Un desastre perfecto 20
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Maika

Mi cuerpo reclama con urgencia que regrese al camarote.

Necesito quitarme esta ropa y descansar un rato.

De hecho, fantaseo con meterme bajo el agua caliente de la ducha, dejar que el vapor me envuelva, soltarme el pelo, lavarme la cara y tumbarme en la litera, aunque solo sean cinco minutos para fingir que el destino no me ha colocado de repente en una competición directa contra la mujer que quiero.

Pero no lo hago. Camino dejando atrás los pasillos de la zona de tripulación, las voces lejanas de los compañeros que se preparan para el turno de noche y esa extraña sensación de habitar una vida que se me ha desordenado de repente.

« La última vez, también hubo… imprevistos. Y hoy casi nos cuesta una desgracia».

Cierro los ojos un segundo y respiro hondo. No. No voy a llorar en mitad de un pasillo. Tengo límites, pocos, pero los tengo.

Subo hacia una de las cubiertas superiores exteriores.

El viento sopla con fuerza y las luces de navegación parecen menos acogedoras que las de las zonas de ocio.

Aquí, el mar se extiende pintado de los colores plomizos del atardecer, tragándose la estela blanca y espumosa que deja el navío mientras gana velocidad rumbo a Nápoles.

El aire salado me golpea la cara y me revuelve el pelo.

Me acerco a la barandilla, apoyo las manos en el pasamanos y, por fin, respiro de verdad. O al menos lo intento.

«Qué idiota he sido».

Cuando terminó la reunión, esperaba que Helen dijera que estaba equivocada, que había hecho las cosas bien, y que podríamos seguir adelante con lo nuestro.

Pero no ocurrió nada de eso. Y ahora me encuentro aquí, en mitad del Mediterráneo, con una decepción tan grande en el pecho que no sé dónde guardarla para que no me ahogue.

Saco el teléfono del bolsillo. La pantalla se ilumina con notificaciones de la aplicación interna de la tripulación. Deslizo el dedo, conecto la llamada de datos aprovechando el wifi del barco y busco el contacto que necesito.

El tono de llamada suena una vez, dos, tres.

—¿Mi niña? —responde después de un rato mi abuela, con una voz impregnada de esa ternura que siempre consigue hacerme sentir menos sola en el mundo.

Cierro los ojos y apoyo la frente en el antebrazo, contra el metal frío.

—Hola, abuela —murmuro.

—Ay, mira qué milagro. ¿Pero tú has visto la hora que es? ¿Es que allí no tenéis relojes?

Se me escapa una risa pequeña, torcida y rota, pero sincera.

—La verdad, hoy tiraría por la borda todos los relojes sin pensármelo dos veces.

—Eso suena a que has tenido uno de esos días que solo se arreglan con un buen plato de sopa caliente y alguien que te peine el pelo con calma —responde ella, como si estuviera viéndome a través de las millas náuticas que nos separan.

Me llevo una mano a la boca para contener la emoción. Mi abuela tiene esa capacidad mágica de leer dentro de mí, aunque esté a miles de kilómetros.

—Ha sido un día largo —contesto.

—Claro, y como yo nací ayer, voy a creerme que solo ha sido largo. Venga, mi niña, cuéntame qué te preocupa.

—Abuela…

—¿Todo está bien?

Ahí está la pregunta clave. Una pregunta que me hubiera gustado que hiciera otra persona. Miro el mar. Los destellos de las luces de la cubierta tiemblan sobre la superficie del agua oscura. Trago saliva, pero la garganta se niega a colaborar.

—Sí, abuela —miento, porque a veces una sigue mintiendo incluso a quien mejor nos conoce—. Solo extraño tus abrazos.

Al otro lado se produce un silencio breve pero elocuente. Sé que lo sabe. Mi abuela lo sabe todo.

—Entonces no está todo bien —afirma, arrancándome una pequeña sonrisa—. Porque tú solo extrañas mis abrazos cuando el mundo se te hace demasiado grande para cargar con él tú sola.

