Un desastre perfecto 11
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Helen

A la tarde siguiente.

Todavía no me puedo creer que Gonzalo me haya traicionado de esta manera.

Estoy tumbada sobre una toalla azul, bajo un sol implacable que parece empeñado en asar con deliberada lentitud toda la costa de Marsella.

El calor se me ha pegado a la piel y, por más protector de factor cincuenta que me unte, siento que voy a terminar mi descanso con una insolación de manual.

A mi lado, mi supuesto mejor amigo —porque a partir de ahora ya no lo es— bebe con total tranquilidad un refresco con limón y hielo, como si no acabara de vender mi estabilidad emocional y mi reputación al indomable departamento de animación del barco.

—Te juro que no sabía que vendrían todos —asegura él, sin el menor rastro de vergüenza, reajustándose el bañador.

Lo observo por encima de las gafas de sol y entrecierro los ojos. Si las miradas matasen, Gonzalo ya estaría flotando a la deriva en el Golfo de León.

—Claro. Y yo no tengo ni idea de cómo funcionan los sistemas de extinción por CO2 de la sala de máquinas —ironizo.

Gonzalo esboza una sonrisa descarada, de esas que sabe que me sacan de quicio y que, al mismo tiempo, utiliza porque conoce perfectamente mis límites y sabe que le aguanto casi todo.

—Ha sido algo espontáneo, de verdad —responde, encogiéndose de hombros con fingida inocencia—. Alguien lo puso en el grupo de WhatsApp de la tripulación y se apuntaron.

—La palabra «espontáneo» debería darte auténtico pánico, Gonzalo. En serio. Mi vida consiste en prever el caos, no en sentarme a tomar el sol con él.

Estamos en una cala preciosa de la costa marsellesa, y eso, lejos de aplacarme, me molesta todavía más.

Si el lugar fuese horrible y gris, podría concentrarme en odiar el momento con argumentos sólidos.

Pero no. El agua brilla con un azul turquesa casi insultante, la arena fina quema bajo los pies, y la brisa marina trae ese aroma inconfundible a sal y a libertad, mientras que el Mediterráneo se extiende ante nosotros como un folleto publicitario indecentemente perfecto.

La idílica vida a bordo, que dicen los pasajeros.

El Marine IV se divisa a lo lejos, enorme, elegante y con su imponente casco blanco recortado contra el cielo despejado del puerto comercial.

La mayor parte de la tripulación que no está de servicio disfruta de estas pocas horas libres antes de tener que volver a bordo para el simulacro de las seis y retomar la rutina.

Yo también debería estar relajándome. Me costó Dios y ayuda cuadrar los turnos con el primer oficial para poder pisar tierra firme hoy. Debería estar disfrutándolo.

En cambio, aquí estoy, intentando con todas mis fuerzas no pensar en lo que pasó anoche.

En una cubierta superior a oscuras, donde el mar fue el único testigo de cómo Maika me deshizo los esquemas a base de besos.

O quizá fuera yo la que la devoró a ella.

Todavía tengo la adrenalina tan alta que no logro ordenarlo cronológicamente.

Cierro los ojos un segundo y, de inmediato, me arrepiento.

El recuerdo físico me golpea el estómago con una fuerza violenta, sin avisar.

El primer roce de sus labios fue una chispa inesperada; el segundo, una detonación que arrasó con mis sacrosantos protocolos.

Todavía siento la presión de su cuerpo contra el mío, el calor intenso de sus manos colándose bajo mi ropa, y el sonido entrecortado de su respiración cuando dejó a un lado los rodeos y empezó a besarme de una forma que me supo a gloria y a un peligro total.

Qué absoluto desastre.

Las dos terminamos empujadas contra la barandilla de la cubierta, besándonos con una necesidad tan salvaje que, por unos minutos eternos, olvidé absolutamente todo: las cámaras de seguridad del barco, el código de conducta, el pasado que nos fracturó y las consecuencias de que cualquier pasajero insomne nos viera.

Solo existía ella. Su boca exigente, sus dedos clavándose en mi cintura, la forma en que mi propio cuerpo respondió como si llevara años de sequía esperando exactamente ese maldito contacto.

