19
Helen
Cuando salgo de la sala de reuniones, no tengo muy claro hacia dónde se dirigen mis pasos.
Y en mi caso, eso es una señal de alarma.
Porque yo siempre sé adónde voy. Sin embargo, ahora mis pies avanzan solos por los pasillos interiores de la tripulación, como si mi cuerpo hubiera tomado la decisión de alejarme de la cubierta de oficiales antes de que mi mente termine de procesar lo que acaba de ocurrir.
«Arturo Valdés. Julianne Ferguson. Supervisores infiltrados desde Marsella. Maika y yo, candidatas al mismo puesto. Maika abandonando la reunión sin mirarme siquiera». Todo gira dentro de mí con violencia, convirtiendo cada una de esas certezas en un nudo que se aprieta en mis costillas.
«Maldita sea».
El barco ya ha zarpado de Civitavecchia. Fuera, el mar Tirreno se abre de nuevo, indiferente al caos que hemos dejado atrás en Roma. Un mar oscuro, profundo y eterno, que ignora por completo que acabo de perder otra batalla que ni siquiera sabía que estaba luchando.
Termino en la zona de descanso para la tripulación, un rincón discreto escondido en las entrañas de las cubiertas inferiores, lejos de las miradas de los pasajeros.
Hay un par de mesas atornilladas al suelo, un tablón de anuncios repleto de cuadrantes de turnos, y notas garabateadas con prisas en tres idiomas diferentes.
A esta hora, con casi todo el personal desplegado en sus puestos, no hay nadie por aquí.
«Perfecto. Si voy a desmayarme, al menos podré hacerlo sin testigos».
Me dejo caer en uno de los sofás, abandono la carpeta con los informes a mi lado y apoyo los codos sobre las rodillas. Las manos me tiemblan.
No consigo quitarme la mirada de Maika de la cabeza.
Cierro los ojos con fuerza. La última vez que navegamos juntas acabó en desastre, aunque durante mucho tiempo me he permitido llamar «desastre» solo a la parte que me resultaba cómoda.
Hubo errores, desde luego. Decisiones mal tomadas, información que no llegó a tiempo, imprevistos que se encadenaron hasta dejarme expuesta delante de nuestros superiores.
Pero también estuvo nuestra relación; esa que estalló de golpe en alta mar, con intensidad, y que se transformó en decepción cuando Maika —prefirió guardar silencio.
Yo necesitaba un culpable. Y ella estaba allí, al alcance de la mano.
Fue muy fácil poner su nombre a mi frustración.
Fue muy cómodo convencerme de que si no conseguí aquel ascenso fue porque Maika no estuvo a la altura, porque no me respaldó y porque se escondió cuando yo más de menos eché que alguien diera la cara conmigo.
Quizá parte de eso fuera cierto. Quizá tuvo miedo de comprometer su propia carrera.
Quizá no actuó como yo esperaba. Pero yo hice algo mucho peor: convertí su silencio en una condena.
Y hoy, mi cabeza ha regresado al mismo lugar oscuro: si Maika está cerca y algo sale mal, yo acabaré perdiendo.
«Soy una idiota. Una idiota con la habilidad asombrosa para herir precisamente a quien menos se lo merece».
Me levanto, incapaz de permanecer quieta más de dos segundos, y me acerco a la máquina de café. Pulso un botón al azar y el aparato escupe el líquido oscuro.
Cojo el vaso de plástico y doy un sorbo.
—Puaj, qué asco. Esto es petróleo.
Me apoyo contra la encimera y dejo que el calor del vaso se filtre entre mis dedos. Tengo la tensión acumulada en los hombros y un dolor de cabeza punzante. Tenía que haberla abrazado, haberla besado hasta borrar el agotamiento de su rostro tras el infierno de Roma, pero elegí todo lo contrario.
El universo tiene un sentido del humor especialmente cruel.
Me arrincona contra la pared, me arrebata los manuales de procedimiento y me obliga a mirar de frente dos verdades que llevo millas náuticas esquivando.
La primera: necesito estabilidad. La segunda: sigo perdidamente enamorada de Maika.
Por mucho que llevemos días contados en este barco.
Porque sí, aquí las cosas también se magnifican.
Quizá no debería ni de formular esas palabras dentro de mi cabeza.
Pero están ahí, ocupando un espacio que antes llenaban las excusas.
Estoy enamorada de esa risa que transforma el caos en una anécdota, de esa humanidad que no cabe en ningún informe y que, precisamente, es lo que la convierte en una líder diferente a mí.
Me duele admitirlo, pero Maika está mucho mejor preparada humanamente para la dirección.
Yo soy calculadora, eficiente y resistente; sé anticipar brechas de seguridad, trazar planes de contingencia y mantener las estructuras en pie cuando todo tiembla a mi alrededor.
Pero Maika conserva algo que yo he ido perdiendo contrato a contrato: la capacidad de no perder de vista a las personas mientras salva el plan.
