Un desastre perfecto 13
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Helen

Génova. Tercer día de ruta.

El amanecer en Génova tendría que haber sido un trámite rutinario en este contrato. Pero la realidad acaba de dinamitar mis planes.

A las seis y media de la mañana, el día clarea con una parsimonia exasperante.

En otras circunstancias, me habría detenido un instante junto al alerón del puente para admirar el paisaje; para ver cómo el sol se abre paso entre las nubes bajas que flotan sobre el mar de Liguria, cómo las gaviotas graznan con descaro reclamando el muelle o cómo los primeros pasajeros madrugadores asoman a la cubierta exterior con los ojos hinchados y la expresión adormilada.

Pero hoy no tengo un solo segundo para romanticismos náuticos.

—No, no, no … —murmuro entre dientes, apretando el teléfono con tanta fuerza que los nudillos se me quedan blancos.

A última hora de la noche entró un correo urgente en el servidor del barco.

De no haber estado tan deliciosamente… distraída en mi camarote, lo habría leído a tiempo.

Ahora, tengo el pulso tan acelerado que siento los latidos en la garganta.

El mensaje del inspector de zona de Transmarine es una declaración de guerra:

«Los auditores de la compañía realizarán una inspección sorpresa de control y evaluación de la gestión a bordo durante la escala en Civitavecchia.

Se pide a todos los oficiales y jefes de departamento del Marine IV que tengan los libros de registro y los protocolos de actuación actualizados y listos para la auditoría».

Leo el texto en bucle, como si un milagro de la ingeniería naval fuera a borrar los caracteres de la pantalla. Mañana mismo. ¡Que mañana suben a bordo, joder!

Guardo el teléfono y mi mano va directa al walkie-talkie que llevo enganchado al cinturón de servicio.

Debería lanzar un aviso general por la frecuencia interna, pero mi cerebro se niega a desatar el pánico generalizado todavía.

Tengo que encontrar a Gonzalo, y tengo que hacerlo ya .

Antes de que Radio Macuto extienda el rumor por las cubiertas de tripulación, antes de que algún marinero cometa una infracción tonta y, sobre todo, antes de que los coordinadores aparezcan por el comedor con esa actitud relajada de «todo va de puta madre» que a mí me provoca una urticaria inmediata.

Cruzo la cubierta a paso ligero, casi trotando, aunque detesto hacerlo.

Correr en una zona de pasajeros es peligroso, resulta poco profesional ante el pasaje y contraviene al menos tres directrices de seguridad que yo misma he repetido como un loro en los simulacros.

Pero en este instante, la teoría que tan bonita queda en los manuales de la naviera se está ahogando en la práctica.

Reviso la cubierta de la piscina principal. Nada. Dirijo la vista hacia el bar de popa. Tampoco. Busco la figura alta e inconfundible de Gonzalo entre los camareros que montan las hamacas y los cruceristas que buscan el primer café del día. Nada de nada.

—¿Dónde demonios te has metido? —le reclamo al aire con frustración.

Giro la esquina demasiado deprisa y, por un milímetro, no provoco un abordaje en toda regla contra Maika.

Ella aparece de la nada sosteniendo un vaso de papel con café americano, con el pelo ligeramente alborotado por el viento del norte y esa expresión de absoluta serenidad que parece diseñada solo para poner a prueba mis nervios.

El vaso se tambalea peligrosamente entre sus dedos y, durante un segundo terrorífico, imagino mi carrera y mi ascenso terminando no por culpa de una auditoría, sino por achicharrar a la coordinadora de animación más irritante —y exasperantemente atractiva— de la flota con café hirviendo.

—¿Qué haces corriendo por la cubierta? —pregunta, conteniendo una risa y enarcando una ceja con diversión—. Eso va claramente en contra de todos tus amados protocolos de seguridad, Müller.

Me detengo en seco, obligando a mis pulmones a estabilizarse.

Ella me mira como si mi agitación fuera el entretenimiento matutino ideal para acompañar su desayuno, como si el mundo no estuviera a punto de colisionar contra un muelle, como si yo no llevara el incendio de lo que ocurrió ayer ardiendo todavía en mi pecho.

Vale, de acuerdo. Quizá mi mente cuadriculada esté sobredimensionando la situación.

—Ahora mismo no estoy para bromas, Maika —respondo con un tono cortante, intentando esquivarla por la derecha.

