14
Maika
—Había olvidado lo mal de la cabeza que está… —murmuro, apurando el último trago del café—. ¿Cuándo coño no hemos sido profesionales?
Lanzo el vaso de papel a un contenedor de reciclaje de la cubierta y clavo la mirada en la esquina del mamparo por la que Helen acaba de desaparecer, casi a la carrera.
Respiro hondo un par de veces, permitiendo que la brisa salada del mar de Liguria me llene los pulmones hasta que logro encajar de nuevo en mi rostro la máscara de «todo está bajo control».
«Por una vez en tu vida». Qué jodidamente injusta es.
—Lo que no soy es una olla exprés con patas. No sé cómo se las apaña para vivir con tanto estrés.
La cubierta empieza a desperezarse. Algunos pasajeros de tercera edad pasean ya con las cámaras colgadas al cuello; otros bostezan encogidos dentro de unos cortavientos que apenas los protegen del aire de la mañana.
El perfil del puerto de Génova ya se recorta en el horizonte y, antes de que ocurra una desgracia —traducción: que Helen me abra un expediente disciplinario—, pongo rumbo a la discoteca de la cubierta siete, donde he citado a mi equipo.
Sí, yo también he leído el correo de la central.
No es que la llegada de los auditores de Transmarine me traiga sin cuidado.
Me importa, y mucho; nos jugamos la renovación del contrato.
Pero entrar en pánico jamás ha conseguido que un desembarque salga a tiempo.
Al contrario, el miedo es el mejor combustible para que un animador la pague con un pasajero.
Cuando empujo las puertas de doble batiente del local, casi todos están distribuidos por los sofás de terciopelo.
Lara está sentada sobre el respaldo de una butaca, lanzando una pelota antiestrés.
Leo y Nico hablan en susurros junto a la cabina del DJ, mientras Iván alinea unas subcarpetas por códigos de color sobre la mesa de mezclas.
En todos los barcos del mundo tiene que haber un Iván para que el departamento de entretenimiento no se hunda en la anarquía.
«Se llevaría de muerte con Helen», pienso con una punzada involuntaria.
—Buenos días, marineros —saludo, dejando que las puertas se cierren a mi espalda—. Veo ojeras de campeonato, lo que demuestra que anoche el equipo de animación cumplió con su deber en la fiesta. —Me acerco a la mesa central y me apoyo en el borde—. Vamos al grano, que el tiempo apremia.
El grupo se recoloca en los sofás. El murmullo de voces se apaga al instante. Incluso Lara atrapa la pelota y la guarda en el bolsillo de la sudadera corporativa, un milagro logístico que ya merece una mención en el diario de a bordo.
—Imagino que los que tengáis el turno de guardia habréis abierto el correo interno de la naviera —comento, y barro la sala con la mirada.
Leo suelta un bufido y se frota el cuello—.
Los inspectores de la central suben mañana en Civitavecchia.
Van a auditarlo todo: la puntualidad, la coordinación entre departamentos, los cuestionarios de satisfacción del pasaje y, en resumen, si merecemos seguir cobrando o nos desembarcan en el próximo puerto.
Leo suelta una carcajada nerviosa. Todos están tensos. Lo noto en la forma en que sostienen los bolígrafos. Esta auditoría va a marcar un antes y un después en el escalafón de la tripulación. Pero, sinceramente, no pienso consentir que el miedo nos paralice.
—Escuchadme bien —les pido, y planto las palmas sobre la mesa—.
Prohibido entrar en modo pánico. Vamos a hacer nuestro trabajo exactamente igual que cada jornada: con energía, con una sonrisa y sin inventos raros sobre la marcha.
Mañana la clave no es la creatividad, son los malditos relojes.
La puntualidad nos va a salvar el pellejo.
—¿Cuántas horas de escala tenemos antes de poner rumbo a Nápoles? —pregunta Leo, con el cuaderno abierto.
—Once horas desde que se abra la pasarela —respondo—.
La excursión a Roma se comerá al menos ocho, el trayecto de ida y vuelta serán unas dos horas y media con suerte, dependiendo del tráfico que encontremos al salir de Civitavecchia y de lo que tarden los pasajeros en comprender que el punto de encuentro no es una sugerencia.
Varios se ríen y el ambiente de la discoteca se destensa visiblemente.
