Un desastre perfecto 18
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Helen

Estoy a dos pasos de Maika cuando todo mi cuerpo parece rebelarse contra sí mismo.

Una parte de mí arde con el impulso de abalanzarme sobre ella aquí mismo y soltar toda la tensión acumulada en una reprimenda monumental por el caos que ha provocado.

La otra, mucho más traicionera, solo desea abrazarla con fuerza —además de besarla hasta el cansancio— para comprobar que está entera.

Esa segunda opción, por supuesto, queda completamente descartada y enterrada bajo mi uniforme.

La observo apoyada contra el mamparo del pasillo interior, con la cabeza echada hacia atrás, la chaqueta del uniforme arrugada como si hubiera dormido con ella puesta y el pelo escapándose de la coleta en mechones rebeldes.

Está exhausta, y no me extraña nada. Mientras tanto, los turistas avanzan hacia los ascensores centrales, murmurando entre el agotamiento y el alivio.

El barco está a punto de largar cabos y yo sigo sintiendo la adrenalina disparada.

Maika abre los ojos y me ve. Quiero decirle que lo ha hecho bien, que ha sido brillante. Quiero preguntarle si está bien de verdad. Y a la vez, quiero exigirle un informe detallado lo ocurrido. Quiero… No sé qué quiero exactamente. Y odio no tener el control de mis propios pensamientos.

Doy un paso más hacia ella, apretando la carpeta contra el pecho para frenar el temblor de mis manos.

—Maika… —murmuro.

Ella se incorpora apenas, tensando los hombros como si se preparara para recibir el impacto de mi bronca.

—Si vas a gritarme… —responde, y levanta una mano para frenarme—, te pido que me des cinco minutos para elegir un sitio más cómodo contra el que desplomarme después.

Abro la boca para contestar, debatiéndome entre el reproche reglamentario y una pregunta demasiado blanda que me delataría. Pero no llego a hacer la elección.

—Disculpad —interviene una voz masculina a nuestra espalda.

Un hombre se adelanta desde el flujo de pasajeros que acaba de cruzar el control.

Hasta ese momento me había parecido uno más: pantalón claro, camisa de lino arrugada por el viaje, gafas de sol colgadas del cuello y una mochila al hombro.

El aspecto típico de un crucerista tras una excursión asfixiante en Roma.

Pero entonces mete la mano en el bolsillo interior y nos muestra una credencial.

Mi estómago da un vuelco.

La tarjeta lleva el logotipo dorado de la corporación y el distintivo de acceso total a áreas restringidas del barco.

—Soy Arturo Valdés, auditor de operaciones de la flota —se presenta con una parsimonia que me resulta ofensiva dada la urgencia de lo que acaba de pasar—. Y creo que esta conversación debería continuar en un área privada.

Maika parpadea, completamente descolocada. Yo me quedo de piedra. Creo que, si permito que mis músculos se relajen un milímetro, me caeré al suelo.

—¿Perdone? —pregunto, aunque mi cerebro de oficial ya ha procesado la categoría de la credencial.

El hombre gira la tarjeta para que apreciemos el sello holográfico.

—Viajaba de incógnito en el autocar de la excursión. Como pasajero de observación. Y no era el único mando de la compañía presente en el grupo.

Su compañera aparece al instante. La reconozco de inmediato: pelo corto, vestido azul marino, una de las pasajeras que se sentó en la sección de babor durante la cena de gala.

Una de esas personas que miran mucho, hablan poco y analizan los estándares de servicio sin levantar sospechas.

En cuanto se planta frente a nosotras, saca su propia identificación corporativa.

—Julianne Ferguson —añade—. Dirección de experiencia a bordo y evaluación de mandos.

El pasillo de embarque parece encogerse a nuestro alrededor. Siento que el aire acondicionado empieza a congelarme la nuca. Maika se queda muy quieta a mi lado. Por primera vez en todo el día, no la oigo ni respirar.

—¿Estaban infiltrados en el crucero? —consigue articular ella.

Julianne esboza una sonrisa e inclina la cabeza.

—Preferimos el término «auditoría de calidad en condiciones reales».

—Claro —replica Maika con una mueca irónica—. Porque decir «infiltrados» suena demasiado a película de espías y desentona con los folletos del club de pasajeros VIP.

Arturo no se inmuta, pero Julianne mantiene esa sonrisa analítica que tanto tememos los oficiales de a bordo. Yo soy incapaz de gesticular; tengo la garganta seca.

—¿Desde cuándo están a bordo? —pregunto, obligándome a mantener la compostura.

—Embarcamos en Marsella —informa Arturo—. Hemos estado monitorizando la coordinación interdepartamental en los desembarques de las escalas previas. Hoy tocaba evaluar la gestión de posibles contingencias en Roma y hemos tenido oportunidad de ver la resolución de esta última… incidencia.

Minutos de asfixia en una escalera del Vaticano, papeleo de emergencia con la gendarmería local, veinticuatro cruceristas en vilo, un tren tomado a la carrera y un regreso al muelle con las sirenas del barco reclamando nuestra salida.

