15
Helen
Al día siguiente.
El puerto de Civitavecchia nos recibe con un cielo suspendido entre el azul plomizo de la noche y una claridad dorada que apenas empieza a insinuarse.
El sol no termina de despuntar, como si también necesitara un café cargado antes de asumir sus responsabilidades náuticas. Por un segundo absurdo, envidio al sol.
Llevo en la estación de la pasarela desde hace media hora, con la tablilla bien pegada al pecho, el dispositivo de operaciones en la mano y la incómoda certeza de haber dormido con los ojos abiertos.
En realidad, ni siquiera sé si he llegado a conciliar el sueño.
Me he pasado la noche en vela dando vueltas, repasando hasta la saciedad los puntos y las comas de todos los protocolos.
Todo puede pasar en un desembarque de tres mil personas. Y esa es, precisamente, la frase que me ha impedido pegar ojo.
—Ya verás como todo sale bien —intento animarme.
Aspiro el aire de la mañana, que se impregna del aroma a bollos recién horneados que se escapa por los extractores de la cocina de la cubierta tres.
El vestíbulo de la pasarela aún no está congestionado.
Los pasajeros más impacientes ya hacen cola frente a los tornos con las mochilas al hombro; parejas adormiladas que verifican sus pegatinas de grupo entre bostezos y niños que, misteriosamente, tienen más energía acumulada que los generadores del barco. Lo normal, básicamente.
El pequeño tic en mi párpado izquierdo vuelve a atacarme con una insistencia humillante.
—No empieces tú también —murmuro entre dientes, presionándome el ojo con dos dedos.
Pero mi cuerpo nunca ha entendido de normas.
Me asomo a la escotilla de la pasarela para observar el muelle.
Los autobuses de Transmarine ya están estacionados, perfectamente alineados en la dársena asignada.
Desde aquí parecen inofensivos, pero yo los veo como lo que realmente son: cuarenta y ocho plazas por unidad; cuarenta y ocho oportunidades de que un pasajero pierda su pase, se retrase en la Fontana di Trevi, sufra una lipotimia, proteste por el aire acondicionado o decida que cinco minutos de cortesía equivalen a media hora de reloj.
Maika estará con el grupo tres. No sé por qué mi mirada se clava en su nombre con esa fijeza, pero lo hace. Por supuesto que lo hace. Como si mi cerebro fuera incapaz de obedecer una orden tan sumamente simple: «no pienses en ella».
Magnífico, Helen. Muy maduro por tu parte centrarte en las distracciones del camarote cuando la auditoría de la compañía está a punto de llegar.
—Estás tan rígida que parece que alguien te haya metido un palo por el… —suelta Gonzalo, que aparece a mi lado en el control de tierra con una carpeta de plástico y una falta absoluta de instinto de supervivencia pegada a su sonrisa.
No termina la frase. Se calla en cuanto capta mi expresión y, por una vez en su carrera, su prudencia me conmueve. Casi.
—Te pido, por favor, que dejes los chistes para el relevo de la tarde —respondo sin desviar los ojos de los vehículos—. No tengo el cuerpo para dinámicas de grupo.
Él ladea la cabeza, torciendo el gesto con ironía.
—¿Y cuándo has tenido tú el cuerpo para eso?
Lo fulmino con la mirada.
—Gonzalo…
—Vale, mensaje recibido. Hoy no se juega con la oficial, no se toca a la fiera de seguridad y quedan prohibidas las analogías náuticas. Recibido y conforme.
—Gracias por demostrar que tu laringe puede estar inactiva más de tres segundos —le espeto con sarcasmo.
—No te acostumbres, que me cuesta un mundo —replica él con una sonrisa pícara.
A pesar del nudo que tengo en el estómago, una parte diminuta de mi ser agradece su presencia.
Pero me obligo a mantener la expresión severa.
Si relajo las facciones un solo instante, temo que la ansiedad me gane la partida delante de los subordinados, y este no es el puerto adecuado para convertirme en un manojo de nervios.
Gonzalo se apoya en el mostrador del control de acceso y vigila el despliegue de los guías locales.
—A mí me parece que la maniobra va de maravilla —comenta con tono analítico.
—Que lo parezca no significa que sea segura. Significa que todavía no ha salido nada mal, lo cual es muy distinto.
Él exhala un suspiro.
—De verdad, Helen, algún día deberías intentar navegar con el viento a favor.
—Yo prefiero calcular la fuerza de este, comprobar si el casco tiene alguna vía y asegurarme de que nadie vaya a lanzarle un cabo a la cabeza al auditor de la naviera —le respondo con frialdad.
—Qué poesía técnica la tuya —dice, soltando una carcajada.
—Qué poca gracia la tuya.
Gonzalo se limita a sonreír entre dientes, pero decide no tensar más la cuerda. Sabe de sobra lo que hay en juego.
