10
Maika
—Mmmmm, esto es la gloria.
La brisa nocturna del Mediterráneo acaricia mi piel con esa paz traicionera que solo el mar sabe ofrecer, impregnada de sal y de promesas flotando en el aire.
Me apoyo en la barandilla de la cubierta superior.
A estas horas, las luces de los puentes más altos derraman tonos dorados y azules que tiemblan sobre la madera del suelo.
El choque constante de la proa contra las olas se funde con el murmullo grave y sordo de los motores, una vibración constante en los pies que me recuerda que no hemos dejado de movernos.
Y también, que el verano está a la vuelta de la esquina, aunque el viento en alta mar todavía conserve esa frescura deliciosa.
No sé cuánto tiempo pasa hasta que una silueta recorta la luz al otro extremo de la cubierta. Incluso tras una jornada interminable, Helen está preciosa, aunque el viento del norte se ha cobrado su pequeña venganza enredando algunos mechones rebeldes alrededor de su rostro.
No esperaba encontrármela aquí, aunque una parte de mí —la más insensata— confiaba en que sucediera.
Helen, al igual que yo, busca la paz residual que recorre el barco cuando el pasaje por fin se recoge en sus camarotes o se encierra en el casino.
Ambas nos miramos a la distancia, y a lo largo de esos segundos en los que solo se escucha el mar, el corazón me da un vuelco salvaje en el pecho.
—¿Te apetece pasar un rato conmigo? —Las palabras se escapan de mi boca antes de que mi sentido común pueda activar los frenos.
Sé que es arriesgado. Sé que no es lo ideal, pero no he podido evitarlo.
Helen me mira en silencio. Durante un segundo que se me hace eterno, creo que va a dar media vuelta para regresar a su camarote.
Para mi sorpresa, no lo hace. Camina hacia mí sin apartar sus ojos de los míos y, cuando llega a mi lado, el aroma de su perfume borra de golpe el olor a salitre.
Me arrastra directo a lo que pasó hace unas horas en el pasillo alrededor del escenario.
—¿Disfrutando de un rato de paz? —pregunta mientras se apoya en la barandilla y clava la mirada en el horizonte.
—Como tú… —respondo.
Helen gira el rostro hacia mí y yo la imito.
Permanecemos en silencio unos instantes, contemplando el reflejo de la luna titilando sobre la estela del barco.
El gigante de acero se mueve con un balanceo suave, casi imperceptible, un cabeceo rítmico e hipnótico que nos acerca a Marsella y nos aleja, milla a milla, de tierra firme.
—Me ha encantado cómo ha ido todo en la fiesta de bienvenida —comento, girándome un poco para observarla mejor—.
De verdad. Tus chicos y mi equipo han encajado de maravilla.
Los pasajeros se lo han pasado en grande y, lo mejor de todo, es que nadie ha acabado en la sala de enfermería.
Aunque esos niños que pretendían saltar en la piscina de popa a oscuras…
Helen esboza una media sonrisa que le ilumina el rostro de un modo nuevo. Es la primera vez que la veo sonreír así desde que descubrimos que tendríamos que compartir este contrato. Y la tensión que había en mi pecho, empieza a desaparecer.
«Dios, no me sonrías así, o voy a olvidar dónde estamos».
—Por increíble que parezca, ha salido bien —dice ella, y su tono adquiere un matiz juguetón que me pilla de sorpresa—.
Tú tampoco has estado nada mal. Al final, va a resultar que trabajamos mejor juntas que por separado.
Aunque he de reconocer que no lo tenía claro.
Pensé que nos pasaríamos todo el rato discutiendo por cada decisión.
—¿Pensaste? Yo creo que estabas predispuesta a hacerme un consejo de guerra a la primera de cambio —comento, soltando una pequeña risa y sacudiendo la cabeza—. Aunque no te lo reprocho. Lo nuestro nunca ha sido fácil.
No menciono aquella reunión, ni la verdadera razón por la que todo terminó saltando por los aires entre nosotras. Siento el peso de la culpa naciendo en mi estómago y apoyo los codos en la barandilla, tan cerca de los suyos que ya puedo percibir el calor de su cuerpo.
«Ojalá pudiera romper las distancias…»
—Pero es bueno ver que podemos coordinarnos —admito, dedicándole una mirada cómplice—. Los protocolos son mucho más precisos si unimos tu rigidez y mi caos creativo. Es… reconfortante.
Helen asiente lentamente, con la mirada fija en el fondo oscuro de las aguas. La luna dibuja con nitidez la línea de su perfil y el movimiento de su pelo.
—Reconfortante, ya —repite, y baja la mirada hacia sus manos—. Para serte sincera, pensaba que me veías como la oficial más estricta e insoportable con la que te habías cruzado en una naviera. Pero sí, encajamos. Hacemos un buen equipo.
—Eso es porque esta noche el mar está en calma y sin incidencias —continúo, permitiendo que mi cuerpo se incline hacia el suyo—. Lo importante será mantener esta sincronía cuando el viento sople de cara y las cosas se desvíen de ruta.
Al cruzar los brazos sobre la barandilla, mis dedos rozan por accidente —o no— el dorso de su mano.
Helen no se aparta. Al contrario, contiene el aliento.
Su mirada desciende de inmediato a mis labios y, durante un segundo, noto cómo el tiempo se dilata.