Todo resumido en un concepto limpio, de oficina, sin rastro de sudor ni de la angustia que me ha oprimido el pecho mientras esperaba que Maika apareciera delante de mí.

—Debemos reunirnos de inmediato —dictamina Julianne—. Subamos a la sala de juntas de la cubierta de oficiales.

Observo a Maika. Ella me clava una mirada rápida, cargada de una vulnerabilidad que rara vez se permite mostrar. Hay demasiada historia sin resolver entre las dos como para que quepa en este pasillo.

—Acaba de llegar de tierra —intervengo antes de que mi cabeza sopese las consecuencias de contradecir a un auditor—. Mi compañera necesita unos minutos para pasar por su camarote. Al menos, refrescarse un poco.

No sé por qué la protejo ante los ojos de la cúpula directiva. O quizá sí lo sé, pero me aterra admitirlo. Maika me mira de reojo, descolocada, y esa sorpresa me escuece más que cualquier pulla que haya podido tirarme.

Arturo niega, implacable.

—Lo siento, oficial. El informe debe redactarse antes de que el barco salga de aguas territoriales.

—Entendido.

Caminamos hacia los ascensores de servicio en silencio.

Maika camina a mi lado, con los hombros caídos y la mirada fija en las planchas del suelo.

Yo no puedo evitar analizar cada detalle de ella.

Sus manos rígidas, la marca roja que le ha dejado la correa del bolso en la muñeca, los mechones sueltos sobre su cuello.

Me obligo a clavar los ojos al frente mientras subimos de cubierta.

—¿Qué demonios está pasando aquí? —murmuro casi para mí misma.

Maika suelta una risa amarga que se corta de inmediato.

—Si lo descubres, me avisas. Yo todavía estoy intentando decidir si he sobrevivido a Roma o si esto es una alucinación por culpa de la deshidratación.

La sala de juntas de la cubierta de oficiales está demasiado iluminada, demasiado fría y con ese olor a cera y limpieza tan característico de las zonas de mando.

Una mesa de caoba ovalada, cuatro sillas de piel, las pantallas de navegación apagadas y el rumor sordo de los motores del barco cobrando vida de fondo.

Julianne y Arturo nos indican nuestros asientos.

Maika se deja caer en la silla, aunque endereza la espalda al instante.

Yo me siento a su lado, adoptando la postura rígida que dicta el protocolo.

Arturo despliega una tablet sobre la mesa y Julianne entrelaza las manos con parsimonia.

—Antes de analizar los procedimientos —empieza ella—, os informamos de que el pasajero evacuado en el Vaticano está estabilizado en el centro médico de Roma.

El equipo de asistencia en tierra de la naviera ya se ha hecho cargo de su alojamiento, la gestión del seguro médico y los billetes para reincorporarse al crucero en el próximo puerto si recibe el alta.

Veo de reojo cómo Maika cierra los ojos y expulsa todo el aire que retenía en los pulmones. Ese alivio ajeno me golpea el pecho con fuerza.

—Gracias —alcanza a decir Maika.

—Bien —continúa Arturo, tecleando en su pantalla—. Centrémonos en el desarrollo de los acontecimientos tras la pérdida de cobertura.

Todos mis sistemas de defensa se activan por reflejo.

—Lo ocurrido… —intervengo—, es que en cuanto la coordinadora restableció el contacto al salir a la plaza, se reestructuró la logística portuaria desde el barco y se aseguró la llegada del grupo completo antes del cierre definitivo de la pasarela de embarque.

Julianne me estudia con ojos clínicos.

—Eso consta en el minutado de la terminal, oficial —admite—. El grupo cruzó el escáner a tiempo.

—Por lo tanto, hemos demostrado que todo ha funcionado como debería —concluyo.

Maika gira la cabeza hacia mí. Noto su desconcierto ante el hecho de que use el plural para defendernos.

Arturo apoya los antebrazos en la mesa, y clava su mirada en la mía.

—El resultado ha sido óptimo, Helen. Pero pudo no haber pasado así y costarnos un dineral, por no hablar de las quejas y denuncias de los pasajeros que llegarán. Porque seguro que llegarán.

La frase me escuece porque da en el blanco exacto de mis propios miedos. Llevo todo el rato calculando el precio de lo ocurrido.

—Cada operación en tierra tiene un margen de riesgo —replico—. Para eso estamos lo mandos.

—Y para eso evaluamos qué sucede cuando los protocolos no sirven para nada —sentencia Julianne con una calma gélida.

Maika se inclina hacia delante, y apoya los codos en la mesa.

—Con todo el respeto. Cuando un señor de setenta años se desploma en una escalera de caracol de sesenta centímetros de ancho, el manual de procedimientos de la naviera sirve de bastante poco para evitar que el grupo entre en pánico o para negociar con la Gendarmería del Vaticano.

Julianne, lejos de molestarse, asiente con lentitud.

—Exactamente, Maika. A eso queríamos llegar.

Siento la confusión atenazarme. Arturo desliza un dedo por su pantalla y carraspea.