17
Maika
—Lo que vamos a hacer es contactar con la agencia receptiva local de Shorex en Roma y desviar uno de los autobuses de refuerzo para que os recoja en un punto seguro.
La voz de Helen llega al otro lado del teléfono con esa calma que solo ella consigue fabricar cuando todo está a punto de arder.
La imagino de pie en la oficina de seguridad del barco, con la carpeta bien apretada contra el pecho, los ojos fijos en el sistema de monitorización y su mandíbula marcada por el esfuerzo de no gritarme.
Aunque una parte de mí quiere agradecerle que procese la información con tanta rapidez; la otra desea cruzar la línea telefónica y sacudirla por los hombros hasta que comprenda el infarto que estoy viviendo en directo.
—¿Desviar un autobús? Sabes que la entrada a la autopista de Civitavecchia se convierte en una ratonera a esta hora, ¿verdad? —respondo, esquivando a un grupo de turistas—. Nos comeríamos el atasco entero.
Miro a mi alrededor. La Plaza de San Pedro se ha convertido en un hervidero.
A mi lado, Nico está tan pálido que parece haber visto su propio contrato laboral desfilar hacia el fondo del Mediterráneo.
No deja de hacerme muecas exageradas, abrir mucho los ojos y señalar el móvil con desesperación, como si no entendiera que, si pudiera resolver una crisis marítima con gestos teatrales, ya estaríamos a bordo con una bebida fría en la mano en el puente de observación.
Tapo el auricular con la palma de la mano y lo fulmino con la mirada.
—¿Quieres que sea yo quien acabe en la enfermería del barco por culpa de tus nervios? —le espeto.
Nico niega con la cabeza de inmediato, aterrado.
—Bien —suspiro—. Pues cierra el pico un segundo.
Vuelvo al teléfono con el corazón latiéndome en la garganta.
—Helen, escúchame con atención…
—Te estoy escuchando, Maika.
—No, estás calculando cuántos informes desfavorables me vas a clavar mientras finges que me escuchas. Hay una diferencia enorme.
—Maika, por favor. No tenemos margen. El capitán ya está pidiendo el manifiesto de tripulación y pasajeros para cerrar la pasarela.
—Escucha —la interrumpo, doblando la esquina a paso ligero—.
La Plaza de San Pedro queda a solo diez minutos andando de la estación de tren Roma San Pietro.
Si consigo meter a todo el grupo ahí, podemos tomar el Regional Veloce directo a Civitavecchia.
Nos saltamos el tráfico de Roma, las entradas colapsadas al puerto y la remota posibilidad de que el conductor del autobús decida que hoy es el día perfecto para jubilarse. ¿No te parece?
Se produce un silencio al otro lado de la línea. ¿La habré matado de un pasmo?
—¿Pretendes cruzar la vía pública con veinticuatro pasajeros del barco a contrarreloj? —pregunta Helen, claramente incrédula.
—No es toda Roma, Helen. Son cuatro calles. Y por si no has mirado el reloj de cubierta, es bastante urgente —contesto, intentando mantener el control—. Sé que es un plan desesperado, pero también es brillante. Mis dos mejores versiones salen a la luz cuando todo se tuerce —ironizo.
A mi alrededor, varios pasajeros comienzan a murmurar con inquietud al ver que los autobuses oficiales ya no están en la explanada. Me giro hacia ellos y levanto una mano, forzando mi mejor proyección de voz de animadora.
—¡Escúchame todos, por favor! Vamos a dar un pequeño paseo constitucional hacia la estación de tren Roma San Pietro.
Está aquí mismo. Necesito que caminemos juntos, en bloque, sin separarnos, sin detenernos a hacer fotos y, por lo que más queráis, sin comprar nada que tenga forma de Coliseo o de Papa sonriente. ¿De acuerdo?
—Pero... ¿vamos a llegar a tiempo antes de que zarpe el barco? —pregunta un hombre, con la voz tomada por la ansiedad.
Sonrío con toda la seguridad que logro reunir, como si tuviera el timón del crucero en mis manos. ¿Es que no leen la información cuando reservan los cruceros o qué?
—Por supuesto. —Estiro una sonrisa—. Nadie se va a quedar en tierra, os lo garantizo.
No añado un «siempre que nadie se caiga o se despiste», porque intuyo que eso no ayudaría a la moral del rebaño.
Helen vuelve a hablarme por el auricular, su tono ha cambiado; ahora es el de la oficial de seguridad analizando los posibles riesgos.
—Necesito que me confirmes el recuento exacto ahora mismo.
—Veinticuatro pasajeros, Nico y yo —respondo con claridad, arrastrando los pies por el pavimento—.
Me he quedado con los datos de contacto de la hija de don Ernesto y Nico ya ha pasado el reporte a la mesa de asistencia en tierra.
Mi prioridad absoluta ahora es sacar al resto de aquí. Sanos, salvos y a tiempo.
—De acuerdo —dictamina Helen. Escucho el tecleo rápido de su ordenador de fondo—. Modifico el plan. Voy a coordinar que la agencia portuaria os espere con un autobús lanzadera en la misma terminal de tren de Civitavecchia para moveros directos al muelle en cuanto bajéis.
Aquí está Helen en su pura esencia. Y por primera vez desde que vi los autobuses desaparecer, siento que vuelvo a tener suelo firme bajo los pies.