No respondo porque no quiero llorar. Aunque acabo haciéndolo igual. La primera lágrima cae sin pedir permiso, luego otra, y después llega esa respiración entrecortada y absurda que detesto porque me convierte otra vez en la Maika pequeña que corría a esconder la cara en su regazo.

—Es que… el día ha sido una locura absoluta. En Roma, un pasajero de mi grupo se desmayó y no tuve forma de contactar con el puerto hasta pasado un buen rato. Después, tuve que arrastrar a veinticuatro personas hasta la estación y llegar al muelle con las alarmas de última llamada sonando…

—Madre mía —exclama ella, y casi puedo verla llevándose la mano al pecho.

—Sí. Madre mía se queda muy corto —admito con una sonrisa triste.

—¿Y llegasteis a tiempo al barco?

—Sí… Nos libramos por los pelos de una buena multa.

—Entonces lo hiciste bien, mi niña. Muy bien.

Esa frase, tan simple y tan necesaria, me envuelve de calidez. Es tan diferente de todo lo que he escuchado de Helen que necesito taparme los ojos con una mano para contener el torrente de emociones que me azota.

—Eso mismo necesitaba oír —confieso.

—Pues te lo repito: lo hiciste bien, cariño mío. Estoy orgullosa de ti. —Me escucha llorar y yo a ella lanzar un suspiro—. Respira conmigo, como cuando eras pequeña y te enfadabas porque no conseguías atarte los zapatos a la primera.

—Ahora sé atármelos perfectamente —bromeo entre lágrimas.

—Sí, pero sigues siendo igual de cabezota.

—Eso lo he heredado de ti.

—Y a mucha honra —replica ella soltando una risita.

Suelto una carcajada entre lágrimas. La necesito tanto que me duele físicamente no tenerla ahora conmigo.

—Abuela, estoy cansada —admito al fin.

—Lo sé.

—No solo por lo de hoy. Estoy cansada de todo.

De tener que demostrar constantemente que valgo para el puesto, que puedo resolver cualquier crisis, que no soy solo la graciosa del equipo de animación.

A veces me gustaría que alguien me mirara a los ojos y me dijera: «ya está, puedes soltarlo todo, yo me encargo».

—¿Y esa persona tiene nombre? —pregunta con esa intuición suya tan afilada.

El viento se cuela entre nosotras, silbando contra las estructuras del barco.

—Helen —murmuro, casi robando la palabra del aire.

—Ah —dice ella simplemente.

—No digas «ah» así, abuela.

—¿Cómo quieres que lo diga entonces?

Ahora, no puedo evitar echarme a reír.

—Es una mujer insoportable, pero me encanta…

Apoyo la cadera contra la barandilla y miro hacia el horizonte oscuro, donde el mar y el cielo se funden en una misma línea que no termina de ser negra del todo.

—La verdad es que nos atraemos muchísimo…

—añado y hasta casi sonrío—, nos entendemos a la perfección cuando trabajamos juntas en una emergencia, pero también nos hacemos daño.

Es como bailar con alguien que te pisa constantemente los pies, pero justo cuando decides soltarlo, te das cuenta de que nadie más te sigue el ritmo igual.

—Eso es muy bonito, ¿sabes? —observa ella.

—Pues vivirlo a bordo es una tortura.

—Las cosas importantes no suelen ser fáciles, cariño.

Suspiro profundamente.

—Hoy nos han comunicado que ambas estamos propuestas para el mismo puesto en la alta dirección de la naviera, porque quieren hacer una especie de fusión y ahora resulta que tengo que competir con ella. Y eso no me gusta nada.

Mi abuela guarda silencio durante unos segundos.

—¿Porque podrías perderlo tú? —pregunta.

—No. Porque ella podría perderlo —respondo antes incluso de pensarlo—. Es que Helen lleva mucho tiempo luchando por ese ascenso. Muchísimo tiempo. Sé lo que significa para ella.