La puerta se abre de golpe, y me sobresalto tanto que casi derramo el café mientras Gonzalo aparece en el umbral con la expresión de quien ha recorrido todas las cubiertas buscándome.
—Llevo una hora dando vueltas por el barco —dice mientras entra y deja que la puerta se cierre a sus espaldas—. ¿Qué haces aquí abajo metida?
Lo miro en silencio. Luego bajo la vista al vaso de plástico y vuelvo a fijarla en él.
—Intento esconderme del destino antes de que se le ocurra la brillante idea de tirarme por la borda para hacerme desaparecer —respondo con un deje de ironía.
Gonzalo se queda quieto un segundo, procesando mis palabras.
—Vale. Eso ha sido dramático incluso para ti.
—Está siendo un viaje muy completito, desde luego —murmuro mientras me froto la nuca.
—Eso me lo imagino —responde y suelta un suspiro—. Cuando la oficial de seguridad desaparece del mapa suele significar que las cosas van muy mal.
Gonzalo se acerca a mí, y deja a un lado las bromas habituales de a bordo.
—Cuéntame.
Me dejo caer de nuevo en el sofá. Gonzalo ocupa una silla de frente, inclinado hacia delante con los codos apoyados en las rodillas.
—Los inspectores de la central estaban infiltrados en el pasaje —le suelto de golpe.
Gonzalo parpadea, completamente sorprendido.
—¿Cómo dices?
—Arturo Valdés y Julianne Ferguson. Viajaban con billete de pasajeros normales del Marine IV desde que zarpamos de Marsella. Han estado observando cada movimiento.
—O sea, que teníamos a dos tiburones de la corporación cenando en el restaurante principal —comenta con incredulidad.
—Más o menos así, sí —respondo y después lanzo un suspiro—.
Y en cuanto embarcó el grupo de Roma nos citaron a las dos.
Evaluaron todo el incidente: la gestión de la emergencia, el retraso del tren, la coordinación entre departamentos…
Han dicho que Maika improvisó de maravilla y que yo mantuve la sangre fría al adaptar los protocolos de seguridad a su plan sobre la marcha.
—Hasta ahí suena bien —observa Gonzalo.
—Pero ahora resulta que el puesto al que aspiraba ha cambiado un poco y van a hacer una especie de fusión. Un puesto para el que nos han propuesto y tenemos que competir.
Mi mejor amigo exhala todo el aire y se pasa una mano por la cara.
—Vaya papeleta, Helen…
Me froto la frente con cansancio.
—Después los inspectores nos dejaron solas en el despacho y discutimos muchísimo. Le dije cosas horribles, Gonzalo… —confieso.
—Define «horribles».
—Le recordé, de forma bastante cruel, lo que pasó cuando coincidimos en el anterior crucero y…
Gonzalo cierra los ojos un instante, negando con la cabeza.
—Helen…
—Ya lo sé, no me lo digas.
—No, creo que no lo sabes. Ponte en el lugar de Maika por un momento.
Me levanto de golpe porque las cuatro paredes se me caen encima, y camino un par de pasos por la pequeña estancia, nerviosa.
—No necesito que me des un sermón. Ya me estoy machacando yo bastante.
—No es un sermón. Solo intento que veas las cosas con claridad.
—Estoy cansada, Gonzalo. Cansada de que cada vez que estoy a punto de conseguir la estabilidad, aparezca un imprevisto, aparezca ella, reabra el pasado y todo se tambalee de nuevo.
—A Maika nunca le han gustado los despachos en tierra —responde él, mirándome—. Siempre me ha dicho que es feliz navegando, sintiendo el mar.
—Bueno, a todo el mundo le viene bien un puesto ejecutivo con sueldo fijo y fines de semana libres —replico con amargura.
—No digo que no. Pero Maika sabe perfectamente los años que llevas tú quemándote para conseguir ese puesto, así que dudo que intente pisarte solo porque la central la haya metido en la ecuación.
—El problema no es ese, Gonzalo —admito—. El problema es que ella es perfecta para el puesto. Y me aterra la idea de volver a verla ganar.
Gonzalo me sostiene la mirada unos cuantos segundos.
—Sabes tan bien como yo que Maika nunca quiso perjudicarte aquella vez —me recuerda—. Solo necesitabas cargarle el muerto a alguien y elegiste a la peor persona posible. Porque no solo te quedaste sin el ascenso, Helen. Y ahora estás haciendo exactamente lo mismo, pensando solo en tu ombligo.
Me quedo rígida, como si me hubiera dado una bofetada. Quizá lo ha hecho, solo que usando las palabras idóneas.
—Eso es injusto.
—Puede ser. Pero es la verdad de lo que pasó en aquel buque.
—No estoy pensando solo en mí —protesto.
Gonzalo se levanta y se acerca hasta donde me encuentro, acortando la poca distancia que nos separa.
—Entonces dime qué fue lo primero que sentiste cuando viste a Maika subir a bordo hace una hora.
