segundo.

El cansancio acumulado de las últimas horas de travesía sigue ahí, pero ya no me pesa tanto.

Tal vez sea por el sol, tal vez por el vino, o tal vez porque Helen está sentada enfrente, sin su uniforme, sin una carpeta entre las manos y sin fingir que le soy indiferente en cuestión de sentimientos.

La verdad es que parece que llevemos una eternidad juntas en el crucero, cuando lo cierto es que apenas han sido unos días intensos.

Pero supongo que Helen Müller tiene ese efecto: el de distorsionar el tiempo.

Hablamos de todo y de nada al mismo tiempo. Aunque pronto, la conversación cambia de forma natural cuando el camarero retira los platos y dejamos la última mitad de la copa para alargar la sobremesa.

—La sesión de evaluación de ayer fue intensa —comento con precaución, tanteando el terreno.

Helen se queda quieta un instante.

—Sí, la verdad es que sí —admite—. No esperaba que nos hicieran un cara a cara tan directo, ni que nos obligaran a desnudarnos profesionalmente de esa manera.

—Yo tampoco —confieso—. Aunque lo hiciste muy bien.

—¿Eso forma parte de tu estrategia para que caiga a tus pies? —pregunta con una pizca de ironía.

—No. Es una observación totalmente sincera —aclaro, inclinándome un poco hacia ella—. Bueno, y tal vez un poco de estrategia también. Ya te lo dije. Deberías romper un poco las reglas.

La comisura de sus labios se curva hacia arriba.

—Tú también estuviste brillante —reconoce en voz baja.

—Lo sé…

Helen suelta una risa, negando con la cabeza.

—Qué falta de modestia.

—Estoy practicando lo de aceptar cumplidos sin fingir modestia. El equipo médico del barco dice que es muy sano —bromeo.

—Debería añadirlo a mi lista de tareas pendientes —sigue el juego.

—¿Por qué deseas tanto ese puesto? Que yo recuerde, nunca me has dicho el motivo.

La pregunta me nace del corazón. Helen mira hacia la calle, donde un hombre pasa cargando cajas de limones y una moto arranca.

—Para serte sincera, Maika… estoy cansada de vivir metida en una estructura de metal flotante —responde, acariciando el borde de la servilleta—.

Durante mucho tiempo creí que navegar era lo máximo.

Al principio me llenaba, me hacía sentir que avanzaba.

Pero últimamente… —traga saliva—, siento que el barco se mueve, pero que yo estoy estancada en el mismo sitio.

Algo dentro de mí se ablanda.

—Quiero estabilidad —continúa—. Un despacho en tierra firme, un equipo que no se marche al terminar sus meses de contrato, tomar decisiones que duren más que una temporada de cruceros. No quiero seguir sintiendo que toda mi vida cabe en dos maletas y un camarote.

La entiendo perfectamente. Los que elegimos este trabajo nos pasamos meses aislados de la realidad. Tu vida social, tus horarios y tu espacio se miden por la duración del contrato, y a veces, esa inestabilidad te devora por dentro.

—Aunque sea una gran oportunidad. Quiero ese puesto porque necesito sentir que mis pies están en el suelo y no en algo que va y viene con las mareas.

La voz de mi abuela se me mete en la cabeza. «¿Y por qué no diste ese paso?». Es curioso que nunca le haya hablado de ella, y que ahora tampoco sea capaz de hacerlo.

—¿En qué piensas? —pregunta ella, notando mi ausencia.

—En nada… Bueno, en que veo lo importante que es esto para ti —digo.

Helen no parece del todo convencida con mi respuesta, pero tiene la delicadeza de no presionarme.

—Lo es —afirma.

Asiento y le doy un sorbo a lo que queda de vino para tragarme las palabras que he decidido callar.

—No quiero arrebatarte tus sueños, Helen. Pero tampoco puedo fingir que a mí no me interesa esa promoción. Nunca había pensado en ello, pero ahora que se ha prestado la oportunidad…

—No deberías fingir —me interrumpe—. Creo que ambas podemos competir por el mismo despacho sin necesidad de destruirnos en el intento.

—Eso sería sospechosamente maduro por nuestra parte —bromeo para aliviar la tensión.

—Estoy madurando, te lo he dicho.

