Un desastre perfecto 16
40%

16

Maika

La visita a Roma comienza mejor de lo esperado.

Y eso, viniendo de mí, ya es mucho. Porque una parte de mi cerebro siempre reserva una silla vacía para el desastre.

Nunca he sido pesimista, pero un desembarco de más de un centenar de personas, coordinando autobuses, horarios apretados, guías locales, un calor asfixiante, y pasajeros que interpretan «solo cinco minutos» como «media hora en una tienda de recuerdos», siempre trae sus revoluciones.

Pero esta vez el día parece darnos tregua. Los pasajeros bajan de los autocares con los teléfonos preparados y los ojos muy abiertos, como niños ante un escaparate lleno de golosinas.

Las primeras horas, nos movemos como un desfile bien preparado, mientras reportamos lo que va pasando en el chat de equipo:

«Grupo tres dividido. Primer subgrupo en ruta hacia la Plaza de San Pedro. Todo en orden.»

No sé si Helen estará leyendo mis mensajes desde la oficina de seguridad del barco.

Me la imagino a bordo, erguida con su uniforme, revisando cada aviso, cada hora del itinerario, incluso controlando el reloj de cubierta.

Aunque me moleste admitirlo, saber que ella está pendiente de que todo vaya como la seda, me tranquiliza.

—Maika, ¿podemos ir a tomar unas fotos por aquí? —me pregunta una pasajera, señalando una vista preciosa de la plaza.

—Claro que sí —respondo con mi mejor sonrisa de tripulante—, pero sin bloquear el paso y sin perder de vista al grupo. Que el barco no espera a nadie.

Me gusta ver cómo la gente se emociona ante lugares que ha soñado visitar durante años.

Me gusta acompañarlos, resolver esos pequeños problemas que surgen y crear calma cuando el mundo se llena de ruido.

Me gusta sentir que hago bien mi trabajo, aunque Helen se empeñe en pensar que la animación solo sirve para bailar el Follow the Leader en la piscina.

Quizá por eso el día me sabe a revancha. No contra Helen, sino contra sus dudas. Contra mi propia culpa. Contra la frase que se desliza dentro de mí, pinchándome sin cesar. «Somos profesionales, Helen. Siempre lo hemos sido y hoy pienso demostrártelo».

La primera parte del itinerario transcurre con los imprevistos habituales.

Un pasajero pierde el ticket y lo encuentra después dentro de la guía de Roma.

Una niña llora porque quiere subir a una fuente que, por supuesto, está protegido tocar.

Nada grave. Nada que no se resuelva con paciencia, un poco de agua y una sonrisa que no deje entrever cuánto deseas sentarte cinco minutos a la sombra.

A media tarde, mi subgrupo es el último en visitar la cúpula de la Basílica de San Pedro.

Los demás pasajeros ya han completado el recorrido y regresan poco a poco hacia el punto de encuentro de los autobuses.

Nuestra parte se ha retrasado ligeramente por el control de seguridad de la entrada y por una familia que necesitó reorganizar sus bolsos, cámaras, gorras, botellas y, al parecer, toda su existencia.

Pero seguimos dentro del margen. Quizá con el tiempo un poco ajustado. Pero dentro del margen, a fin de cuentas.

—Recordad —anuncio a las veintiséis personas que vienen conmigo cuando nos acumulamos—: subiremos con calma las escaleras, sin adelantar a nadie y respetando todas las indicaciones del personal. Es un tramo estrecho en algunas zonas, así que nada de prisas.

Algunos se abanican con los folletos. Otros miran hacia arriba, impresionados por la altura, y por esa sensación de entrar en un lugar donde el tiempo parece haberse estancado.

Los muros del Vaticano acogen un silencio especial. Una solemnidad que se filtra bajo la piel incluso cuando una está más pendiente de contar cabezas que de elevar el espíritu.

La escalera Giuseppe Momo parece enroscarse sobre sí misma sin final a la vista.

La gente avanza despacio, con las manos apoyadas en la barandilla; las respiraciones son cada vez más profundas y se puede escuchar alguna que otra risa nerviosa.

Yo alterno posiciones, miro hacia delante y hacia atrás, y compruebo que nadie se quede demasiado rezagado.

Todo va bien. Hasta que, por supuesto, deja de ir bien.

Se escucha un sonido seco, un murmullo y una mujer que grita:

—¡Papá!

Me giro tan rápido que casi me golpeo el hombro contra alguien.

Un hombre mayor; don Ernesto, se desploma parcialmente contra el lateral de la escalera.

No cae del todo porque su hija lo sostiene como puede, pero su rostro está pálido, los labios han perdido su color habitual y tiene los ojos cerrados.

El mundo se estrecha de golpe para mí.

—Dejad espacio —pido de inmediato mientras avanzo hacia ellos—. Por favor, que nadie empuje. Que todo el mundo se quede quieto en su escalón.