Bien. Eso es lo que busco. Que respiren, que recuerden que son jodidamente buenos en esto.
Que entiendan que detrás de una excursión masiva hay horarios, logísticas y listados de embarque, de acuerdo, pero también familias que han ahorrado todo el año para ver algo espectacular.
Nuestro trabajo es lograr que esa experiencia no parezca una marcha militar diseñada por un algoritmo sin alma.
Saco los dosieres impresos y los deslizo por la mesa.
—Aquí tenéis los desgloses de los autocares.
Cada uno se hará cargo de cuarenta y seis pasajeros.
Casi todo son parejas y familias. Ojo con los niños en las paradas del autocar, que se despistan con cualquier puesto de helados.
Y para el autocar dos, que es el grupo de tarifa preferente, máxima paciencia con la velocidad de paso; llevamos bastante gente mayor.
—Controlado —asiente Leo.
Lara levanta el pulgar.
—Explicad el itinerario en el micrófono del autobús con voz clara y sin prisas —insisto—.
Hora de la panorámica, paradas técnicas, tiempo libre exacto y regreso al autocar sin un solo minuto de cortesía.
Machacad los horarios. Nada de «creo que nos vemos a las cuatro».
Nada de «me pareció entender». Hora exacta, parada exacta, y pasad lista antes de que el chófer ponga la primera marcha.
Leo asiente, apuntando con saña en sus notas.
—¿La oficial Müller supervisará la pasarela? —pregunta Lara de pronto.
El estómago se me contrae de golpe, como si hubiéramos pillado una marejada de improviso. Me viene a la mente su mirada herida de esta mañana, el filo de su voz y ese dedo índice trazando una línea invisible entre las dos.
«Lo nuestro». Qué valentía la mía, poniéndole etiquetas en mi cabeza cuando ni siquiera somos capaces de cruzarnos por un pasillo sin provocar un cortocircuito.
—Müller será la primera en montar el control de seguridad en la pasarela —les advierto, forzando la sonrisa—. Así que más vale que nadie le dé una razón para usarnos como cebo para los tiburones.
Las risas vuelven, limpias y necesarias. Yo mantengo la sonrisa porque la necesito como escudo. Porque si dejo de bromear se me va a notar demasiado en los ojos cuánto me afecta lo que ella piense de mí; se notará que una sola palabra suya tiene el poder de amargarme hasta el café de la mañana.
—No quiero fisuras en los equipos —concluyo, recuperando la seriedad necesaria—. De esto depende el éxito del itinerario, el humor del pasaje y que los inspectores no se vuelvan a la base con ganas de firmar cartas de despido.
Repaso los últimos flecos de los horarios de los guías locales y, al terminar, el equipo se marcha con una actitud mucho más centrada. No es que vayan felices a la batalla, pero al menos ya no miran el suelo buscando salidas de emergencia.
Esa es mi función en este barco. No apagar los fuegos a gritos cuando ya están consumiendo el puente, sino repartir los extintores antes de que se huela el humo.
—Muy bien, a moverse —los animo—. Bajad al almacén de la cubierta cero y revisad los adhesivos de los grupos, el agua embotellada y los terminales de radio.
Y, sobre todo, cargaos de paciencia. Roma es una maravilla, pero tiene la extraña virtud de convertir a adultos funcionales en niños en plena excursión escolar.
El equipo se dispersa entre bromas hacia los ascensores de tripulación y yo me quedo sola en mitad de la pista de la discoteca, viendo cómo las luces de servicio mueren en las esquinas de la sala. Me apoyo en la barra, exhalando todo el aire que he retenido en los pulmones sin darme cuenta.
La silueta de Helen regresa, impertinente, a mi cabeza.
Su expresión de terror puro. Esa necesidad casi patológica de levantar un muro de hormigón entre las dos en cuanto nos acercamos demasiado.
Me ha dolido su desprecio, no voy a negarlo.
Pero, detrás de su coraza de oficial recta, he vuelto a ver a la misma chica de hace tres años: la que se ahoga en el miedo a fracasar, la que teme que un error ajeno le robe la oportunidad de su vida.
Helen no quiere esos galones por ego; los necesita para demostrarse a sí misma que es válida en un mundo que no perdona un fallo.
Quiere un lugar seguro en el mar donde nadie pueda cuestionar su valía.
Es una meta que lleva persiguiendo con uñas y dientes desde que la conozco.