—Entiendo…

Me quedo mirando mis manos. Todavía siento el cansancio en los dedos.

—La última campaña que navegamos juntas…

—continúo, pero las palabras se me atascan—.

Hubo varios problemas serios a bordo. Yo era nueva en el equipo, estaba asustada y cuando las cosas se complicaron, no la apoyé como debía.

No mentí contra ella ni quise perjudicarla, pero me quedé callada cuando tenía que haber dado un paso al frente y defendido su gestión de seguridad.

El agua golpea con un ritmo hipnótico el casco del barco, muchos metros más abajo.

—Y tú te has culpado todo este tiempo.

—Sí. Pero no tanto como ella me culpó a mí.

—¿Y por qué no diste ese paso? —quiere saber mi abuela—. El de contar lo que pasó de verdad.

Aprieto el teléfono contra la oreja.

—Porque tenía pánico a que me despidieran. Y si perdía este trabajo, no podía seguir pagando las mensualidades de tu residencia.

La frase lleva una responsabilidad que yo misma me eché a la espalda.

Esa fue la verdad por la que me callé. Por el miedo a quedarme sin ingresos, sin estabilidad, sin poder sostener el lugar donde mi abuela recibe los cuidados que necesita.

Por el terror a que una mala decisión la afectara a ella, a que el amor más grande de mi vida pagara las consecuencias de mi valentía.

—Mi niña… —susurra mi abuela, visiblemente emocionada.

—No me digas que no tenía que preocuparme por eso.

—No iba a decirte eso. Entiendo tus motivos, cariño.

—Tú necesitabas ese lugar, las terapias diarias. Y yo… yo no podía fallarte.

—Nunca me has fallado, Maika.

—A ti no, pero sí a Helen.

—Puede ser —admite con honestidad. Y ya me la puedo imaginar sonriendo—. Pero una cosa es cometer un error por miedo y otra muy distinta convertirse para siempre en una mala persona. Eras joven, tenías miedo y cargabas con más responsabilidad de la que te correspondía.

—Eso no borra lo que pasó.

—No. Pero quizá explica por qué ocurrió. Y las explicaciones, a veces, son el primer paso para sanar.

Me apoyo de nuevo en la barandilla. Las lágrimas se han calmado, pero me dejan la cara tirante, la nariz irritada y el pecho extrañamente abierto y tranquilo.

—Helen cree que todo lo malo que pasó en aquel contrato fue culpa mía.

—¿Y tú qué crees, de corazón?

Tardo unos segundos en responder, mirando las luces lejanas de algún mercante en el horizonte.

—Creo que me equivoqué. Creo que ella también lo hizo. Creo que ninguna de las dos supo pedir ayuda cuando realmente la necesitaba. Creo que salimos heridas y, en vez de curarnos juntas, decidimos usar esas heridas como un arma contra la otra. Igual que estamos haciendo ahora.

—Sois dos mujeres muy orgullosas.

—No sé de quién hablas. Yo soy encantadora —bromeo débilmente.

—Tú eres un sol, sí. Pero hasta el sol quema si una se acerca demasiado.

Sonrío a pesar de todo.

—La quiero, abuela —confieso, sin bromas ni escapatorias—.

Mucho. Quiero a esa mujer que me desespera, que me hiere cuando se protege detrás de sus muros, que me mira como si fuera un riesgo constante para su orden y que, aun así, me hace la persona más feliz del mundo cuando me sonríe.

No lo entiendo, pero no puedo dejar de sentirlo.

Al otro lado, mi abuela suspira.

—Ay, mi niña.

—No lo digas como si fuera bonito. Es una catástrofe andante.

—Las catástrofes no te hacen cambiar la voz cuando pronuncias su nombre.

—Yo no he cambiado la voz.

Ella se echa a reír.

—Claro que lo has hecho, y no intentes engañar a tu abuela… —insiste con cariño.

Me río, rendida ante su lógica irrefutable.