Lucho contra el impulso casi irresistible de acortar los escasos centímetros que nos separan desde el día en que cometí la estupidez de dejarla marchar.
—No esperaba que esto fuera tan… fácil —murmuro con sinceridad, volviendo los ojos hacia la inmensidad oscura del horizonte—. Creí que seguiríamos manteniendo las distancias, comportándonos como dos extrañas que comparten comedor. Pero estar aquí, así… se siente bien. Muy bien.
Helen se gira por completo. Sus ojos, de un verde grisáceo que la luz de la luna tiñe de plata líquida, me clavan en el sitio con una intensidad que me vacía los pulmones.
—Ni yo —admite en un murmullo que apenas compite con el rumor de los motores—. Pensaba que la prudencia ganaría. Pero aquí estamos. Y la verdad… me alegra equivocarme. No es fácil coincidir con alguien que te mantiene el pulso en este mundillo, Maika. Y bueno… tú le das otra vida a las cosas.
Mis dedos, guiados por el instinto, acarician su muñeca, justo donde terminan los galones de su manga. No sé quién da el paso definitivo. Pero de pronto, nuestras bocas se encuentran con una urgencia salvaje que me nubla la vista.
El beso no es un tanteo; es una colisión de necesidades acumuladas.
Mis labios se abren bajo los suyos con un gemido ahogado cuando su lengua busca la mía con una avidez que no le conocía a la estricta oficial de seguridad.
Sabe dulce, a un toque afrutado, un sabor que me hace perder la cabeza.
Mis manos suben por su nuca, enredándose en su pelo, rompiendo cualquier rastro de decoro para atraerla más hacia mí.
Ella responde con la misma ferocidad, presionando su cuerpo contra el mío hasta que mi espalda choca contra la barandilla de la cubierta.
El metal frío se clava en mi columna, pero no me importa nada.
Solo existo para sus manos; una que está anclada con firmeza en mi cintura, mientras la otra se desliza por mi costado, y sube por mi espalda con una lentitud tortuosa, memorizando cada curva.
Nuestras respiraciones se mezclan. La beso con más profundidad, devorándola, y ella me devuelve el ritmo.
El mundo entero, la tripulación, los pasajeros…
todo se reduce a esto. Al calor húmedo de su boca, el roce de sus dientes en mi labio inferior, el modo perfecto en que nuestros cuerpos encajan, como si el propio astillero nos hubiera diseñado para este preciso instante.
Mis dedos descienden por su cuello, rozando los botones de su camisa hasta la clavícula.
Helen tiembla. O tal vez soy yo la que tiembla de la cabeza a los pies.
Nuestras caderas se buscan con una necesidad apremiante que hace que el pulso me truene en los oídos.
Helen jadea contra mis labios y me muerde el labio inferior con una delicadeza dolorosa que me arranca un escalofrío.
—Maika… —susurra, pegada a mi boca.
Temo que la razón regrese a ella, así que la retengo con otro beso, esta vez más lento, recreándome, saboreando cada rincón de su boca, memorizando su textura y el modo en que su respiración se desboca cuando mis dedos logran colarse bajo su ropa, al tocar la piel desnuda y ardiente de su espalda.
Ambas estamos ardiendo. El deseo late entre mis piernas con una intensidad exigente, recordándome dónde estamos y lo prohibido de la situación.
Estamos expuestas, completamente pegadas contra la barandilla de la cubierta, a la vista de cualquier cámara de seguridad o de algún oficial de guardia que decida hacer la ronda.
Siento sus dedos apretando mis caderas, descendiendo hacia mi muslo, y en mi cabeza se cruza la bendita locura de que me da igual que nos descubran, que me da igual el contrato, si me toca aquí mismo, bajo las estrellas.
Entonces, el hechizo se rompe.
El sonido de una puerta abriéndose en la cubierta inferior, resuena en la noche.
Helen se separa de golpe.
Es un movimiento brusco, casi violento. Me suelta como si quemara y da dos pasos hacia atrás, pegándose una mano al pecho mientras intenta recuperar el aire. Tiene los labios hinchados, encendidos, y sus ojos verdes, miran a su alrededor con auténtico terror.
—Helen… —Doy un paso hacia ella, extendiendo una mano.
—No. —Niega con la cabeza, y levanta las manos para frenarme—. Lo siento mucho. Esto es una locura. Necesito… pensar.
Se pasa una mano temblorosa por el pelo, tratando desesperadamente de alisarse la ropa y recuperar la compostura que hace un segundo había volado por los aires. Retrocede otro paso, y después otro más, aunque sus ojos siguen gritándome otra cosa.
Antes de que pueda detenerla, se da la vuelta. Cruza la cubierta a paso rápido, y desaparece por la zona que conduce a los camarotes de la tripulación, dejándome sola con el sonido del mar.
Me llevo dos dedos a los labios, rozando la sensibilidad y el calor que Helen ha dejado grabados en ellos. A pesar del vacío de la cubierta, una sonrisa lenta e inevitable se dibuja en mi rostro mientras el viento del Mediterráneo vuelve a azotarme la cara.
Su sabor sigue en mi lengua. Su calor, marcado a fuego bajo mi ropa. Y aunque su mente de oficial la haya hecho huir, sé perfectamente que la travesía es muy larga. Que esto no ha terminado. Al contrario. Acaba de empezar.
—Y esta vez… no pienso huir.