Los primeros grupos de excursión empiezan a agolparse en la zona de embarque de los autobuses. Desde mi posición en la pasarela, veo a los cruceristas avanzar con esa descoordinación típica de los madrugadores.
Entonces, Maika aparece en el muelle junto a su equipo de animación.
No sé si la presión del aire cambia de golpe o si soy yo, que me vuelvo estúpidamente sensible a la luz en cuanto ella entra en mi sector. Pero ya siento hasta cómo me cuesta respirar.
Maika viste el uniforme formal de Transmarine, aunque tiene el don exasperante de hacer que la americana de la compañía parezca una prenda cómoda de diseño italiano en su cuerpo.
A su lado marchan Leo, Iván, Lara y Nico.
Todos correctamente identificados con sus acreditaciones y distribuidos por tareas.
Lara levanta la mano y le ofrece una sonrisa genuina a un matrimonio que arrastra a dos mellizos.
Leo coteja los nombres en su tablet con una calma contagiosa.
Iván se inclina con respeto hacia una pareja de ancianos para escuchar sus dudas.
Nico distribuye los folletos de emergencia junto al autocar uno.
Y Maika… Maika se mueve en mitad de ese engranaje humano como si controlara las corrientes marinas sin necesidad de consultar el radar.
Es superior a mis fuerzas; no puedo apartar los ojos de ella. Me desquicia tener que reconocerlo, pero su liderazgo es impecable.
—Parece ser que el departamento de animación también sabe lo que es una inspección de la central —comenta Gonzalo, observando la misma escena.
Aprieto la mandíbula hasta que me duele.
—Yo nunca he cuestionado su capacidad —miento con voz monótona.
—Al menos, no de cara a la galería —insiste él.
—¿Te has propuesto que te deje sin guardia hoy, Gonzalo?
Él levanta las manos.
—Solo constato que la coordinadora de animación tiene la situación controlada. Y eso debería bajarte las revoluciones, Helen.
Debería. Pero el conflicto con Maika nunca se ha limitado a los horarios del barco. O tal vez sí.
De pronto, Maika levanta la cabeza hacia la pasarela.
Nuestras miradas se cruzan a través de la distancia y siento que el puerto entero sufre un bajón de tensión.
Sus ojos sostienen los míos con una serenidad aplastante.
No llega a sonreír, pero conozco esa tensión en la comisura de sus labios; sé que se está conteniendo.
Empiezo a leer sus pausas. Y eso me aterra más que los auditores, porque tener ese nivel de intimidad con ella en mitad de una escala oficial es una negligencia que no me puedo permitir.
Las palabras que cruzamos anoche, justo después de que Lara la avisara de que la estaba buscando, vuelven a resonar en mi cabeza:
—Que no te dé un síncope —me dijo Maika, cruzándose de brazos con una seriedad impropia de ella—. Como profesionales que somos, todo va a ir bien.
Recuerdo haber dado un paso hacia ella, sintiéndome atacada.
—Yo no he dicho que hagáis las cosas mal —respondí, en actitud defensiva.
—No te hace falta redactar una queja, Helen. Tu cara de desprecio lo dice todo.
El reproche me escoció porque contenía una verdad a medias. Y las verdades a medias en este negocio son las que provocan los peores naufragios.
—Solo exijo que las cosas salgan según el reglamento —repliqué, estrujando la tablilla contra mi uniforme—. No tolero los imprevistos y quiero que la central compruebe que los oficiales mantenemos el control absoluto del Marine IV.
Maika me sostuvo la mirada durante un instante eterno, limpia de ironías.
—No, Helen. Tú lo que quieres es que todo sea perfecto para asegurar ese ascenso que perdiste la última vez que compartimos contrato.
Maika supo perfectamente qué herida estaba tocando.
—Eso no es justo, Maika —susurré.
—Puede que no —admitió ella—. Pero tampoco es mentira. Mañana no me saldré de los márgenes, te lo prometo.
Yo debí haber respondido algo. Una disculpa sincera, un argumento técnico, un simple: «No quería hacerte daño». Pero me quedé atrapada entre el orgullo y el miedo a ablandarme.
—¿Helen? —La voz de Gonzalo me arranca el recuerdo de golpe.
Parpadeo repetidamente y el tic del ojo izquierdo me da un latigazo molesto en el párpado.
—¿Qué? ¿Qué pasa? —pregunto, tratando de recuperar el tono.
Gonzalo me observa durante un momento en silencio.
—Nada. Que el primer autocar ya tiene el visto bueno del guía. Deberíamos empezar a cantar los números por la frecuencia de radio.
Asiento con excesiva rigidez.
—Sí. Vamos con ello.
Me obligo a romper el contacto visual con el muelle y clavo los ojos en los listados.
Los números no me miran como si supieran qué escondo debajo de los galones.
No me recuerdan que detrás de estos hay una mujer agotada, muerta de miedo y bastante menos implacable de lo que aparenta ante la tripulación.