Y, aunque me duela el desprecio, la entiendo perfectamente.
Y yo no voy a ser la roca contra la que naufrague su carrera. No como ocurrió en el pasado.
Camino de vuelta hacia mi camarote. Al pasar frente al espejo del pasillo técnico, me observo de reojo.
El cuello del uniforme esconde las marcas que las manos de Helen dejaron en mi piel anoche, pero no es eso lo que busco en mi reflejo.
Es la sombra de decepción que me amarga el entrecejo.
No va a cambiar. Da igual cuántas temporadas pase en alta mar; para ella siempre seré la irresponsable, la impredecible, la «poco profesional».
Aunque me deje la piel en cada evento del barco para demostrar lo contrario.
Entro en mi cabina, paso el pestillo y me siento en la litera, contemplando de reojo los folletos de la excursión de Roma distribuidos sobre el escritorio. La escala de Génova va a ser corta, pero estas horas en puerto me vendrán bien para repasar lo que debo hacer.
Me tumbo bocarriba, con la vista fija en las placas del techo del camarote, y cierro los ojos.
Dejo que la vibración sorda de los motores y el rumor de los extractores me acunen.
A cualquiera le parecería una tortura claustrofóbica, pero a mí, después de tantos contratos, me hace sentir que estoy en mi hogar.
Abro los ojos y suelto una carcajada.
—Menudo naufragio, Maika… —susurro para las paredes.
Porque lo es. Porque lo que hay entre Helen y yo no es un juego nuevo de este contrato. Ella sigue siendo la misma mujer cuadriculada a la que dejé tirada en aquella sala, la misma a la que le destrocé la estabilidad cuando decidí joderlo todo y marcharme sin más.
Y yo…
—Sigo siendo la misma idiota de siempre.
Me incorporo de golpe en la cama, pasándome las manos por la cara con fuerza.
No puedo permitirme ser su maldición dos veces.
No con los auditores a punto de llegar y con Helen convencida de que soy un peligro público para su hoja de servicios.
Si algo te enseña la vida a bordo es que los chismes navegan a más nudos que el propio barco.
No voy a ser el motivo por el que Transmarine le deniegue el ascenso, aunque eso signifique que este sea el último contrato que compartamos en la misma compañía.
Saco el teléfono del bolsillo. Nuestra pantalla de chat sigue ahí, estancada en mensajes de texto de otra época que jamás tuve el valor de borrar.
Mi pulgar se queda flotando sobre el teclado.
Podría teclear algo. Un mensaje escueto, maduro. Pero desisto y bloqueo la pantalla. La conozco demasiado bien. Sé que en este momento lo único que necesita de mí es metros de distancia, no palabras bienintencionadas. Presionarla solo servirá para que levante el muro dos palmos más alto.
Así que me levanto, ordeno las carpetas sobre el escritorio y paso los siguientes cuarenta minutos revisando por tercera vez las listas de pasajeros VIP, los teléfonos de los conductores de Civitavecchia y las coberturas de los seguros médicos hasta que mi mente se ancla a datos reales, fríos y manejables.
El amor no hay forma de organizarlo en una hoja de Excel. Roma, por fortuna, sí.
Unos golpes rápidos en la puerta me sacan de los papeles.
—¿Sí?
La hoja se abre apenas unos centímetros y la cabeza de Lara asoma con esa sonrisa típica de quien trae una mala noticia.
—No quiero meterte prisa ni asustarte —comienza, lo que en el código de animación significa exactamente lo contrario—, pero Helen está en la oficina de excursiones preguntando por ti.
La miro fijamente, sin parpadear.
—Maravilloso. ¿Trae esa cara de perro enrabietado?
Lara ensancha su sonrisa.
—Yo diría que casi se le ha hinchado la vena del cuello.
Me pongo en pie de un salto, quitándome las arrugas del uniforme.
—Entonces, con ese «casi», todavía estamos a tiempo de evitar que le dé un síncope en la cubierta de oficinas.
Lara se ríe, dándome espacio en el pasillo.
Antes de cruzar el umbral, lanzo una última mirada al interior del camarote.
Si Helen ha pedido distancia, va a tener un océano entero entre las dos. Si los auditores quieren perfección, van a presenciar la mejor función de mi carrera. Y si Roma pretende ponernos la zancadilla mañana, va a tener que esforzarse mucho más.