Un desastre perfecto 12
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Maika

Haber tenido la oportunidad de bajar a la cala de Marsella y disfrutar de esa jornada libre con el equipo no solo me ha permitido desconectar.

También me ha servido para confirmar lo que sospechaba: no soy, ni de lejos, indiferente para Helen.

Por mucho que ella se resista tras su fachada de oficial estricta, he sentido su mirada fija en mi cuerpo en más de una ocasión.

Y esa insistencia silenciosa dice mucho más que el beso que nos dimos anoche en la cubierta.

Cuando Gonzalo me dejó caer en la playa los planes que tenía con ella, no dudé en mover mis hilos con los chicos de animación para improvisar esa excursión conjunta.

Necesitaba una coartada, un escenario natural para romper sus defensas y recordarle lo que somos capaces de encender cuando bajamos la guardia.

Ahora estoy en la zona reservada a los camarotes de los oficiales, frente a la puerta del suyo.

Los latidos de mi corazón retumban en mis sienes, provocando un calor que nada tiene que ver con el sol de junio que acaba de ocultarse tras el puerto.

Me he echado un vestido playero ligero sobre el bikini; la tela fina aún conserva la humedad del mar, pegándose a mi piel y marcando con descaro la dureza de mis pezones.

A través de los mamparos se escucha el murmullo de la tripulación preparándose para la salida y el regreso del pasaje, pero yo no pienso dejar pasar esta oportunidad.

No después de haber visto el hambre de sus ojos en la arena.

Tras el beso de anoche —ese que interrumpió antes de huir como si le quemaran los labios—, me ha quedado claro que estos años de distancia no han servido para nada.

La deseo con la misma intensidad desbocada que la primera vez.

Un deseo crudo, animal, que me tiene latiendo antes siquiera de rozarla.

Llamo a la puerta. Cuando el pestillo cede, la puerta se abre para mostrar a Helen envuelta en una toalla blanca de la naviera que apenas le cubre la mitad de los muslos.

Tiene el pelo mojado goteando sobre la frente y sus ojos reflejan una tormenta instantánea: sorpresa, incredulidad, dudas y ese mismo impulso ardiente que ahora mismo me quema a mí.

—¿Maika…? —pregunta de inmediato, sacando la cabeza para inspeccionar el pasillo de oficiales a ambos lados—. ¿Qué haces aquí? Faltan menos de cincuenta minutos para que tengamos que estar listas. Deberías estar cambiándote para la actividad de la cubierta de popa. No tenemos tiempo.

—Yo creo que tenemos el suficiente —respondo.

Doy un paso al frente. Helen retrocede por puro instinto y cierro la puerta tras de mí, pasando el cerrojo.

El camarote es un espacio íntimo y modular típico de a bordo, iluminado solo por la luz dorada de la lámpara de la mesa de cartas.

El ambiente está saturado con el aroma de su perfume, el rastro de salitre que traigo en la piel y el vapor limpio del gel de ducha con el que acaba de lavarse.

Una mezcla embriagadora que me acelera el pulso de golpe.

—No creo que esto sea una buena idea —dice, aunque sus ojos bajan por el escote de mi vestido con una avidez que la delata. Tiene las pupilas dilatadas, negras. Miente. Las dos lo sabemos.

—No digas tonterías, Helen.

Me acerco hasta eliminar el espacio entre las dos. Levanto la mano despacio y acuno su mejilla, rozando su labio inferior con el pulgar. Está temblando.

—No estuvo nada bien que me dejaras plantada en la cubierta. Lo sabes, ¿verdad? —murmuro con la voz ronca, pegada a su rostro—. Me costó muchísimo conciliar el sueño. Pero algo me dice que a ti también.

Helen parece haberse quedado sin respiración. La rigidez militar de su postura se desmorona por segundos.

—Llevo todo el día imaginando esto en la playa —continúo en un susurro, descendiendo los dedos por su cuello—. Y no pienso seguir fingiendo más.

Noto el segundo exacto en el que su resistencia se rompe.

Helen reacciona agarrándome de la nuca con una fuerza sorprendente y me estampa la boca con la misma furia y necesidad contenida que por la noche.

Sus labios son exigentes, calientes, desesperados.

Su lengua invade mi boca y yo la recibo con un gemido ahogado, enredándola, saboreándola como si el barco fuera a hundirse mañana.

Mis manos descienden por su espalda y tiran del nudo de la toalla, que cae al suelo del camarote.

Tiene la piel aún caliente por el agua, brillando bajo la luz dorada. Mis palmas recorren su culo, apretándolo con posesión para pegarla contra mis caderas, buscando un contacto eléctrico que me hace gemir.

—Lo de la playa… fue una encerrona con tu firma, ¿verdad? —jadea ella contra mis labios, sin romper el ritmo de nuestras bocas—. Te juro que voy a mandar a Gonzalo a hacer guardia al cuarto de anclas…

Suelto los lazos de mi bikini por encima del vestido y mis pechos quedan libres, pesados y con los pezones rígidos.

Las manos de Helen los cubren al instante, amasándolos y pellizcando lo justo para arrancarme un gemido largo que llena el habitáculo.

Me empuja hacia el colchón y caemos enredadas en un tropel de extremidades.

Mi ropa desaparece en cuestión de segundos, arrojada a alguna parte del suelo.

Ahora solo somos piel contra piel, sudor y un hambre visceral que no atiende a razones.

Beso su cuello, muerdo la piel justo donde su pulso late desbocado bajo mi lengua.

Desciendo por su clavícula, devorando el camino hasta capturar uno de sus pezones con la boca.