Abro la boca para soltar una réplica, pero la vuelvo a cerrar. Porque no fue rabia lo que sentí al verla aparecer a salvo. Fue alivio. Un alivio salvaje, feroz, tan intenso que casi me partió las costillas en dos.
—Eso pensaba —dice él, leyendo a la perfección mi silencio—. Ahora dime qué fue lo primero que dejaste que ella viera en ti.
El café de máquina se ha enfriado por completo entre mis manos.
—Reproches y más reproches —susurro.
—Ahí lo tienes —concluye Gonzalo.
Me apoyo contra la pared y cierro los ojos, escuchando el zumbido de fondo. Me siento pequeña de una forma que detesto.
—Yo necesito ese puesto, Gonzalo —digo, y esta vez la voz me sale rota—.
No por capricho. Estoy cansada de vivir en tránsito permanente, de que toda mi vida quepa en una maleta.
De no tener ni una mísera planta en una ventana porque se secaría antes de mi siguiente período de vacaciones.
Llevo años repitiéndome que navegar me hace libre, pero últimamente no me siento libre.
Me siento suspendida, como si el barco avanzara constantemente hacia el siguiente puerto y yo siguiera estancada exactamente en el mismo sitio.
Gonzalo me escucha sin interrumpir, permitiendo que el runrún de los motores llene el espacio.
—Necesito sentir que mi vida tiene suelo firme.
Que puedo construir algo que dure más que un contrato de seis meses.
Quiero levantarme una mañana sin tener que mirar por la escotilla para saber dónde estoy, tener un equipo estable en una oficina y tomar decisiones reales.
No solo pasarme las guardias apagando fuegos artificiales o corrigiendo los desastres de otros.
Quiero dejar de ser alguien que pasa por la vida de los demás de escala en escala, sin pertenecer realmente a ninguna parte.
La confesión queda flotando en el aire. Dios, hasta me arde la garganta.
—Ese puesto significa mi desembarco definitivo —continuo—. Un futuro que no dependa de la siguiente ruta atlántica ni de si renuevo el contrato la próxima temporada. Y ahora Maika aparece como la candidata ideal. ¿Cómo demonios compito yo contra eso?
Gonzalo suaviza la mirada, perdiendo toda la rigidez.
—No compites contra eso subiéndote los galones y siendo más dura, Helen. Eso desde luego.
—No sé ser de otra manera.
—Mentira. Sí que sabes. Solo que te aterra volver a abrir tu corazón.
Me río sin una pizca de humor, mirando el vaso de plástico.
—Todo me asusta últimamente. El mar incluido.
—Bienvenida al club de los seres humanos. Algo que deberías ser un poco más.
Lo miro con fastidio, tratando de recuperar mi compostura.
—No estoy para frases de autoayuda, Gonzalo.
—Pues entonces deja de castigar a Maika por los errores que tú misma no te perdonas.
Me llevo una mano al pecho, como si pudiera impedir que algo se me rompa por dentro.
No solo la culpo por el desastre de nuestro pasado.
La culpo porque verla trabajar, ver lo que genera en la tripulación y en los pasajeros, me recuerda exactamente a la versión de mí que falló.
A la Helen que no dio la talla. A la que se quedó en la cubierta viendo cómo la oportunidad de su vida zarpaba sin ella.
A la que decidió volverse más estricta, más perfecta y más fría para no volver a sentirse tan vulnerable ante nadie.
—La he cagado —admito, mirando al suelo.
Gonzalo asiente con gravedad.
—Sí, bastante.
—Y, aun así, me ha cubierto las espaldas y me ha defendido delante de ellos.
—Porque Maika es de esa clase de personas.
—La odio un poco por eso.
—No, Helen. No la odias en absoluto. Ni siquiera eres buena mintiendo cuando estás agotada.
—¿Y ahora qué se supone que tengo que hacer? —pregunto.
Gonzalo se encoge de hombros y se encamina hacia la puerta.
—Para empezar, podrías dejar de mirar el organigrama de la naviera como si ella fuera el obstáculo en tu carrera y empezar a verla como lo que realmente es.
—¿Y qué es, según tú?
—Una profesional brillante. Una mujer que te quita el sueño. Y, quizá, la única persona a bordo con la que mejor trabajas.
—Eso complica bastante las cosas. Sobre todo, con los inspectores a bordo.
—Bueno, siempre te han gustado las maniobras difíciles.
—Me guiña un ojo, me quita el vaso de café de las manos para tirarlo a la papelera y me mira con una seriedad absoluta antes de salir—.
Helen, el puesto importa, lo sé. Pero si para conseguir ese despacho tienes que convertirte en una oficial que no reconoce a las personas que le salvan el pellejo, entonces quizás el precio del billete de vuelta sea demasiado alto.
—Quizá sea el precio que me merezco pagar —murmuro para mí misma.
Pero sé que no es verdad. Sé perfectamente que, si sigo permitiendo que el miedo al pasado redacte mis respuestas, voy a perder mucho más que un despacho. Voy a perder a Maika incluso antes de haber tenido el valor de pedirle que se quede conmigo.