22 #2
—Sin duda, la gestión del emocional —admito—. Mi función era sectorizar el muelle, negociar las dársenas con la policía portuaria y establecer líneas de flujo seguras. Pero Maika tomó el pulso al pasaje. En un muelle saturado, la psicología de la masa es un factor logístico prioritario.
Julianne esboza una ligera sonrisa de aprobación.
—Una definición muy exacta.
—No estaba en mis notas —reconozco.
—Se nota —apunta Maika en un murmullo, con una leve curva en los labios.
Le dedico una mirada de advertencia. Ella casi sonríe del todo.
Arturo traslada la misma cuestión al otro lado de la mesa.
—Si Helen no hubiera establecido los perímetros rígidos, el muelle habría sido una marea ingobernable —admite Maika—.
Ella sabe dónde fijar un límite, qué acceso clausurar y cuándo sostener una negativa ante las autoridades locales para que la seguridad general no colapse.
Yo puedo convencer a un cliente de que espere un autobús; Helen garantiza el espacio físico para que ese autobús pueda maniobrar en el espacio.
Bajo la vista hacia la mesa, consciente de que, si mantengo el contacto visual con ella, nuestros jefes van a leer con demasiada claridad todo lo que me está pasando.
Julianne entrelaza las manos.
—Vuestra coordinación en la dársena de Nápoles es el rendimiento más sólido que hemos registrado desde que embarcamos en Marsella.
Maika y yo cruzamos las miradas al mismo tiempo. «Madre mía. Desde Marsella». La cantidad de cosas que estos dos habrán pasado monitorizando.
—Pero… eso no anula los factores de riesgo —advierte Arturo—. Vuestro historial compartido puede funcionar como un gran catalizador de rendimiento si se gestiona con madurez, o como un foco de inestabilidad si permitís que interfiera en la toma de decisiones.
—Estamos corrigiendo esa última fase —le aseguro.
—A ratos —responde Maika.
—A ratos es mejor que nunca ¿no? —digo, y mi mirada se queda clavada en la de ella.
Maika sonríe. Y Julianne carraspea, devolviéndonos al orden del día.
—Planteemos el supuesto final. Si tuvierais la obligación de recomendar a vuestra compañera para el puesto de alta dirección, ¿cuál sería vuestro argumento?
El pulso se me acelera notablemente. Esto ha cruzado la línea de la evaluación; es una prueba de resistencia emocional. Cada fase de mi plan de humanidad… yéndose a la mierda.
Maika apoya las palmas en la mesa.
—Recomendaría a Helen porque la naviera necesita un mando capaz de mantener la estabilidad cuando el sistema se tambalea.
Porque domina la normativa interna mejor que nadie en la flota, porque no busca que una operación salga bien por azar.
Y porque, aunque ella crea que su mayor virtud es el control, su verdadero valor es que le importa tanto la seguridad de este barco que es incapaz de dejar a nadie desprotegido.
Me quedo sin argumentos. Arturo se vuelve hacia mí, y eso me obliga a tragar saliva.
—Recomendaría a Maika porque no nos podemos permitir olvidar que detrás de cada estadística de satisfacción hay personas reales.
Porque su tripulación la secunda por lealtad.
Porque tiene la capacidad de hacer que la gente respire y confíe en mitad de una crisis antes de ejecutar una orden.
Y porque tiene una audacia que no se parece en nada a mi concepto de seguridad, pero que la compañía necesita incorporar urgentemente.
Maika baja la mirada hacia su regazo y experimento un alivio extraño al haber verbalizado lo que realmente pienso de ella.
Veo a Julianne carraspear.
—Muy bien. Una última cuestión: ¿sería posible vuestro trabajo en común si una de las dos asume la dirección y la otra permanece en su puesto actual?
Maika suspira, tomándose un margen antes de responder.
—Por mi parte no habría inconveniente —dictamina—. Siempre que los términos de la relación laboral no repliquen los errores de nuestro contrato anterior.
Julianne me traslada el testigo.
—¿Y su postura es…?
—Podría trabajar con Maika si ella obtiene el puesto. No voy a engañar a nadie, porque sí, implicaría un coste muy personal. Pero ante todo… soy una oficial de esta naviera, y sé identificar cuándo un perfil es el adecuado para el liderazgo.
Arturo es el primero en levantarse.
—Es todo por nuestra parte. Buen trabajo a las dos.
· · ·
Abandonamos la sala de juntas en un silencio absoluto. El pasillo está despejado. Maika camina unos pasos por delante, con esa soltura innata, como si las declaraciones que acaban de tener lugar ahí dentro no me hubieran demolido por completo las defensas.
No puedo dejar que se retire a su camarote así. Al menos, no otra vez.
—Maika…
Se detiene en seco y gira sobre sus talones. Acorto la distancia entre las dos lo justo para poder bajar la voz, lo suficiente para que mi cuerpo registre que la proximidad con la coordinadora de animación sigue siendo un riesgo operativo de primer nivel.
Un riesgo del que decido ignorar las alarmas.
—¿Por qué has hecho eso? —le pregunto.
—¿A qué te refieres?
—Decir todo eso de mí en la entrevista.
Maika me mira y me dedica una sonrisa.
—Porque había que decir la verdad, Helen. Y es exactamente lo que pienso de ti.
—Me estás complicando demasiado mantener las distancias. Lo sabes, ¿verdad? —susurro.
Maika da un paso corto, e invade mi espacio.
—Tal vez es que ese es precisamente mi objetivo —responde, provocándome un pequeño cortocircuito—. No quiero que disimules, quiero que sientas y que actúes sin pensar en todas las reglas que romperás con ello.
Luego me guiña un ojo con complicidad y se marcha, dejándome en el pasillo, con el corazón latiendo con fuerza, justo antes de girarse y añadir:
—La cuestión, es ver qué harás con ello…