Ella da un paso lateral de forma fluida y me bloquea. Intento corregir por la izquierda. Vuelve a interponerse. Dos, tres veces. Es un juego de pies desquiciante que está a punto de hacerme perder los papeles en mitad de la cubierta.

—¿Qué te pasa? —insiste. Su tono ha perdido el matiz de burla. De pronto, suena genuinamente preocupada.

Me clava esos ojos suyos con tal fijeza que me resulta imposible sostenerle la mirada sin que las defensas me tiemblen. Odio su tranquilidad, odio su maldito café y odio esa boca que anoche me supo a gloria.

Su boca. Maldita sea.

No debería estar analizando la forma de sus labios a las siete de la mañana, ni rememorando la forma en que pronunció mi nombre contra el cuello mientras nos saltábamos todas las normas de la compañía.

Mucho menos con una crisis profesional llamando a las puertas del barco.

No, no y no . Es inadmisible que me fije en la diminuta gota de café que brilla en su comisura izquierda.

Y es totalmente intolerable que sienta un impulso casi físico de limpiársela con el pulgar.

Me obligo a recuperar la compostura y le sostengo la mirada.

—¿Es que en tu departamento no revisáis los correos del sistema central antes de que el barco atraque? —suelto con impaciencia.

—Buenos días a ti también, Helen —responda ella, dibujando una sonrisa.

—Maika, hablo en serio, por Dios.

—Vale, de acuerdo —dice, levantando la mano libre en señal de tregua sin soltar el vaso—. ¿Vas a decirme qué te pasa o no? Porque no por nada parece que lleves un petardo en el culo.

A pesar de la tensión, una risa se me escapa del pecho.

—Los auditores principales de la central suben a bordo mañana en Civitavecchia, en cuanto se autorice el desembarque del pasaje —le suelto de golpe—.

Van a evaluar la gestión de los oficiales, la coordinación entre departamentos y las actividades principales del itinerario.

Y yo tengo que conseguir que toda la tripulación de seguridad tenga los registros de mantenimiento limpios antes de veinticuatro horas.

Espero un gesto de pánico, una queja, lo que sea. Pero Maika se limita a dar un sorbo lento a su café, saboreándolo con una parsimonia que me saca de mis casillas.

—Ah, ¿corres por la cubierta por eso? —comenta como si le hablara del parte meteorológico.

La fulmino con la mirada.

—¿Cómo que «por eso»?

—Nada, nada. —Se encoge de hombros, dando un paso más hacia mi espacio personal—.

Es que, por cómo venías, pensaba que tenías prisa por darme los buenos días de una forma un poco más…

privada. —Y seguidamente, mueve las cejas con una picardía descarada—.

Aprovechando que la cubierta está vacía y tu equipo aún no ha salido a patrullar.

Me quedo de piedra, con la boca entreabierta. No puede tener tanta sangre fría.

Mi cerebro tarda varios segundos en procesar que Maika se está divirtiendo a mi costa.

Esa curva en sus labios parece gritarme que le fascina.

Y lo peor de todo no es que lo intente; lo verdaderamente preocupante es que una parte traidora, irracional y absurda de mi ser se muere por devolverle la sonrisa, por arrastrarla detrás del mamparo del bar y volver a besarla hasta que se le olvide el café.

Pero me contengo. Esto no es un simulacro, ni un juego. Al menos, no para mí.

Doy un paso atrás de forma rígida, utilizando la distancia para contener el torbellino que desata con solo respirarme cerca.

En pocas horas estaremos amarrados en Génova y la maquinaria del crucero seguirá su curso implacable, mientras yo siento que camino por una cuerda a punto de romperse sobre las aguas.

—Puede que a los de animación os dé exactamente igual cómo salga una inspección general de la naviera —le espeto, forzando una voz fría para ocultar el temblor de mis nervios, aunque sé que ella me lee demasiado bien—, pero yo me estoy jugando el ascenso en este contrato.

Su sonrisa se desvanece de inmediato, como si le hubiera echado un cubo de agua.

—Helen… —murmura, y sus ojos se vuelven más oscuros.

—Así que esto… —Señalo el espacio entre las dos con un dedo, moviéndolo una y otra vez—. Lo que pasó ayer en el camarote no puede volver a repetirse. Se acabó, Maika. Tenemos que ceñirnos al reglamento, ser profesionales y limitarnos a trabajar.

Maika me observa en absoluto silencio durante unos segundos que se dilatan como una eternidad.

Esa es su mejor arma. Cuando me desafía o me suelta una impertinencia, tengo un manual de respuestas automáticas para protegerme.