Sonreímos. La brisa mueve el toldo sobre nosotras y el camarero nos trae un par de tiramisús cortesía de la casa. Palermo sigue viva, ruidosa y preciosa a nuestro alrededor. Y por primera vez en muchos días, no siento que estemos en bandos opuestos de una guerra.

—¿Y si dejamos que decidan ellos? —propongo, apoyando los puños en la mesa.

Helen frunce el ceño, intrigada.

—Nosotras podríamos limitarnos a hacer nuestro trabajo de la mejor manera posible a bordo, y que decidan lo que tengan que decidir. Al fin y al cabo, para eso se han embarcado de incógnito.

Helen juega con el tallo de su copa, pensativa.

—Sabes que, sea cual sea la decisión que tomen, una de las dos va a salir tocada, ¿no?

—Claro que dolerá, Helen. Pero dolerá mucho menos si no nos hemos destrozado la una a la otra antes de recibir la decisión de la naviera.

Helen baja la mirada hacia la mesa, conmovida.

—No quiero estropear lo que sea que estamos construyendo.

Mi corazón da un vuelco limpio. «Lo que sea que estamos construyendo». Viniendo de una mujer que vive encorsetada en los reglamentos y la distancia de seguridad, eso equivale casi a una declaración de amor en toda regla.

—Yo tampoco —confieso.

El mundo entero parece reducirse a esta mesa de madera en Palermo, a los restos de vino, a los postres a medio tocar y a la certeza absoluta de que, si alguna de las dos fuera un pelín más valiente o un poco menos consciente de las normas de la compañía, nos habríamos besado ya por todas partes.

Así que, como el pánico me puede, recurro a mi terreno y levanto la copa.

Entonces, el móvil de Helen vibra sobre el mantel. Al mirar la pantalla, su expresión cambia por completo y recupera la rigidez.

—Es Gonzalo —anuncia, resoplando.

—Miedo me da —respondo—. ¿Con qué tontería sale ahora?

Lee el mensaje de texto en voz alta: «Espero que estéis disfrutando de la maravillosa estampa siciliana, pero se me ha olvidado un pequeño detalle.

Necesitamos que traigáis limones frescos de los mercados locales para la Noche del Capitán de mañana.

Al parecer, el chef quiere hacer un postre especial y no quedan en el almacén. ¡Disfrutad del paseo!»

La miro fijamente. Ella hace exactamente lo mismo.

—¿Limones? —pregunto, arqueando una ceja.

—Limones —confirma ella.

—¿Para el chef del barco? ¿En serio?

—Eso es lo que ha escrito.

Me pasa el teléfono para que vea la pantalla. Obviamente es una burda mentira; el departamento de provisiones del Marine IV jamás dependería de dos oficiales cargando bolsas por Palermo para el menú de gala. Es la enésima jugarreta de Gonzalo para obligarnos a pasar más tiempo juntas.

Miro mi reloj de pulsera y luego a ella, que intenta contener la risa.

—Ese maldito manipulador está jugando con fuego —digo, aunque la risa ya me sube por la garganta.

—Le gusta vivir al límite —coincide ella, y pierde la batalla contra su propia sonrisa.

Me echo a reír con ganas. Helen me sigue a los dos segundos. Después, me levanto de la silla aun sonriendo y dejo unos billetes sobre la mesa para pagar la cuenta.

—Vamos, mi oficial. Tenemos una misión logística de alta prioridad que cumplir en los mercadillos de Palermo.

Helen se coloca las gafas de sol y me mira de arriba abajo con una sonrisa enorme.

—Por favor, Maika, no lo llames así.

—¿«Operación Citrus» te parece un nombre más adecuado para el informe? —bromeo mientras empezamos a caminar.

—Mucho peor.

—Mmmmmm, ¿y qué tal «Plan Amarillo»? —sugiero, dándole un suave toque con el codo.

—Maika, por favor, un poco de respeto al uniforme —advierte.

La miro con una sonrisa radiante y acorto la distancia entre nuestros pasos. Puede que Gonzalo esté completamente loco, pero ahora mismo le debo la vida.

Porque caminar por Palermo al lado de Helen ya no se siente como avanzar por la cuerda floja hacia un conflicto inevitable, sino como el inicio de una tregua que, si tengo un poco de valor, podría convertirse en el mejor viaje de mi vida.