Esperando exactamente a Maika Aranda.

Y luego… luego recuperé un rastro de cordura.

Cuando me di cuenta de que estaba a un segundo de arrastrarla por el pasillo hacia el primer camarote vacío para perder por completo el norte, me aparté como una cobarde y salí huyendo.

Una maniobra táctica impecable, vaya. Desde entonces, la he evitado con una maestría digna de medalla.

Y ahora va Gonzalo y decide que pasemos mi única tarde libre en la playa con todo el maldito equipo de animación. Maravilloso.

Está claro que necesito revisar mi círculo social.

—¿Te echo un poco de crema en la espalda? —pregunta él de repente, agitando el bote delante de mis ojos con una expresión demasiado alegre.

—Lo que deberías hacer es tragártela, a ver si te deja lo suficientemente tonto como para no volver a organizar emboscadas —respondo con sequedad, y clavo la vista en la línea del horizonte.

Gonzalo abre mucho los ojos, fingiendo una ofensa dramática, aunque la diversión le brilla con fuerza en la mirada.

—Vaya, si la señorita protocolos se ha dejado el buen humor en el puente de mando.

Qué novedad tan inesperada. —Se echa a reír, logrando que lo odie un poco más.

Solo un poco—. Lo que de verdad deberías hacer —añade, recolocándose las gafas de sol con gesto despreocupado—, es disfrutar del paisaje.

Hay ciertas vistas en el agua que merecen toda tu atención.

No necesito preguntar a qué vistas se refiere. Mi pulso se acelera antes incluso de que mi cerebro procese la orden. Giro la cabeza hacia la orilla casi de forma magnética, incapaz de contenerme.

«Mierda».

Maika está saliendo del mar, con el agua escurriendo por su piel bronceada y el sol de Marsella reflejándose en las gotas, creando destellos que parecen destrozarme los nervios.

Lleva un bikini sencillo que resalta cada curva de su cuerpo con una naturalidad insultante.

Su pelo, completamente empapado, le cae hacia atrás, y camina con esa seguridad desbordante de quien sabe perfectamente el efecto que causa a su alrededor.

O, mejor dicho, el efecto de demolición que causa exactamente en mí.

Para terminar de calentar la situación —y hacer que mis entrañas protesten— se pasa ambas manos por el pelo para apartarlo, y el agua empieza a resbalar por su cuello, por la línea de sus clavículas, hasta descender por la curva de su cintura en un recorrido anatómico que me resulta geométricamente imposible ignorar.

«Aparta la mirada, Helen. Es una orden. Gira la cabeza ya ».

Pero no puedo. Y esa falta de autodisciplina me resulta humillante. Porque no solo la estoy mirando. Me la estoy comiendo con los ojos con el mismo descaro que tanto le critico a los pasajeros de primera clase.

—Se te va a caer la baba sobre el protector solar… —se burla Gonzalo en un susurro.

—Cállate si aprecias tu vida, Gonzalo.

Maika levanta la vista en ese preciso instante, como si tuviera un radar para mis crisis nerviosas.

Nuestras miradas se cruzan a través de la distancia de la playa, y siento cómo el calor me sube por el cuello con una violencia ridícula y delatora.

Ella se detiene apenas un segundo, rompiendo la ola con los tobillos, el tiempo justo para que el recuerdo de su boca húmeda vuelva a golpearme sin piedad.

Mierda. Mierda. Mierda.

Me incorporo de la toalla con una rapidez tan brusca que por poco tropiezo con el borde de la bolsa de playa.

—Voy a dar un paseo por la orilla —anuncio, sacudiéndome la arena de los muslos.

Gonzalo no hace ni el más mínimo intento por disimular la sonrisa burlona que le deforma la cara.

—Disfruta de la inspección de la costa, oficial.

Le lanzo la toalla directamente a la cara antes de alejarme a zancadas.

Aún oigo sus carcajadas a mi espalda mientras echo a caminar por la línea donde rompen las olas.

La arena caliente se hunde bajo mis pies, y el sonido rítmico del mar acompaña mi respiración, que sigue peligrosamente alterada.