Nico está unos escalones más abajo y me mira con los ojos muy abiertos, asustado.

—¿Qué hacemos, Maika? —pregunta.

—Busca al personal de seguridad del Vaticano y avisa de que necesitamos asistencia médica inmediata. ¡Ya! —le indico.

Él asiente y baja con dificultad, pidiendo paso en un italiano torpe pero efectivo. Yo me agacho junto a don Ernesto, mientras su hija tiembla visiblemente.

—Se ha mareado —me explica—. Ha dicho que le faltaba el aire y…

—Tranquila —le respondo con toda la serenidad que consigo reunir—. Vamos a ayudarlo. ¿Tiene alguna condición médica? ¿Toma alguna medicación?

La mujer empieza a responder entre lágrimas: hipertensión, pastillas, el calor, el cansancio del viaje…

Yo escucho con atención, asiento y repito mentalmente cada dato para transmitírselo luego al servicio médico.

Saco el teléfono corporativo y veo que no tengo cobertura.

Muevo el brazo hacia un lado, como si pudiera negociar con las gruesas paredes de piedra vaticanas.

Nada. Un símbolo vacío. Ni una sola línea.

—No, no, no… mierda —susurro para mí.

Intento llamar a Helen o mandarle un mensaje. Pero fallo estrepitosamente.

Esto no puede estar pasándome a mí. Joder. No, no y no . No cuando Helen espera tiempos exactos, actualizaciones y confirmaciones antes de dar la orden de salida en el puerto de Civitavecchia. No cuando su confianza en mí pende de un hilo tan fino que casi puedo oír cómo se rompe.

El personal del Vaticano llega al cabo de unos minutos que se sienten eternos.

Después aparecen los sanitarios, y rápido, se activa el protocolo de evacuación médica.

Nos indican que nadie puede subir ni bajar, y la escalera queda totalmente bloqueada mientras atienden a don Ernesto y organizan la extracción segura en camilla.

—¿Cuánto va a tardar? —pregunto en inglés a uno de los responsables.

Un gendarme me responde con amabilidad: «Lo necesario». Odio esas dos palabras. Lo necesario puede ser diez minutos o puede ser el principio de mi ruina y un informe de abandono de puesto.

Informo al grupo con la mayor calma posible:

—Vamos a quedarnos aquí hasta que el equipo médico termine de evacuar a don Ernesto. Que nadie se mueva de su sitio salvo que se lo indiquen. El pasajero está en buenas manos y en cuanto nos den paso saldremos todos juntos.

—Pero... ¿perderemos el autobús de regreso al puerto? —pregunta alguien con lógica preocupación. Si el barco zarpa, quedarse en Roma es una pesadilla de miles de euros.

Sonrío, aunque no sé muy bien cómo.

—Somos una excursión oficial del barco, nadie se va a quedar en tierra, os lo garantizo. Vamos a solucionarlo. Lo importante ahora es que don Ernesto reciba la atención que necesita.

La hija del hombre me mira con los ojos llenos de lágrimas.

—Lo siento mucho, de verdad. Estamos estropeando la excursión de todos.

Niego con la cabeza y le dejo una caricia en el brazo.

—No tienes nada que sentir —le digo, regalándole un apretón en la mano después—. Para eso estamos aquí.

Y lo digo de verdad. El trabajo a bordo no consiste solo en cumplir horarios y sonreír en el lounge cuando todo va sobre ruedas.

También se trata de sostener a la gente cuando algo sale mal en mitad de un país extranjero.

Eso lo sé. Lo creo y lo defiendo con convicción.

Pero mi teléfono sigue sin cobertura. Y Helen no sabe nada. Estará pensando lo peor de mí.

Los minutos se convierten en una masa densa y pegajosa.

Algunos pasajeros se sientan en los escalones cuando se les permite.

Otros murmuran entre ellos. Una mujer reza en voz baja.

Nico, que ha conseguido volver a mi lado, me ayuda a mantener al grupo tranquilo, mientras, reparte agua cuando el personal lo autoriza y vigila que nadie más sufra un golpe de calor.

Yo miro la pantalla del teléfono cada treinta segundos.

—Maika —me dice Nico, acercándose—, esto no depende de ti. Ha sido por fuerza mayor.

Lo miro. Pobre Nico. Tan joven y tan optimista. Todavía no sabe cómo se las gastan los jefazos.

—Cuando Helen me arranque la cabeza y me mande a casa en el próximo puerto, recuérdale eso —respondo con ironía.

—Seguro que no lo hará —instintivamente intenta tranquilizarme.

—Tú no conoces a Helen cuando las cosas se salen del procedimiento.

Hemos pasado como media hora bloqueados en la escalera del Vaticano y cuarenta y cinco minutos más rellenando el informe oficial de incidentes.

