Un desastre perfecto 18 #2
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18 #2

—Esta inspección ha revelado dos factores críticos para la central de operaciones.

El primero: la capacidad de improvisación y el liderazgo orgánico de la coordinadora en tierra.

Mantener la calma de un grupo de cruceristas en una estación de tren extranjera, resolver la compra de billetes bajo presión y dar con una ruta de escape brillante en tiempo real.

Maika no responde, pero percibo el cambio drástico en su respiración. En mi propio pecho se desata una tormenta donde se mezclan el alivio, un ramalazo de envidia y un temor que no sé dónde colocar.

—El segundo factor —añade Julianne, mirándome a mí—: la flexibilidad de la oficial a bordo.

Su capacidad para procesar un plan heterodoxo propuesto desde tierra, movilizar los recursos del puerto de Civitavecchia en tiempo récord y, sobre todo, no bloquear la iniciativa de su compañera por un exceso de celo burocrático.

Trago saliva, sintiendo el cuello del uniforme apretándome la garganta. Maika baja la vista hacia sus dedos entrelazados y yo fijo la mirada en la mesa. Si la miro ahora, me romperé.

—La compañía no busca personas autómatas que sigan un código de barras —explica Arturo—. Buscamos directivos capaces de gestionar las crisis cuando el manual se vuelve inservible.

—Ha realizado un trabajo impecable bajo presión, Maika —concluye Julianne con una calidez genuina.

Maika levanta la cabeza despacio, asimilando las palabras.

—Gracias —dice, con una sencillez que me encoge el corazón.

Siento una punzada de culpa en el pecho. Yo debería haber sido la primera en decírselo. Debería haberla valorado, pero me quedé muda y sin saber qué decir cuando la tuve delante. Dios, es que a veces soy insufrible hasta para mí misma.

—Helen también lo ha hecho —suelta Maika de pronto.

La miro de inmediato, pero ella evita mi contacto visual. Mantiene los ojos fijos en los auditores, defendiendo la posición como si fuera un mero apunte de inventario.

—Si el departamento de seguridad no hubiera presionado a la agencia portuaria para tener esa lanzadera con el motor en marcha en la estación de Civitavecchia, mi plan habría terminado con todos nosotros viendo cómo el barco se alejaba desde el muelle. Trabajamos en equipo.

Me quedo inmóvil en la silla.

Julianne esboza una leve sonrisa.

—Somos plenamente conscientes de ello. Hemos visto la interacción entre ambos departamentos.

Arturo bloquea la tablet con un chasquido que rompe la atmósfera.

—Y es precisamente por esa alta competencia entre ambas que debemos poner las cartas sobre la mesa.

Algo en su cambio de tono enciende mis alarmas. Mi instinto detecta el peligro antes que mi cabeza.

—Debido a unos cambios de última hora, el comité os ha seleccionado a ambas como las dos candidatas para el nuevo puesto directivo. A partir de este momento, entráis en fase de evaluación. Creemos que a usted en concreto, Maika, se le queda corto el cargo de coordinadora de animación.

El rumor de los motores parece apagarse de golpe.

Mi objetivo. La meta por la que he sacrificado horas de sueño, relaciones personales y años de vida intentando ser la trabajadora más perfecta de la flota para que nadie pudiera cuestionar mi capacidad, se convierte en una competición y con Maika como mi rival directa.

Algo oscuro y muy antiguo revuelve mi estómago. Es exactamente la misma dinámica de nuestro último crucero juntas, cuando la ambición, la atracción, los errores de cálculo y la culpa lo emponzoñaron todo hasta volverlo insostenible.

No. No puedo permitirme tropezar en la misma piedra.

—Si eso es lo que han decidido, lo acepto —respondo y fuerzo la voz.

Maika se recuesta en su asiento, cruzándose de brazos.

—Qué oportuno —murmura con una amargura que no intenta esconder.

Julianne la observa.

—La corporación es consciente de que entre vosotras existe un historial de fricción interdepartamental. Así que os pedimos la mayor profesionalidad.

Mi espalda se tensa. Dudo mucho que la oficina central tenga la menor idea de lo que realmente ocurrió y ocurre ahora entre nosotras.

—Siempre lo somos —responde Maika antes de que yo lo haga—. A pesar de nuestras diferencias, conseguimos que todo salga bien.

—Sí. La improvisación del equipo de animación siempre camina sobre la marcha, y aunque se rompan algunos protocolos de seguridad por el camino, nuestras diferencias nunca han mermado el rendimiento operativo del buque —respondo de forma mecánica, casi defensiva.

Arturo asiente con gravedad.

—Esperamos que siga siendo así, oficial Müller.

Maika suelta una risa seca.

—Por supuesto. No hay nada mejor para resolver los asuntos pendientes entre dos personas que ponerlas a pelear por la misma jefatura.

—Evaluamos el liderazgo en condiciones de estrés —ataja Julianne—. Y, os guste o no, lo de hoy ha demostrado que las cosas salen mejor cuando los departamentos se unen.

Descubrir que somos mejores cuando trabajamos juntas no me alivia; me aterroriza. Porque si somos un equipo perfecto, ¿cómo se supone que voy a destruirla para quedarme con el puesto?

