21 #2
Excelente. Lección de humanidad en vivo y en directo, embutida en un chaleco reflectante y con riesgo real de motín a pie de barco. Si Gonzalo quería que fuera más empática, debería bajar él a tragarse esta mierda.
Maika me mira de reojo, divirtiéndose claramente con mi debate interno.
—¿Alguna directriz específica de la central? —pregunta ella a Julianne.
—Mantened el orden y la transparencia. No aseguréis ningún servicio que no esté confirmado por la agencia local. Y, sobre todo, queremos ver cómo resolvéis un conflicto trabajando en paralelo, sin interferir en las competencias de la otra.
Sin pisarnos. Qué concepto tan idílico.
El desembarque en el muelle de Nápoles es un torbellino de ruido, pitidos y calor.
En cuanto cruzo el control de la pasarela con mi radio de mano y el chaleco de alta visibilidad, experimento una molesta sensación de vulnerabilidad.
Desde el centro de control, el caos se ve en alta definición.
Aquí abajo los pasajeros se agolpan contra las vallas: unos perdidos con sus mochilas, otros exigiendo soluciones a gritos, todos con la expresión crispada de quien ve sus vacaciones truncadas por un conflicto laboral ajeno.
El muelle es un territorio hostil. Y a diez metros de mí está Maika.
Se mueve entre la multitud con una soltura envidiable, siempre flanqueada por su equipo. Leo, Lara, Iván y Nico, organizan con ella las filas por colores, y tranquilizan a un grupo que seguro teme perder la excursión a Pompeya.
La observo un instante mientras da instrucciones por megáfono. Ella gira la cabeza y me sostiene la mirada en la distancia. Solo un delicioso segundo.
Durante la primera hora, el puerto nos exprime al máximo. Por si fuera poco, la policía cambia dos veces la zona de parada de los autocares y uno de los conductores locales se mete por el carril de sentido contrario.
—Control, aquí seguridad de muelle. Solicito autorización para habilitar un carril secundario en la zona norte para el pasaje con excursión del barco —pido por la frecuencia—. Si los mezclamos con las cancelaciones, bloquearemos la salida de la terminal en diez minutos.
—Recibido, Seguridad. Autorizado carril norte —responde la guardia del buque.
Maika aparece a mi lado poco después, con las mejillas encendidas por el sol del mediodía y el dosier del pasaje enrollado en la mano.
—Tengo a ciento veinte pasajeros reubicados en los turnos de las lanzaderas.
Treinta y seis han aceptado el itinerario a pie por el centro histórico.
Veintidós están listos para rellenar las hojas de reclamaciones, pero al menos ya han bajado los puños y no parecen dispuestos a linchar a mi ayudante —explica con una sonrisa.
—Buen trabajo —respondo, manteniendo la calma—. Yo he conseguido que nos cedan la dársena lateral para el embarque de emergencia, pero solo nos dan una ventana de treinta minutos. Hay que moverlos ya.
—Puedo segmentarlos por orden de desembarque. Familias y carritos primero, luego pasajeros de movilidad reducida y dejamos al final los tures alternativos.
—Eso colapsaría la capacidad del primer vehículo —le rebato.
—No si mando a Leo para coordinar la subida de las familias y dejo a Lara ordenando la fila de los mayores.
Iván puede entretener al grupo de las reclamaciones ofreciéndoles agua fría y los formularios oficiales.
La gente enfadada reduce las revoluciones en cuanto les das un papel con membrete y un bolígrafo; sienten que están haciendo daño oficial —explica.
La miro fijamente, entornando los ojos. Joder, qué sexi está cuando se mete en mi terreno .
—Eso es inquietantemente eficiente.
—La burocracia naval es el mejor sedante que existe —responde ella, guiñándome un ojo.
Se me escapa una sonrisa, una de verdad. Maika la detecta al vuelo, pero tiene la elegancia de no hacer sangre. Gracias a Dios.
Durante las dos horas siguientes nos convertimos en un binomio de verdad. Y en mitad del estruendo del puerto napolitano, comprendo exactamente a qué se refería Julianne cuando habló de perfiles complementarios.
No somos iguales. Y precisamente por eso funcionamos.
Cuando logramos encauzar el grueso del pasaje, la presión ambiental desciende de golpe.
Los autobuses de la naviera entran y salen con fluidez y los pasajeros rezagados avanzan con la información clara.
Las autoridades del puerto han guardado las libretas de sanciones y nos miran con un respeto justificado.
Maika se acerca, dándole un trago a una botella de agua casi vacía.
—No ha habido bajas —dice, exhalando todo el aire.
—Todavía queda el turno de tarde —le recuerdo.
—Qué apego tienes a los protocolos —bromea, secándose el sudor de la frente con el brazo.
—Intento mantener el estándar operativo —contesto, permitiéndome otra sonrisa.
—Podría haber sido un desastre absoluto. Lo hemos salvado bien.
El walkie de Maika interrumpe el momento con la voz de Nico, y ella escucha el reporte con atención.
—Entendido, voy hacia la dársena dos.
Corta la comunicación y se vuelve hacia mí.
—Tengo que bajar al segundo control. El grupo del itinerario a pie está listo para salir.
Asiento.
—Tu equipo lo ha hecho muy bien.
—Lo sé —responde, con un brillo de orgullo en los ojos.
—Y tú también lo has hecho.
Maika se detiene en seco. Su expresión cambia, suavizándose en una fracción de segundo.
—Gracias.
—Ten cuidado ahí fuera —añado, y la frase sale antes de poder evitarlo.
Ella ladea la cabeza y, por un instante, recupera a la Maika de los contratos anteriores.
—¿Eso es el punto tres de tu plan o una sugerencia de seguridad? —me provoca.
—Es una orden mixta.
—Me quedo con la parte humana —responde.
Maika sonríe abiertamente, da media vuelta y alza los brazos para convocar a su gente.
—¡Grupo de excursión, conmigo! Vamos a enseñarle a Nápoles cómo se organiza una marcha, que el tráfico ya lo tienen superado.
Varios pasajeros se ríen, aliviados. La sigo con la mirada hasta que el grupo cruza la verja exterior de la terminal.
Al girarme para regresar a mi puesto de control, me encuentro con Arturo a unos metros de distancia.
Lleva la identificación colgada del cuello y me observa con una expresión indescifrable.
Él pasea la mirada por el muelle despejado, observa las lanzaderas operando en orden y el flujo estabilizado en la pasarela. Finalmente, clava sus ojos en mí y asiente con una aprobación lenta y firme.
—Buen trabajo, oficial.