Un desastre perfecto 21
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Helen

Al día siguiente.

Después de la conversación con Gonzalo, decido que tengo que ser más humana, más abierta y más flexible.

Quiero encarnar todo eso que las personas emocionalmente equilibradas parecen hacer de forma natural, sin necesidad de un plan detallado al dedillo, tres indicadores de rendimiento y una alarma en el móvil que les recuerde respirar.

Y como no, lo convierto en un proceso. A las seis y cuarenta y cinco de la mañana, antes de que el barco complete la maniobra de atraque en Nápoles, me siento en el borde de la cama de mi camarote con una libreta abierta sobre las rodillas y un bolígrafo en la mano.

En la primera página, con letra clara y decidida, he escrito: «PLAN PARA SER UNA HUMANA OPERATIVA».

Y debajo, la lista que debo cumplir al pie de la letra:

Uno : saludar sin que parezca una inspección sanitaria.

Dos : preguntar cómo está Maika y escuchar la respuesta completa, sin interrumpirla.

Tres : no justificarme antes de disculparme.

Cuatro : evitar frases como «tus imprevistos».

Cinco : respirar antes de hablar.

Seis : no mirar su boca durante las conversaciones laborales.

Tacho el punto seis. No porque no sea importante, sino porque me resulta poco realista a estas alturas de la película, para qué os voy a engañar.

—Perfecto —murmuro para mí misma—. Empezamos el día de maravilla.

Sí, es ironía.

Me levanto y me miro en el espejo del baño.

Practico una expresión amable, aunque el resultado es una extraña combinación entre un dolor abdominal agudo y la cara que se me pone cuando amenazo a Gonzalo.

Lo intento de nuevo, pero sale peor. A la tercera, parezco una oficial en mitad de un simulacro explicando el procedimiento de abandono del buque.

Si mi mejor amigo quiere que sea más humana, podría haber tenido el detalle de pasarme un manual con ilustraciones y ejemplos prácticos.

Salgo del camarote con el uniforme de diario impecable, el pelo recogido en un moño tirante y una presión incómoda en el pecho que no tiene que ver solo con la jornada que nos espera.

Nápoles ya se intuye envuelta en esa luz temprana y dorada que hace brillar el golfo con una belleza caótica.

La ciudad parece despertarse poco a poco, al igual que los miles de pasajeros que empiezan a agolparse en las cubiertas de paseo.

Yo, en cambio, arrastro una noche de insomnio y una disculpa que llevo atravesada en la garganta como un cabo mal enrollado.

Nada más entrar en el comedor de la tripulación, me la encuentro de cara.

Maika está sentada en una mesa pequeña del rincón, con una taza entre las manos y la mirada perdida hacia un ojo de buey por el que apenas se distingue la línea del horizonte.

Lleva el polo reglamentario de animación habitual, aunque hoy ella parece diferente.

Su mirada no brilla con esa intensidad eléctrica que suele desplegar; es como si habitara su propio mundo.

Me acerco a ella y sonrío.

—Buenos días —le digo.

Muy bien. Punto uno completado. No he sonado como una inspectora de seguridad. Creo.

Maika levanta la vista. No sonríe, tampoco me lanza ningún comentario mordaz ni se escuda tras una de sus bromas habituales. Solo me mira. Es como si su cerebro hubiera entrado en bucle.

—Buenos días, Helen.

Me quedo de pie un segundo de más, con las manos ligeramente tensas a los costados. Debería sentarme. Una persona normal se sienta y comparte mesa. Una persona humana no se queda plantada frente a su compañera como si estuviera a punto de confiscarle el desayuno.

—¿Puedo…? —pregunto, señalando la silla vacía frente a ella.

—Claro.

Me siento y el silencio se instala entre las dos. Si en algún momento he deseado que se abriera una vía de agua bajo mis pies y me tragara el océano, es ahora mismo. Aprieto las manos sobre la mesa y noto el latido del pulso en las muñecas.

—Quería saber cómo estás —retomo, recordando el punto dos.

Maika ladea la cabeza, más sorprendida que desconfiada.

—Cansada —responde.

Asiento y me obligo a guardar silencio.

—Y un poco dolida —añade después de un momento.

Claro, porque era imposible que no me lo dijera.

El estómago se me contrae de inmediato. Pero enseguida, respiro hondo, tal como indica el punto cinco.

—Lo siento —le respondo sin rodeos.

Maika parpadea, visiblemente impactada. Yo también me asombro de haberlo soltado así, sin preámbulos, sin justificaciones y sin una presentación digital titulada «Circunstancias atenuantes de mi comportamiento».

—Lo de ayer… —continúo, antes de perder el poco valor que me queda—. Lo que te dije…, mi tono…, la forma en que convertí una crisis real en algo que pareció solo tu culpa. Lo siento de verdad, Maika.

Ella baja la mirada a la taza que sostiene entre las manos, acariciando el borde.

—Gracias —responde simplemente.

¿Solo eso? «Gracias». Pues vaya mierda esto de ser humana. Pero como diría Emily Charlton: «Que los puentes que quemo iluminen mi camino».

—Ya… no sé hacerlo muy bien, está claro —confieso.