Empezamos con el trabajo, y una vez que está todo listo, me zambullo de lleno en el siguiente paso.
—Voy a pie de muelle.
Desciendo por la rampa y saludo al guía contratado. Después, me aseguro de que todo esté en orden en cada autocar, antes de que empiece la excursión.
Y me sorprende ver que las cosas van de maravilla. Hasta que la voz de ella aparece en la distancia, en cuanto me doy cuenta que hay problemas —como no—, en uno de los autocares.
—Te tiembla el párpado izquierdo, Helen —observa Maika.
—Es una simple fatiga muscular por falta de descanso —me justifico.
—Por lo tanto, te tiembla —insiste, y una levísima sonrisa asoma en la esquina de su boca.
En cuanto la fulmino con la mirada, ella alza las manos.
—Solo es un diagnóstico preventivo de bienestar a bordo. Nada más.
—No recuerdo haber solicitado los servicios del departamento de animación para mi salud.
—Lo sé. Lo que tú necesitas son ocho horas de sueño en una cama que no se mueva, respirar hondo sin pensar en los inspectores y dejar de analizar los listados como si fueran una orden de ejecución inminente.
Intento forzar mi mejor gesto de indignación, pero del pecho se me escapa un suspiro que casi, por una fracción de segundo, se transforma en una risa. Casi. Maika capta el matiz y sus ojos brillan con una intensidad nueva.
—No empieces con tus juegos —le advierto.
—Yo cumplo las órdenes. No he iniciado ninguna maniobra —responde con fingida sumisión.
«Ya. Seguro».
—Nico ya está buscando a la pareja que nos falta —asegura Maika—. Todo va rodado.
—En fin. Notificad la llegada al punto de control de Roma en cuanto estéis allí.
—Hecho.
—Y ante cualquier variación en el itinerario…
—Te lanzo un aviso prioritario por la frecuencia interna antes de que te enteres por la megafonía de la terminal o por una reclamación —concluye Maika, con un sutil toque de humor.
Antes de que pueda añadir otra directriz, Nico aparece por el pasadizo de la terminal escoltando a una pareja rezagada.
—Autocar tres completo y verificado —anuncia Nico, resoplando con alivio.
Maika asiente, tachando los nombres en su tablet .
—Excelente. Buen trabajo, Nico. —Luego vuelve a clavar sus ojos en mí—. Cuarenta y ocho de cuarenta y ocho. ¿Ves? Controladísimo.
—Entonces, ya os podéis marchar.
Maika se gira hacia las puertas del autocar y alza la voz el tono exacto para imponerse al ruido de los motores.
—Muy bien, grupo tres. Tened las tarjetas listas en la mano y seguid a Nico hasta las escalerillas. Roma lleva en pie dos mil años, así que no se va a mover de su sitio; no necesitamos correr ni alterar el orden de la fila.
Varios turistas se ríen, aliviados. El resto acata la orden sin rechistar. La columna de pasajeros empieza a avanzar hacia el autocar con una fluidez pasmosa que me permite soltar un poco de aire, aunque la tensión me siga latiendo con fuerza.
Gonzalo se aproxima a mi lado en cuanto el autobús cierra las puertas.
—Admítelo de una vez, Müller —dice con cierta diversión.
—No —respondo sin desviar la vista del muelle.
—Ni siquiera te he dicho el qué.
—Me da igual. Mi respuesta sigue siendo negativa.
—Esa mujer sabe lo que se hace.
Miro al frente, observando cómo el autocar tres inicia la marcha hacia la salida del puerto de Civitavecchia. Maika saluda desde la ventanilla del copiloto con una tranquilidad insultante.
—Ya lo estoy viendo —admito a regañadientes.
—Vaya…, eso viniendo de ti, equivale casi a una propuesta de matrimonio —bromea Gonzalo.
—Gonzalo, estás a un comentario de que te mande a revisar los botes salvavidas de la cubierta de paseo bajo el sol —le advierto.
—Vale, vale. Hoy no se permiten licencias humorísticas. Aunque, técnicamente, eso entraba en la categoría de análisis sociológico.
—Pues mételo por el culo —le respondo.
Él sonríe, pero su rostro adopta una seriedad inusual un segundo después.
Durante toda mi carrera he trabajado bajo la misma norma: si una meta importa, tienes que cargarla sobre tus propios hombros.
Si algo puede fallar, revísalo hasta que te sangren los ojos.
Si la tripulación duda, demuéstrales que eres de hierro.
Si los inspectores te subestiman, trabaja el doble.
Si pierdes una promoción, la culpa es exclusivamente tuya por no haber previsto la tormenta.
La última vez que perdí el ascenso, tuve claro que la culpa estuvo repartida, pero una parte de mí sigue arrastrando aquello como un fracaso personal imperdonable.
Por eso hoy necesito que todo vaya como la seda.