Pero cuando se queda callada, mirándome de esa manera, como si pudiera ver perfectamente el pánico que se esconde detrás de mis galones, me deja completamente desprotegida.

—Yo siempre trabajo con profesionalidad —responde, extrañamente tranquila antes de dar otro trago al vaso—. Y, mientras tanto, nos estamos conociendo un poco mejor. No veo qué ley marítima prohíbe eso.

«¿Que qué ley lo prohíbe? Es que la mato. De verdad que la mato».

Frunzo el ceño, herida por la naturalidad con la que lo dice.

Lo expresa sin rastro de burla, como si para ella las emociones fueran una maniobra sencilla de puerto.

Como si el hecho de «conocernos mejor» no implicara que yo pierda el control de mi brújula mental cada vez que compartimos un pasillo.

Como si no tuviera que recordarme a mí misma, a golpe de disciplina, que esto es un empleo serio, una oportunidad laboral única que no pienso tirar por la borda, y no una novela romántica barata con el Mediterráneo de fondo.

Aunque, si soy honesta con mi propio diario de a bordo, las vistas de la cubierta están poniendo mucho de su parte. Y no me refiero precisamente a la costa italiana.

Suspiro con fuerza, endureciendo mis facciones al máximo. Necesito recuperar el control de la situación, de la seguridad del barco y, sobre todo, de mis propios impulsos.

—No tengo tiempo para debatir esto contigo ahora. Te pido que te comportes y te ciñas al plan, ¿vale? Por una vez en tu vida deja a un lado la improvisación.

Las palabras salen disparadas de mi boca antes de que pueda activar el filtro.

Suenan duras. Demasiado duras. La expresión de Maika se congela, adoptando una rigidez que nunca le he visto, y me percato al instante de la tremenda estupidez que acabo de cometer.

Me encantaría poder volver atrás, recoger la frase del aire, masticarla y tragármela para fingir que jamás ha existido.

Pero en ese mismo instante distingo la silueta de Gonzalo cruzando el puente hacia la piscina de popa y mi pánico profesional regresa para reclamar el control de mi mente.

—Pon a tu equipo al corriente —le ordeno a Maika, sin ser capaz de pedirle disculpas—.

Revisa las rutas de los autobuses para la excursión a Roma de mañana y asegúrate de que se lo sepan de memoria.

No quiero errores de bulto. No me puedo permitir un solo fallo, por favor. Limítate a ser profesional.

Maika baja la mirada hacia el suelo, apretando el vaso de café entre las manos.

—Entendido, oficial —responde, con una frialdad que me hiela la sangre.

Me doy la vuelta antes de que la culpa me obligue a pedir clemencia y me haga olvidar el correo de Transmarine, los inspectores y todo lo que llevo años tratando de demostrarle a la compañía.

Camino a zancadas hacia la popa, rozando el límite de volver a correr, aunque ahora el temblor ya no está restringido a mis piernas.

Me late con fuerza en el centro del pecho.

—¡Gonzalo! —le grito en cuanto llego a su altura.

Él se gira de golpe, sobresaltado al ver mi expresión de alerta máxima.

—¿Has leído el servidor interno?

—Pues claro, Helen, pero tampoco hay necesidad de que declares el estado de alarma antes del desayuno.

—Ese chiste se lo cuentas al Capitán —le espeto, agarrándolo del brazo del uniforme para apartarlo de la zona de tránsito—. Vamos a organizar las carpetas de las inspecciones ahora mismo.

—Te recuerdo que ni siquiera hemos completado la maniobra de atraque en Génova, Helen. Tenemos unas cuantas horas antes de llegar.

—Son insuficientes y lo sabes de sobra.

Gonzalo exhala un suspiro de resignación, dándose cuenta de que es imposible escapar de uno de mis ataques de perfeccionamiento.

—Helen, frena un segundo —ordena, plantando los pies en el suelo y obligándome a parar. Me sujeta por los hombros, obligándome a mirarlo—. Eres la mejor Oficial de Seguridad de esta maldita naviera. No hay nada en esos manuales que no tengas controlado. El barco está perfecto.

Pero se equivoca. No lo está. Porque acabo de destrozar la complicidad que tenía con Maika por culpa de mi propia cobardía, y la culpa me está quemando viva.

Pero no puedo desmoronarme ahora. Los auditores van a subir a esa pasarela mañana por la mañana y tengo que demostrar que merezco ese puesto que llevo años persiguiendo.