—Perfecto. Yo compraré los billetes de todo el grupo en cuanto lleguemos a la taquilla.
—No los pierdas de vista ni un segundo, Maika. Si me falta una sola tarjeta de embarque al cruzar la pasarela, tendremos un problema muy serio.
—Gracias por el consejo, de verdad. Pensaba soltarlos por la Vía de la Conciliación y desearles buena suerte en sus vidas —ironizo.
—Ni se te ocurra bromear con eso hoy. ¿Estamos?
Me muerdo la lengua. Literalmente. Porque si digo lo que pienso en este momento, el Vaticano nos excomulga a las dos.
—¡Grupo tres, mantened el ritmo! Nico, cierra la marcha. Que nadie se descuelgue.
La expedición arranca como puede. No somos elegantes, ni discretos.
Somos un pelotón turístico con pegatinas del barco en el pecho, mochilas, sudor y ojos de pánico, atravesando las calles adoquinadas mientras yo lidero la marcha con el móvil pegado a la oreja y una sonrisa profesional que empieza a darme calambres en las mejillas.
Roma es hermosa incluso cuando te está arruinando la carrera.
Las fachadas ocres brillan bajo el sol de la tarde, las motos pasan rozando los bordillos a una velocidad absurda y las terrazas desprenden un aroma criminal a pasta fresca y café expreso.
Una pareja se besa apasionadamente junto a una esquina, ajena por completo a que mi estabilidad mental depende de un horario de embarque marítimo.
Qué bonito, qué romántico y qué ganas de pedirles que se quiten de en medio porque nos están bloqueando media puta acera .
—¿Cómo vais? ¿Dónde estáis exactamente? —insiste Helen.
—Caminando —respondo, y la oigo resoplar al otro lado—. ¿Qué quieres que te diga, Helen? ¿Los nudos a los que marchamos? Por Dios, que estamos en plena calle.
—Solo quiero saber si avanzáis a buen ritmo.
Miro hacia atrás sobre mi hombro. Nico intenta animar a un matrimonio mayor que ya arrastra los pies, y el resto del grupo avanza como una peregrinación militarizada bajo un sol de justicia.
—Vamos bien —digo, apretando el paso—. No tenemos la gracia de una gacela, pero avanzamos.
Treinta segundos después, vuelvo a escuchar su voz.
—¿Y ahora?
—En un callejón romano. Con adoquines infernales, turistas por todas partes —suelto con ironía—. Helen, me estás metiendo una presión insoportable. Como vuelvas a decirme algo en los próximos tres minutos, te juro que los suelto a todos en la Fontana y pido el finiquito.
—Atrévete a hacer algo así y te lanzo por la borda yo misma en cuanto pises la cubierta.
—Pues búscate una tila, un baño de barro o lo que sea que use la gente cuadriculada para relajarse. ¡Joder!
El silencio cae de golpe. Y no solo a través de la línea.
También a mi alrededor. Varios pasajeros de la fila delantera se giran para mirarme, incluidos dos niños que abren los ojos como platos, como si acabaran de descubrir que las coordinadoras de animación del barco también saben jurar en arameo.
Sonrío de inmediato, transformando mi rostro en pura dulzura.
—Todo va bien, seguimos disfrutando de la ruta de forma… dinámica —le aseguro a Helen.
Nico se lleva una mano a la cara, arrastrando los dedos por la vergüenza mientras Helen, al otro lado, inspira hondo.
—¿Has dicho eso delante de los pasajeros?
—No sé de qué me hablas. Aquí todo el mundo está viviendo una experiencia cultural intensa y memorable —susurro, metiéndome ya en el vestíbulo de la estación—.
Helen, estoy moviendo a veinticuatro personas, con ancianos incluidos, hacia un andén en tiempo récord.
Si se me escapa una palabrota, la metes en el informe de incidencias, me descuentas el bonus de la escala y en paz.
—No quiero descontarte nada, Maika —su voz baja un tono, perdiendo la rigidez de antes—. Solo quiero que lleguéis al muelle. Sanos y salvos.
Durante un segundo, mientras esquivo las vallas de la entrada, percibo una pequeña grieta. Una preocupación real y humana. Preocupación… por mí.
Y mi pecho, que es un traidor de categoría, decide ablandarse en mitad del caos.
—Vamos a llegar —le aseguro.
—Más te vale —responde ella.
Sonrío a pesar del sudor y la prisa.
—Eso ha sonado casi cariñoso.
—No te acostumbres, coordinadora.
Llegamos al vestíbulo de Roma San Pietro con la respiración entrecortada y la dignidad por los suelos. Las baldosas de la estación me parecen la antesala del paraíso. Los pasajeros entran detrás de mí entre jadeos y miradas ansiosas hacia las pantallas de salidas.
—Nico, recuento rápido. Ya.
Él empieza a señalar cabezas con un dedo tembloroso.
—Uno, dos, tres…
Yo corro hacia las máquinas expendedoras de billetes, intentando descifrar la interfaz. Regional Veloce hacia Civitavecchia. Salida en cuatro minutos. Tiempo de trayecto: cuarenta y un minutos. Bendito ferrocarril italiano.
—Helen, tenemos un Regional Veloce en el andén —informo por el manos libres—. Tarda cuarenta minutos. Si lo pillamos, ganamos el día.
—Sacad los billetes ya. No lo dejes escapar.