Ella vuelve a mirarme, analizando cada milímetro de mi expresión.

—¿Disculparte?

—No. Comportarme como una persona normal —aclaro, intentando esbozar una sonrisa que probablemente parezca un tic nervioso.

La comisura de sus labios tiembla ligeramente, rompiendo su seriedad.

—Sí… ya había notado algo de eso —me recuerda.

—Estoy trabajando en ello —respondo, y por primera vez siento que no es un objetivo de la empresa, sino algo mío.

—Has hecho una lista para ver cómo conseguirlo, ¿verdad? —pregunta ella, y entorna los ojos con perspicacia.

Me quedo inmóvil. Siento un calor súbito que me recorre la nuca. Después, Maika abre un poco más los ojos, asombrada.

—Dios mío. No me lo puedo creer… La has hecho.

—En realidad no es… —protesto débilmente, sintiéndome acorralada.

—¿No es… qué?

—Una lista. Es una estructura de mejora interpersonal —admito, defendiendo mi terreno con un orgullo absurdo que no me cabe en el uniforme.

Por primera vez en veinticuatro horas, Maika suelta una carcajada tan limpia y auténtica que mi corazón se desboca por completo, saltándose el ritmo.

—Eres increíble, Helen —dice, negando con la cabeza, pero con los ojos iluminados.

—No estoy segura de que eso sea un cumplido en tu escala de valores —respondo, aunque noto que la tensión de mis hombros desaparece.

—Mmmm… todavía lo estoy evaluando —contesta con esa chispa tan suya.

Nos quedamos mirándonos unos segundos. Esta vez ella no evita mis ojos ni se protege detrás de la ironía de siempre.

—En serio. No quería hacerte daño —le seguro, y de una vez, dejo caer todas mis defensas.

—Pero lo hiciste —responde ella.

—Lo sé.

—Y yo no quiero quitarte el puesto, Helen.

No sé por qué, pero la sinceridad en esas palabras me duele en el corazón.

—No deberías frenar tu carrera en la naviera por mí —añado.

—No he dicho que vaya a retirarme. He dicho que no quiero quitártelo —precisa ella.

O sea, que va a competir con todo. A la mierda el plan de humanidad.

Antes de que pueda armar una respuesta corporativa, la radio ruge en mi cinturón con un pitido de alta prioridad. Inmediatamente después, el busca de su bolsillo empieza a pitar. Ambas miramos los aparatos al mismo tiempo.

La tregua a bordo dura exactamente lo que tarda en enfriarse un café.

· · ·

Media hora después estamos en la oficina de operaciones de tierra, con Arturo y Julianne frente a nosotras.

El ambiente tiene esa molesta vibración de las malas noticias camufladas.

Gonzalo está apoyado cerca de la mampara, revisando una tablet con el ceño fruncido.

Maika se mantiene a mi lado, serena pero con la postura tensa.

Julianne toma la palabra, directa y sin rodeos.

—Tenemos una situación compleja en el puerto de Nápoles. Hay una huelga imprevista de transportes locales y taxis que está bloqueando los accesos principales a la terminal y afectando a la mitad de las excursiones programadas.

Cierro los ojos un instante. Por supuesto. El universo ha decidido que la crisis de ayer en Roma solo era el simulacro.

Arturo continúa con el briefing :

— Algunos pasajeros que habían contratado tours privados no podrán salir como estaba previsto. La naviera va a reforzar los buses lanzadera, pero necesitamos coordinar el flujo de salida, calmar las reclamaciones y negociar con las autoridades portuarias la zona de espera.

—¿Cuántos pasajeros afectados tenemos ahora mismo en los listados? —pregunto.

—De entrada, unos doscientos treinta —responde Julianne—. Pero si el bloqueo de tráfico aumenta en la ciudad, la cifra se duplicará en las próximas dos horas.

Maika suelta un silbido bajo.

—Nápoles nunca defrauda cuando decide ponerse dramática —comenta con una sonrisa resignada.

Arturo nos mira a ambas, fijando sus ojos primero en mí y luego en ella.

—Queremos que gestionéis esto juntas.

La palabra «juntas» resuena en la sala con un eco extraño. Maika no se mueve, pero noto cómo se concentra.

—¿Juntas bajo qué organigrama? —pregunta ella.

—Helen se encargará del perímetro de seguridad, el control de accesos y el flujo en el muelle. Tú te encargarás de la gestión directa del pasaje, el despliegue del equipo de animación para contener los ánimos y la reubicación en los vehículos.

Mi mente protesta de inmediato.

—Normalmente yo coordino las incidencias de tierra desde la jefatura.

—Lo sabemos, Helen —interviene Julianne—. Pero para que esta evaluación de sea efectiva, necesitamos verte fuera de tu entorno. Lejos de las pantallas de control.

Gonzalo tose de forma sospechosa detrás de su tablet . Estoy dispuesta a apostar mi rango a que está ahogando una risa. Lo fulmino con la mirada antes de volverme hacia la dirección.

—Necesitamos tu liderazgo ahí abajo, en el muelle —insiste Arturo—. Cara a cara con las autoridades del puerto y controlando la masa. El muelle de Nápoles es un avispero en días normales; hoy va a ser una olla a presión.