Casi dos horas imaginando a Helen mirando el reloj de la terminal, apretando la mandíbula y pensando exactamente que he vuelto a demostrar que es una irresponsable.

Cuando nos avisan de que don Ernesto ya está estable y en la ambulancia rumbo al hospital, la noticia me devuelve algo de aire.

Pero no el suficiente, porque en cuanto salimos al exterior, Roma nos golpea con todo su ruido, su calor y su caos.

La Plaza de San Pedro se extiende ante nosotros inmensa, brillante, plagada de turistas, guías y banderas.

Mi teléfono recupera la señal de pronto y empieza a vibrar como si quisiera vengarse por este eterno silencio.

Tengo decenas de mensajes, y llamadas perdidas. De Leo, de la mesa de Excursiones, de la centralita del barco. Y de Helen. Muchas de Helen.

Trago saliva.

—Vale, equipo —anuncio al grupo, tragándome los nervios—. Vamos juntos hacia el punto de encuentro de los autocares. Tenemos que seguir todos juntos. Nico, cierra la fila y que no se descuelgue nadie.

—Hecho —responde con decisión.

Avanzamos lo más rápido que podemos entre la multitud.

Pero Roma, cuando decide ponerse en contra, lo hace con verdadero arte.

Porque delante de nosotros aparece una calle cortada, un flujo imposible de turistas y semáforos en rojo eternos.

Cada minuto que pasa se transforma en una piedra que me hace tropezar y desestabiliza todo mi optimismo.

Y la puntilla llega cuando alcanzamos la zona de estacionamiento, con el espacio está vacío.

—¿Y los autobuses? —pregunta una niña a mi espalda.

Miro a lo lejos y distingo las matrículas de nuestros autocares alejándose por la avenida principal.

Durante un segundo mi cerebro se niega a procesar la imagen.

Pero eso es exactamente lo que está pasando.

Veo el móvil y leo que los conductores han tenido que abandonar la zona de carga debido a las restricciones de la policía local de Roma.

No pueden quedarse parados bloqueando San Pedro.

«Mierda, ¡joder!». Vale, vale, tengo que pensar.

Nos hemos quedado en mitad de Roma. Veinticuatro pasajeros, Nico y yo. Consumiendo los últimos minutos antes de que el barco tenga que cerrar las pasarelas en Civitavecchia sin incidencias, retrasos y multas estratosféricas.

—Oh, Dios santo. ¿Y ahora qué hacemos?

El pánico se extiende como una chispa entre los pasajeros.

—No puede ser.

—¿Va a zarpar el barco sin nosotros?

—¿Quién nos lleva ahora?

Levanto ambas manos para captar la atención del grupo.

—Escuchadme todos, por favor —digo proyectando bien la voz—. Nadie va a perder el barco. Las excursiones oficiales están protegidas y el barco sabe que estamos aquí. Vamos a quedarnos juntos a la sombra de aquellos árboles, mientras coordino el regreso ahora mismo.

Ante ellos mantengo la calma, en cambio, mi estómago acaba de tirarse al vacío desde lo alto de la cúpula.

Me alejo unos pasos sin perderlos de vista y marco el número directo de Helen. Cada pitido me arranca una capa de orgullo. Cuando contesta, su voz llega seca, tensa y afilada.

—¿Tanto te costaba seguir los tiempos de la escala, Maika? El capitán está pidiendo el manifiesto de salida.

Cierro los ojos un instante y suelto un suspiro, apretando el teléfono contra la oreja.

Podría defenderme. Podría recordarle a gritos que yo no he provocado el desmayo de un pasajero, que no tengo superpoderes para atravesar muros de piedra y que los protocolos de emergencia del Vaticano van por encima de sus malditos horarios de navegación.

Podría decirle que llevo dos horas conteniendo los nervios de veinticuatro personas, intentando no perder la cabeza mientras solo pensaba en ella.

Pero no tenemos tiempo para lamernos las heridas.

—Un anciano ha sufrido un síncope —respondo, y mientras me aprieto el puente de la nariz—.

Han tenido que llevárselo en ambulancia y no había cobertura dentro de la estructura.

No es momento de buscar culpables, Helen.

Dime que tienes un Plan B para llevar a toda esta gente de vuelta al puerto antes de que nos metamos en problemas.

Siento cómo su respiración cambia a través del auricular, cómo reorganiza el mundo en su cabeza cuadrada, cómo aparta el reproche y la rigidez para dejar paso a la acción. Esa es Helen. Dura, injusta a veces, insoportable casi siempre… pero jodidamente brillante cuando estalla el caos.

—Siempre tengo un Plan B, Maika —me recuerda, y por un instante, las rodillas se me alfojan—. Es lo que tiene no fiarse de nada, ni de nadie. Escúchame bien porque esto es lo que vamos a hacer…