—Pues tus poderes deberían decirme qué hago ahora con todo esto.

—Primero, descansar en tu camarote. Segundo, no dejar que un puesto en la compañía convierta tu corazón en una trinchera. Compite siendo tú, Maika, sin apagarla a ella. Y, sobre todo, sin apagarte a ti misma.

—Eso suena muy poético y muy poco práctico para el mundo corporativo.

—Lo práctico te ha llevado hasta esa cubierta a llorar conmigo a estas horas. Quizá lo poético tenga algo importante que aportar a todo este lío.

Miro el cielo, ahora completamente nocturno. Hay pocas estrellas visibles por culpa del reflejo de las luces del barco, pero algunas brillan con fuerza sobre el manto oscuro.

—¿Y si Helen me odia de verdad?

—No creo que te odie. A veces la gente habla desde el miedo y luego se sorprende de la crueldad de sus propias palabras.

Pienso en los ojos de Helen. En ese instante antes de la reunión cuando intercedió y pidió que me dejaran descansar. En su cara al escuchar que yo también reconocía su trabajo delante de Julianne. Tengo muy claro que, la indiferencia no te mira con esa intensidad.

—Estoy cansada de pelear —admito.

—Entonces deja de pelear por un momento. Dale espacio al silencio.

—Ella no sabe dejar de pelear. Es oficial de seguridad, abuela, vive alerta todo el tiempo.

—Quizá tengas que enseñarle tú cómo se baja la guardia.

La frase me deja sin aire durante unos segundos. Mi abuela siempre ha sabido qué decir cuando me siento tan perdida como ahora.

—No sé si podré —susurro.

—Claro que puedes. Pero no tienes que descifrarlo esta misma noche.

El viento de cara vuelve a soplar con fuerza. Me abrazo a mí misma, resintiendo la falta de sus brazos físicos.

—Te extraño mucho, abuela.

—Y yo a ti, mi niña. Pero estoy siempre ahí, en ese trocito de corazón que te llevas a cada puerto. Y seguro que pronto puedes hacerme una visita.

Pienso en la residencia, en las transferencias mensuales, en las llamadas de cada escala, en los mensajes que le mando cuando tengo buena señal o puedo aprovechar el wifi como hoy, en las culpas que cargo porque nunca me parece suficiente el tiempo que le dedico.

Mi abuela no es una obligación. Nunca lo ha sido.

Es mi hogar. Mi raíz más profunda. La mujer que me enseñó a bailar en la cocina, a responder con gracia cuando el mundo se ponía feo y a no dejar que nadie confundiera mi risa con falta de carácter.

—Prométeme algo —me dice de pronto.

—Lo que quieras.

—No dejes que nadie te arranque esa luz que tú tienes, mi niña. Ni Helen, ni un ascenso, ni los errores del pasado. Tú brillas porque has aprendido a flotar en tormentas muy grandes. No te hundas ahora por miedo.

Me limpio la última lágrima con el dorso de la mano y sonrío.

—Tranquila, abuela, que yo brillo más que el equipo de iluminación al completo.

Mi abuela suelta una risita.

—Eso quería oír.

Hablamos unos minutos más de tonterías cotidianas que me devuelven poco a poco a la realidad de la tierra firme y cuando colgamos, me quedo con el teléfono apoyado contra el pecho durante un rato largo.

El barco avanza mientas yo sigo exhausta, pero algo dentro de mí ha dejado de temblar.

No sé qué va a pasar con Helen. No sé cómo se compite por un puesto contra alguien a quien deseas proteger incluso cuando te hace daño.

No sé si ella será capaz de aceptarme sin que los fantasmas del pasado nos persigan constantemente.

Pero sí sé que no voy a apagarme para que esto duela menos.

Mañana tal vez tenga que enfrentarme a Helen, a Julianne, a Arturo, al proceso de selección y a todo lo demás. Pero al menos, por esta noche, me quedaré aquí arriba brillando.