22
Helen
—Al menos, hoy todo ha salido bien.
Todos han regresado sanos y salvos de la excursión alternativa, Nápoles ha dejado de comportarse como una criatura mitológica enfurecida por el tráfico y los autobuses lanzadera han completado el servicio con una coordinación más que decente.
Las reclamaciones en el mostrador se han reducido a un murmullo soportable y Arturo me ha dedicado un sobrio «buen trabajo» que, en cualquier otra ocasión, yo habría archivado en mi mente como una pequeña victoria profesional.
Pero no es suficiente. Porque desde que Maika se alejó con su equipo arrastrando al pasaje con esa energía arrolladora, una sensación extraña se me ha clavado bajo las costillas.
Es una mezcla confusa de orgullo, alivio y, sobre todo, miedo.
No por el caos portuario, las autoridades o las contingencias logísticas.
Es miedo por lo que despierta Maika en mí cuando la veo liderar, cuando sus ojos se clavan en los míos o cuando pierdo el control al fijarme en sus labios.
Un pensamiento que me obligo a disipar de inmediato cuando la competición se formaliza tras el regreso del último grupo.
Arturo y Julianne nos citan en la sala de reuniones de la cubierta seis: un habitáculo acristalado con vistas a la popa y al puerto de Nápoles, que empieza a desdibujarse en el horizonte mientras el barco inicia la maniobra de salida.
Han bautizado este proceso como «entrevista cruzada», un eufemismo elegante para camuflar que van a sentarnos frente a frente para abrirnos en canal con la mayor cortesía posible.
Llego cinco minutos antes, por supuesto. Maika aparece justo a tiempo, como era de esperar. Entra con el polo de animación impecable, aunque las sombras bajo sus ojos delatan el cansancio acumulado y se sienta frente a mí.
—Gracias por acudir tan rápido —dice Julianne—. Sabemos que la jornada de tierra ha sido exigente.
Maika deja escapar una risa.
—Una forma muy diplomática de describir un motín turístico a pie de muelle —responde, manteniendo su chispa intacta.
Julianne sonríe apenas, inclinando la cabeza.
—Precisamente por eso queríamos convocaros ahora. La presión del directo revela el liderazgo con más nitidez que cualquier entrevista de despacho.
—Qué perspectiva tan alentadora —murmuro, incapaz de morderme la lengua.
Arturo parece esbozar una sonrisa de diversión.
—Helen, Maika, esta sesión no seguirá el formato individual. Queremos evaluar vuestro criterio, vuestra objetividad y vuestra capacidad de análisis observando cómo valoráis el desempeño de vuestra compañera.
La columna se me tensa. Excelente. Ahora no solo tengo que disputar el puesto con Maika, sino que debo evaluarla mientras intento disimular que la he imaginado besándome en mi cama al menos cuatro veces desde el café de la mañana. «Profesionalidad, Helen.», me ordeno mentalmente.
—La intención… —prosigue Julianne—, no es que os destruyáis la una a la otra. Buscamos madurez, honestidad y la capacidad de reconocer las virtudes de la otra, incluso cuando existe una evidente tensión previa entre vosotras.
Maika me clava la mirada durante un segundo. Uno solo. Pero es suficiente para que la palabra «tensión» se quede corta, casi ridícula. Desde luego, para no conocer los detalles de nuestro historial, la dirección está eligiendo las palabras… adecuadas.
Arturo cruza las manos sobre la mesa.
—Empecemos con algo fácil. ¿Cuál consideraríais que es la mayor fortaleza profesional de vuestra compañera?
Maika toma la palabra antes que yo.
—Helen sabe cómo el desastre antes de que pase —afirma.
No busca adularme, pero no estoy acostumbrada a que analicen mi trabajo con esa lucidez—.
Es capaz de controlar el flujo de desembarque, un cuadrante de horarios o una operación de contingencia y localizar el punto exacto por donde se va a joder el sistema.
Su disciplina puede ser desesperante a veces, sí, pero salva contratos enteros.
Hoy en el muelle lo ha vuelto a hacer. Mientras los demás veíamos clientes enfadados y un colapso napolitano, ella ha buscado soluciones rápido.
Eso no se aprende en los cursos de la compañía.
Siento la boca seca. Julianne toma notas en su pantalla sin levantar la vista.
—¿Definirías esa capacidad de anticipación como su valor principal? —le pregunta.
—Sí —sostiene Maika, obligándome a mirarla—. Helen es la estructura que mantiene el barco a flote cuando los demás operamos más desde la improvisación o buscamos soluciones alternativas que, sobre el papel, parecen más dinámicas.
Quiero desviar los ojos, romper ese hilo invisible que nos une en la mesa, pero mis músculos no obedecen.
Arturo se vuelve hacia mi lado.
—Helen, tu turno. ¿Cuál es la mayor fortaleza de Maika?
Respiro hondo, reteniendo el aire. Podría recurrir a la respuesta segura. Pero la comodidad empieza a resultarme una forma cobarde de maquillar la realidad.