Lo succiono con fuerza, rodeándolo con la lengua mientras Helen arquea la espalda hacia arriba y clava las uñas en mi nuca, reteniéndome allí.

Mis manos exploran cada palmo de su anatomía: la curva marcada de su cintura, la tensión de su vientre y la piel ultrasensible del interior de sus muslos.

Separo sus piernas con firmeza y me deslizo hacia abajo.

Beso su ombligo, lamo la línea de sus caderas y aspiro su aroma más íntimo.

Cuando mi boca presiona por fin su sexo, Helen se estremece entera.

Está completamente empapada. Separo sus labios hinchados con los dedos y paso la lengua con una lentitud tortuosa desde su entrada hasta el clítoris.

Sabe a deseo, a Helen. Lamo con un hambre voraz, trazando círculos concéntricos alrededor de su punto más sensible, succionándolo hasta que se le corta la voz.

Introduzco dos dedos en su interior, y la penetro con un ritmo constante mientras mi boca sigue devorándola ahí abajo.

Helen gime, perdiendo por completo el decoro, moviendo las caderas contra mi rostro sin ninguna vergüenza.

Acelero el movimiento, sintiendo cómo sus paredes internas se contraen a mi alrededor, calientes y resbaladizas.

Succiono su clítoris con fuerza y Helen explota en un orgasmo violento.

Grita mi nombre mientras su cuerpo convulsiona; sus muslos me aprietan la cabeza con fuerza y me baña los dedos.

Sigo lamiéndola con delicadeza, prolongando sus espasmos hasta que se reducen a pequeños temblores.

—Estaba deseando hacer esto… —murmuro.

Me incorporo de inmediato y la beso con profundidad, compartiendo su propio sabor en nuestras lenguas. Sus manos recorren mi espalda con urgencia y bajan hasta mis nalgas, dándome la vuelta con una rapidez que me pilla por sorpresa. Sus ojos brillan con pasión.

Se coloca encima de mí. Baja la cabeza y ataca mi cuello, deja varias mordidas y marcas en él.

Sus labios descienden por mi pecho, torturando mis pezones con los dientes hasta que arqueo la espalda, arañando las sábanas.

Sigue bajando sin prisa, mientras deja besos húmedos en mi vientre antes de abrir mis piernas con posesión.

Su lengua me recorre entera. Lame mis labios, penetra en mi entrada y sube hasta mi clítoris hinchado.

Me devora con una dedicación absoluta, alternando lametones rápidos con succiones que me hacen perder el sentido, mientras introduce sus dedos en mi interior.

Mis caderas se elevan solas, buscando su boca de forma espasmódica.

—Más rápido… por favor —suplico con la voz rota, aferrándome a las sábanas.

Helen obedece. Aumenta la velocidad, hundiéndose en mí me devora con la boca sin piedad.

El placer sube como una marea de tempestad.

Todo mi cuerpo se tensa en un nudo rígido y estallo con un grito ronco, empapándola mientras las contracciones me sacuden entera.

Ella se queda ahí, lamiendo el final de la marea, prolongando el orgasmo hasta dejarme sensible y temblando del alivio.

Pero el tiempo corre en nuestra contra y el deseo sigue rugiendo. Nos besamos con desesperación, rodando por el colchón estrecho. Nuestras piernas se entrelazan y buscamos el sexo de la otra con las manos, en un vaivén delicioso.

—Más, Helen… más fuerte —le pido, clavando la mirada en la suya.

Aumentamos el ritmo, llevadas por una desesperación fogosa. Siento la llegada de otra ola de placer, más profunda, y por el modo en que ella gime y me aprieta los muslos, sé que está en el mismo límite.

—Córrete conmigo —le ordeno, sin apartar los ojos de los suyos.

Y estallamos casi al unísono. Un espasmo brutal nos atraviesa a las dos.

Grito su nombre mientras mi cuerpo se estremece en una descarga eléctrica.

Helen clava las uñas en mi muslo, soltando un gemido ahogado y rindiéndose por completo contra mí.

Las olas de placer se extienden durante unos segundos eternos, dejándonos vacías.

De pronto, un sonido nítido nos devuelve a la realidad de golpe: las tres campanadas de la megafonía del barco, seguidas de la voz que anuncia los preparativos de la maniobra de desatraque. El tiempo se ha agotado.

Ojalá pudiera estirar estos minutos.

Caemos exhaustas sobre las sábanas revueltas, abrazadas y buscando aire. Nos quedamos entrelazadas unos instantes, con mis dedos dibujando sus vértebras y los suyos trazando círculos suaves en mi cadera, saboreando los últimos temblores de nuestros cuerpos.

Levanto la cabeza para mirarla. Sus ojos están brillantes, fijos en mí con una mezcla de satisfacción y un atisbo de preocupación por el reloj. Le doy un beso corto en los labios.

—Al parecer… seguimos formando un buen equipo en la cama, mi querida oficial —digo con una sonrisa pícara.

—Anda, no te burles —responde ella, mientras trata de recuperar su tono serio y busca con la mirada su uniforme colgado en el armario—. Tengo que estar en el puente en quince minutos.

—No te preocupes. Esto lo vas a recordar cada vez que me tengas delante en las cubiertas.

Ella esboza una sonrisa contenida antes de levantarse a toda prisa. Yo hago lo propio, consciente de que lo que acaba de pasar en este camarote es tan bonito como peligroso. Una chispa idílica que, si no gestionamos con cuidado, podría convertirse en una bomba capaz de hacernos naufragar a las dos.