Cuando los auditores se ponen en pie por fin, siento que las paredes de la sala me aplastan.

—Descansad —concluye Julianne, guardando sus documentos—. La escala de hoy ha sido dura. Pero sumamente reveladora para el informe.

Arturo abre la puerta de la sala de juntas.

—Mañana a primera hora comenzaremos las entrevistas individuales en el despacho del Capitán. Buenas noches a las dos.

Y salen al pasillo.

Durante unos segundos larguísimos, ninguna de las dos se mueve. Yo clavo los ojos en la pantalla negra del monitor de la pared. Maika mantiene la vista perdida en el ojo de buey que da al muelle de Civitavecchia.

—Maika…

—No —interrumpe, y levanta una mano—. Ahórrate el discurso. Porque ahora me dirás que el deber está por encima de todo y que lo personal no tiene cabida aquí.

Cierro los ojos un instante, tragándome el orgullo. Porque sí, esas eran exactamente las palabras que estaba estructurando en mi cabeza.

—Ojalá fuera más fácil.

Entonces se gira y me mira directamente. Desearía que no lo hubiera hecho. Sus ojos están ribeteados de cansancio, pero también reflejan una herida mucho más profunda de lo que sus comentarios irónicos dejaban entrever.

—Para ti siempre es sencillo cuando el objetivo es ascender, Helen.

—Eso no es justo, Maika.

—¿Que no es justo? —Se levanta de la silla con un movimiento brusco, plantándose frente a mí—.

Acabo de correr por el centro de Roma, he tenido a un pasajero desplomado en mis brazos en una escalera claustrofóbica, he pasado minutos sin cobertura, desesperada por reportar lo que estaba pasando y he entrado en la pasarela con las alarmas del barco pitando en mi nuca.

Lo injusto es no haber recibido ni una sola palabra de aliento.

Ni un “Maika, todo va a ir bien” de tu parte. ¡Ni un abrazo siquiera!

Me quedo muda, con las palabras atascadas en el pecho.

—Yo también estaba aturdida por la presión de lo que había pasado —intento justificarme.

Maika suelta una carcajada amarga.

—Todos estábamos aturdidos, Helen. La diferencia, es que todos tus pensamientos han ido dirigidos a los malditos protocolos de la compañía y no hacia las personas que estábamos sufriendo en tierra todo ese caos.

—No tienes derecho a reducir mis emociones a la ambición únicamente.

—¿Y tú si tienes derecho a juzgarme por un error del pasado?

—¡Yo no he dicho que fuera culpa tuya en ningún momento!

—No hizo falta, Helen. Siempre asumes que soy un riesgo antes de molestarte en mirar o descubrir por qué razón he tomado una decisión. Como si un imprevisto pudiera controlarse o preverse.

Me llevo los dedos a las sienes, sintiendo el inicio de una migraña atroz.

Estoy agotada. Asustada. Alterada. Intentando proteger una carrera profesional que de pronto siento amenazada por una supervisión sorpresa y, al mismo tiempo, discutiendo con la única mujer que ha conseguido desestabilizar mis esquemas, y que, para colmo, está compitiendo conmigo por lo único que llevo años persiguiendo.

Y no tengo ni idea de cómo gestionar este escenario.

—La última vez, también hubo… imprevistos —le recuerdo—. Y hoy casi nos cuesta una desgracia.

Maika se tensa, congelándose en el sitio. El fantasma de lo que pasó se materializa en mitad de la sala. Su expresión cambia; la rabia da paso al cansancio, a una decepción que reconozco porque es el mismo espejo en el que me he mirado muchas noches.

—No me hagas la única responsable de lo que se torció por aquel entonces, Helen —me espeta—. Cometí un error, sí. Tuve miedo de perder mi puesto cuando apenas empezaba en la naviera. Pero nunca lo hice para perjudicarte. Mi vida profesional no gira en torno a tus galones.

La frase me atraviesa.

—Yo no he dicho… ¡Y tampoco tienes idea de nada!

Maika me estudia durante un segundo que se estira hasta el infinito. Y entonces, algo se apaga definitivamente en su mirada.

—¿Sabes qué? Tienes razón. No tengo ni idea. Porque nunca me dejas acercarme lo suficiente para averiguarlo.

Quiero tirar la carpeta a la mesa. Quiero confesarle que sí me importa.

Que cuando entró su llamada desde Roma y escuché su voz alterada, mi mundo entero se redujo a ese auricular.

Que cuando la vi cruzar la pasarela, exhausta pero a salvo, sentí un alivio tan violento que me dolió el pecho.

Que el puesto me importa, sí, es mi meta, pero que ella me importa de una forma que no viene detallada en ninguna ordenanza marítima.

Pero las palabras no se abren paso. Se quedan detrás de mi orgullo, de mi rigidez y de esa necesidad enfermiza de parecer siempre profesional.

Maika esboza una última sonrisa sin fuerza y niega con la cabeza.

—¿Sabes lo que te digo? Que hagas lo que quieras. No tengo más ganas de discutir contigo.

Maika pasa por mi lado sin llegar a rozarme, abre la puerta de la sala de juntas y sale sin mirar atrás.