—Maika entiende el factor humano de verdad —respondo, y noto un calor súbito ascendiéndome por el cuello—. No se limita a dirigir al pasaje; los descifra. Sabe exactamente qué necesitan y cuando. Es empática y resolutiva de una forma que las directrices de la central jamás podrían llevar a cabo.
Maika se queda quieta, pero la intensidad de sus ojos oscila sutilmente. Continúo, asumiendo que he dejado atrás cualquier línea de retirada
—En Roma mantuvo el control de un grupo en una situación de aislamiento y estrés. En Nápoles ha hecho exactamente lo mismo. Su equipo responde porque no los trata como simples trabajadores, sino como parte de una identidad común.
Julianne me observa, evaluando el peso de mis palabras.
—¿Le resulta complejo admitir ese valor en su competidora, oficial? —quiere saber.
Me recoloco en el asiento.
—No —replico. Pero mi mente, saboteada por esta inercia de honestidad brutal, me obliga a matizar—: Bueno… sí. Es complejo. No por falta de reconocimiento profesional, sino porque su metodología se basa en la intuición y el corazón, elementos difíciles de cuantificar en un informe de rendimiento.
En mi mente esas palabras tienen un tinte bromista, pero sé que para ellos no.
Arturo anota algo rápidamente. Maika desvía la vista hacia sus dedos entrelazados. Y yo, siento que acabo de desajustar una pieza crucial de mi armadura frente a los presentes.
—Bien —interviene Arturo—. Pasemos al reverso del análisis. ¿Cuál es la mayor debilidad que observáis en la otra?
Miro a Maika. Podría decir que es impulsiva, que confía en exceso en su magnetismo personal o que desatiende los márgenes de seguridad. Todo tendría su base técnica, pero en este contexto sonaría como un ataque personal.
Sin embargo, es Maika quien asume el riesgo primero.
—Su debilidad es que se exige una perfección absoluta para sentirse legitimada en su rango, cuando su competencia ya es incuestionable a bordo —dispara con una calma que me corta la respiración—.
Helen trabaja como si el menor desajuste fuera una prueba de que no merece su puesto.
Eso la convierte en una oficial brillante, porque audita, prevé y blinda cada maniobra.
Pero también la vuelve implacable consigo misma y, por extensión, con los que trabajamos a su lado.
Ante un imprevisto, su primera reacción es buscar el fallo en el protocolo.
Y si el protocolo no es suficiente, intenta cargar con todo el peso de la operación ella sola.
Me pasa factura el impacto en el pecho, y no por orgullo herido, sino por la precisión del diagnóstico. Julianne y Arturo levantan la cabeza al unísono.
—¿Consideras que eso penaliza su capacidad de mando? —indaga Arturo.
—Más bien… a cómo delega las cosas —concluye Maika—. Porque un líder no solo debe ser infalible; debe permitir que su entorno comparta la carga del problema. A Helen le cuesta aceptar que el equipo puede resolver cualquier problema igual de bien que ella.
Me siento expuesta, como si Maika hubiera forzado el acceso al lugar donde almaceno mis mayores dudas. No hay rastro de sarcasmo en su voz; solo una verdad desnuda que me deja casi sin respiración.
Julianne se dirige a mi posición.
—Oficial, ¿desea ejercer su derecho a réplica?
—No.
Arturo asiente, registrando mi silencio como un dato más de la evaluación.
—Su turno entonces, Helen. La mayor debilidad de Maika.
Ella aguarda, sosteniendo el contacto visual, y esa valentía me obliga a responder con la misma moneda.
—Maika confía en exceso en su capacidad de resolución sobre la marcha —expongo, midiendo cada palabra—. Su facilidad para la improvisación es sobresaliente, pero a veces ese recurso le hace subestimar el diseño de todo el trabajo que hay a su alrededor.
Maika inclina la cabeza de lado.
—No me refiero al incidente de Civitavecchia —aclaro de inmediato—.
Eso fue una emergencia externa. Hablo de una tendencia general en general.
Creo que es una mujer que se siente demasiado cómoda trabajando dentro del desorden y por eso, proyecta la falsa sensación de que no existe un método detrás, aunque lo haya.
Y para mí…, en una situación crítica a bordo, esa percepción puede generar desconfianza en el resto de los oficiales.
Arturo muestra un interés evidente.
—O sea, que la señorita Aranda, muestra una falta de rigor.
—No —atajo con rotundidad—. Solo digo que camufla su planificación detrás de su carisma. Y los perfiles externos pueden confundir esa naturalidad con una falta de control sobre cosas más serias.
Julianne aparta su tablet .
—Interesante. Ambas habéis diagnosticado debilidades basadas en la percepción del rol, no en la competencia técnica.
Maika exhala un suspiro lento.
—Supongo que somos expertas en aparentar.
Abro la boca, pero no soy capaz de articular palabra. Enseguida, Arturo retoma el interrogatorio.
—Analicemos el trabajo conjunto en Nápoles. Helen, ¿qué aportó Maika fuera de los protocolos?
La conclusión es inmediata.