17 #2
—Eso intento, jefa del universo, pero la máquina va lentísima.
—Usa la tarjeta de crédito corporativa. Si no te lee el código del grupo, saca billetes individuales, lo que sea más rápido. Lo importante es que estéis en ese vagón.
—Entendido.
Saco la tarjeta de emergencias del bolsillo con los dedos húmedos.
Introduzco los datos en la pantalla táctil y la máquina se toma una eternidad que probablemente dura solo siete segundos.
Justo cuando estoy a punto de pegarle un puñetazo al cristal, la ranura empieza a escupir una tira interminable de billetes.
Y al segundo, casi le planto un beso a la máquina.
—Los tengo —anuncio, recogiéndolos al vuelo. Miro a Nico—. ¿Están todos?
Nico levanta el pulgar, con el color recuperado en las mejillas.
—Grupo completo, Maika.
—Bien —interviene Helen desde el otro lado—.
El autobús de la agencia portuaria ya está notificado.
Os esperará en la salida de la estación de Civitavecchia con el motor en marcha.
El oficial de guardia ya sabe que vais justos, así que mantendrán la pasarela Alfa abierta solo para vuestro grupo.
No dejes que nadie se despiste al bajar del tren, Maika.
Mi paciencia, que ya venía en reserva desde la crisis de la cúpula, decide evaporarse por completo, me giro de espaldas al grupo para que ningún pasajero me oiga y suelto:
—¡Que sí, Helen! ¡Sé perfectamente cómo hacer mi puto trabajo!
Nico vuelve a abrir los ojos como platos.
—Tú no has oído nada.
—Soy sordo desde que salimos del Vaticano —promete, asintiendo con energía.
Al otro lado del teléfono, se hace un silencio sepulcral.
—Maika —dice ella, con una lentitud que me hiela la sangre.
—Lo siento —respondo antes de que mi orgullo lo impida.
Me quedo quieta en mitad del vestíbulo, con el fajo de billetes en una mano y el móvil pegado a la oreja—.
Lo siento, Helen. Estoy nerviosa, ¿vale?
Y tengo a un montón de cruceristas mirándome como si yo tuviera el poder de detener un barco de cien mil toneladas con las manos.
Helen respira hondo al otro lado de la línea.
—Lo sé. Sube a ese tren. Ya hablaremos a bordo.
—¿Me vas a echar la bronca?
—Sube al tren.
—Voy.
Me giro hacia el grupo, agitando los billetes en el aire.
—¡Atención! Tenemos los pasajes. Todos hacia el andén. Este tren nos dejará directos en Civitavecchia y allí nos espera un transporte privado directo a la misma pasarela del barco. ¡Llegamos a tiempo!
No sé si tengo derecho médico a prometerlo, pero a veces una mentira piadosa con total seguridad es lo único que mantiene a un grupo de turistas en pie.
Nada más entrar, los pasajeros se desploman en los asientos, abanicándose con los folletos turísticos del Vaticano. Nico se sienta dos segundos, pero vuelve a levantarse de inmediato, incapaz de contener la adrenalina.
Por primera vez en tres horas, siento que la jornada deja de pelear contra nosotros.
Me apoyo contra la puerta del vagón, manteniendo la vista fija en el grupo. A través de la ventanilla, los suburbios de Roma empiezan a deslizarse hacia atrás a toda velocidad. Y unos minutos después, Helen vuelve a llamar.
—¿Cómo estás? —pregunta, justo cuando el tren supera la mitad del recorrido.
La pregunta me pilla por sorpresa. Miro mi reflejo en el cristal de la ventanilla: llevo el pelo deshecho, la acreditación torcida y los ojos agotadísimos. Una estampa maravillosa.
—Entera —le contesto—. Que ya es un milagro.
Helen tarda un instante en responder, y noto el peso de su alivio a través de la línea.
—Bien.
El trayecto pasa volando y dura una eternidad al mismo tiempo. Cuando el tren frena por fin en la estación costera de Civitavecchia, la tensión me vuelve a cerrar el estómago.
—Ya estamos en el andén —le digo al teléfono.
—Salid directos por el vestíbulo principal. El conductor de la lanzadera está en la puerta con un cartel de la naviera y acreditación de seguridad. Os meterá en el recinto portuario en tres minutos. Moveros.
—Tres minutos es lo que me queda de vida antes de desmayarme yo también.
—Muévete de una vez, Maika, y déjate de tonterías.
—A sus órdenes, mi oficial.
Bajamos del vagón como una marea compacta.
El autobús lanzadera se planta delante con las luces de emergencia encendidas y el conductor haciéndonos señas.
Helen ha cumplido. Por supuesto que ha cumplido.
Ella siempre tiene un Plan B. «Es lo que tiene no fiarse de nadie», me repito.
La frase me vuelve ahora con un matiz completamente distinto.
Me dolió cuando la soltó en cubierta, pero hoy, esa maldita desconfianza nos ha salvado la vida.
El autobús atraviesa los controles de seguridad del puerto a toda velocidad y, de pronto, el barco aparece ante nosotros. Enorme, blanco, imponente, recortándose contra el cielo de la tarde. Las sirenas de aviso de embarque están sonando por los altavoces.
Los pasajeros bajan a toda prisa, pasando sus tarjetas por el escáner de la pasarela y cuando por fin cruzo la línea de la pasarela y piso el suelo del interior del barco, las piernas me tiemblan tanto que amenazan con fallarme.
Me apoyo contra el mamparo del pasillo, dejo caer la cabeza hacia atrás y cierro los ojos.
—Dios… Ha sido el peor día de mi vida entera en esta naviera.