A mi alrededor, los turistas franceses disfrutan del día: niños que construyen castillos torcidos, parejas tumbadas al sol sin la menor preocupación de rangos, normativas o uniformes. Qué envidia de vida.

Yo, en cambio, llevo horas sintiendo el cuerpo como si la red eléctrica del barco me cruzara por debajo de la piel; un hormigueo constante y exigente que no consigo apagar ni con agua fría.

Intento concentrarme en las obligaciones, en la reunión de seguridad que tengo programada con el departamento de operaciones.

Pero mis defensas mentales están caídas.

Totalmente bloqueadas. Cada vez que parpadeo, aparece Maika besándome; y no de esa forma sutil que se enseña en las novelas de las tres, no.

Aprieto la mandíbula con fuerza y acelero el paso. No voy a repetir ese error. No puedo permitírmelo. Ya sé cómo terminan las cosas cuando se trata de Maika y de mí en el mismo espacio. Lo sé de sobra, y las cicatrices tardaron demasiado en cerrar.

Avanzo hasta que las voces del grupo de animación y la música quedan atrás.

La cala se vuelve más escarpada en esta zona, rodeada de rocas, con menos bañistas y un mar más abierto.

Me detengo justo donde la espuma me lame los tobillos.

El agua del Mediterráneo está fresca y la necesito como un auténtico extintor para la cabeza.

Sin pensarlo dos veces, me adentro en el mar.

El agua me envuelve con un frío reconfortante que debería, por pura lógica, devolverme el sentido común.

Claramente, la lógica no se aplica el día de hoy.

Porque incluso aquí, flotando en el agua, sigo sintiendo el fantasma de las manos de Maika en mi espalda.

Me sumerjo por completo, buscando el fondo, y durante unos segundos maravillosos solo existe el silencio líquido del océano.

Cuando emerjo a la superficie, me retiro el pelo mojado de la cara y respiro hondo, llenándome los pulmones.

Me obligo a estructurar mis pensamientos; como si eso pudiera ayudarme.

«No puedes caer otra vez, Helen. Un desliz es un accidente; dos es negligencia», me repito como si fuera un manual de emergencias.

Porque el problema real no es la brutal atracción física que siento hacia ella.

Si solo fuera tensión sexual, sería incómodo, algo que podría gestionar.

El verdadero problema es que con Maika nunca ha sido solo esa cuestión.

Durante estos primeros momentos hemos vuelto a encajar trabajando juntas en las cubiertas de una manera tan fluida y natural que da miedo; como si los años de distancia no hubieran existido.

Eso es lo que realmente me aterra. Besarla anoche en la cubierta fue un error táctico.

Pero sentir que vuelvo a encajar con ella…

eso podría convertirse en el iceberg contra el que voy a estrellar mi carrera.

Necesito recuperar la distancia profesional que siempre me ha caracterizado.

Necesito recordar quién soy: Helen Müller, Oficial de Seguridad, respetada por la tripulación y con un futuro brillante en la naviera.

No una mujer incapaz de pensar en otra cosa que no sean los labios de la coordinadora de animación.

Aunque, técnicamente, esa sea mi patética realidad actual.

—Maldita seas Maika —murmuro hacia el cielo.

Regreso despacio hacia la playa. Y conforme salgo del agua y camino hacia la arena, el calor del sol empieza a secarme la piel, dejándome una fina capa de sal.

A lo lejos, veo que Maika ya se ha unido a un partido improvisado de vóley playa con Nico y los técnicos de sonido.

Se ríe a carcajadas cuando Nico falla un remate ridículo, y acto seguido salta para salvar una pelota con tal energía que parece contagiar a toda la línea de la playa.

Su risa me llega nítida, arrastrada por el viento.

La observo un segundo. Ella gira la cabeza en ese mismo instante, casi como si pudiera sentir el peso de mi mirada sobre su espalda. Pero yo aparto la vista de ella y salgo corriendo hacia mi nueva víctima.

—Échame crema pedazo de idiota —le pido a Gonzalo—. Y no te atrevas a decir nada —advierto.

Él sonríe y se pone con la labor. Va a ser muy complicado mantener el control durante el resto del crucero. Aunque quizás, esa no vaya a ser la peor de mis tormentas.